Beatriz tiene un bloqueo creativo que la mantiene en modo automático frente a la pantalla de su celular, viendo las malditas redes sociales en un scroll infinito. Sabe que su mundo, reducido a deudas por pagar, un trabajo aburrido y la humedad de su residencia, no logra opacar los tres mil seguidores en su cuenta de YouTube. Sueña con llegar al millón de seguidores; lo anhela como un futbolista anhela la Copa del Mundo. Vivir el día a día en Venezuela con un sueldo mínimo es un peso que inyecta algo de estoicismo en Beatriz.
Una noche se traslada casi en puntillas al baño para cepillarse los dientes, cuidando de no despertar a los demás inquilinos. Imagina que sus historias de romance entre vampiros y brujas en amores imposibles serán el próximo éxito de Wattpad. El agua fría que sale de la llave de paso la devuelve a la realidad: tiene una semana peleada con su novio, un escritor de cuentos de terror de un blog poco (o nada) conocido. La última vez que tuvieron sexo, el muy idiota se detuvo en medio del orgasmo para anotar una idea que se le ocurrió para el blog. «No sirves para una mierda, Victorino», piensa, y termina escupiendo en el lavamanos; la crema dental se le había ido hasta la garganta y terminó tragándosela. Tose y mira detenidamente un punto en el borde del espejo. Allí, al lado del champú, el jabón y la crema antibacterial, hay una araña del tamaño de la mitad de una palma.
El artrópodo parece levantar una pata y saludarla con gracia. Beatriz, con la boca llena de espuma, intenta asimilar aquello: en una de las patas hay un diminuto objeto que ella jura que es un saxofón. La jovencita se lava la boca, guarda su cepillo en el estuche de Hello Kitty y luego se limpia los ojos. Se pellizca, pero allí sigue la fantasmal arañita con el instrumento. «A mí me gustaba el jazz hace años, pero… exactamente ¿qué hace aquella araña en el rincón sucio del espejo del baño?» Beatriz se ve sumergida en una hermosa y suave melodía que sale del saxofón de la araña. El artrópodo toca mejor que los más grandes músicos neoyorquinos, pero va pasando del jazz a la música vaporwave. Beatriz, hipnotizada como un ratón de Hamelín, sucumbe ante deliciosas notas que evocan centros comerciales de los noventa, ejecutivos exitosos y un capitalismo nostálgico que el país olvidó por la crisis.
Beatriz comprende que la araña no es un animal, sino un avatar de la nostalgia misma, alimentándose de la psique colectiva de una sociedad atrapada en el bucle de lo que pudo ser y no fue.
El baño desaparece en un vapor amatista. Beatriz camina por pasillos de mármol pulido y luces neón de un Sambil infinito y desierto, donde los maniquíes tienen el rostro de Victorino y de sus inquilinos. La araña, ahora del tamaño de un hombre y con un rostro alienígena, le explica a través de una voz similar a la de Porfirio Torres, que el arte y el escapismo digital son los verdaderos dioses modernos, y que ella ha sido elegida como la suma sacerdotisa de este microcosmos de plástico. Su estúpida pijama de Doraemon ahora es una túnica negra con el símbolo de Windows 95.
—Empezaremos fulminando tus deudas, la crisis, los dictadores de izquierda y darte el millón de suscriptores si aceptas este pacto nostálgico vaporwave. Eres una artífice de la palabra, una diosa del verbo que apenas está rasgando las capas de su verdadero potencial. El universo es lo que tú quieras que sea.
Beatriz observa los maniquíes con el rostro de Victorino. Comprende, con una lucidez fría y matemática, la trampa del dios-artrópodo: el millón de seguidores, la riqueza y el escapismo digital no son una liberación, sino otra forma de cautiverio, una jaula de plástico más brillante que su residencia húmeda, pero igual de muerta.
—Acepto —susurra Beatriz. Sus palabras no brotan de la ambición, sino de un cansancio cósmico.
El Sambil infinito estalla en un destello de estática de VHS.
Beatriz abre los ojos. Ya no está en el baño. Está sentada frente a una pantalla holográfica que flota sobre un escritorio de mármol flotante, suspendido en un vacío color rosa atardecer. Un paquete de harina de maíz con el logo viejo de PAN emite destellos color amatista.
Padre Santo de la gloria. En la esquina superior de su visión, un número digital avanza con una velocidad frenética: 999,998… 999,999… 1,000,000. Ha ganado. Su canal estalla en notificaciones.
Las deudas se han disuelto en líneas de código corruptas. El país exterior, visto a través de una ventana virtual, ya no sufre bajo la sombra de la crisis; ahora es una utopía limpia, corporativa y estéril, musicalizada por un bucle eterno de saxofón sintetizado. Un simulacro perfecto de progreso.
Beatriz intenta sonreír, pero sus músculos faciales se sienten rígidos, moldeados en la perfecta simetría del plástico. Se mira las manos: ya no son de carne y hueso, sino de una resina pulida, lisa y sin huellas dactilares. A lo lejos, como un eco proveniente de otro universo que se apaga, escucha el sonido de una tos humana. Es ella misma, la Beatriz del pasado, todavía ahogándose con la crema dental en un baño miserable de Venezuela. Pero esa Beatriz ya no le pertenece; ha sido ofrendada en el altar del algoritmo.
En el rincón de su nuevo y perfecto escritorio de neón, la araña gigante sonríe sin rostro, afinando el saxofón para el resto de la eternidad. La suma sacerdotisa ha comenzado su turno, y el centro comercial nunca va a cerrar.
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Quaremm tenebrus >> Calister Castillo
Diony Scandela nació el 3 de julio de 1993 en Apure, Venezuela. Iniciado formalmente en el mundo de la escritura con la publicación de su novela Perros de la Prehistoria. Autor de varios relatos, entre ellos “El cíclope de los bosques”, “El caso del sindicalista”, “Caballero andante” y fundador de la Revista Paladín. Integrante del equipo editorial de la Revista Paladín.

