Las justas duraron varios días, tanto como la fiesta se prolongó. Por las mañanas, en el salón del trono, o en el patio de armas, se rendía pleitesía a un comandante, y, por la tarde, en la explanada, se blandía el acero con la extrema seriedad de una contienda fingida. Los nobles, junto con su cohorte de turno, todos se alojaron en palacio, de modo que, durante las dos semanas que duró el asedio de borrachos y glotones, el castillo de la reina más parecía un albergue de mendigos que una fortaleza inexpugnable. En las alcobas, los salones de recreo, e incluso en la cocina y los establos, se agolpaban jergones improvisados sobre los que dormían a pierna suelta lacayos, guerreros y amigos de los elegidos por Sárloc, todos ebrios hasta la extenuación. Ninguno se enteraba si es que otro le pisaba cuando, en un intento desesperado por llegar a una letrina, perdía el equilibrio. De hecho, era normal que los más desvergonzados no quisieran atravesar semejante laberinto de cuerpos yacientes, y preferían buscar un rincón, dentro de la galería donde estaban alojados, para aliviar el curso de sus necesidades. Orinaban en una esquina, o aflojaban el estómago, sintiendo el vómito subir por su garganta hasta ser expulsado, con suerte llegado al rincón escogido. Si había menos fortuna la bilis caía sobre otro invitado, el cual se hallaba igualmente tan borracho que no solía molestarse. Hasta heces se encontraron en más de una ocasión. La peste que emanaban algunas habitaciones era digna de tenerse en cuenta, sobre todo si eras remilgado y no deseabas soportar tamaño hedor. Entre eso y el sudor de los presentes, pues ninguno se aseaba ni se cambiaba de ropa, la imagen representada resultaba algo más que desalentadora. Sárloc prefería no bajar, más que a las precisas ceremonias. Encerrada en su torre de marfil pensaba en cuánto tenían que aprender aún los humanos de los elfos, los cuales se bañaban en el río al menos tres veces al día, una al amanecer, con los primeros rayos del sol, otra después del mediodía, justo antes de llevarse algo que comer a la boca, y otra en el ocaso, compitiendo la imagen esbelta de sus cuerpos con el cálido reflejo de la luna, que ya se sumergía en la corriente. Érebin la había acostumbrado a introducirse en el balde otras tantas veces, pero a Sárloc no le gustaba la estrechez de aquel pequeño contenedor, y hacía lo posible por escapar a Cracos, lugar mágico donde la cascada del arroyo Síntor caía a borbotones, justo antes de adentrarse bajo el muro de Rímini y atravesar soterrado la ciudad. Los hombres tenían vedado acompañarla, y solo Aruna, la bella sirvienta de la reina, le alcanzaba los jirones de tela con los que se secaba.
Aruna era llamada Siemprejoven, por su piel suave y tersa y sus pómulos sonrosados. No alcanzaba a tener la edad de su señora pero era igualmente predispuesta a la longevidad. Muchos decían que era bruja, que había hecho un pacto con el Espíritu de la Dolina, pero lo cierto es que el pesar de sus años era liviano debido a su origen élfico. Tiempo ha, cuando Sárloc derrotó a la muerte, los elfos y los hombres convivieron por espacio de varios largos años, quizá siglos en los que la concordia se mantuvo en todo Efenberg. En ese tiempo, aunque la probabilidad de que ambas especies se confundieran era nula, llevados por el ejemplo de la reina y el caudillo Binardian, muchas otras efímeras parejas se establecieron, unas en la llanura y otras en el mismo bosque. Sintra, la efigie de la delicadeza, se unió con un mortal, y a resultas de dicha unión nació Aruna. Ahuyentada por los elfos, que no la reconocían como eterna, y rechazada por los humanos, a causa de la esbeltez propia de los habitantes del bosque, la niña fue abandonada. Fue Sárloc en persona quien le dio cobijo, apiadándose de su negro destino que, sin embargo, había sido fruto del amor más puro y sincero. La enseñó canciones antiguas, en las que se relataba la necesidad de un encuentro entre las razas dispares, y le decía, al terminar de entonar la melodía, que ella era el nexo del que hablaban las leyendas. Fue con ella al bosque, cuando a la fronda acudía en busca de bayas, y le adiestró para distinguir las setas comestibles de las prohibidas. En palacio, cuando regresaban de sus inofensivas correrías, la obsequiaba con miel de abejas recién recolectada, y la apremiaba para que, antes de que fuera tarde, encontrara un buen marido. No fue por ella sino por los otros que no encontró con quién formar una familia. Su belleza era descomunal, rozaba el infinito, y la dulzura de su ánimo competía con la singular forma de los lirios. Solo sus orejas puntiagudas echaban para atrás al pretendiente. Pues, pasados los mejores años de unión entre ambos pueblos, los humanos acostumbraron a recelar del orgullo binardiano, y los Binardian a huir de las groseras facciones de los mortales, de sus cambios de humor tan desagradables, y de sus constantes famélicas pulsiones, por las que se mostraban esclavos de delirios inconquistables. Aruna en cambio tenía esperanzas de protagonizar un amor como el de su madre, pero Sintra misma, contraviniendo la opinión de la reina, le hacía ver que una relación tal era un espejismo.
—El mortal se irá, más pronto que tarde, y te dejará a solas, con una pena sin límite —sostenía, conteniendo el gemido, su progenitora.
—Pero Sárloc dice…
—Sárloc no entiende de la pérdida de un amante —la interrumpía—. Ella está casada con Érebin, nuestro señor, y eso le asegura eterna compañía.
Aruna se ensombrecía al hacer suyos semejantes pensamientos, y regresaba a palacio, siempre después de las visitas de Sintra, vacía y desolada. Era Sárloc quien la animaba una y otra vez.
—Encontrarás un hombre por el que valga la pena soportar ausencia, estoy segura.
Confidencias estas que surgían de forma natural dentro del agua. Ella se dejaba acompañar por la medio elfa, en cuya amistad se engrandecía. La reina entraba a Cracos y se dejaba mecer por el rumor de la cascada, mientras que Aruna la miraba con ojos bondadosos desde la orilla de Síntor. Si una estaba dentro la otra guardaba silencio, pero apenas emergía, como una copa de elixir en sobremesa, se espaciaban las confidencias entre prenda y prenda con las que ambas cubrían su desnudez. Tanto le agradaba a Sárloc Aruna, y Aruna tan confortable se encontraba con la reina, que entre las dos se forjó un círculo irrompible. La tomó como doncella, y fue casi una hija, la hija que nunca había tenido y que nunca habría de tener.
Bien pues Sárloc se bañaba cada día y no soportaba el hedor de aquellos hombres, todos apilados en el suelo de las galerías igual que objetos inservibles. Bajaba a enaltecer al capitán de turno y, solo si la pelea de la tarde era atractiva, se quedaba a ver los juegos. Así estos acababan subía de nuevo la escalera, y se encerraba en su alcoba con Aruna. Era tan grande su rechazo por tal falta de higiene que, en ocasiones, contraria a su costumbre, le advertía a la doncella de no casar con un patán.
—No pierdes nada quedándote soltera.
—Pero mi reina, tú misma me has dicho…
—Sí, sí, ya sé lo que te he dicho.
—… en innumerables ocasiones…
—Que sí, no me lo recuerdes. Tu reina también se equivoca, hija mía.
—Yo anhelo encontrar el amor.
—Mas no el amor de un puerco. Sé valiente, no comercies con tu dignidad a cambio de un beso robado.
Aruna fruncía el ceño, y torcía el labio de una manera que provocaba la risa de su señora. Entonces Sárloc se reía y volvía a ser la misma de siempre.
—¿Sabes lo que te digo? Que hagas lo que quieras. Si buscas desposarte con un orangután, allá tú. Yo te he avisado. Y, a fin de cuentas, quizá uno de esos sucios tenga buen corazón —Aruna la miraba de soslayo entonces—, quizá, digo, solo eso —enfatizaba para dejar clara su postura.
Al otro lado del castillo, en el ala oeste —la torre de Sárloc apuntaba al amanecer—, dormían Luma y los otros once. Estos sí gozaban de mejores costumbres que sus séquitos. Se bañaban en baldes de latón cada mañana, y sacudían y aireaban el entramado de telas que por prendas vestían bajo las medias y el jubón. Luma, como todos, tenía su propio aposento, si bien no le hubiera costado compartir alojamiento con uno de sus compañeros. Ella para el resto, y el resto para ella, todos eran uno indiferente, miembros selectos de una secreta complicidad. Se tenían por iguales, se miraban como iguales, y si en algo se atraían era en el rango de la marcialidad. Para Luma la idea de casar era alejada, no sentía necesidad de encontrar marido, así como a Aruna le pasaba. Tal vez porque no había encontrado compañero idóneo que le fuera a la par en el combate, tal vez porque sus años de adiestramiento para la guerra habían anulado sus más íntimos deseos, así como sucedía, de idéntica manera, a sus once singulares camaradas. De modo que en el grupo no había más pasión que el despertado por la batalla.
Digo esto porque eran príncipes, y princesa, los más afortunados de palacio, no solo por dormir en mullido colchón de lana sino también por disponer de aseo propio. El retrete era una ventana. Por allí evacuaban, cuando había algo que evacuar, y se quedaban tan anchos. Luma solía comer con moderación, pero bebía con la misma ardiente pasión que los borrachos que abajo dormitaban, motivo por el cual, la mengua de alimento y la crecida del alcohol le procuraban trasiegos de la cama a la ventana y de la ventana al lecho. Cuando se incorporaba, a medianoche, arrastrada por el mareo y las náuseas, gateaba como un bebé en busca de donde descansar las aguas. Quién sabe si, allí abajo, junto a los muros de palacio, no se encontró alguna vez muchacho, o muchacha, que no pudiera evitar verse regado por semejante torrente de fluidos. En fin, elucubraciones de un narrador ocioso. Lo que era digno de encomio era ver a la capitana, a la mañana siguiente, fresca como una lechuga, día sí y día también. Sus otros compañeros rozaban la inutilidad, unos a causa del malestar de estómago propio de la resaca, otros por repentinos dolores de cabeza que la misma resaca les causaba. Si acaso Garbo lo soportaba con dignidad, entre otras cosas porque él no probaba la cerveza. Era un atleta, en todos los sentidos: cuidaba su dieta y hacía ejercicio con disciplina propia de un ermitaño. Sabía que el cuerpo era su templo, y procuraba tenerlo afilado como hoja de espada. Él se levantaba el primero, e iba, habitación por habitación, despertando a los otros. Luma, increíblemente ya estaba levantada cuando él llegaba.
—¿Has dormido bien? —se interesaba.
—Como una niña —le confesaba la otra, asomando la cabeza por sobre el agua jabonosa del balde.
—Bien, te dejo pues que te vistas.
Y se marchaba.
Así hasta el último día. Las presas de venado esa jornada fueron más abundantes. Sárloc estaba especialmente generosa y alegre. Por fin le iban a desocupar sus galerías. El salón del trono sería nuevamente un espacio de celebración, y la alcoba espontánea en la que se había convertido las dos últimas semanas pasaría a mejor vida. Rímini era un bastión sagrado, y por sagrado merecía un respeto que las huestes de vasallos no sabían valorar.
Aruna le preparó un último baño antes de despedir a sus capitanes, y la reina aprovechó que era temprano para desenredarse el largo cabello de su cabeza.
—He traído cepillo —se congratuló la medio elfa.
Sárloc sonrió maliciosamente, como un bebé que de pronto recordara la mama subrepticia de su madre.
—Gracias, me vendrá bien.
La ayudó a peinarse la melena, sumergida en las aguas de Cracos, rozando con el antebrazo de la mano que alargaba la melena el terso omoplato de la reina, y estirando las crestas enredadas con las cerdas del cepillo. Cuando terminó, aún se quedó un rato más en la fuente, sintiendo los vapores de la corriente que en chorro caían verticales hacia las aguas tranquilas. Luego de todo lo cual se prepararon para la última recepción. Con su túnica de seda blanca, y la capa verde oliva sobre los hombros, la cabellera rubia, tostada más bien, cayendo sobre ella, parecía lo que en realidad era, la señora de Efenberg.
Sus capitanes no le iban a la zaga, entre otras cosas por culpa del empeño que Garbo les metía en la cabeza a razón de su etiqueta.
—Luma, amigos, debéis parecer nobles, no solo serlo.
Y los comandantes todos obedecían. Se vestían como reyes, olían a perfume, y no mostraban pereza en los contactos. Si saludaban lo hacían con firmeza. Si se sentaban, con la espalda erguida. Eran la viva imagen de un atestado arsenal de virtudes.
Otra cosa era el pueblo que les seguía. Ahí cada cual hacía gala de su exigua educación. ¿Para qué necesitaban simular lo que no eran, hombres y mujeres de santa conformidad con los tratados, cuando en verdad disfrutaban de una animalidad bien heredada? Holgazaneaban sin pudor cuando la aventura no les llamaba, y comían y bebían como comen y beben las bestias del establo. No les rozaba el agua la entrepierna ni para hacer el amor, y si lucían manchas en la ropa eran tenidas por casta, castísima obligación. Un rosetón de grasa era signo de haber comido bien; no lo iban a borrar de la camisa por una absurda norma de protocolo. Por este motivo estaban felices en palacio, convirtiendo en pocilga sus aposentos. Ninguno de ellos se incorporó cuando sonaron las cornetas, pero todos lo hicieron atropelladamente cuando el alguacil anunció la inminente llegada de la reina.
—¡La reina Sárloc! —gritó con todas sus fuerzas, dando un fuerte golpe contra el suelo con el cetro de madera que el peso soportaba de los lacayos de la monarquía.
De pronto la multitud se precipitó a mostrar respeto. Aun con la resaca acostumbrada de las últimas jornadas, se izaron marciales sobre sus pies, muchos descalzos. Sárloc pasó revista improvisada. Era el día de la partida, tenía que aparentar fraternidad. Los saludó, a todos, y pasó hasta el estante donde se levantaba el trono, este sí, gran alivio, desocupado.
Allí esperó la presencia de los elegidos.
Luma y Garbo bajaron los primeros. El resto se hizo de rogar. No importaba, al fin concluirían las fiestas interminables y regresaría la tranquilidad a Rímini. Sárloc les dio su bendición y ordenó que prepararan el último banquete. Las mesas se vistieron. Se sirvieron los cerdos asados, la carne de ciervo, los huevos de codorniz mojados en aceite. Todo fue recobrando buen espíritu. La comida tenía esas ventajas, que despertaban al más etílico de los hombres. A la llegada de la tarde el ciclo estaba cumplido. Las huestes se marchaban. Rímini volvía a ser el espacio de oración que nunca debió dejar de ser.
Continúa…
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Los dragones del círculo polar – Prólogo
Las guerras de Efenberg – 2
Imagen
Mujer ángel >> Óleo sobre lienzo >> Gabriela Alejandra Corradi
Héctor Aún vive en un pueblo de montaña de la provincia de Segovia, al norte de Madrid, en España, donde nació un 31 de diciembre de 1974. Ha cursado estudios de filosofía en la Universidad Complutense de la capital española, y muchas de sus fuentes son de este género. Es autor de diversas obras infantiles, aunque también ha publicado para un auditorio más adulto. Vértigo y La Gran Carrera son dos de sus novelas, al igual que Como flores muertas, El fantasma de un percebeiro y Cuadernos de poesía son sus únicos poemarios publicados hasta la fecha. Recientemente ha visto la luz una novela juvenil, Tigre, el reloj despertador, y tiene en mente la colaboración con una editorial argentina para sacar al mercado su colección de microrrelatos Breviario de un hombre torpe.

