322

por Diony Scandela

Estamos rodeados de misterio, pero nos hemos acostumbrado a vivir en la superficie de las cosas. —Juan José Arreola

Era un hecho más claro que el agua: el cura Madariaga había desaparecido de la noche a la mañana. Su habitación, en las adyacencias de la Oficina de la Comisión Geográfica, estaba en completo orden: allí estaban su crucifijo, su escritorio y su libreta de apuntes, donde su tesis doctoral había quedado a la mitad. En la pared, junto a una telaraña, colgaba un cuadro de San Ignacio de Loyola, fundador de la orden a la que perteneció Madariaga (los jesuitas).

El primero en dar la alarma sobre la ausencia del cura fue el indio Arapaima, un fornido cacique converso al catolicismo, quien galopó hasta la casita donde se hallaba don Genaro Yépez. El buen historiador recordó que Rafael Madariaga estaría solo siete días allí en San Silvestre, por órdenes de la respetable logia que pagó su viaje.

—No dejó nada escrito. Allí estaban su maleta y todas sus pertenencias —comentó un extrañado Genaro a un italiano de rostro inexpresivo y cabello blanco, un tal Bartolomeo Banucci.

—Nunca me agradó del todo, Genaro. Tú bien sabes que nuestra respetable sociedad se cuida de la presencia eclesiástica.

—Por un carajo, ¿no quedaron ya en el pasado las peleas entre masones y jesuitas?

Bartolomeo se cruzó de brazos. Genaro sacó un cigarrillo y comenzó a acariciar a un raquítico perro echado cerca de sus zapatos.

—Quiero que te unas a la búsqueda. No comentes nada a nuestros superiores, Genaro. El cura aún sigue siendo miembro del Gran Templo de Bezaleel; mandarás todo al carajo si no cooperas.

El italiano se quedó absorto mirando la llanura venezolana. Allí, a lo lejos, se veía al indio Arapaima y a algunos policías locales registrando cada centímetro de San Silvestre.

—¿No hay fondos de la logia para encubrir un poco esta desaparición? —se atrevió a preguntar Genaro.

El italiano revisó su billetera: unos cuantos dólares se asomaron.

—Posiblemente. Debo partir a Madrid, ya pedí permiso al Gran Maestro. Tú quédate aquí hasta que tengas respuestas del paradero de Madariaga. ¿Sabes? Hay temas más interesantes en nuestra historia que una maldita leyenda de libros monstruosos de tres ojos. Hallé un raro ejemplar en Dublín y lo haré público en la Conferencia Anual de Historia.

«Maldito egoísta», resonó en la mente de Genaro, mientras por fuera mostraba una sonrisa hipócrita.

—Bueno, tendré el informe listo para enviarlo a la sociedad. Eres muy blanco para este clima, un repelente no te caería mal.

El italiano fulminó con la mirada a su interlocutor:

—Más te vale que regreses con un buen hallazgo a la logia. Salgo a las tres y media para Caracas. No dudes en llamarme si dan con el paradero del cura. Fuerza y sabiduría, Bartolo.

Don Genaro no llegaba a los cincuenta; algunos aseguraban que tenía cuarenta y dos, otros que treinta y siete. Pero bajo esa piel caucásica chamuscada por el sol se hallaba un hombre introspectivo: una mente inquieta y erudita que se había movido entre universidades y academias.

Por las noches, el historiador sufría de insomnio, y ahora más que su colega había desaparecido. Los mosquitos estaban haciendo estragos en su espalda; se levantó de golpe a medianoche y encendió la luz del cuarto. Allí estaba la libreta de apuntes de Madariaga. El encuadernado era de cuero, con el sello de la respetable sociedad y el número 322. Se asomó por la ventana y encontró la llanura tranquila, animada solo por el sonido de alcaravanes, ranas y grillos. Ajustó sus gafas y comenzó a leer:

«Como si hubiesen sido esparcidos por todos los continentes, estos libros quedaron relegados a la historia secreta de muchas culturas. La humanización del objeto se remonta a la dinastía de los Ptolomeos; en la expansión del islam por Europa se mencionan tres tomos. La Edad Media fue el periodo donde más se habló del Vetiti Lingua Saecula, o el “lenguaje prohibido de los siglos”, como un inquisidor nombró a estos libros malditos…».

Genaro nunca le había preguntado a Madariaga de qué se trataba su tesis doctoral pero, ahora que tenía una idea, le pareció que aquel cura estaba loco. «Delirio jesuita», pensó, intentando convencerse a sí mismo mientras una extraña inquietud le erizaba la nuca. Él era un hombre de archivos y pólvora seca, no un místico. Se dispuso a cerrar el cuaderno y regresar a la cama, decidido a archivar aquella fantasía medieval. ¿Qué carajos podía hacer? Su orden solo se limitaba a recabar objetos perdidos de la historia; eran como unos cazadores de tesoros. El Gran Templo de Bezaleel podría encubrir la desaparición de Madariaga. De hecho, el cura era considerado un hermano heterodoxo dentro de la orden.

El historiador pretendió soñar con la magia de la llanura venezolana, imbuida de fresco misterio y mágica fauna, pero la mente optó por transitar el sendero de un inusitado horror: libros macabros con tres ojos y bocas humanas devoraban a todos los integrantes de su orden, mientras un perverso clérigo de planos superiores vencía en ajedrez al Gran Maestro. Pero el crujido que resonó en el rincón oscuro del cuarto no provenía de su imaginación. Cometió la locura de acercar un pocillo de café rancio que estaba en una mesita y tomárselo a fondo blanco.

Genaro no era un hombre de milagros, sino de archivos y pólvora seca. Cuando las cubiertas de cuero de esos malditos libros crujieron contra el adobe, supo que la erudición es una amante peligrosa que siempre te cobra en sangre. Eran tres ejemplares, vivos, con ojos grandes y despiadados que lo miraban con el odio de los inquisidores que los parieron. Genaro no rezó; sacó el viejo revólver que guardaba en el cajón, dispuesto a vender cara su piel de historiador. El olor que despedían era una mezcla de cartón con cuero quemado, pero el historiador no se quedó a disfrutar del aroma: disparó a los monstruos de papel y estos apenas se movieron; los ojos brillantes eran retinas acuosas donde se dibujaba una amalgama de muchas figuras geométricas que giraban lentamente.

Entonces el aire se desgajó. No hubo coros celestiales, sino el fulgor frío y geométrico de una espada de luz absoluta, un orden militar y divino encarnado en una criatura de mil alas de fuego que disolvió a los engendros de papel. En el centro del torbellino vio a Madariaga, ascendiendo con la rigidez de un soldado jesuita llamado al frente por su General supremo. El cielo se cerró con el estruendo de un cañonazo.

Al amanecer, Genaro se limpió el sudor de la frente y se miró las manos: el revólver temblaba contra su voluntad, golpeando levemente el metal contra la madera del escritorio. Pasaron largos minutos antes de que pudiera apoyar el arma y obligar a sus piernas a sostenerlo. Tenía una certeza amarga en el pecho: el mundo era un tablero de ajedrez demasiado grande, y él solo un peón que había sobrevivido de milagro. Se encendió un cigarrillo, sabiendo que nunca les contaría la verdad a los idiotas de la logia. La colilla consumida fue el último sacrificio de la noche. Genaro, recobrada la compostura del académico, guardó el revólver en el cajón, no sin antes sonreír ante la flagrante falta de método de los monstruos: los libros con ojos, después de todo, adolecen de la misma miopía que los críticos literarios. Las cosas secretas pertenecen a Dios ¿no es así?

Semanas más tarde, en Madrid, Bartolomeo Banucci subió al estrado de la Conferencia Anual de Historia. Con ademán triunfal, abrió el raro ejemplar de tres ojos hallado en Dublín, dispuesto a deslumbrar a la comunidad científica. Sin embargo, al posar los ojos sobre las páginas, los tres órganos del libro pestañearon al unísono, imitando con pavorosa exactitud el tic nervioso del Gran Maestro de la logia. El libro comenzó a devorar ávidamente las notas del discurso de Banucci. Ante el horror de los académicos, el italiano no pudo hacer más que cerrar el tomo con violencia, aplastando sus propios dedos en la encuadernación. Desde la última fila, un hombre caucásico y chamuscado por el sol del trópico aplaudió en silencio, celebrando el sutil y definitivo triunfo de la heterodoxia jesuita sobre la pulcritud de los archivos.

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Diony Scandela nació el 3 de julio de 1993 en  Apure, Venezuela. Iniciado formalmente en el mundo de la escritura con la publicación de su novela Perros de la Prehistoria. Autor de varios relatos, entre ellos “El cíclope de los bosques”, “El caso del sindicalista”, “Caballero andante” y fundador de la Revista Paladín. Integrante del equipo editorial de la Revista Paladín.

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