En mi familia decimos que mi tío abuelo Salvatore murió tres veces antes de morir de verdad, y que ninguna de esas muertes fue la que quedó escrita en los papeles oficiales. Lo digo yo, Ariadna Ferreira, que heredé de mi abuela Mercedes el oficio de contar las cosas como fueron y no como convienen, aunque para ello tenga que empezar por el final, que es donde comienzan siempre las historias verdaderas: en un archivo gris de un edificio sin nombre en Londres, donde alguien escribió con tinta negra, en el expediente de un hombre que se llamaba —para los ingleses, para los papeles, para el mundo entero menos para nosotros— “Agente Simurgh”:
Estado: fallecido.
Y debajo, con una letra distinta, apretada y nerviosa, como si la mano que la trazó temiera que alguien la sorprendiera escribiendo algo prohibido, una frase que mi abuela repetía en las noches de tormenta, cuando el viento hacía crujir las tejas de la casa de Puerto Alsina como si la propia casa quisiera contar su versión de los hechos:
“Algunas leyendas no terminan. Solo esperan su próxima misión”.
Salvatore Ferreira nació en Puerto Alsina, un pueblo de pescadores encaramado entre acantilados y niebla en la costa sur, un lugar tan pequeño que el correo tardaba una semana en llegar y los chismes, en cambio, viajaban más rápido que el viento. Su madre, mi bisabuela Amparo, era partera y curandera, de esas mujeres que sabían leer el futuro en la borra del café y el pasado en las cicatrices de los hombres, y que juraba —hasta el día de su propia muerte, ya centenaria y ciega— que su hijo había nacido con los ojos abiertos y una expresión de quien ya ha visto demasiado.
—Ese niño no es de aquí —decía Amparo, meciéndolo en un chal tejido con lana de las ovejas que pastaban en el acantilado—. Este niño pertenece a otro lugar, a otro tiempo. Solo está de paso.
Nadie le hizo caso, como no se le hace caso a las parteras cuando profetizan sobre las criaturas recién nacidas, hasta que Salvatore cumplió diecinueve años y una tarde de otoño, sin despedirse de nadie salvo de su madre, a quien besó la frente como quien besa una promesa, subió a un barco que lo llevaría primero a la capital y después, aunque nadie en Puerto Alsina lo supo hasta mucho después, a Londres, donde un hombre de acento cortante y ojos de acero lo reclutó para un trabajo cuyo nombre jamás se pronunciaba en voz alta. Mi abuela Mercedes, que era su hermana menor y la única que guardó correspondencia con él durante los años en que Salvatore se convirtió en alguien más, en un fantasma con pasaporte falso y una decena de nombres prestados, contaba que las cartas llegaban espaciadas, sin remitente fijo, escritas en una prosa tan pulida que parecía mentira que las hubiera escrito el mismo muchacho que de niño apenas sabía deletrear su propio apellido.
—Tu tío aprendió a mentir con tanta elegancia —me dijo mi abuela una vez, ya anciana, sentada en el mismo porche donde había recibido esas cartas durante décadas— que terminó por convertir la mentira en un arte, y el arte, con el tiempo, en la única verdad que le quedaba.
De la vida de Salvatore como agente de Su Majestad, mi familia solo conoció fragmentos, retazos deshilachados de historias que llegaban distorsionadas por el tiempo y la distancia, como esas cartas que se mojan en el correo y de las que solo se salvan algunas palabras sueltas. Sabíamos que había estado en Berlín cuando el muro aún dividía la ciudad en dos mitades que se odiaban. Sabíamos que había estado en Kingston, en El Cairo, en una isla del Caribe cuyo nombre nunca mencionó en sus cartas, pero que, según decían, había estado a punto de costarle la vida cuando descubrió que la mujer de la que se había enamorado trabajaba, en realidad, para el bando contrario. Esa mujer se llamaba “Perpetua Ordanza”, y de ella mi abuela guardaba una sola carta de manera especial, en la que describía detalladamente a una joven de cabello oscuro y mirada desafiante, de pie junto a un automóvil descapotable en lo que parecía ser una avenida de alguna capital europea. En el reverso, con la misma letra elegante y mentirosa de Salvatore, había escrito una sola línea: “El amor también es un país que se puede traicionar”. Nunca supimos si Perpetua murió, si lo abandonó o si simplemente desapareció en ese océano de secretos donde se disolvían las personas que trabajaban para gobiernos que preferían no reconocer su existencia. Lo cierto es que, después de esa misiva, las cartas de Salvatore se volvieron más escasas, más breves, más cargadas de un cansancio que ni la elegancia de su prosa lograba disimular.
—Algo se le rompió por dentro en esos años —decía mi abuela—, algo que nunca volvió a soldar del todo.
La última misión de Salvatore, la que según los archivos de un servicio que jamás confirmaría, ni desmentiría su existencia, terminó con su muerte oficial, tuvo lugar en una isla volcánica del Pacífico Nororiental cuyo nombre real ninguno de nosotros conoció jamás, porque en las pocas cartas que sobrevivieron a esos años él la llamaba simplemente “la isla de las serpientes de fuego”, en referencia a los ríos de lava que corrían, según contaba, como venas incandescentes bajo la piel oscura de la tierra. Allí, decía la leyenda familiar, Salvatore había desmantelado una operación destinada a desestabilizar media docena de gobiernos mediante el control de una veta de minerales estratégicos que, en ese entonces, apenas empezaban a cobrar el valor que décadas después tendrían para el mundo entero. El hombre detrás de esa operación —un antiguo camarada de armas convertido en enemigo, como suele suceder en esas historias donde la lealtad y la traición son primas hermanas que se visitan con frecuencia— se llamaba, según lo poco que Salvatore reveló, Jean Baptiste, y había jurado que si caía, caería llevándose consigo a quien lo hubiera derrotado. La explosión que destruyó la instalación subterránea donde Baptiste guardaba sus reservas de minerales y sus planes de dominación fue tan violenta, contaba mi abuela que le habían dicho a su vez otros que sí sabían de esas cosas, que sacudió la isla entera como si la tierra misma hubiera decidido tomar partido en la contienda. Cuando el polvo se asentó, no encontraron el cuerpo de Salvatore. Solo encontraron, semanas después, flotando en la orilla de una playa vecina, un reloj de pulsera destrozado, con las agujas detenidas para siempre en las once y cuarenta y tres de la noche. Con eso bastó para que el servicio secreto de Su Majestad cerrara el expediente y escribiera, con la frialdad burocrática que caracteriza a esas instituciones acostumbradas a convertir vidas humanas en líneas de un formulario:
Estado: fallecido.
Puerto Alsina lloró a Salvatore con la intensidad reservada para los hijos que se van jóvenes y no regresan, aunque, a decir verdad, nadie en el pueblo supo jamás la verdadera naturaleza de su trabajo, y la versión oficial que circuló —que había muerto en un accidente marítimo mientras trabajaba para una compañía naviera británica— fue aceptada sin mayor cuestionamiento, porque en los pueblos como el nuestro la gente prefiere las tristezas simples a las verdades complicadas. Mi bisabuela Amparo, sin embargo, se negó a creerlo. Durante años, hasta el día de su propia muerte, insistió en que su hijo seguía con vida, que ella lo sentía respirar en algún rincón del mundo, que las madres tienen un hilo invisible que las conecta con sus hijos y que ese hilo, en su caso, jamás se había cortado.
—Si Salvatore hubiera muerto de verdad —decía, golpeándose el pecho con el puño cerrado—, yo lo habría sentido aquí, como sentí nacer a cada uno de mis hijos. Y no lo he sentido. No lo he sentido ni una sola vez.
La familia atribuía esas palabras al dolor de una madre que se negaba a aceptar lo inevitable, la misma negación que se ve en tantas madres que pierden a sus hijos en circunstancias que nunca terminan de explicarse del todo. Pero mi abuela Mercedes, que heredó de Amparo no solo el oficio de partera, sino también cierta sensibilidad para las cosas que no se pueden explicar con la lógica, siempre sospechó que su madre tenía razón.
—Las madres saben cosas que los papeles no pueden desmentir —me dijo una vez, mientras revisaba, ya con las manos temblorosas de la vejez, la caja de latón donde guardaba las cartas de su hermano—. Y yo también lo sentí, Ariadna. Sentí que Salvatore seguía ahí afuera, en alguna parte.
Pasaron veinte años. Puerto Alsina cambió lo poco que un pueblo así puede cambiar: llegó la electricidad de manera constante, se pavimentó el camino que lo conectaba con la carretera principal, murieron los viejos y nacieron los jóvenes, y el mar siguió golpeando los acantilados con la misma indiferencia eterna con que lo había hecho desde antes de que existiera la memoria humana para atestiguarlo. Fue entonces, en el invierno en que yo cumplí quince años, cuando llegó al pueblo un hombre que nadie conocía, alto, de cabello completamente blanco aunque el rostro no aparentaba la edad que ese cabello sugería, con una manera de caminar —erguida, alerta, como quien nunca deja de vigilar las salidas de una habitación— que de inmediato despertó rumores en las vecinas. Se instaló en la vieja casa de los Ferreira, la que había pertenecido a mi bisabuela Amparo y que llevaba años cerrada, con las contraventanas oxidadas y el jardín devorado por la maleza. Nadie supo cómo había conseguido las llaves, ni con qué derecho ocupaba una propiedad que, técnicamente, pertenecía a mi abuela Mercedes. Cuando ella fue a encararlo, dispuesta a llamar a las autoridades del pueblo si era necesario, el hombre abrió la puerta y la miró con unos ojos que mi abuela reconoció de inmediato, aunque hubieran pasado veinte años y varias vidas desde la última vez que los había visto.
—Hola, mamá —dijo él, con una voz que el tiempo había vuelto más ronca, pero no había logrado despojar de esa cadencia elegante que ella recordaba de las cartas—. Perdona que no avisara. No estaba seguro de que quisiera que me encontraran.
Mi abuela, que en sus setenta años había enterrado a un marido, criado a cuatro hijos y sepultado a más amigas de las que hubiera querido contar, se quedó paralizada en el umbral de esa puerta como si el tiempo mismo se hubiera detenido a esperar su reacción.
—Salvatore —dijo al fin, y su voz se quebró en la última sílaba del nombre, como se quiebra el hielo delgado de un estanque cuando alguien se atreve, por fin, a poner el pie sobre él.
Lo que Salvatore contó esa noche, sentado en la cocina de la vieja casa mientras el viento golpeaba las contraventanas como si quisiera participar de la conversación, fue una historia que ninguno de nosotros hubiera podido inventar ni en los sueños más fantasiosos. No había muerto en la explosión de la isla volcánica. Había sobrevivido, gravemente herido, arrastrado por la corriente durante días hasta una costa vecina donde unos pescadores lo encontraron más muerto que vivo; lo cuidaron sin preguntar nada, como se cuida a los náufragos en esos lugares donde el mar todavía se respeta como una fuerza sagrada. Cuando finalmente logró comunicarse con sus superiores, meses después, descubrió que su muerte oficial le había sido, paradójicamente, útil: un hombre muerto podía moverse por el mundo con una libertad que un agente activo jamás tendría, sin que ningún enemigo lo buscara, sin que nadie lo vigilara. Así que aceptó seguir muerto. Trabajó en las sombras durante veinte años más, bajo nombres que ni él mismo recordaba con claridad, desmantelando redes de tráfico de armas, de minerales robados, de secretos que valían más que la vida de quienes los guardaban, siempre con la certeza de que su verdadera identidad había quedado sepultada bajo una losa de papel burocrático en algún archivo de Londres.
—¿Y por qué volviste ahora? —preguntó mi abuela, con esa mezcla de dolor y alivio que solo sienten quienes han esperado demasiado tiempo por una respuesta.
Salvatore se quedó en silencio un momento, mirando por la ventana hacia el mar que apenas se distinguía de la noche.
—Porque ya no quedan misiones que me necesiten a mí —dijo al fin—. Porque el cuerpo empieza a fallarme en los momentos en que antes no fallaba. Y porque, mamá, llevo veinte años soñando con el olor de esta casa, con el sonido del mar rompiendo contra los acantilados, con la voz de nuestra madre llamándonos a cenar. Un hombre puede vivir muchas vidas prestadas, pero al final, siempre quiere morir en la que era realmente suya.
Salvatore vivió cinco años más en Puerto Alsina, los últimos de su vida, y en ese tiempo se convirtió, para el resto del pueblo, en un anciano excéntrico y solitario que había regresado de “no se sabía dónde” con una modesta fortuna y una colección de cicatrices que nunca explicaba. Solo nosotros, su familia, conocimos la verdad, y aun así, nunca: había secretos que Salvatore se llevó consigo a la tumba, historias que consideraba demasiado peligrosas incluso para compartir con quienes más amaba.
Murió, esta vez de verdad, en una tarde de primavera, sentado en el mismo porche donde de niño había escuchado a su madre decir lo que una vez dijo la partera cuando nació, que no pertenecía a ese lugar. Lo encontramos con una leve sonrisa en el rostro y un libro abierto sobre el regazo, como si la muerte lo hubiera sorprendido en mitad de una frase que ya no necesitaba terminar. En el archivo de aquel servicio secreto que jamás confirmó ni desmintió su existencia, alguien —quizás la misma mano que veinte años antes había escrito esa frase sobre las leyendas que no terminan— debió de haber actualizado, finalmente, el expediente del Agente Simurgh. Pero eso, claro, nunca lo sabremos con certeza, porque los archivos de esas instituciones están hechos precisamente para que las familias como la mía nunca terminemos de conocer del todo la verdad sobre los nuestros. Lo que sí sé, porque lo heredé de mi abuela Mercedes junto con la caja de latón donde todavía guardo las cartas amarillentas de mi tío abuelo, es que algunas personas, en efecto, no terminan de morir cuando el mundo decide que ya han muerto. Siguen existiendo en los pliegues del tiempo, en las cartas que nunca se enviaron, en las frases manuscritas al margen de un documento oficial, esperando, como esperaba Salvatore en aquella isla lejana, la próxima misión que les devuelva, aunque sea por un instante, el sentido de estar vivos.
Y cuando el viento sopla fuerte sobre Puerto Alsina y hace crujir las tejas de la vieja casa de los Ferreira, donde ahora vivo yo con mis propios hijos, me gusta pensar que es Salvatore quien pasa, todavía de ronda, todavía vigilando desde algún lugar que ni la muerte logró someter del todo, cuidando a esta familia de pescadores y curanderas que un día, sin proponérselo, dio a luz a una leyenda.
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Barco de papel >> Acrílico >> Mónica Emegrande
Francisco Araya Pizarro nació el 15 de Diciembre de 1977 en la ciudad de Santiago de Chile, hijo de Eduardo Araya y María Cristina Pizarro, es Diseñador Gráfico, Artista Digital, Asesor Gráfico para ONGs ligadas a las Naciones Unidas, Community Manager y Escritor de Ciencia Ficción. Publicó cuatro libros en Amazon.com (Las Crónicas de Marte, La Gata Relámpago, Codei Humanitas y Lid), tres relatos suyos han sido incluido en antologías (Hoy Despierto, Un Horizonte Oscuro y Un Guardián en las Profundidades), sin olvidar su participación con su cuento estilo cyberpunk “Fragmentos del Éter” para el programa de Radio U.Chile “La fábrica de cuentos”. Muchos de sus cuentos están en diversas revistas literarias de habla hispana, también se pueden encontrar sus relatos cortos en www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
Actualmente reside en Santiago de Chile, desempeñando su labor profesional como diseñador gráfico y escribiendo relatos que mezclan fantasía y tecnología.

