QUINCE AÑOS EN UN INSTANTE

por Edvard Pichardo

Oscar García caminó despacio de la mano con su novia, Fernanda Meza. Caminaron sobre los pasillos de una agradable feria de la ciudad. Inaugurada unos meses atrás, la construyeron en dos años después de que un accidente cerrara las puertas de la antigua empresa.

—¿Quieres comer algo? —preguntó Oscar, pero Fernanda negó con la cabeza.

—Estoy bien —dijo y sus ojos se abrieron al ver el juego de fondo. Jaló la mano de Oscar—. Quiero subirme a ese.

Oscar suspiró. Su estómago le reclamó lanzando un pequeño sonido. Tenía hambre. Esa mañana se le olvidó desayunar porque se levantó tarde y necesitaba pasar por su novia a la casa de sus padres.

Se relamió los labios y vio el rostro de Fernanda. Sus ojos eran brillantes. Su cabello castaño y ondulado resaltaban la belleza de su gran sonrisa. Dos hoyuelos, uno de cada lado de su rostro, se marcaban sobre sus mejillas. No podía negarle nada a esa cara.

—Pero después comemos algo —dijo Oscar—. Me muero de hambre.

Ella sonrió. Lo conoce desde hace quince años cuando iban en la primaria juntos. Diez desde que son novios. Conoce sus manías, las cosas que la mayoría sólo intuye. Conoce sus miedos, sus sueños y esa obsesión por coleccionar piedras de diferentes formas y tamaños.

La primera vez que Oscar le regaló una piedrita, ella se rio por un buen rato. Incluso se tuvo que sostener el estómago porque comenzó a dolerle demasiado.

—Es como los pingüinos —había dicho y lo besó porque era exactamente el hombre del que se había enamorado.

Asintió. Se volteó para abrazarlo. No le importó estar en medio del pasillo ni que hubiera más gente queriendo pasar. Era el momento de ellos dos. Un momento en el tiempo, un lugar que quedaría guardado en la memoria de los dos, para siempre.

Fernanda se paró sobre la punta de sus pies y lo besó en la comisura de los labios. Oscar la sujetó de la espalda y la separó despacio.

—Vamos —dijo señalando al juego del fondo—. Se ve peligroso.

Ella sonrió. Le gustaban los juegos de altura y las montañas rusas. Sentía un cosquilleo debajo de las costillas cuando tomaban velocidad. Un cosquilleo, una emoción dentro de sí que deseaba ir mucho más rápido, que deseaba volar como las aves, que quería ser «libre».

—Vamos, corazón —dijo Fernanda jalándolo del brazo.

Ella sabía que a Oscar no le gustaba subirse a los juegos mecánicos. Las montañas rusas, los juegos que giraban, los que hacían gritar a la gente, eran demasiado intensos para él. Se subía sólo para acompañarla, para no dejarla ir sola.

Caminaron despacio y se formaron en la fila. No era muy larga porque no había demasiada gente. Era uno de los nuevos juegos que habían inaugurado hace un par de días. Unas sillas que subían hasta sesenta metros de altura y giraban a diferentes velocidades, incluso se detenían en el aire y volvían hacia atrás.

Se llamaba «Fobia» y Oscar sintió como su corazón comenzó a acelerarse cuando escuchó los gritos de las personas que estaban arriba de ellos en ese momento. Su estómago le reclamó, se dijo que no podría soportarlo, que con las vueltas vomitaría lo poco que tenía dentro, pero no dijo nada.

Apretó la mano de su novia y avanzaron. Esperaron a que el operador les diera acceso y, tomando aire, Oscar ingresó a una de las sillas. Eran dobles y su novia se sentó a lado de él. Le sonrió y le lanzó un beso. Él se lo devolvió.

Oscar se ajustó las correas que lo mantenían pegado al asiento y tragó saliva. Uno de los operadores revisó que todo estuviera en orden, alzó el pulgar y su compañero apretó un botón.

—Que tengan un agradable paseo —escuchó Oscar antes de que su asiento comenzara a moverse.

Las sillas se movieron. Se alzaron de golpe en vertical. Fernanda gritó y comenzó a reírse. Oscar sintió cómo sus intestinos se venían abajo. Un nudo se formó en su garganta y una gota de sudor recorrió su rostro.

«Esto está mal», pensó, pero no supo darle forma. Había visto algo antes de que su asiento se moviera, un detalle pequeño, casi insignificante, un tornillo caerse, rodar por debajo de la mesa de mandos.

El juego comenzó a avanzar. Las sillas agarraron velocidad y giraron mientras subían y bajaban un poco. Aumentó la velocidad y luego paró en seco. Todos gritaron y se sujetaron bien de los bordes de sus asientos.

El juego se quedó quieto, sin moverse.

—¿Qué está pasando? —dijo una mujer detrás de Oscar.

Debajo de ellos, un operador estaba gritando. El otro estaba tratando de detener el juego, pero los controles no respondían a su comando. Tomó la radio y llamó a su superior.

—Tenemos un problema. La mesa de comandos no responde —dijo tragando saliva.

Tres luces se activaron y sus ojos se desviaron hacia arriba. El juego comenzó de nuevo, avanzó poco a poco y ganó velocidad, una velocidad que nunca había alcanzado antes. Los asientos se inclinaron hacia afuera producto de la fuerza centrípeta. Fernanda gritó y trató de buscar la mano de su novio, pero Oscar tenía los ojos cerrados. Estaba casi de forma paralela al piso.

El juego frenó de golpe y los asientos fueron impulsados hacia delante y jalados por las cadenas que los sostenían. Se escucharon gritos, tanto arriba como de los visitantes que los observaban. Una de las cadenas reventó y ambas sillas quedaron colgando.

—¡Apaga la maldita máquina! —le gritaron al operador, pero él se limitó a observar lo que estaba sucediendo. No podía pararla, necesitaba la llave maestra y su jefe no estaba ahí para proporcionársela.

El juego volvió a encenderse, ahora de reversa. Ganó velocidad. Oscar utilizó toda su fortaleza para soltarse y agarrar la mano de Fernanda. La apretó fuerte. El juego comenzó a bajar. Bajó treinta metros casi de golpe. Los asientos se alzaron más y la segunda cadena reventó.

Fernanda vio cómo el asiento de adelante caía al vacío. Sus ojos se abrieron hasta casi salirse. Comenzó a gritar y a retorcerse. Las correas que la sostenían fallaron y su cinturón se abrió. Oscar intentó sujetarla, pero sus dedos se resbalaron y la perdió en el último instante.

Vio cómo caía al vacío. Aunque a él no le pareció así. Vio cómo se alzaba, cómo elevaba el vuelo. Vio que viajaba al sol.

El jefe de operación detuvo el juego. Estaba agitado, había cruzado todo el parque para alcanzarlo.

Oscar esperó mientras lo bajaban. Sus manos no dejaban de temblar. No miró al suelo. Ni siquiera podía. Sus ojos se quedaron allá arriba, donde ella se convirtió en luz.

***

Imagen al exterior

Reina de la fortuna  >> Anónimo

Edvard Pichardo (Estado de México, 2002) es físico egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. Escritor de ficción. Cultiva la fantasía, el terror y el suspenso en una narrativa donde los elementos cotidianos se transforman en escenarios abstractos y complejos; su mente, según él mismo describe, funciona como un filtro de ideas espontáneas que le permiten imaginar mundos enteros. Sus personajes son trágicos, de moral ambigua, atravesados por la tristeza y la depresión, y no temen enunciar una verdad cruda ni afrontar las consecuencias de sus actos. Su cuento «Un lugar en el tiempo» fue publicado en la revista El Creacionista (núm. 88). De mente inquieta y a veces terca, pero siempre dispuesta a sorprenderse, actualmente reside en la Ciudad de México, buscando, entre la neblina de un futuro incierto, su propio camino.

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