Nueva Valp ya no dormía. Desde que las naves de Zurath habían perforado la estratósfera con sus haces violetas, la ciudad vivía en un insomnio permanente, iluminada por reflectores de emergencia y por el resplandor enfermizo de los cruceros invasores que surcaban el cielo como tiburones hambrientos. Las calles, antes llenas de neón publicitario y risas de sábado por la noche, ahora solo conocían el eco de las sirenas y el zumbido eléctrico de los generadores de campo de fuerza. Karl Schruden observaba todo aquello desde el ventanal blindado de la Torre Meridiano, con un vaso de whisky que llevaba media hora sin tocar. Había sido piloto de exploración, el mejor de su generación, el hombre que cruzó el cinturón de asteroides de Kepler sin escolta y regresó con las manos vacías, pero con el orgullo intacto. Ahora era otra cosa. Ahora era el hombre que la Tierra entera miraba para saber si había esperanza.
—Todavía no te acostumbras a que te llamen « comandante » —dijo una voz a su espalda.
Era Selina Kali, entrando sin anunciarse, como una gatita, como siempre, con ese andar felino que parecía burlarse de la gravedad y de los protocolos de seguridad por igual. Vestía un traje anatómicamente ajustado, color grafito, que dejaba poco a la imaginación, con un cinturón de herramientas que escondía más artilugios que un arsenal completo. Era la mejor agente de inteligencia que el Concilio Terrestre había entrenado jamás, y —aunque Karl tardara en admitirlo— la mujer que le quitaba el sueño aunque hubiera o no invasión alienígena… ¡Quién no!.
—Nunca quise que me llamaran de ninguna manera —respondió él, sin girarse—. Solo quería que las estrellas fueran mías para mirarlas, no para defenderlas.
—Pues las estrellas tienen otros planes contigo, cariño —dijo ella, apoyándose en el cristal, tan cerca que Karl pudo sentir el calor de su cuerpo a través de la tela fría del uniforme—. Zurath ha movido su flota principal hacia el sector Andrómeda 7. Si no actuamos esta noche, mañana no habrá amanecer para Nueva Valp.
Karl cerró los ojos un instante. Todo su mundo se había reducido a esa frase: “actuar esta noche o no habrá mañana”. Llevaba tres años repitiéndosela, desde que el Emperador Zurath, señor absoluto del planeta Nyxar, decidiera que la Tierra sería la joya final de su corona de conquistas.
—Reúne a los demás —dijo por fin—. Es hora de que el Espectral, Box y Thoran sepan lo que sabemos.
Selene sonrió con esa sonrisa que era mitad promesa y mitad advertencia.
—Ya los reuní antes de venir a buscarte. Te conozco demasiado bien, Karl. Sabía que dirías que sí antes de que lo pensaras.
La sala de mando de la Torre Meridiano, oculta bajo cuarenta metros de titanio reforzado, era el único lugar de la Tierra donde la luz de los proyectores holográficos competía con la de los reactores de fusión. Allí, alrededor de una mesa circular que proyectaba el mapa estelar de la ofensiva alienígena, esperaban los otros tres. El primero era un hombre enmascarado, vestido enteramente de un violeta oscuro casi negro, con una calavera plateada bordada sobre el pecho. Se hacía llamar el Espectral, y nadie —ni siquiera Karl, que lo conocía desde la infancia— podía decir quién era el hombre detrás de la máscara. Se decía que su linaje llevaba generaciones defendiendo a la humanidad desde las sombras de una isla perdida en el Pacífico, heredando de padre a hijo, bajo un juramento de sangre contra toda tiranía.
—Zurath ha triplicado su guardia personal —dijo el Espectral, con esa voz grave que parecía salir de una tumba y, sin embargo, transmitía una calma reconfortante—. Si vamos a golpear el corazón de Nyxar, tendrá que ser con algo más que valentía.
El segundo era Merlín Box, un hombre de cabello plateado y ojos que parecían contener tormentas eléctricas. Aunque el mundo entero creyera que era un hechicero, era el científico más brillante del mundo, capaz de doblar la luz y engañar a los sensores enemigos con ecuaciones que nadie más comprendía. Sus manos, cubiertas de anillos que en realidad eran generadores de campo cuántico, dibujaban en el aire figuras de energía pura mientras hablaba.
—He terminado el prototipo —anunció, y sobre la mesa proyectó la imagen de un guante metálico, cubierto de runas que en realidad eran circuitos—. El Guantelete de Fase puede desestabilizar cualquier escudo de energía que Nyxar haya diseñado. Pero solo funciona una vez. Y solo lo puede portar quien tenga el pulso firme y el corazón aún más firme.
Todos miraron a Karl.
El tercero, Thoran, un gigante de piel cobriza y músculos que parecían esculpidos en la misma roca de su planeta natal, permanecía en silencio, con los brazos cruzados y una lanza de energía apoyada contra el hombro. Su pueblo, los Kordanos, había sido el primero en caer bajo el yugo de Zurath, y desde entonces Thoran había jurado que ninguna otra especie conocería esa misma humillación mientras él tuviera aliento.
—Hablamos demasiado —dijo al fin, con esa voz que retumbaba como un trueno lejano—. Zurath no espera a que terminemos nuestras reuniones. Ataca ahora, mientras discutimos estrategias, mientras Selina sonríe y Karl se pierde en sus dudas.
Karl sintió el golpe de la verdad en esas palabras. Thoran tenía razón.
—Entonces no perdamos más tiempo —dijo, y se puso en pie, apoyando ambas manos sobre la mesa holográfica—. Esta noche vamos a Nyxar. Los cuatro. Y si el destino quiere que no volvamos, que al menos se recuerde que no nos escondimos.
Selina la miró con una mezcla de orgullo y temor que ella misma no supo nombrar. Había visto morir a hombres valientes antes, hombres que creían tener la fórmula perfecta contra el miedo. Pero en Karl había algo distinto: no fingía tener miedo. Simplemente había decidido que el miedo no tendría la última palabra.
Las horas previas al asalto transcurrieron con esa extraña lentitud que solo conocen quienes están a punto de jugarse la vida. Merlín Box terminó de calibrar el Guantelete de Fase en su laboratorio, murmurando ecuaciones como quien reza un rosario. Thoran afiló su lanza contra una piedra que había traído de su planeta natal, el único objeto que le quedaba de un hogar que ya no existía. El Espectral desapareció, como solía hacer antes de cada batalla, para regresar exactamente en el momento justo, ni un segundo antes, ni un segundo después. Karl, en cambio, subió a la terraza de la Torre Meridiano, donde el aire helado de la noche aún olía a ozono y a los restos de la última incursión enemiga. Allí lo encontró Selina, envuelta en un abrigo largo que no lograba esconder del todo el arsenal que llevaba debajo.
—¿Tienes miedo? —le preguntó ella, apoyándose en la baranda a su lado.
—Todos los días —respondió Karl—. Pero he aprendido que el miedo y el valor son hermanos que caminan siempre juntos.
Selina guardó silencio, contemplando las luces distantes de una ciudad que resistía a duras penas.
—Si esta noche no regresamos… —Empezó a decir, pero Karl la interrumpió tomándola suavemente del rostro con ambas manos.
—Vamos a regresar —dijo, con una firmeza que no admitía réplica—. Y cuando lo hagamos, quiero decirte algo que llevo demasiado tiempo callando.
—¿Y por qué no me lo dices ahora? —susurró ella, con los ojos brillantes bajo la luz artificial de los reflectores.
—Porque quiero tener un motivo más para volver.
Entonces, se besaron bajo un cielo herido de cicatrices luminosas, como dos amantes que roban al destino un instante de ternura antes de que la guerra vuelva a reclamarlos. Fue un beso breve, pero contenía toda la desesperación y toda la esperanza de dos personas que sabían que el mañana no estaba garantizado para nadie.
—Ahora sí —dijo Selina, separándose apenas, con la voz quebrada por la emoción—. Ahora vamos a patearle el trasero al emperador.
Karl sonrió, y por un instante, en medio de aquella noche de terror cósmico, pareció el mismo explorador despreocupado que alguna vez cruzó galaxias enteras solo por el placer de ver algo nuevo.
La nave que los transportó hasta el planeta Nyxar era un prototipo experimental diseñado por Merlín Box: silenciosa, invisible a los radares, capaz de camuflarse entre los escombros espaciales que orbitaban el planeta conquistado. Descendieron en la oscuridad de una de sus lunas menores y, desde allí, en trajes de sigilo que absorbían la luz en lugar de reflejarla, avanzaron hacia la fortaleza del Emperador. Nyxar era una pesadilla de arquitectura: torres que se retorcían como agujas hacia un cielo permanentemente teñido de púrpura, iluminadas por luces de neón que pulsaban al ritmo de un corazón mecánico gigantesco, oculto bajo la superficie del planeta. El aire olía a azufre y a metal fundido. En cada esquina, guardias con armadura negra patrullaban armados, capaces de desintegrar a un hombre en menos de un segundo.
—El núcleo de energía está tres niveles bajo el trono de Zurath —susurró Merlín Box a través del comunicador implantado en la mandíbula de cada uno—. Si logramos que Karl use el Guantelete de Fase directamente sobre el núcleo, todo el sistema de defensa de Nyxar colapsará. Pero solo tendremos una oportunidad.
—Yo abriré el camino —dijo Thoran, empuñando su lanza con una determinación que parecía capaz de partir montañas.
—Yo cubriré las sombras —añadió el Espectral, y en efecto, un instante después ya no estaba allí; se había disuelto en la oscuridad.
Selina tomó a Karl del brazo antes de que avanzara. El asalto al palacio de Zurath fue una sinfonía de caos calculado. Thoran embistió a la primera línea de guardias como una tormenta hecha de músculo y furia contenida, derribando escudos de energía con la fuerza bruta de su lanza. El Espectral se deslizaba entre las sombras, neutralizando centinelas antes de que pudieran dar la alarma, silencioso como la muerte misma. Selina, con la precisión de una bailarina letal, desactivaba trampas y sensores con la misma facilidad con la que otros abren una puerta. Karl avanzaba al centro de todo aquello, con el Guantelete de Fase brillando en su mano derecha como una estrella diminuta y furiosa, sabiendo que cada paso lo acercaba tanto a la victoria como a la posibilidad de no volver a ver el amanecer.
Después encontraron al Emperador Zurath en la sala del trono: una figura imponente envuelta en una armadura negra veteada de líneas doradas, con un rostro anguloso marcado por generaciones de crueldad heredada. Sus ojos, de un amarillo enfermizo, se posaron sobre Karl con una mezcla de desprecio y curiosidad, como quien observa a un insecto que se atreve a desafiar a un dios.
—El terrestre —dijo Zurath, con una voz que resonaba como si viniera de las profundidades de un abismo—. Me sorprende que hayan llegado tan lejos. Pero llegar no es lo mismo que triunfar.
—He venido a terminar con esto —respondió Karl, sin un ápice de temblor en la voz, aunque el corazón le latiera con la furia—. La Tierra no será otra piedra en tu corona.
Zurath rio, una risa gélida que helaba la sangre.
—¿Y crees que unos pocos héroes improvisados pueden detener un imperio construido durante mil generaciones? —Se puso en pie, y su armadura crepitó con una energía oscura que hizo temblar el suelo—. Vengan entonces. Demuéstrenme que su fe merece algo más que la extinción.
La batalla que siguió pareció durar una eternidad condensada en minutos. Zurath desató contra ellos descargas de energía capaces de derretir el acero, pero Thoran se interpuso una y otra vez, encajando los golpes con su cuerpo como un muro viviente. El Espectral se movía entre los relámpagos como una sombra imposible de atrapar, buscando el momento preciso para actuar. Selina, herida en el hombro por un disparo que apenas esquivó, seguía disparando con precisión letal, cubriendo cada flanco. Y Karl, en medio del caos, avanzó hacia el núcleo de energía que Merlín Box había señalado, una esfera pulsante de luz violeta oculta tras el trono, el verdadero corazón del poder de Zurath.
—¡Ahora, Karl! —gritó Merlín Box a través del comunicador—. ¡El Guantelete, ahora!
Karl extendió la mano, sintiendo cómo el dispositivo cobraba vida, absorbiendo la energía del núcleo y devolviéndola convertida en una onda expansiva de fase invertida. El impacto sacudió toda la fortaleza; las luces de neón parpadearon violentamente antes de apagarse una a una, como estrellas muriendo en cadena. El Emperador Zurath, privado repentinamente de la fuente que alimentaba su armadura, cayó de rodillas, vencido no por la fuerza bruta, sino más bien, por la inteligencia y la unión de cuatro voluntades que jamás debieron encontrarse y que, sin embargo, el destino había entrelazado para ese único instante decisivo.
Cuando finalmente llegó el amanecer sobre Nueva Valp, tuvo un color distinto a todos los anteriores. La flota de Nyxar, privada de su emperador y de su fuente de poder, se replegó en desorden hacia las profundidades del espacio, dejando atrás un cielo que, por primera vez en tres años, no estaba surcado de cruceros hostiles. En la terraza de la Torre Meridiano, Karl y Selina contemplaban ese amanecer con las manos entrelazadas, ambos cubiertos de heridas que hablaban de la batalla librada, pero con los ojos llenos de un futuro que, por fin, volvía a parecer posible.
—¿Recuerdas tu promesa? —preguntó Selina, apoyando la cabeza en su hombro.
—La recuerdo perfectamente —respondió Karl, y se giró para mirarla de frente—. Selina Kali, no sé qué depara el mañana para ninguno de los dos, ni sé cuántas batallas más tendremos que librar. Pero sí sé que quiero librarlas a tu lado, ahora y siempre.
No hubo necesidad de más palabras. El beso que siguió selló una promesa que ninguna guerra futura podría romper.
Abajo, en las calles que empezaban a llenarse de gente que salía por primera vez en meses sin miedo a mirar el cielo, Thoran observaba en silencio, pensando en su planeta natal, en los Kordanos que quizás algún día pudieran ser libres también. El Espectral ya había desaparecido, como siempre, dejando tras de sí solo el recuerdo de una sombra que protegía sin pedir reconocimiento. Merlín Box trabajaba ya en nuevos diseños, consciente de que la paz obtenida era frágil y que otros tiranos, en otros rincones de la galaxia, quizás miraran hacia la Tierra con la misma codicia que Zurath.
Pero por esa mañana, al menos, el mundo podía respirar.
Karl Schruden, quien alguna vez soñara solamente con explorar galaxias lejanas por el puro placer de contemplarlas, había comprendido finalmente que el verdadero destino de un explorador no es solo descubrir mundos nuevos, sino defenderlos cuando la oscuridad amenaza con extinguir su luz. Aunque ningún héroe, por más legendario que fuera, podía salvar un mundo entero en solitario, y aunque la verdadera fuerza no residía en un solo hombre, sino en la unión de voluntades dispares, contra todo pronóstico, aprendieron a confiar unos en otros.
Como bien decía el viejo proverbio que Merlín Box solía repetir en sus momentos, contemplando las estrellas desde su laboratorio:
“Cuando una luz cae, no se apaga sola. Cae para encender otras mil luces que, sin ella, jamás habrían brillado”.
Y así, entre neones que volvían poco a poco a iluminar las calles de Nueva Valp, entre sintetizadores callejeros que retomaban viejas melodías de esperanza y entre los abrazos de una ciudad que aprendía de nuevo a soñar, estos valientes —el explorador convertido en líder, la espía convertida en compañera de vida, el vengador silencioso, el científico visionario y el gigante inquebrantable— se convirtieron en la leyenda que las futuras generaciones contarían a sus hijos, como un cuento de cinco corazones que, unidos, resultaron más fuertes que cualquier imperio del universo conocido.
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En el país de los huesos, alguien dispuesto a volar >> Alias Torlonio
Francisco Araya Pizarro nació el 15 de Diciembre de 1977 en la ciudad de Santiago de Chile, hijo de Eduardo Araya y María Cristina Pizarro, es Diseñador Gráfico, Artista Digital, Asesor Gráfico para ONGs ligadas a las Naciones Unidas, Community Manager y Escritor de Ciencia Ficción. Publicó cuatro libros en Amazon.com (Las Crónicas de Marte, La Gata Relámpago, Codei Humanitas y Lid), tres relatos suyos han sido incluido en antologías (Hoy Despierto, Un Horizonte Oscuro y Un Guardián en las Profundidades), sin olvidar su participación con su cuento estilo cyberpunk “Fragmentos del Éter” para el programa de Radio U.Chile “La fábrica de cuentos”. Muchos de sus cuentos están en diversas revistas literarias de habla hispana, también se pueden encontrar sus relatos cortos en www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
Actualmente reside en Santiago de Chile, desempeñando su labor profesional como diseñador gráfico y escribiendo relatos que mezclan fantasía y tecnología.

