ANTES DE LA LÍNEA DE META

por Ángela Tirado Carrión

Los muchachos terminaron de desmontar las maderas del vestidor sin cruzar una sola palabra innecesaria. El peso de aquel mueble de roble, que en otro tiempo custodió monos térmicos de alta competición, trajes a medida, abrigos de lana, se convirtió en un rumor de pasos pesados y herramientas metálicas que resonaban contra las paredes desnudas.

Él permaneció de pie en un rincón de la estancia, una sombra enjuta envuelta en una sudadera que le quedaba tres tallas grande, con el cinturón apretado hasta el último agujero improvisado a punta de navaja. Los chicos salieron cargando el último marco de madera y cerraron la puerta con un golpe seco.

La casa había quedado reducida a un esqueleto de tabiques, polvo y sombras.

Hacía meses que había iniciado aquel proceso de demolición silenciosa. Todo cuanto poseía —los muebles de caoba, los relojes, las botas de esquiar hechas a medida y las medallas de metal pesado que alguna vez la prensa fotografió junto a su rostro jovial en lo alto de los podios de Europa— se había ido evaporando. Los vendía por precios absurdos a desconocidos que llegaban en furgonetas y se marchaban sin saber que le estaban comprando las vísceras a un excampeón mundial de descenso. Su plan era sencillo y meticuloso: desvanecerse al mismo ritmo que sus pertenencias. Si el entorno desaparecía, él terminaría por desaparecer también. Comía solo si el hambre apretaba como una puntada física en el estómago; cenaba únicamente cuando el sueño no lo vencía antes sobre la colchoneta enrollada en mitad del salón. Pensaba que la pérdida de peso y el vacío a su alrededor eran las señales de que iba en la dirección correcta, en dirección a la nada.

Caminó con lentitud sobre el parqué deslucido. Aquellas piernas que en sus años de gloria se amoldaban a las vibraciones de las laderas heladas a más de ciento treinta kilómetros por hora, desafiando a la gravedad sobre dos tablas, ahora avanzaban con el peso muerto de la fatiga crónica. Las malas decisiones financieras tras su retirada, los contratos de patrocinio fallidos y los negocios absurdos a los que se dejó arrastrar por falsos amigos habían dilapidado su fortuna. Sin embargo, el dinero nunca fue lo que rompió su vida. La ruina verdadera había comenzado mucho antes, apartado de los periódicos deportivos, en el silencio de una consulta médica.

Ella siempre había sido su sombra sobre la nieve. Desde sus primeros campeonatos júnior hasta los circuitos internacionales de la Copa del Mundo, su esposa viajaba a su lado. Era su ancla en el caos de los viajes, las pistas heladas y la tensión previa a cada bajada. Estaba en la línea de meta esperándolo con un abrigo grande y un termo de té caliente, fuera cual fuese la temperatura. Pero todo cambió el año en que ella quedó embarazada.

Decidieron que aquel invierno ella se quedaría en casa por precaución. Fue la primera vez que él viajó solo a la montaña, y la separación física pareció marcar un antes y un después en sus vidas. En una de las revisiones rutinarias del segundo trimestre, los médicos detectaron una alteración anómala. No era una complicación común. Los especialistas comenzaron a cruzarse informes con términos ambiguos y ceños fruncidos: una enfermedad rara, tan infrecuente y esquiva que jamás llegaron a ponerle un nombre preciso.

El impacto de aquel mal misterioso sobre la gestación fue devastador. El bebé no sufrió una pérdida violenta, sino que comenzó a desvanecerse progresivamente dentro del vientre materno, perdiendo fuerza y pulso día a día hasta apagarse en el silencio de las ecografías. Aquella lenta extinción trastornó la mente de su esposa. La culpa no razonada y la pena la sumieron en un pozo de desconexión con la realidad tan profundo que tuvo que ser ingresada en un centro psiquiátrico.

Él no se lo pensó. Canceló el resto de la temporada, renunció a los patrocinios y se internó con ella en la clínica. Pidió una cama supletoria en la misma habitación. Durante meses, vivió atrapado entre cuatro paredes blancas, paseando por los jardines del centro, hablándole al oído mientras ella miraba a un punto fijo en la pared. Tenía un pavor cerval a que el dolor hiciese que ella terminara por olvidarlo, por borrarlo de su memoria como había borrado la ilusión de la maternidad. Se convirtió en su enfermero, su sombra y su guardián, recordándole cada día quién era y cuánto la amaba.

Lograron salir de allí seis meses después. Regresaron al hogar con la fragilidad de dos supervivientes que caminan sobre una capa de hielo demasiado fina. Aunque formalmente acordaron una separación legal para intentar darse un respiro y reconstruir sus vidas desde cierta distancia burocrática, jamás separaron sus almas. Ninguno de los dos volvió a casarse; ninguno dejó entrar a nadie más en sus vidas. Mantuvieron un hilo invisible e indestructible: se llamaban a diario, cenaban juntos los fines de semana y se sostenían cuando el mundo exterior se volvía incomprensible.

La tregua, sin embargo, duró muy poco. Apenas medio año después de volver a casa, ella comenzó a quejarse de migrañas punzantes y visión borrosa. Lo que al principio atribuyeron al estrés postraumático resultó ser un tumor cerebral fulminante de crecimiento agresivo. Esta vez no hubo tiempo para milagros ni para largas estancias en clínicas exclusivas. Dos meses después del diagnóstico, él se quedó definitivamente solo en el mundo.

Llegó al espacio donde hasta hacía unos minutos se erigía el vestidor. Estaba completamente desnudo, salvo por un detalle: en la pared del fondo, como olvidado, permanecía colgado un espejo alto con un pesado marco de plata fundida. Era el único objeto de toda la casa que se había negado a vender a los compradores de antigüedades; un capricho que su esposa había comprado en un pequeño mercadillo de Ginebra durante su primer viaje juntos tras ganar una prueba del circuito europeo. Hacía años que no entraba en aquella estancia, y mucho menos se detenía a mirarse al espejo.

Se detuvo frente a él.

Lo que vio al otro lado fue el mapa exacto de la derrota: la piel descolorida pegada a los huesos de los pómulos, los ojos hundidos en cuencas oscuras y tristes, la barba rala y encanecida de varias semanas. Apenas se reconoció en aquella figura consumida, tan distante del atleta de tórax ancho y sonrisa firme que solía romper los cronómetros en las cumbres alpinas. Pero mientras sostenía la mirada a su propia decadencia, advirtió un detalle anómalo en el reflejo.

A su espalda, colgado en la pared del pasillo al otro lado de la puerta abierta, se apreciaba el pequeño marco de madera con la fotografía que ella siempre guardó en su mesilla de noche: una imagen en blanco y negro tomada en la nieve, en la que ella aparecía sonriendo, envuelta en un anorak oscuro, mirándole a él detrás de la cámara.

Observó la imagen reflejada en el espejo. Parpadeó, pensando que la fatiga y el ayuno le estaban jugando una mala pasada.

Del ojo derecho de la mujer de la fotografía brotó una gota brillante. La lágrima no era una distorsión de la luz ni un pliegue del papel o un reflejo del cristal exterior; resbaló lentamente por la superficie de la foto, dejando un trazo húmedo y transparente que atravesó la mejilla de la imagen y terminó por caer al suelo con un chasquido imperceptible en el silencio de la habitación.

Se giró bruscamente hacia la pared real del pasillo, sobrecogido. La fotografía impresa en el marco continuaba intacta, pero al acercarse a la pared, vio una pequeña gota de agua fresca posada sobre el rodapié de madera.

Un escalofrío de una intensidad eléctrica y helada le recorrió la espina dorsal. La mujer que lo había acompañado en los descensos más peligrosos, la que había compartido el infierno de la clínica y el dolor de la pérdida, la que jamás le había permitido rendirse antes de cruzar una línea de meta, le estaba enviando un mensaje inequívoco desde el otro lado del abismo. Ella no quería que él se dejara borrar. Ella no había llorado para compadecerlo, sino para reprender su abandono. Le exigía vivir.

El aire volvió a sus pulmones golpeándole la garganta con una violencia abrasadora. Reaccionó con una energía que creía extinta, la misma determinación instantánea que sentía antes de colocarse los esquís en el portón de salida de una carrera. Caminó con firmeza hacia el recibidor, agarró una gorra de lana gruesa y se la ajustó hasta las cejas. Sacó del bolsillo del abrigo una mascarilla quirúrgica, unas gafas de sol de montura oscura y se cubrió el rostro por completo. Era un disfraz perfecto, denso e impenetrable, imposible de reconocer para cualquiera que buscara la sombra del campeón que alguna vez figuró en los diarios. Tampoco se detuvo en la primera farmacia que encontró al salir al portal; necesitaba alejarse de su barrio, de las calles donde algún vecino veterano pudiera identificar sus pasos o su voz.

Salió a la calle. El aire frío de la mañana le golpeó el rostro con ímpetu. Caminó a paso rápido, cruzando otros barrios, dejó atrás su zona, caminó hasta que las piernas le protestaron por el esfuerzo acumulado y la frente se le cubrió de cristalinas gotas de sudor frío debajo de la gorra.

Entró en un pequeño establecimiento de un barrio periférico y ajeno. El timbre de la puerta sonó con un tintineo metálico y seco.

Remoloneó durante un buen rato visualizando con el rabillo del ojo que no hubiera nadie más que llegara a inmiscuirse en sus asuntos. Paseó entre las estanterías de cosméticos, los expositores de productos infantiles, esperando a que los pocos clientes terminaran sus compras y abandonaran el local. Cuando la tienda quedó en absoluto silencio, se fue acercando despacio al mostrador principal. No sabía si una dependienta tan joven, una muchacha que apenas rondaría los veinte años y que probablemente jamás había oído hablar de sus hazañas sobre la nieve, sería capaz de entenderle o de ayudarle.

—Buenos días, señor, ¿en qué puedo ayudarle? —preguntó ella con una sonrisa educada detrás de la caja.

Él la miró por encima de la montura de las gafas oscuras. Carraspeó la garganta con fuerza, como para tomar el impulso necesario en una voz que llevaba meses oxidada por el aislamiento y la pena, y pronunció las palabras que lo devolvieron de golpe al mundo de los vivos:

—Buenos días… ¿Tienen ustedes pastillas para tener ganas de vivir sin que afecten a ningún otro órgano vital?

***

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Imagen 

Noctámbulo >> Óleo sobre lienzo (50 x 40 cm), 2011 >> Javier Bellido Valdivia

Àngela Tirado Carrión es escritora y poeta nacida en España y residente en Tarragona. En junio de 2024 publicó su primer libro, el poemario Entre blanco y negros, un trabajo íntimo centrado en la exploración emocional y los matices de la experiencia personal. Su escritura gira en torno a los vínculos afectivos, la memoria y los silencios que atraviesan las relaciones, especialmente en el ámbito familiar. Ha participado en distintos espacios y convocatorias literarias, desarrollando una voz propia de carácter introspectivo. Su estilo, cercano a lo poético, se apoya en lo sugerido y en lo simbólico, influido tanto por la sensibilidad contemporánea como por la tradición lírica.

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