Me llamo Marcos Belwever, general de la octava división de la Organización de Naciones Espaciales Unificadas —ONEU, según sus siglas—. Veintisiete largos años en servicio y nunca había enfrentado algo como esto…

La jornada en la estación militar Aegis, en la órbita geosíncrona de Fouscand-3, sector Sigma-415, transcurría entre discusiones y reportes de piratería: cargueros saqueados, remolcadores incendiados, rutas de abastecimiento bloqueadas. Nada que un puñado de fragatas tácticas de nuestra organización no pudiera contener. Parecía una jornada como cualquier otra, cuando se abrieron las compuertas y entró la doctora Martha Billgam, jefa de análisis científico, flanqueada por cuatro colaboradores. Todos pálidos, todos demacrados, como si hubiesen visto a la parca directamente a los ojos; cargaban tabletas holográficas en sus temblorosas manos.

—¡General! General, hemos detectado una anomalía de categoría cinco… —clamó fuerte en un primer momento, después suavizó su tonalidad de voz.

Las conversaciones sobre los actos de piratería se congelaron. Categoría cinco equivalía a «extinción de sistema», teniendo en cuenta nuestros protocolos internos. Una categoría cinco, contra simples piratas espaciales. La prioridad era indiscutible…

—¿Categoría cinco? —inquirí.

Martha no concretó sus palabras, que parecieron petrificarse antes de salir:

—Ehh… Emite más energía que una docena de estrellas enanas rojas. Vector de aproximación… directo a esta estación…

—¿Cómo? ¿Cómo dice?

—Viene… viene hacia nosotros —concretó mientras se acercaba a mostrarme los datos de su tableta.

Exhalé preocupado mientras rebotaba mi mirada entre el dispositivo y el rostro pálido de Martha. Estaba tan anonadado que los datos parecían licuarse frente a mis ojos. Varias vociferaciones inquietas emanaron en la habitación, inundándola como una pileta.

—¿Qué clase de anomalía viene hacia nosotros? ¿Algún cuerpo celeste? ¿Nave? ¿Arma experimental?

Martha tragó saliva. Y fue así que llegó esa respuesta.

—General… —habló claro, firme. Entrecerró la mirada asumiendo un gesto de decisión. Continuó:

—Necesitamos saber si con su arsenal, puede matar a un dios…

La palabra «dios» nos golpeó con fuerza, como un puñetazo en el rostro. Hubo risas nerviosas; nadie quería aceptar la gravedad del término. Pero los datos no mentían: masa variable, curvatura gravitatoria en torno a cero, emisiones en todo el espectro, como un corazón galáctico ambulante. Era una entidad viviente. No cualquier entidad: una poderosa.

Inmediatamente solicité refuerzos a los sectores Beta y Omega. Al amanecer orbital teníamos cerca de la cubierta dos naves clase capital, aniquiladoras de estrellas; cinco acorazados clase titán, con cañones destructores de planetas y una flotilla de cruceros clase lancero. Si aquello que se acercaba era hostil, lo convertiríamos en polvo cósmico o eso creíamos.

Fui asignado como líder de la operación que, teniendo en cuenta la descripción de la doctora Martha, llamamos «Matar al dios». Yo dirigiría la operación desde la estación Aegis.

Mientras las naves formaban un cordón defensivo, nuestros ingenieros rescataron un fragmento de señal como interferencia en las comunicaciones. El identificador pertenecía al crucero Imperium, desaparecido hace once años en la frontera inexplorada de nuestro sector. Inquietante que apenas recibiéramos el mensaje coincidiendo con este momento, como si hubiese quedado adherido al cuerpo de esa cosa que se acercaba. Tras horas de limpieza espectral, la voz del general Steven Gutiérrez —también desaparecido con ese crucero— se filtró, llena de estática y terror:

—No es un enemigo… es el hambre del universo.

No hubo más. Después de un chillido de banda ancha… silencio.

Sentí, sentimos, pánico genético. Decidimos ponernos en marcha sin mayores dilaciones. Y fue así que tuvimos el primer contacto con esa blasfemia viviente.

El objeto emergió del vacío como una aberración cósmica: un núcleo iridiscente rodeado de apéndices negros, translúcidos, que se retorcían como nebulosas vivas. Inquietantemente, no parecía moverse; era el espacio el que parecía contraerse hacia esa inmensa cosa, más grande —dos o tres veces— que nuestras naves de clase capital.

—Iniciar protocolo de fuego escalonado —ordené.

Las naves más grandes descargaron ráfagas de plasma. Los proyectiles se diluyeron en la superficie del ser como gotas de lluvia sobre un océano. Nadie tuvo tiempo de maldecir: un pulso mental nos atravesó. Vi a algunos oficiales derrumbarse, sangrar por ojos y oídos, convulsionar sobre los tableros. Sentí la presión de una conciencia antediluviana hurgando en mis recuerdos. Era como mirar al sol, mirarlo desde dentro.

—Mortales… —habló esa cosa directo en mi cabeza, gutural, eterna.

Movió sus tentáculos hacia las naves de clase capital. Una de ellas esquivó el impacto, pero la otra se plegó hacia sí misma como si el cosmos la convirtiera en nada. Una de nuestras más grandes creaciones, destruida en segundos. Y comenzó a colapsar nuestro cordón defensivo en explosiones multicolor.

Aun así, seguí dando órdenes de disparo total. Lanzas de energía, cañones de taquiones, misiles de antimateria, láseres de gravitones. ¡Darle con todo! Conseguimos varios impactos que arrancaron fragmentos a la criatura. ¡Sí! ¡Se podía herir! Un rugido silencioso sacudió los sensores; los tentáculos convulsionaban, segregando sombras matéricas. Así el monstruo empezó a retroceder.

—¡Se retira! —gritó la teniente Abigail.

El puente estalló en vítores, demasiado pronto…

El júbilo se quebró en milésimas de segundo.

Uno de los cruceros Lancero —el Kaluga— se abalanzó para perseguir al coloso cuando un tentáculo, tan rápido como un latido cuántico, golpeó el casco lateral. El blindaje ablativo se abrió como una lata caliente; vimos, horrorizados, cómo la quilla del Kaluga quedaba expuesta y se encrespaba hacia el vacío. Un segundo tentáculo atravesó su núcleo de fusión y lo destripó. La nave estalló en una esfera de chispas azules y destellos violeta mientras los restos se esparcían en el vacío absoluto.

La criatura tenía varias formas de ataque: una capacidad cuántica capaz de desvanecer naves por completo y otra de puro y bestial poder físico.

Fragmentos de las naves destruidas chocaron contra los escudos de las naves operativas; muchos eran imposibles de esquivar.

—¡Escudos al 80% y bajando! —bramó el almirante Vladislav desde la clase capital Fénix.

Pero entonces ocurrió lo inesperado: la criatura absorbió la radiación de la explosión del Kaluga como si fuera alimento. La superficie iridiscente parpadeó con nuevos colores, difíciles de explicar, inenarrables, reconstituyendo la carne arrancada del monstruo —si es que se le podía llamar carne— por nuestros disparos.

—Todo esfuerzo es néctar para mí. Seguid… alimentadme… —esa maldita voz se fundió con el zumbido de los paneles de control.

—¡No, general! ¡Se está regenerando! —gritó Martha Billgam.

Ordené reajustar la puntería: cañones de taquiones concentrados en las juntas de los tentáculos. Dos haces blancos fulminaron una extremidad, cercenándola. El fragmento cayó ingrávido y se transformó en una bandada de formas menores, cada una del tamaño de un caza aeroespacial. Estas rémoras de éter se precipitaron contra nuestra línea de fragatas.

El Archer fue destrozado por un enjambre de esos nuevos enemigos; las bestias perforaban el blindaje, inyectando una especie de ácido que erosionaba el metal desde dentro. La nave se volvió espuma luminosa antes de que su reactor explotara.

—¡Falla de contención en la cubierta B del Lancaster! —informó la teniente Abigail entre chispas eléctricas.

Las criaturas menores se adherían a los flancos, devorando la energía de los escudos. Vi, impotente, cómo una brecha se abría en el casco del Lancaster y veinte tripulantes salían despedidos, congelándose instantáneamente en la negrura espacial.

La clase capital Fénix, avasallada por cientos de esos enemigos, utilizó su carta final: su cañón aniquilador de estrellas. A esa distancia era peligroso para todos. Disparó. Una onda de fotones estalló con la potencia de una supernova confinada. Durante un segundo el puente se inundó de luz pura; pareció que el tiempo se detenía y los sensores colapsaron en blanco absoluto.

Cuando la imagen regresó, el monstruo estaba partido en dos, pero las mitades aún palpitaban. Horrendos ojos reptilianos se abrieron en cada segmento y mientras las partes volvían a unirse un nuevo pulso psiónico se estrelló contra nuestras mentes. Reviví, en una fracción de segundo que pareció eterna, mi infancia, mis miedos, mis lealtades, mis fracasos y mis éxitos, todo puesto patas arriba como cartas desperdigadas sobre una mesa con apostadores.

—¡El Fénix se está sobrecalentando! —advirtió Ingeniería.

Ya de por sí atacado, el disparo lo había dejado aún más vulnerable: radiadores al rojo, escudos en 6%. La entidad lo supo. Dos tentáculos —multiplicándose en el movimiento— se alargaron, atravesando cientos de kilómetros en un parpadeo y ensartaron nuestra clase capital por la proa. El metal se plegó como papel arrugándose; hubo un chasquido sordo en los intercomunicadores y luego un silencio que dolía. El Fénix se convirtió en una tumba incandescente, su reactor colapsando en una esfera azul que fagocitó los restos.

El puente de Aegis tembló; luces rojas de alerta por todas partes. Sinceramente creí que moriría en ese momento.

—¡Retirada con fuego de saturación! ¡Despejen trayectoria para saltos de curvatura! —rugí.

Disparar y retirarse. Táctica de guerrilla. Estrategia fundamental.

Pero fue entonces cuando advertimos algo: cada disparo concentrado debilitaba el tejido central, aunque esa cosa se regenerara. Los restos fluorescentes quedaban menos densos; el pulso psiónico tardaba más en formarse. Había un umbral de daño. Estábamos matándola.

—General, podemos destruirla si sacrificamos la vanguardia —dijo Abigail, con la voz rota.

Miré la tableta holográfica: seis fragatas y una clase titán aún operativas. No había decisión honorable, solo necesaria.

—A todas las naves ligeras: vector suicida —ordené—. ¡Evacuen! ¡Activen el piloto automático! ¡Reactores al máximo y fijen las coordenadas de colisión en el núcleo iridiscente! El Lancaster y el Darwin proveerán fuego de cobertura. Que los nombres de las naves y de todos los muertos el día de hoy queden grabados en la posteridad.

Las respuestas fueron cortas, sin heroísmo falso:

—¡Afirmativo!

Vi los iconos verdes acelerar hasta ponerse blancos; trazaron arcos vectoriales imposibles y se convirtieron en dardos de energía. El monstruo, ocupado con los restos del Fénix, no los percibió hasta el último instante.

El primer impacto abrió un cráter nacarado de energía; el segundo, otro. Con el tercero, el núcleo pulsó como un corazón convulso. Las naves siguieron explotando, causando enormes daños en el enemigo. Se generó una implosión de vacío —un pozo negro que tragó luz y sonido—. Los tentáculos quedaron rígidos, cristalizados, antes de desmoronarse como ceniza metálica. El pulso mental se quebró, de repente la inmensidad quedó muda.

Apenas alcanzábamos a registrar la magnitud de la amarga victoria —varias naves perdidas, 583 vidas— cuando el radar profundo detectó una grieta luminosa. Nada y luego ahí estaba: una boca ciclópea y fosforescente, bordeada de innumerables ojos —cada uno del tamaño de un planeta— que se abalanzó y engulló a la entidad herida: su propia, digámosle, progenie. Apenas nuestro «dios» inicial tuvo tiempo de retorcerse antes de desaparecer dentro de esa magnánima boca.

Las alarmas se dispararon de nuevo: la nueva forma —que llamaré el devorador de dioses, maldición— era tan vasta que su sombra eclipsó Fouscand-3. Las lecturas de energía dejaron la mayoría de sensores inoperativos para siempre.

Sentí un terror absoluto, un corrientazo recorrer mi cuerpo; todos los vellos de mi piel se erizaron como escarpias…

El aire se saturó de desesperanza. Abigail alzó la mirada, pálida.

—General, si se supone que aquello que herimos era un dios ¿qué? ¿Qué demonios es esa cosa que acaba de aparecer?

No pude responderle. Reboté mi mirada en Martha, que no respondió, que parecía una estatua renacentista, blanca como mármol. Solo vi cómo la bóveda estelar estaba rasgada como una flor mortecina. Aquella entidad permaneció ahí, estática, intercambiando miradas con nosotros —porque pude sentir su mirada rasgar mi conciencia, infiltrarse en mi alma.

—General. Los espectrómetros indican trazas biológicas. Y… —susurró Martha con voz trémula. Trataba de autorregularse.

—¿Trazas biológicas? ¿Y…? —expresé en pánico, invitándola a terminar deprisa.

—Indican trazas biológicas, humanas.

La sangre se me terminó de congelar. Todo el salón se congeló. Antes de poder replicar cualquier cosa, una mezcla de voces —masculinas, femeninas, infantiles, adultas; casi, lo que podría manifestarse como un coro celestial— habló dentro de nuestras mentes:

—Yo soy el principio y el final, la vida y la muerte, la creación y la destrucción, el aquí y el ahora, el nunca y el siempre. Soy vuestra más grande creación y vosotros, a la vez, fuisteis creados por mí.

¿Cómo? ¿Acaso eso último tenía sentido? «Soy vuestra más grande creación y vosotros, a la vez, fuisteis creados por mí». Era una paradoja que rasgaba la razón. Entonces, el devorador de dioses cerró sus ojos, plegó su boca fosforescente y se desvaneció. Nada quedó: ni firma térmica, ni distorsión gravitatoria.

Silencio…

Han pasado 32 años desde aquel día y todavía escucho esa voz en mi mente cuando algún casco cruje bajo la presión del vacío espacial. Nuestros informes concluyeron que el devorador de dioses era «una manifestación trascendente de origen desconocido»; la ONEU archivó todo bajo el código «Sigma-415: Error». Nadie fuera de la cúpula lo sabe.

«Soy vuestra más grande creación y vosotros, a la vez, fuisteis creados por mí…». No entiendo esa paradoja, aunque mucho he intentado entenderla…

Creímos que bastaba con más naves, poder de fuego, tecnología, para doblegar al cosmos, que la cadena de mando se extendía hasta el infinito. Ahora sé que siempre habrá algo esperando ser descubierto, más vasto, más hambriento, más antiguo que nuestras armas y nuestros mapas. Tal vez sea imposible matar a un dios. Tal vez no… Tal vez, en algún rincón más allá del espacio explorado, otros se pregunten lo mismo de nosotros.

A veces despierto sudando, mirándome en el reflejo opaco de la ventanilla de estribor. La mirada en mi rostro —arrugado, cansado— parpadea y por un segundo no sé si soy yo o algo me está observando desde algún lugar detrás del vidrio.

Porque en mis pesadillas late la pregunta que ningún informe pudo enterrar:

¿Cómo matamos a un dios…?

***

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Cristian Guevara (Cali, 1989) es escritor y psicólogo colombiano. Concibe la escritura como un territorio donde explorar los límites de lo real y lo imaginario. Su obra se centra en poesía y cuento, con afinidad por el suspenso, ciencia ficción y terror. Busca que cada relato genere un impacto duradero en el lector, sumergiéndolo en atmósferas inquietantes y despertando reflexiones que trasciendan la última página. Entre sus influencias figuran P. K. Dick, Chuck Palahniuk, Ursula K. Le Guin, Arthur C. Clarke, Clive Barker, H. G. Wells, Ray Bradbury, Stephen King y H. P. Lovecraft. Ha publicado en más de un centenar de revistas y antologías hispanoamericanas, entre ellas: Pactum, Dogevena, Codex Sulpurista, Albores caipell, Paladín, Inquisidor, Narrativa, Sonámbulo, El creacionista, Clan kütral, Sarape de neón, El nahual errante, La navaja extraviada, Nova talassa, Crónicas ómicron, Aion.MX, Casa Usher y Voces indelebles, consolidando su presencia en el panorama literario contemporáneo.

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