La marcha se hacía pesada, sobre todo en retaguardia, donde con dificultad las mulas tiraban de los péndulos de madera que daban forma a las catapultas. Además estaba la cuestión del clima. A primera hora el aire era fresco, casi frío. Podría decirse que las armaduras se bañaban en gélidas gotas de rocío. Pero, luego de un rato de arduo camino, llegado el esperado mediodía, el calor se extendía sofocante por la tropa, más aún si tenemos en cuenta que esta iba pertrechada con formidables armaduras, muy poco acondicionadas para el peregrinaje, y sí para la lucha, bajo las cuales las pieles de los hombres se cocían inyectadas de sudor.
El camino, por otro lado, no se antojaba tan dificultoso. La senda que unía Rímini con las ciudades colindantes estaba delineada por una mano sabia y provechosa, o más bien por el continuo paso de carretas con hombres y mujeres que iban de una urbe a la otra a lo largo de todas las épocas del año. Su transcurso dejaba marcado en el suelo, como arado, el rayado peso de las ruedas, merced a las cuales no crecía hierba en el sendero. Y por este desfiladero flanqueado de vegetación la compañía se desplazaba.
Fue así hasta que llegaron a Húlula, o Zalmái, como la conocían los elfos. Zalmái era un vasto territorio a cielo abierto, en gran forma de círculo, que se extendía en torno de innumerables regatos provenientes de las montañas, los cuales daban de beber a Jíntor, la fortaleza inexpugnable alzada en un cerro elevado que servía de minarete para el territorio. En esa amplia explanada se iba a instalar Garbo, junto con su ejército. Los habitantes de Húlula eran campesinos que labraban la tierra al amparo de la protección de Rímini, la cual no estaba lejos. Apenas una semana de camino distanciaba una población de otra. Y los labriegos sabían que, caso de sobrevenir algún problema, Sárloc podría socorrerlos sin mucho esfuerzo. Estaban tranquilos, por tanto. Más ahora que la reina la había erigido como cabeza de condado. Fue así como se designó a los territorios concedidos a los nobles, extensiones en las que se había dividido Efenberg para mejor gobernar su destino. De modo que estaban: el condado de Garbo, el de Gürlich, el de Címbor, y así los doce completos, hasta el distante condado de Luma, que correría por la frontera oeste de Binborg hasta la bahía de Rístij, allá por los mares del sur.
Su camino, el de la amazona, fue el más penoso, por distante. Un mes bajo el peso del sol abrasador tuvieron que soportar las fieras defensoras de su estirpe, las cuales supieron que se estaban aproximando a su destino porque nubes de mosquitos, atraídos por la humedad, les dieron la bienvenida. Ni Rístij era tan cómodo como otros condados, fértiles todos y llenos de pastos con los que alimentar al ganado, ni tan fecundo en habitantes. Los hombres y mujeres de la bahía hacía tiempo que habían abandonado la gracia natural de los rostros, por lo general afables, de Efenberg. Las Tierras de Prosperidad perdían su nombre en estas latitudes, donde el campo se había abandonado en detrimento de un próspero culto por la pesca. Había barcas, grandes y pequeñas, varadas en la orilla de la fortaleza, botes que servían de herramienta de trabajo para unos, mientras que las compañeras de los improvisados marineros tejían redes en la playa.
A Luma, acostumbrada al rigor de la montaña —ella nunca había salido de Rímini—, todo aquello le resultaba extraño. Pero tenía que habituarse, por el bien de sus fieles y del gobierno encargado. Allí no abundaba la carne, ni las hortalizas, todo el alimento era sacado del mar como de un cofre inmenso abierto al mundo. Los elfos, vecinos incómodos, vigilaban la línea este, hasta la costa, y, según la opinión de muchos, los había que se aventuraban a negociar las calles de Rístij con cierta natural desenvoltura. Se les conocía por sus amplias capas verdes y sus mocasines de cuero marrón. También por sus largas cabelleras, trenzadas la mayor parte de las veces en una llamativa coleta que, cuando la cabeza se descubría, lucían en señal de fuerza. Contrastaba con la costumbre de los habitantes de la zona, que se afeitaban la cabeza con saña, salvo las mujeres, claro está, que se dejaban crecer el pelo hasta donde la espalda pierde su nombre. Si no fuera por sus puntiagudas extremidades los elfos pasaran por señoras. Por eso y por su fortaleza física, la cual demostraba a todos que no estaba reñida con la falta de corpulencia. En efecto, eran los elfos seres delgados en extremo, que soportaban bien las inclemencias del trabajo. Uno solo, si adulto, podía levantar objetos que pesaban diez veces su medida. Algo que asustaba a los moradores de Rístij, pues, aunque tenían bien presente que aquellos eran amigos de la reina, los sobrepasarían con facilidad en caso de despuntar una contienda. Inútiles pensamientos. En Efenberg imperaba la calma. Las Tierras de Prosperidad no conocían sino la paz inquebrantable conquistada tiempo ha por la domadora de vientos. Sárloc había llevado la tranquilidad a cada rincón de su extensa comarca, y, si ahora la dividía en doce condados, no era porque temía el desgobierno, sino por encomendar nuevas y amenas responsabilidades a los súbditos que bajo su mando tenía.
Méredian, conocedor de las limitaciones que Luma tendría, a causa de sus fronteras, se encomendó a sí mismo la administración de las tierras vecinas. Vanigapko y
Esturlin se habían decidido un poco antes, en los límites norte y noroeste de Binborg, el uno al lado del otro, como siempre a lo largo de sus incontables años de vida habían protagonizado. Fue Címbor el más afortunado, o, por decirlo de algún modo, el que eligió primero, pues, tras el descenso del caballo de Garbo se pidió la tierra de la llanura, entre Húlula y el río Grande. Desde río Grande y hasta las vallas naturales de piedras, el segmento rocoso que se elevaba antes de la estepa, lo ocuparon Éreborn y Líndern. Y más allá la zona se dividió en tres, una para Dardo, otra para Gürlich, y la más distante para Síndor. Ófenborg se conformó con la morada más seca y complicada, la habitada por adustos moradores acostumbrados a la tundra.
Bien, así había quedado diseñado el gobierno de Efenberg. Sárloc permanecería en Rímini a la espera de noticias de sus condados, y gozaría de una temprana recompensa por sus múltiples sacrificios llevados a cabo durante siglos de regencia. ¿Qué podía salir mal? ¡Si enemigos no había en todo el reino! Las dudas a este respecto de Érebin, alentado por la bella Éarlin, no parecían gozar de fundamento. Pronto este regresaría a Rímini con la cara de júbilo de siempre, y pasearían por sus empedradas calles como siempre lo habían hecho. Eso pensaba la reina. Sin embargo la llegada de su amante se demoraba. Una sombra de preocupación se apostaba en las almenas. Habría que esperar hasta primeros del año para, con la llegada del invierno, recibir justas noticias de sus fieles comandantes. Sárloc se armaba de paciencia. No le quedaba otra opción.
Continúa…
***
Los dragones del círculo polar – Prólogo
Las guerras de Efenberg – 4
Imagen
Sketch017 – Montaña 24-4-18 >> Técnica mixta >> Alias Torlonio
Héctor Aún vive en un pueblo de montaña de la provincia de Segovia, al norte de Madrid, en España, donde nació un 31 de diciembre de 1974. Ha cursado estudios de filosofía en la Universidad Complutense de la capital española, y muchas de sus fuentes son de este género. Es autor de diversas obras infantiles, aunque también ha publicado para un auditorio más adulto. Vértigo y La Gran Carrera son dos de sus novelas, al igual que Como flores muertas, El fantasma de un percebeiro y Cuadernos de poesía son sus únicos poemarios publicados hasta la fecha. Recientemente ha visto la luz una novela juvenil, Tigre, el reloj despertador, y tiene en mente la colaboración con una editorial argentina para sacar al mercado su colección de microrrelatos Breviario de un hombre torpe.

