Estoy fuera de mí y no quiero ver el reloj para no saber si estoy en el tiempo donde no quiero estar. Mi palpitar lo presiente, es seguro que son las doce del mediodía, la hora en que no pertenezco, y eso me agobia. Salgo del sitio donde pernocté. Cualquiera que viva en esta ciudad puede sentirlo como un día normal. Yo también lo sentiría si estuviera en la mía, pero mi calidad de viajante me ubica en lo susceptible. El tiempo pasa lento. No quiero, ni debo ver el reloj. Cuando mi estómago anuncia el vacío, sé que ha pasado una hora y me dirijo a algún restaurante. La hora de la comida la planeo desde temprano, en las horas que corren en curso de saber que tengo un asentamiento para dormir o despertar.
En una ocasión quise quebrar ese tiempo en que uno no tiene piso que lo sustente. Colgué el anuncio de no molestar en la perilla de la puerta, pero un aire maldito, o mi mala suerte, hicieron que la notificación se perdiera y a las doce en punto recibí un llamado a la puerta por parte del room service. Salí con el enfurecimiento exacerbado y me arrojé a la alberca, intentando contener la respiración por tres horas, pero sólo gané unos segundos. Luego me recosté sobre el camastro y traté de dormir, pero los trabajadores del hotel me señalaban y decían: “Mira esa pobre alma, no tiene espacio para existir”. Se burlaban y sus risas colmaban mi enojo. Me levanté prontamente, me dirigí al exterior tratando de pasar por cualquier común de la ciudad.
Las calles son un lugar seguro. En ellas me encuentro con otros viajantes que cargan el mismo semblante de preocupación, el de no tener espacio para echar raíces. Nos reconocemos con tan sólo vernos a los ojos, luego bajamos la mirada para no exponer nuestra vergüenza. Los nativos de la ciudad a la que visitamos, creen tener esas tres horas aseguradas en su sitio; lo que no saben es que nadie pertenece a ninguna parte. Somos un recurso hipotético, hoy estamos aquí, mañana seremos colocados en otro espacio. Luego, cuando alguien se haya robado nuestro queso, deberemos dejar nuestro sitio seguro y ser recolocados. Eso es inminente para todos. Nunca, aunque lo parezca, seremos sedentarios, nuestro yo primitivo nos obliga a la errantés del nómada; así se juega en el juego del ser o estar.
Cada ciudad es distinta y hay ciudades que se parecen, pero aun en ello se distinguen por peculiaridades que a veces los naturales no vislumbran. Debe saberse que nosotros exaltamos esa parte. Las ciudades son un espacio explorable y lo hacemos valer. Somos atentos a sus maravillas, nos hipnotizamos en ellas. Son los de la mafia del cemento quienes fincan su espacio y hacen su reino; a ellos se deben las similitudes y ellos tampoco son de aquí. Traen la idea de otra aparte y la condicionan conquistando la ciudad. Son quienes nos predestinan a la inexistencia del territorio que visitamos, relegándonos a su limbo. Nos hacen creer, por ejemplo, que al visitar un establecimiento donde se toma café, visitamos el mismo punto de siempre, nos quieren hacer sentir en casa, aunque nuestra mente sienta lo contrario.
En una ocasión, busqué un hotel que tuviera un check in a las doce del día y un check out a la una de la tarde. “¡Eso es una locura, ¿a quién se le ocurriría tan mala idea?!”, me contestó Miss Front Desk, en tono de burla. Le di la espalda y regresé a las tres de la tarde como si nada hubiera ocurrido, asegurando tener veintiún horas de resguardo para consolidarme en aquel espacio habitable. Yo pertenezco a donde esté mi familia y amigos asegurados; puede ser a kilómetros de distancia. Incluso, si estuvieran ellos aquí, estas tres horas de ingravidez existencial, aunque parecieran eternas, no me importarían. Lo sé porque cuando por casualidad encuentro un amigo, en una ciudad que no es la mía, la desolación no me destruye.
Como dijo el Dragón Rosa en uno de mis viajes, “el que tiene familia —yo incluyo a los amigos—, lo tiene todo”. Nada se tiene en este transitar por el mundo, sino ese lazo irrompible que se afianza en la familia de un alma itinerante. Veo el reloj previendo un buen augurio. Son las dos con cincuenta y nueve minutos, estoy a escasos segundos de volver a tener un lugar para mis pensamientos y no la inestabilidad de la no pertenencia que se da en la hora cero del viajante.
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Imagen al exterior
Noctámbulos >> Edward Hopper., USA, 1882-1967.
Mabel Pinos es Héctor Manuel Vargas Núñez, nació en Benjamín Hill, Sonora, el 16 de julio de 1972, donde fue entintado por los tipos de una vieja imprenta mecánica. Marcado en su niñez, se fue a bañar en las playas de Puerto Peñasco, Sonora, donde inició su afición por las letras y sembró la semilla de escritor. De 1993 a la fecha, se fue a secar, y a concretar la osadía del escritor, en el sol de Mexicali, Baja California. Escritor intuitivo, inició a colaborar, en los noventa, en la sección de música de la revista Ahí Tv’s. Fue publicado, a principios del dos mil, en la página Ficticia.com., y, desde septiembre de 2015 colabora en Sombra del Aire, con su nombre de pila y con los seudónimos de Equum Domitor, Eleuterio Buenrostro, Gordiano Tauro y Mabel Pinos. Fue seleccionado para participar en la Antología Sombra del Aire 2022 y 2023. En octubre del 2023 autopublicó su primer libro El inefable juego de los tricrómatas.

