La despedida tenía que haber sido formalizada por la mañana, a una hora temprana, pero eran muchos los hombres y mujeres que tenían que desfilar, y se precisaba de tiempo para organizar su partida. Caballos, carretas, y múltiples artefactos, arietes y catapultas que tenían que arrastrarse con mulas y animales de carga; demasiado pesar para tan poco infortunio.
Los seguidores de Garbo y el resto de comandantes se fueron desperezando. Fue este mismo quien se alzó con la responsabilidad de ir ordenando a la tropa. Pasó por entre las galerías, azuzando a los rezagados, y luego salió a campo abierto, donde miles de tiendas de campaña daban resguardo a la infantería.
Una vez uniformados, y adecentados en su justa medida para formalizar su marcha, Sárloc los agasajó con el postrer banquete, que a la sazón había sido preparado para tal fin. La mañana era cálida, si bien corría una ligera brisa que no hacía pesada la partida. Al contrario, era una tibia jornada de primavera que deslucía con su belleza la magnanimidad de los carros, fuertemente pertrechados, las armaduras resplandecientes, y las astas de los toros que, con sus formidables cuerpos, acompañaban para ser futuro condimento de cacerolas y pucheros, al ejército recién acaudillado.
Se prohibió, eso sí, para esta definitiva celebración, el vino y la cerveza. Tenían que partir serenos. Para lo que ayudó la abundancia de venado. La carne provocaba el dialecto de la pereza contra su propia desgracia. Los hombres se animaban, frente al plato y la jarra de agua, para empezar un viaje que debía ser largo y, tal vez, algo penoso. El alcohol de pasadas noches menguaba con el alimento ingerido. Y la desesperación de muchos por haberse levantado demasiado temprano daba paso a inconfundibles rasgos de voluptuosidad, mediante los cuales los más fornidos mostraban sus pectorales fabricados a base de ejercicio, antes un instante de que se enfundaran las prendas de metal.
Ahora bien, las que sin duda eran, por rigor las más esbeltas sombras de la guerra, eran las amazonas de Luma. Estas llevaban una pequeña ventaja con el resto. A saber, al igual que Garbo, el indómito, ellas no bebían, y cuidaban su aspecto por encima de los rigores dados al placer. Calzaban sencillas alpargatas, cosidas a los tobillos por sendas tiras de cuero. Vestían falda corta, que les permitía correr y saltar sin traba alguna. Y arriba, en el torso, una camisa de lino blanco, prendida a las caderas por cinturones de hebilla oscura. Una doble correa de cuero cruzaba por entre sus pechos, soportando con ella a la espalda una espada corta, tipo cimitarra, un carcaj repleto de saetas, y una lanza de punta de metal de al menos dos metros de largura. Montadas a caballo, o marchando en formación, no lucía el sol en sus miradas tanto como el cabello recogido que de sus diademas escapaba para caer colgando fugazmente por la sien hacia el rostro inmaculado.
Ellas comían aparte. No se mezclaban con los hombres, a quienes tenían por groseros espectros de la lujuria. Su disciplina en cuestiones de sexo rayaba la arbitrariedad de los seres inanimados. Muchas veces incautos hombres de Éreborn, o de Dardo, habían querido seducirlas, y se habían llevado, por ofrenda, terribles amenazas; una daga en el cuello, un apretón en los testículos…
—Si te acercas más te los arranco —solían proferir con desespero.
Y los otros se retiraban pavorosos, sudando sangre y frenesí por el rasguño voluntario de aquellas.
Bien, pues, cumplida la obligación de su anfitriona, los homicidas recuperaron su hombría y se dispusieron a partir. La formación se fue desperezando poco a poco, pero puntualmente y sin demora. Una fila interminable de caballos salió de las caballerizas, y otra aún mayor esperaba en la explanada. La tropa, en columnas de a cuatro, fue saliendo del castillo. A escasos metros del mismo se sumaban los infantes. Pendones, banderas y estandartes al frente, lanceros y espadachines detrás, y, por último, caminando torpemente en retaguardia, los que tiraban de las mulas que arrastraban penosamente artilugios de artillería.
Garbo encabezaba la marcha, seguido de sus hombres. A todos estos seguían, por orden de llegada, los otros comandantes, acompañados de soldados en marcial admiración.
Luma y las suyas eran las últimas.
A todos y todas les despedía la multitud agolpada en los caminos. Desde la misma morada de Rímini hasta varios kilómetros a lo lejos, gentes de todas las poblaciones cercanas habían venido a despedir a la comitiva. Ondeaban al viento pañuelos blancos de pureza, y agitaban las manos profiriendo palabras de aliento.
—¡Buen trayecto!
—¡Volved pronto!
—¡No me olvides! —gritaba alguna que otra novia desesperada, viendo partir a su prometido.
Quién sabe cuándo se volverían a ver. Los más afortunados regresarían con los nobles a dar cumplida reverencia a la señora, al castillo, a la capital de las Tierras de Prosperidad. Pero estos serían menores en número. La inmensa mayoría marchaba para no volver. Allá, alejados del ruido de la ciudad, encontrarían destino, formarían una familia, o envejecerían al rigor de una promesa de fortuna que las armas procuraban. Objetivo con el que unos y otros se conformaban, y más que ningún otro las amazonas de Luma. A estas no las despedían anuncios de matrimonio futuros. El suyo estaba marcado por la sombra de la guerra, y a otros caminos no dirigían sus pasos. Fueron estas las más vitoreadas. En las aldeas cercanas las muchachas más vehementes deseaban sumarse a sus filas. Claro que ser amazona no era fácil. Tenías que pasar por ciertas pruebas. Para ser soldado de Rímini bastaba con esgrimir una espada y un escudo, y no importaba que fueras un patán. Es más, los más torpes eran siempre bienvenidos, pues no sabían ganarse el pan en otro oficio. Pero las hijas de Luma, estas no pasaban por ser meras tortugas en campo abierto. Eran valientes, audaces, y pasaban años aprendiendo a tirar con arco montadas a horcajadas sobre la grupa de un jaco, o fortaleciendo sus brazos en el uso de la cimitarra. Solo tras un duro entrenamiento, en el que otras mujeres soldados te ponían a prueba, eras admitida en la compañía. Eso sí, una vez que ingresabas en el ejército merecías el mayor de los respetos. Las compañeras de armas te admitían como a igual, y no había distinciones entre capitanas y tropa. Todas tenían idéntico mando, todas eran dueñas de sí mismas. Ninguna orden, ninguna humillación. Cada cual sabía perfectamente su cometido en el campo de batalla y ejercían su voluntad con seriedad y compromiso, pareciendo que todas se agrupaban bajo planes perfectamente diseñados cuando en realidad eran la expresión de la más radiante independencia. Eran, cómo decirlo, lo mismo que un único organismo. Sus decisiones en la guerra se transmitían por osmosis, y si una flaqueaba, allí acudía el resto para infundir ánimo y vigor a la debilitada. Células de un patrón bien definido, el enemigo las temía y admiraba por igual. Eran el orgullo de la Ciudad Prohibida, y Sárloc su más ferviente defensora.
Esta vio alejarse por fin a la columna. Tras las últimas guerreras los portones se cerraron. Atrás quedaba la protección de la ciudadela, y adelante se extendía la incertidumbre. Amplios campos de labranza decían adiós en los costados. Y Síntor, el río, les iba mostrando el rumbo. Junto a sus riberas serpenteaba la senda que se llevaba a los soldados. Los cascos de los caballos pisaban con dureza la arena blanca del camino, levantando amplias espigas de polvo, que eran el condimento perfecto para una marcha a pie fatigosa y árida. Los infantes también dejaban su marca, pero la polvareda de estos era menor. Solo las férreas y grandes catapultas se mostraban indiferentes a ese tan inhóspito rigor.
Pronto dejaron atrás los cultivos, adentrándose en el bosque de encinas y robles de junto a Rímini. Por ellos abundaban las zarzas y los espinos, y miríadas de estorninos daban cuenta de las moras, negras, verdes y rojas, unas ya maduras y otras por madurar, que en las propias zarzas crecían. Entre ellos se escondían algún que otro petirrojo, y varias parejas de palomas torcaces, las cuales, con su gris ceniza bajo el pecho, y su plumaje blanco alrededor del cuello, daban otra cierta notoriedad a las bandadas manchadas del más oscuro de los negros.
Cuando Garbo miró a su espalda, ya no veía el castillo. La reina lo había despedido con palabras llenas de misterio.
—Eres el mejor —le había dicho—, pero cuida que no te suceda como al viento, que lo mismo se adentra en una gruta y no sabe salir.
El mensaje había quedado al descubierto, pero su significado permanecía oculto. ¿Qué había querido decir con tales insinuaciones? La imaginó asomada a la ventana, o entre almenas de granito, poderosas, y se sintió aliviado. Rímini era mejor destino que la espesura, adonde él y los suyos se dirigían, y la reina no merecía sufrir por semejante transición. Su casa era la casa de todos, y, se decía, “Algún día volveré”.
Regresaría, sin duda, cada principio de año, a dar cuenta de sus cuitas. Pero primero tenía que llegar a su destino e instalarse. Todos tenían que proceder de idéntico modo, empezando por el comandante en jefe y terminando por la amazona. El camino de una nueva vida se incorporaba frente a ellos, como un niño que recién se levanta de la siesta.
Continúa…
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Los dragones del círculo polar – Prólogo
Las guerras de Efenberg – 3
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Pallas Athena >> Rembrandt., Leiden Países Bajos, 15 de julio de 1606 – Ámsterdam, Países Bajos, 4 de octubre de 1669.
Héctor Aún vive en un pueblo de montaña de la provincia de Segovia, al norte de Madrid, en España, donde nació un 31 de diciembre de 1974. Ha cursado estudios de filosofía en la Universidad Complutense de la capital española, y muchas de sus fuentes son de este género. Es autor de diversas obras infantiles, aunque también ha publicado para un auditorio más adulto. Vértigo y La Gran Carrera son dos de sus novelas, al igual que Como flores muertas, El fantasma de un percebeiro y Cuadernos de poesía son sus únicos poemarios publicados hasta la fecha. Recientemente ha visto la luz una novela juvenil, Tigre, el reloj despertador, y tiene en mente la colaboración con una editorial argentina para sacar al mercado su colección de microrrelatos Breviario de un hombre torpe.

