EL PERFUME (EL OTRO)

Recostado en el sofá raído, asestaba su última calada al cigarrillo mientras miraba al techo; después, tiró la colilla en la lata vacía de cerveza que tenía sobre el pecho haciendo las veces de cenicero. Un poco más allá, en el propio techo, la vieja y polvorienta lámpara empezó a flaquear de la única bombilla que le quedaba encendida, involucrando a Edmundo Mariñas en un obligado parpadeo que alternaba luz sucia con la oscuridad casi total a la que tenía sometido al saloncito, al tiempo que el chicharreo de la bombilla, aviso inequívoco de su cercana claudicación, le servía como despertador para su letargo. Antes de incorporarse con trabajo, entre resoplidos esforzados, miró un momento a la bombilla y pensó que seguramente necesitaba de alguien que la apretase; y después pensó cómo demonios iba a arreglárselas en el saloncito cuando se apagase del todo.

Se levantó y anduvo inclinado durante un momento hasta que un “clic” en la parte baja de su espalda le indicó que podía erguirse por completo. Se acercó a la destartalada estantería y buscó las llaves de casa, que aparecieron bajo un amasijo formado por un número indeterminado de calzoncillos sucios y algunos calcetines acartonados. Cómo sus llaves y su cartera podían estar bajo toda aquella amalgama de ropa para lavar (acomodada a la forma del estante después de varias semanas de permanencia allí) fue cosa que se preguntó por un segundo. Luego, apagó el interruptor y salió de casa.

El hotel Alcurnia albergaba esta vez un simposio sobre los últimos avances en perfumería y, a tal fin, alojaba a representantes y/o ponentes de algunas empresas del sector. Por las tardes eran las charlas en el recoleto salón de actos, pero por las mañanas y durante el mediodía, el amplio y actualizado café-bar del hotel era un continuo ir y venir de profesionales de la perfumería moderna; de ejecutivos estirados, vendedoras sectoriales. Se sumaban además expertos catadores de perfumes y, aunque no eran dados a este tipo de trajín, también asistían algunos químicos de empresa. Estos últimos eran tratados de manera especial por los otros representantes de las marcas, que conscientes de su particularidad de carácter y de la exclusividad de su conocimiento dentro del organigrama de las compañías, acariciábanles el lomo y trataban de que se encontraran lo más a gusto posible. A veces, incluso, podía verse a un alto ejecutivo acompañar a su científico estrella a la mesa y ser él mismo el que se desplazara hasta la barra para pedir la consumición y después servírsela, resultando esto, a ojos de todos, en buen ejemplo de la consciencia que los mismos dueños del negocio tenían del especial y trastabillado carácter de sus empleados más peculiares; y cosa que, por cierto, era muy bien vista por los camareros.

Contaba el café-bar, además, con una amplia y acogedora terraza de acristalamiento desplegable con vistas a la travesía, que en otoño e invierno permanecía sellada del ruido y el frío exteriores y hasta contaba con calefacción compartimentada, pues estaba la terraza dividida en varios espacios idénticos y estancos, pensados en parte —dada la creciente especialización del establecimiento en reuniones directivas— para los pequeños encuentros de los ponentes y ejecutivos de turno con demás miembros de cada expedición.

Cuando Edmundo Mariñas entró en el amplio y moderno bar del hotel Alcurnia suscitó el recelo de la cuadrilla de camareros, empezando por el jefe de sala, que no veía del todo claro que aquel individuo resultase un elemento adecuado para el retablo de refinamiento VIP que allí se había autoconstituido. Los dos camareros que había tras la barra, por su parte, se cuchichearon algo acerca del aspecto del nuevo cliente: algo sobre su cutre gabán arrugado, que pareciera que utilizase para irse a acostar; sobre su pelo más bien largo y grasiento, sobre el amarillear del cuello de su camisa. También sobre sus resquebrajadas zapatillas de desgastado colorido, que no tenía empacho en combinar con esos pantalones de pinza beiges estampados de lamparones. «¿Y le permitís la entrada?», preguntó la nueva, la más joven, a su compañero. «Bueno… no es fácil. Viene de vez en cuando y siempre paga sin rechistar… y tiene el colmillo retorcido, no creas. A veces se queja y todo si no le ponemos aperitivo».

Edmundo Mariñas se acercó a la barra y pidió un Ballantines con tónica y una rodaja de limón. «Extravagante combinado e infalible matarratas» pensó, con toda la razón, el camarero mientras tomaba la botella solicitada de un estante que había a unos metros de su espalda. Antes, mientras le preguntaba qué iba a tomar, la joven camarera pudo empezar a notarlo: aquel hombre desprendía un olor que se compadecía perfectamente con el de un mastín que llevase cuatro días muerto. Lo sabía porque había sido testigo una vez de ese escenario en el campo de su tío.

El olor llegó varios metros más allá, hasta el jefe de sala, que estaba en medio del salón velando por las necesidades de los clientes que ocupaban las mesitas, pintadas con colores rotos que imitaban una antigüedad falsa. Hizo entonces el encargado ademán de acercarse a Edmundo Mariñas como para decirle algo, pero se detuvo a mitad de camino; además, el estrafalario cliente había agarrado su copa y se dirigía raudo hacia uno de los compartimentos estancos de la terraza. El encargado, que hubo de recuperarse sobre la marcha del conato de un ataque de pánico, vio como el recién llegado alcanzaba su destino y abría la puerta de la “pecera” que tenía más cercana, que estaba ocupada por tres agentes de una de las perfumeras.

«El perfume es sin duda intenso, penetrante, pero espurio. Le falta algo que lo dignifique, que le aporte un verdadero cuerpo… ¿No querremos lanzar al mercado una colonia barata de esas de después de la ducha, verdad? El olor del alcohol está ahí, chirriando por todas partes»: quien decía esto era la joven catadora sentada a uno de los laterales de la mesa, mientras se llevaba a la nariz una especie de hisopo sacado de algo parecido a una probeta con una muestra de líquido. Al otro lado de la mesa, uno de los ejecutivos y el químico escuchaban con atención. Justo en ese momento, entraba Edmundo Mariñas en el compartimento, arrastrando toda la parafernalia de su alma grasienta. «Buenas tardes», dijo; tenía la voz un poco atiplada. Antes de que entrase del todo en la estancia, sin embargo, el jefe de camareros lo tomó por el hombro: «¡disculpe, señor! …». Con verdadero gesto de asco, Edmundo Mariñas le clavó la mirada: «¿Es que acaso está reservada esta terraza?»; el camarero mayor estuvo a punto de mentirle y responderle afirmativamente, pero a la postre agachó los ojos y apartó su mano.

Como la única mesa del apartamiento estaba ocupada por aquellos tres lechuguinos, Edmundo Mariñas agarró la silla que quedaba libre; y lo hizo con tan poco tacto que en el gesto movió ligeramente la mesa y provocó la caída de la probeta sobre ella, cuyo contenido se desparramó. Después, se sentó frente al ventanal, de espaldas a los allí reunidos; a falta de apoyo, colocó su vaso rebosante sobre el suelo.

Al principio, los ocupantes miraron de soslayo al encargado, que desde el otro lado del cristal les respondió con un gesto de impotencia. Inmediatamente después, todo el aleteo del recién llegado alrededor de la mesa, añadido al cruce de piernas que acababa de realizar para acomodarse en la silla, empezó a teñir el aire con su particular almizcle de mofeta, lo que provocó la rápida salida del compartimento de los dos hombres. Empero, contra todo pronóstico, la mujer, la catadora, no solo permaneció dentro, sino que corrió a cerrar rápidamente la puerta de cristal tras la huida de sus dos compañeros, que con sus rostros enrojecidos y haciendo ademán de taparse las narices y las bocas aludían, junto al jefe de sala, al pútrido olor que emanaba de aquel tipo. Extrañados —asombrados, en realidad— por la actitud de la mujer, los tres hombres observaban desde fuera de la pecera cómo aquella, ahora, se colocaba en el centro de la estancia y realizaba extraños movimientos de aleteo con brazos y manos que, no obstante, enseguida comprendieron: estaba removiendo el aire.

Una media hora después, el apartado donde aún permanecía Edmundo Mariñas se había convertido en una especie de besamanos del aroma: el grupo de ejecutivos de la marca en cuestión se acumulaba fuera del habitáculo para entrar en él ordenadamente. Dentro permanecía también la joven catadora, la que había hecho aquel descubrimiento revolucionario para su empresa y, en rigor, para toda la industria. Un descubrimiento puramente casual como tantos otros, pero que, como todos ellos, requirió de la observación perspicaz de un genio, y de su estancia al pie del cañón.

A medida que los elegantes ejecutivos iban entrando en la pecera (casi siempre de dos en dos), se topaban de bruces con aquel aroma único, extasiante, irresistible, ligeramente perturbador. De resultas del choque de la hediondez rancia y arraigada de aquel hombre con el efluvio chirriante de la prueba fallida de mezcla de químicos de la probeta, habíase formado una fragancia fresca y llena de matices: amaderados, almizclados que le conferían un toque elegante e imperecedero, con una pincelada de atrevimiento tal vez un poco acusada, pero que se atemperaba, a su vez, con la calidez del aroma dulzón y embriagante que, en determinadas condiciones de frescura y humedad y relativa ausencia de oxígeno, alcanza a veces la putrefacción subsecuente a la muerte de los mamíferos. Todo sumado le conferían a la esencia una clase y exclusividad, un perfecto solapamiento de matices casi imposibles de conseguir.

Todo lo anterior era explicado por la extasiada catadora a los jefes, jefazos y jefecillos que, ordenadamente, iban entrando en aquel improvisado laboratorio del hotel Alcurnia. De cuando en cuando, Edmundo Mariñas giraba la cabeza para mirar con aire huraño todo aquel revuelo que a sus espaldas no paraban de formar aquellos pisaverdes.

«Tenemos en nuestras manos El Perfume. La fragancia más selecta y revolucionaria de todos los tiempos… solo hay que convencer a ese hombre para que colabore». Esto les decía la joven pero ya genial Nariz (catadora) a los fascinados ejecutivos de más peso, señalando con la mirada a un Edmundo Mariñas que permanecía a lo suyo. Mirándose entre ellos, los jefes estaban unánimemente de acuerdo en no poder dejar escapar aquella oportunidad.

Ya fuera del compartimento, sentados a una mesita apartada del amplio salón, la Nariz se dirigió en privado al químico, que aún andaba por allí: «ignoro cómo podrás hacerlo, pero tienes que conseguir extraer de ese hombre, de sus pliegues, de sus orificios o de donde haga falta, el secreto de su fórmula particular». El científico, que aún no se había recuperado del todo del choque inicial de hacía un rato, rompió a vomitar sobre la mesa ante los ojos de toda la clientela.

Cuando por fin llegó el encargado para dar la orden de limpiar aquel repugnante estropicio provocado por el químico, la Nariz, en pie junto a la mesa para no perder nunca de vista al tipo que habría de hacerla rica, que seguía degustando su copa dentro del compartimento, se dirigió a aquel: «sí, limpie todo esto… pero después, prepárese, porque va usted a hacerme un favor: alguien tiene que decirle a ese hombre (señaló a lo lejos, con un ademán de la cabeza, a Edmundo Mariñas, que contemplaba la calle, absorto, desde detrás del cristal) que ha pasado a ser la flor más preciada para nuestra empresa».

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Juan Manuel Caballero Parejo nació en Sevilla (España), el 12 de julio de 1970, aunque se crio en Extremadura. Residió en Madrid entre 1992-2007, donde alternó el trabajo con estudios de cine en la Escuela de Artes Audiovisuales, y de Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado dos libros de relatos (Por de Dentro y Nieve sobre Quantico, Virginia). Publica en revistas como El Coloquio de Los Perros, Almiar, El Espejo, Espacio Fronterizo, El Narratorio o Letralia. El verano pasado fue entrevistado por la revista The Citizen; la entrevista fue publicada en el número correspondiente. Ha firmado ejemplares en algunas Ferias del Libro, como la de Mérida (España). Entre sus influencias literarias se encuentran Ribeyro, Horacio Quiroga, Cheever, Sherwood Anderson o Hemingway. Trabaja en el sector de la Seguridad Privada.

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