Los fastos de la entronización duraron varios días, uno por cada noble alzado, y dos más de despedida. Rímini se engalanó para la ocasión. Los pendones de las casas regentes ondeaban sobre las murallas, colgados de las almenas, dando la bienvenida a todos los invitados a la fiesta, que se contaban por miles, a los que un nutrido número de sirvientes daba acomodo y servicio. Las mesas se apostaban en el patio, aunque los más destacados se asentaban en el salón del trono. Allí, rugientes hogueras daban calor a la galería, y grandes lámparas con innumerables velas iluminaban a los asistentes. Los banquetes llegaban de un extremo al otro de la sala, y en ellos se servía roja malta fermentada, con ricas carnes recién sacrificadas. Ciervo, venado y jabalí, la caza abundaba en las inmediaciones, junto con sabrosas patatas doradas al horno que hacían las delicias de los comensales. Sárloc sirvió vino antiguo en su copa y brindó por todos sus lugartenientes.
—Una nueva era se abre en Efenberg, que la nobleza y el respeto guíen a los que ahora se alzan en representación de nuestro pueblo. ¡Larga vida a los comandantes!
Un estruendo de jarras de metal chocando unas con las otras invadió cada rincón del comedor.
—¡Larga vida! —respondieron todos.
Después de la comida, la reina los fue nombrando uno a uno, y estos subieron al escenario para investirse con las capas reales. Garbo, el más fornido, Éreborn, el más audaz, Dardo, Gürlich y Síndor, los más valientes, Méredian, el más sabio, Vanigapko y Estúrlin, los inseparables, Címbor, el más leal, Ófenborg, el intrépido, Lindern, el baluarte, y Luma, la única dama representante, que, dado que iba a regir los destinos de la provincia más alejada, fue nombrada en último lugar. Todos ellos se felicitaron, llevados por la embriaguez de los elixires servidos, cuando se vieron cubiertos con aquellas grandes prendas que arrastraban tras sus talones.
La imagen era digna de inmortalizarse en algún lienzo. Los doce hincaron rodilla en tierra, rindiendo pleitesía a la gobernanta. Éreborn se había adelantado y estaba pidiendo permiso para enaltecer al resto con un prolongado parlamento. Sárloc se lo permitió. Después de lo cual, el comandante se alzó de nuevo, y empezó a discurrir, como un río, peñas abajo, soportando el peso de la orilla. Los espectadores se amontonaban en silencio, tratando de escudriñar en el discurso nuevas y prósperas encomiendas. Pero el jefe del sector recomendado no dio pistas acerca de su idea de gobierno. Al contrario, se limitó a alabar a sus amigos, dejando espacio aparte para Luma, la cual, hecha de hierro como espadas, se escondía bajo capas de ciego orgullo a la mirada fugitiva del resto.
Luma era indómita. Tenía grabadas en la frente las uñas de otros lobos que, siendo niña, muy niña, la atacaron. Ella sacó la daga que adosada a la cintura llevaba, regalo de un padrastro que nunca bien la quiso, y degolló al líder de la manada. El restó huyó desorientado, sabiendo que habían equivocado la presa. Y desde entonces a la hija de la luna, como así la conocían, la empezaron a llamar con parecido sobrenombre, cambiando el suyo, Caspia, por el ya conocido y remarcado.
Luma se hizo poseedora de una gran fama entre bandidos, pues todos temían encontrarla en tierra yerma. Los soldados la respetaban por encima del resto de mortales, e incluso los más leales de otras guardias la adoraban sobre el plan de sus señores.
Éreborn lo sabía, y por ello la aplaudió en primer término. Tras de lo cual festejó saberse hermano de otros distintos gladiadores. Garbo se llevaba la palma en este sentido. Era, cómo decirlo, singularmente el más apreciado por el pueblo. Su porte parecía de gigante, contrastando ampliamente con la humildad de la que hacía gala. Era el comandante jefe, sí, eso no se discutía, pero parecía el menor de los caudillos, siempre compartiendo decisiones y solicitando consejo. Se había ganado el calor y fervor de Efenberg, y por eso Sárloc lo había encumbrado.
Del resto no había mucho que decir, salvo que todos eran corazones nobles y valientes. Unos más sabios que otros, semejaban la mejor de las hazañas por parte de la reina al haberlos reunido. Escucharon lo que su amigo tenía que decirles, y dieron su aprobación después de los discursos. No eran muy habladores los generales, y sin embargo agradecidos.
—Bien —sugirió el hada—, si ha terminado la oratoria, ¡que empiece la disputa!
Se habían organizado, para después del banquete, finalizada ya la asamblea de la coronación, varias actividades al aire libre, entre las que destacaba el combate cuerpo a cuerpo que iban a librar los voluntarios.
Al parecer, los nobles estaban exentos de lucir a fuego y brillo el haz de sus espadas, pero Ófenborg no supo negarse, y se desquitó de parecer un invitado apabullando a cuantos en el camino le salieron. Rindió a unos y otros con la fuerza de su brazo, sin ayuda de escudo ni protección que lo acunara. Los otros se acercaban a él, envalentonados, y acababan huyendo cual conejos a los pies de una zorrera, sabiendo que habían errado el camino y se habían metido en una trampa mortal.
Por fortuna para todos, los combates no se libraban a sangre, sino que, cuando uno resultaba herido, la contienda terminaba, saliendo siempre el noble Ófenborg enaltecido.
Vanigapko bromeaba con Estúrlin, diciéndole que él no se atrevería a tanto. Y tanto le hurgó con el codo bajo las costillas que al final saltó como un resorte. Después de que su compañero se alzara en la victoria, rendidos ya todos los enemigos, se ofreció para poner a prueba su valía, y le retó a un último combate, mano a mano, sin espadas ni aceros homicidas. Ófenborg aceptó el reto, no otra salida le quedaba, a pesar de ser este mucho más menudo y menos fibrosos sus cortos brazos. Dio sin embargo la talla, y peleó con audacia, acercándose a su oponente lo justo para golpear y alejarse, sabiendo que, si terminaba arrastrado por el otro, no duraría en pie más de un segundo. Estúrlin hizo cuanto pudo. No fue suficiente. Uno y otro pelearon por espacio de varias horas, hasta quedar agotados en el círculo. Tuvo que intervenir Garbo para dar por finalizada la pelea, sin que hubiera vencedor a quien honrar. Si bien todos aplaudieron al pequeño, por ser su adversario más capaz para el cuerpo a cuerpo. De nada le sirvió. Ófenborg se había desenvuelto bien, escurriendo por entre los brazos rivales como una trucha fugitiva de entre las manos de un niño. Y cuando al fin se dieron por vencidos, los dos extenuados corazones, se abrazaron en signo de amistad. Era claro que ambos lucían sus bondades como joyas de jade del cuello de las damas de la corte.
Los despropósitos vejados por la testosterona dieron paso al tiro con arco. Una tropa de varios cientos de lanceros en fila aguardaba a los concursantes, que fueron emergiendo de la multitud con sus tensas herramientas cruzadas sobre el tronco. Alguno portaba un carcaj bellamente elaborado, otro arrastraba las flechas con desprecio, y los más singulares se administraban las puntas agrupadas desde el suelo adonde previamente eran sutilmente clavadas. Una hilera de veinte indómitos certeros se opuso a las dianas. Los blancos eran corvos a tanta distancia como estaban, haciendo que los miles de observadores dudaran de que fueran capaces de albergar esperanzas de éxito con sus armas. No había nadie más atrevido que la dama nocturna. Luma, ensombrecida por una sonrisa escandalosa, se levantó de su tribuna, y, apartando hacia un lado el estandarte, suplicó que por el pendón de su familia la dejaran participar en el evento.
Fue en ese preciso instante cuando todos se echaron a temblar. Nadie, en todo el reino de las Tierras de Prosperidad podía vencer su puntería. Decían, los que bien la conocían, que la flecha lanzada por Luma podía derribar a un elefante, o acariciar sin herir a una libélula. Las mariposas, frágiles, la imitaban, y se posaban en la punta de sus dardos para suplir su falta de velocidad. Luma cogió el carcaj repleto de saetas y se apostó en medio de los contendientes, dando principio al concurso.
Las flechas volaban por la pradera buscando encarcelar el viento que se les oponía. Silbaban como víboras agrestes y herían la anea que aguardaba, pintada de rojo y blanco, al otro lado de la explanada. Unos acertaban en el centro, otros se desviaban levemente. Ninguno tan certero como Luma, que horadaba la confianza en la victoria de sus enemigos. Ella apostaba su virtud a los extremos, y dibujaba con saetas su propio nombre, de modo que, en la diana, al final de su concurso, podía leerse “VICTORIA” con letras emplumadas para dar orientación a las ballestas. Y, por si acaso quedaban dudas, en las dianas de los otros acertaba a hendir el centro por encima de otras flechas que, previamente y sin tanta ceremonia, habían albergado ilusiones de triunfo. Luma las partía en dos con su propio lanzamiento, y atravesaba la verdad de los jueces con singular atisbo de fortaleza. Sin duda tuvieron que darle la razón, atestiguando que, en todo el campo de batalla, no había otro brazo igual al suyo.
Festejaron con vino su victoria. La roja sangre de la uva corría por los gaznates recién acompasados, en ceremonial argumento que de boca en boca se aplaudía.
—Es la mejor.
—No hay otra como ella.
—¿Quién se le pudiera oponer? ¡Ninguno, a fe mía!
Y la opinión era generalizada. La propia Sárloc salió a defender su gallardía. Tomando la rama de un olivo cercano, la dispuso como corona para su discípula, la cual advirtió en el gesto un reconocimiento sincero por parte de la reina.
Habían sucumbido todos a sus encantos. Y sin embargo querían más batalla. Todos esperaban que Garbo demostrase por qué había sido escogido gobernante. Las disputas a caballo eran su fuerte.
Establecieron una frontera, con una lona sujetada por listones, que a la altura de la cintura dividían la parte izquierda de la derecha del llano. Los caballos corrían veloces a uno y otro lado, y en el centro se encontraban las espadas, las lanzas y los escudos que torpemente amortiguaban el golpe demoledor del adversario. Todos caían ante el envite del caudillo. Garbo no tenía opositor. Cuando él se elevaba sobre la grupa, ninguno quería exponerse al otro lado. Era demasiada su fuerza como para retarla abiertamente. Él lo sabía, y se ofreció para dar ventaja a los valientes. Tomó prestada una tela y se envolvió la cabeza en ella. No podía ver nada, y nada parecía que fuera su destino frente a los nuevos voluntarios. Muchos hubo que, bajo esas nuevas condiciones, se ofrecieron a derribarlo. Ninguno lo logró. Con venda incluida el brazo del general de Sárloc violentaba la armadura de sus adversarios como si fueran terrones de azúcar disueltos en grandes y ardientes tazas de té. Esta vez ninguno de sus compañeros quiso poner a prueba su victoria, pues todos temían quedar en ridículo frente a su capitán. Si Érebin hubiera estado presente… Pero el elfo tenía cosas más urgentes que atender. La reina por un instante recordó su partida, abstrayéndose momentáneamente de la fiesta, y su alegría se ensombreció. ¿Qué estaría haciendo su amante en el Bosque de la Espesura? ¿Por qué pasaban los días y no llegaban noticias de su regencia? Un súbito aplauso convencido la rescató de tales pensamientos. La multitud festejaba con Garbo su incontestable premio. Era sin duda el mejor de todos, el más fuerte, el más hábil sobre el caballo, y parecía que nada ni nadie fuera a derrotarlo en sus largos años de existencia.
Continúa…
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Los dragones del círculo polar – Prólogo
Las guerras de Efenberg – 1
Imagen
Juana de Arco >> Óleo >> Dante Gabriel Rossetti., Londres, Reino Unido, 1828 – Birchington, Reino Unido, 1882.
Héctor Aún vive en un pueblo de montaña de la provincia de Segovia, al norte de Madrid, en España, donde nació un 31 de diciembre de 1974. Ha cursado estudios de filosofía en la Universidad Complutense de la capital española, y muchas de sus fuentes son de este género. Es autor de diversas obras infantiles, aunque también ha publicado para un auditorio más adulto. Vértigo y La Gran Carrera son dos de sus novelas, al igual que Como flores muertas, El fantasma de un percebeiro y Cuadernos de poesía son sus únicos poemarios publicados hasta la fecha. Recientemente ha visto la luz una novela juvenil, Tigre, el reloj despertador, y tiene en mente la colaboración con una editorial argentina para sacar al mercado su colección de microrrelatos Breviario de un hombre torpe.

