Belarmino acudió a la cita en el día y hora previstos. No tuvo que esperar mucho para que se presentase Bahiana Disantos. El camarero del Cangrejo Rojo acomodó a la pareja en la terraza, porque la señorita Disantos iba acompañada por su mascota, un gran foxterrier de pelo duro y blanco, al que llamaba Milú, por su gran parecido al perro ficticio que acompañaba a Tintín en sus aventuras.
—Lo siento, señorita Bahiana —se disculpó el camarero—, el motivo de que les acomode en la terraza, es porque tenemos prohibido que entren animales en los espacios cerrados.
—Dígale a su jefe que lo está haciendo muy mal. Milú no es un animal cualquiera, se trata de un ser vivo que tiene hasta sentimientos y una personalidad definida. Es más, le puedo asegurar que es mucho mejor que algunas personas —arengó a el camarero la señorita Disantos, como le gustaba que la llamasen.
Belarmino Criado se había estado acicalando, para este encuentro, desde hacía cinco días: corte pelo, afeitado y arreglo periférico del bigote fino, alquiler de traje y corbata en una guardarropía teatral, sauna y baños, depilación y arreglo de uñas.
Pero a pesar de tanto esfuerzo en el cuidado corporal, el señor Criado cometió un error muy grave, se bañó en la colonia de Varón Dandy, y la panameña Bahiana no soportaba ese olor, así que sugirió a su compañero de mesa que fuese al servicio, para tratar de quitarse de encima ese tufo. Y se echase cualquier otra fragancia.
El encuentro de esta pareja había sido concertado por una compañía multinacional, experta en encontrar parejas perfectas (I want to gett know you, darling company): Compañía “Quiero conocerte, cariño”
Bahiana le pidió al camarero que le sirviese una botella de Vega Sicilia, pero a la temperatura de diez y ocho grados, agua de vichy catalana; una ración de croquetas de gambas para su mascota Milú, y una ración de cangrejos de río, que era la especialidad de esta marisquería, para ella, insinuando que su acompañante pidiese lo que le placiera.
Bahiana Disantos, a pesar de su edad, sobresalía por esos ojazos almendrados de color negro muy oscuro. Se podía leer en la comisura de sus labios la sonrisa pícara de una mujer avezada y muy vitalista. Su piel bronceada y con un brillo natural resaltaban su belleza. Exhibía unas uñas cuidadas y demasiado alargadas e iba cubierta con una especie de túnica blanca, bastante transparente, que convertían a esta panameña en una mujer coqueta.
Belarmino sacó de un bolso de piel, un libro de pastas negras y titulares blancos: “Poemario del amante” de Belarmino Criado Tejedor y al unísono la señorita panameña le entregaba una novela al sorpresivo poeta, “Ciento y un queridos” de Bahiana Disantos Caracol.
—Si se hiciera una encuesta sobre el número de escritores, lo mejor sería preguntar por las personas que no escriben —arguyó con mucha ironía Bahiana.
Se intercambiaron los libros para hacer las respectivas dedicatorias. Y Bahiana, mientras que con una mano acariciaba a Milú y con la otra pasaba las hojas del poemario de Belarmino, leyó en voz alta:
Mujer
No naciste de la calma,
sino del fuego y la tierra.
Llevas el mar en el alma
y la fuerza en la tormenta.
Tu voz es eco que sana,
tu paso, huella que inspira.
Eres el sol de mañana,
la mano que crea y admira.
Mujer de luz y de espada,
con la mirada en el cielo,
deja tu historia grabada
y emprende libre tu vuelo.
—¿De dónde sacó usted este poema? —interrogó al poeta con mucha curiosidad la esbelta mulata.
—En confianza te voy a contar la verdad. Un amigo mío me enseñó a utilizar la Inteligencia Artificial, y le puse a la IA la palabra “mujer” y sacó un poema en segundos. Así que en una semana habría creado más de cien poemas. Se los llevé a un editor y me los publicaron.
—Este mundo es una mierda, qué va a ser de los poetas, si una máquina insensible escribe poemas como churros —afirmó Bahiana.
Mientras la señorita Disantos Caracol se quejaba de una competencia literaria desleal, recordaba, con cierto resquemor, el esfuerzo que ella tuvo que realizar para escribir su novela corta. Echó un pequeño sorbo de vino. Sacó un puro habano y se lo fue fumando mientras degustaba los cangrejos de río y saboreaba el vino tinto Alión Vega Sicilia. Tempranillo Ribera del Duero de noventa y ocho euros la botella de setenta y cinco centilitros.
—¿Te habían dicho alguna vez que tienes una sonrisa muy bonita? —se interesó por escuchar la respuesta Belarmino.
La panameña se retorcía a grandes carcajadas, por la pregunta estúpida que le había formulado el falso poeta. Toda su vida había tenido que soportar peguntas y frases tópicas: sobre lo guapa que era, lo bien que vestía, su pelo, sus ojos, su tipo…
—No, es la primera vez que me lo dicen —afirmó con un sarcasmo exagerado. Y a continuación le empezó a contar toda su vida a Belarmino.
La capitalina de Ciudad de Panamá no paraba de hablar, sólo hacia pausas para manducar algunos cangrejos de río, echar un trago de Vega Sicilia o inhalar el humo del habano y coger a Milú en su regazo para colmarle de besos y carantoñas.
Por el contrario, Belarmino no escuchaba lo que le estaba contando de su vida la señorita Disantos Caracol. A él le venían imágenes de lo que tuvo que pasar, especialmente cuando la petersburguesa Petrushka Morozova se puso en contacto con él, a través del ordenador y terminó enamorándose de ella, hasta tal punto de que le enviaba a San Petersburgo cualquier cantidad de dinero, que la joven rusa le pidiera. Cuando se fundió la herencia de su padre, Petrushka dejó de hablar con Belarmino y fue en busca de otros clientes.
Aquel suceso no se lo había contado nunca a nadie Belarmino, porque temía que se burlasen de él. Y además le daba mucha vergüenza haber sido objeto de una estafa amorosa.
—¿Y cuáles son sus vivencias hasta ahora? —Se interesó Bahiana.
—Bueno, yo no tengo mucho que contar —agregó Belarmino al tiempo que se iba ruborizando—: un matrimonio fracasado, porque mi exmujer me acusaba, al divorciarse de mí, de que yo era un mantenido. Soy un ingeniero que trato de canalizar una zona de regadío.
—¿Y cuánto tiempo lleva trabajando en ese proyecto? —se interesó la panameña.
—Veinte años —balbuceó cabizbajo Belarmino, al tiempo que se excusaba—, no encontramos el agua que abastecería al canal. Y también tengo problemas con los pertinentes permisos de las autoridades, porque no llegan.
Después de un largo silencio, Bahiana pelaba un cangrejo con una destreza exquisita y levantaba la copa del Vega Sicilia, en señal de brindis.
—Pero veo que usted no come ni bebe nada. La panameña hizo una señal al camarero y luego le preguntó a Belarmino que era lo qué quería tomar.
—Una cerveza y un pincho de tortilla para el señor. Y media docena de ostras para mí —le encargó Bahiana al camarero con una preciosa sonrisa.
—Me podría decir, señorita Bahiana, ¿qué buscas en una relación? —precisó Belarmino.
—Por encima de todo, estabilidad económica. Estos productos que estamos consumiendo cuestan dinero. Y si no se pudieran pagar nos estaríamos haciendo la pregunta de ¿qué estamos haciendo nosotros aquí?
—Yo, si le soy sincero, llevo unos cuantos años atravesando una crisis, sobre todo de identidad. Y luego otra gran crisis laboral, porque no hay manera de terminar ese proyecto de canalización, que empecé hace veinte años, como ya le dije.
—Entonces… ¿quién paga sus facturas? —agregó interesada la señorita Disantos Caracol.
—Me voy apañando con créditos bancarios y algún préstamo, que puntualmente me hace mi exmujer —respondió Belarmino—. Cuando me abonen todo lo que me deben del canal, no tendré problemas económicos.
—Por lo que deduzco que usted hasta el día de hoy es un proyecto a largo plazo —concluyó la señorita Bahiana Disantos Caracol, mientras añadía—, no le importaría llamar a un Cabify. Aquí le dejo el número de mi móvil. Llámame y podemos quedar otro día, para conocernos mejor.
Belarmino reclamaba por su móvil los servicios de un VTC, para que viniera a recoger a la señorita Disantos, al restaurante El Cangrejo Rojo.
Bahiana dispensó a Belarmino un par de besos fraternales. Y se fue a esperar al vehículo de transporte con conductor, junto a su mascota Milú.
Belarmino pidió la cuenta y extendió su Visa. El camarero regresó a la mesa del cliente y le comunicó que no admitía la tarjeta que había pasado varias veces por el datáfono.
El ingeniero del canal que estaba construyendo desde hacía veinte años, echó mano a sus bolsillos y comprobó que apenas tenía cuarenta euros y la factura ascendía a doscientos diez euros.
—Insista pasando mi tarjeta por el datáfono, para ver si el banco la admite —le aconsejó Belarmino al camarero. Al tiempo que con el móvil hacía una llamada, levantándose de la silla y alejándose del camarero.
—Angelina, soy yo. Estoy en apuros. He invitado a un cliente a comer y no tengo fondos en el banco para pagar la factura del restaurante. Después de escuchar lo que le respondían al otro lado de la línea, agregó.
—Estoy en El Cangrejo Rojo, ¿sabes cuál es? Sí, el restaurante que me invitaste cuando aprobaste las oposiciones para cuidadora de personas con discapacidad. Te espero. El problema es de trescientos euros.
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Mujer sentada en bar >> Óleo >> Pedro Sanz González
Francisco Rodríguez Fuertes nació en La Bañeza (León) España, aunque su residencia desde hace más de cincuenta años es Madrid. Se ha dedicado desde muy joven a la literatura, principalmente cuentos, relatos y ensayos, y a la dramaturgia con más de veinte obras estrenadas en el teatro profesional. Sus últimos libros son Cuentos y zarandajas, Pierrot…, Pierrot y Los dueños del aire dos obras teatrales. Compagina la escritura con la docencia, impartiendo clases de teatro y escritura creativa en universidades, centros culturales, en la Comunidad y Ayuntamiento de Madrid. Sus últimos premios son: Premio Internacional de Canarias (2023), por un relato de ficción de la “PEPA 1812, sobre la primera Constitución Española; Premio de relato corto (2023) del Diario El Norte de Castilla- Valladolid- España; Premio de teatro Pamplona- Navarra-España (2016) y Premio Madrid (2006) por la obra de teatro ¡Guau!. Colabora en varios semanarios y revistas literarias.
