Aquella mañana de sábado, Carlota estaba colocando cuidadosamente su ropa interior encima de la cama recién hecha, al tiempo que le daba vueltas en su cabeza a un tema familiar que le preocupaba desde hacía varios meses, aunque lo hubiera ya sufrido durante mucho tiempo atrás.
Su marido Evencio había salido a correr, porque el día anterior su médico de familia le había instado a que hiciera ejercicio y que bajara cinco o seis kilos, ya que el colesterol, el azúcar y el corazón así lo exigían. El cónyuge de Carlota, siempre que iba al médico, cumplía al pie de la letra todo lo que le recomendaba el doctor, pero al cuarto día se cansaba y volvía a sus rutinas sedentarias.
—De hoy no pasa, tengo mi plan y lo voy a cumplir al pie de la letra —musitaba para sí la esposa de Evencio, mientras que no dejaba de colocar ropa de vestir en diferentes perchas.
Carlota había sido siempre una trabajadora social ejemplar, una ejecutiva vocacional, respetada por sus compañeros y admirada por los usuarios que la visitaban, porque ella mostraba empatía para con las personas que necesitaban de su orientación y ayuda. Disfrutaba con su trabajo de jornada continua. Su calvario personal empezaba a las tres de la tarde, especialmente cuando llegaba a su hogar, a pesar de tener una empleada doméstica que le limpiaba la casa.
Al llegar a su domicilio la trabajadora social, después de su jornada laboral como funcionaria, y mientras ponía un par de lavadoras, iba calentando la comida que había dejado medio preparada el día anterior, antes de acostarse para madrugar al día siguiente. Lavar, planchar, colocar armarios, hacer las camas, poner el friegaplatos.
Evencio, su marido, antaño había participado en las tareas domésticas, pero ahora sólo se había adjudicado como una obligación casera el bajar la basura y pasear a su mascota Perezosa, una perrita caniche de lanas blancas.
Carlota disculpaba a su marido, porque Evencio sufría severas depresiones. Este profesor de Sociales impartía su asignatura en un instituto de la periferia y había sido diagnosticado de un principio de esquizofrenia, derivada por uno de los tipos de delirios: la manía persecutoria, ya que creía a pies juntillas, sin ningún fundamento, que estaba siendo vigilado y perseguido por sus alumnos, los padres de éstos y la dirección del centro.
Al profesor de Sociales nunca le gustó su profesión, ni los chicos y mucho menos los padres. Hubo una época en que tenía la certeza de que los progenitores de sus alumnos, cuando acudían a una reunión del instituto, iban armados con pistolas y armas blancas, para agredirle. Tampoco tenía ninguna razón para preparar la asignatura que impartía, porque a todo el mundo, según Evencio, su asignatura le importaba una mierda.
Así que el marido de Carlota prefería ir acumulando bajas depresivas y, en un calendario que se había construido con los setenta y dos meses que le quedaban para jubilarse, cada día que pasaba se acercaba al almanaque y con un cúter cortaba la fecha laboral que ya había pasado.
Sin embargo, Evencio, durante los periodos de bajas médicas, aprovechaba su situación de enfermo para practicar sus adicciones: los buenos habanos, el coñac francés y el juego de envite del mus. Después de comer, como si se tratase de un ritual, iba a la terraza del club social con sus compañeros de vicio diario a disfrutar de la vida, como solía decir. Hasta las vacaciones pactaban con Evencio, los compañeros jugadores de cartas, para ir todos los compinches de la partida juntos, se fijaban las fechas y lugares de veraneo en la mesa de juego, teniendo como testigos el tapete, los naipes y las piedras y amarracos del mus.
Carlota recordaba todos aquellos veraneos obligados en torno a las partidas de mus. Tanto así que las señoras de los jugadores decidieron crear un grupo de juego de canasta uruguaya. Y en medio de comodines, treses negros y rojos, canastas ocultas y tríos…, se soltaban la lengua haciéndose ilusiones sobre George Cluny y otros de su quinta, y hablaban medio mal y en bromas de sus parejas.
Este sábado, Carlota se encontraba bastante nerviosa, por la decisión que estaba urdiendo desde hacía mucho tiempo y no dejaba de hablar en voz alta, aunque se encontraba sola en su hogar.
—No me pienso callar nada, cuando esté delante de él se lo cascaré todo. Empezaré diciendo: “…si no recuerdo mal, cariño mío, todo comenzó cuando nuestras hijas empezaron a meter a los novios en nuestra casa”.
—Mamá, papá…, éste es mi novio Chuchi. Chuchi estos son mis viejos. Viene a quedarse una temporada a vivir aquí con nosotros, porque los alquileres están por las nubes y aquí no tiene que pagar ni un chavo.
Aquel día Carlota lo tenía grabado en su retina. Su marido y ella se miraron a la cara y se encogieron de hombros, mientras aceptaron hacerse cargo de Rogelio, el perro dogo alemán al que daba miedo mirar y que había sido un regalo de Chuchi a nuestra hija Trinita, pero que a partir de ese día pasaríamos a cuidar nosotros junto a nuestra perrita Perezosa. Al parecer, Chuchi venía a estudiar un módulo para convertirse en probador de bebidas alcohólicas y había elegido, como pensión, nuestro domicilio.
El chico era muy majo, pero no realizaba ninguna tarea doméstica, la cama se la hacía Carlota diariamente. Afirmaba que no le gustaba ir a la compra y se trincaba una botella de vino diaria, que se la compraba Evencio, el pusilánime de mi esposo, porque no era capaz de pegar un puñetazo encima de la mesa, para poner orden en el hogar.
Y para colmo, Candelas, la hija mayor de Carlota y Evencio, se había divorciado y ahora tenía una relación con un funcionario de prisiones, y mientras encontraban casa, se habían instalado, para acabarlo de arreglar, en casa de sus progenitores.
Así fue como los padres de las hermanas Candelas y Trinita tuvieron que comprar dos literas, separar al dogo alemán de las gatitas Marta y María, y alejarlo también de la perrita caniche Perezosa.
Y para remate, aquel día llegaba la hermana de Carlota, con su hijo, para disfrutar de las fiestas del Día del Orgullo Gay.
—¡Pero si ya somos demasiados! A veces la gente se piensa que mi casa es el camarote de los hermanos Marx —seguía protestando en voz alta la funcionaria social.
Al principio, se iba apañando porque había llegado a un acuerdo, con los invitados, de que se comería en una especie de rancho: los lunes, lentejas; los martes, judías verdes con jamón; miércoles, bacalao a la bilbaína; jueves de paella y viernes de potaje de cuaresma. Los fines de semana que cada uno se buscase la vida, bien en una hamburguesería, pizzería, etcétera…
Aunque la realidad fue demoledora, porque terminaron comiendo a la carta. Al Chuchi había que freírle los huevos con puntillas, al funcionario de prisiones teníamos que dejarle la carne a su punto, y a las niñas, la pasta al dente…
Durante todo este tiempo, Carlota había estado pensando en dos negocios: montar un restaurante o abrir una pensión.
La mujer de Evencio sacó del bolso una nota manuscrita, que dejó encima de la mesa del comedor, y al tiempo que hacía su equipaje, en un par de maletas, daba un portazo y se marchaba de su domicilio.
En la nota que Carlota había dejado encima de la mesa del comedor, se podía leer:
Queridísima familia y allegados:
He decidido largarme, durante una temporada, a la posada de enfrente de nuestra casa. Pensión completa: Desayuno, comida y cena. La merienda es por mi cuenta.
Os dejo al frente del hogar. Tened cuidado con el gas, no vayáis a salir volando. El Chuchi, que es el nuevo novio de la pequeña, que no deje el grifo de la ducha abierto. La lavadora al ser muy vieja está muy delicada. Uno de los enchufes del salón hay que cambiarlo, porque está muy mal y puede haber un cortocircuito. La comida del dogo se está acabando y el pis de los gatos huele muy mal, tendríais que comprar algún producto.
He pedido una excedencia laboral. Me voy a dedicar a pasear y a leer. Si queréis invitarme a un café ya sabéis donde estoy.
Os quiere vuestra madre y esposa.
¡Bye, bye…, nos vemos!
Carlota.
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Risueña >> Santiago Rusiñol., Barcelona, 1861 – Aranjuez, 1931.
Francisco Rodríguez Fuertes nació en La Bañeza (León) España, aunque su residencia desde hace más de cincuenta años es Madrid. Se ha dedicado desde muy joven a la literatura, principalmente cuentos, relatos y ensayos, y a la dramaturgia con más de veinte obras estrenadas en el teatro profesional. Sus últimos libros son Cuentos y zarandajas, Pierrot…, Pierrot y Los dueños del aire dos obras teatrales. Compagina la escritura con la docencia, impartiendo clases de teatro y escritura creativa en universidades, centros culturales, en la Comunidad y Ayuntamiento de Madrid. Sus últimos premios son: Premio Internacional de Canarias (2023), por un relato de ficción de la “PEPA 1812, sobre la primera Constitución Española; Premio de relato corto (2023) del Diario El Norte de Castilla- Valladolid- España; Premio de teatro Pamplona- Navarra-España (2016) y Premio Madrid (2006) por la obra de teatro ¡Guau!. Colabora en varios semanarios y revistas literarias.
