EXAGERARDO

por Mabel Pinos

Ustedes no saben lo que es tener una mente revuelta como la mía, poblada de miedos, inquietudes y preocupaciones. Pido disculpas, de antemano, por el desplante; debí comenzar por ni nombre. Me llamó Gerardo, Gerardo a secas. No quiero que sepan mi apellido, ni siquiera cómo me dicen, no vaya a ser que caiga en malas intenciones y encuentren la manera de ubicarme. En la modernidad es fácil localizar a cualquiera, estamos condenados al escrutinio de las cámaras; no hay manera de esconderse. En una de ésas me rastrean y esto no acaba bien. Si fueran solamente asaltarme, no habría mayor problema, pero la maldad anda suelta y ya no se conforma con sólo eso. Se debe dejar constancia de que el asaltante tiene el poder y un balazo deliberado, dado en una región vital, puede causarme la muerte. En fin, sin más preámbulo, no les diré sino tan sólo mi nombre.

No, no estoy exagerando, son cosas que podrían pasar. La ley de Murphy me respalda y, como su fiel súbdito, sé que si algo puede salir mal, saldrá mal y punto. No estoy hablando de mala suerte. Es una disonancia en mi cabeza que no me deja avanzar. Por ejemplo, dejen que les platique, el otro día casi muero cuando en un semáforo en ámbar, un tipo que manejaba frente a mí frenó repentinamente. Yo, que soy una persona precavida, tenía el espacio suficiente para detenerme, pero ése no fue el caso. El tipo no alcanzó el límite máximo a estacionarse, ocasionando que mi auto quedara sobre el destinado al cruce del ferrocarril. Fueron los minutos más terribles de mi vida. Observé a ambos lados, tratando de advertir en alguna luz que se diera a lo lejos, sobre las vías del tren, pero no la había. Mis manos temblaban mientras sondeaba el peligro, deseando que aquello terminara como tuviera que terminar.

Cerré los ojos y rogué a Dios que me salvara de aquel mal momento por el que estaba pasando. Y de repente, en la tribulación de mi cabeza, pensé en lo que sería un fuerte golpe en la carrocería del lado del conductor y no fui arrollado por el tren, pero sí en mi mente, ni arrojado a cinco metros, mientras el tren levantaba polvo y frenaba a su momento, hasta dejar el auto totalmente destartalado. Pensé que si se diera el caso, la ambulancia llegaría del otro lado de las vías del tren, el lugar opuesto en donde yo me debatiría en muerte. Era seguro que habían pasado más de tres minutos y el semáforo no cambiaba, y lo aseguro, porque en mis pensamientos ya había llegado la ayuda y, como afirmé, lo hicieron del otro lado del tren. Los paramédicos tuvieron que maniobrar elaboradamente para cruzar la camilla y lo necesario, hasta donde yo quedaba, para auxiliarme.

Y qué hubiera pasado si tuviera esposa. Ella estaría con el alma en un hilo, pensando en que pasaba el tiempo y yo no regresaba a casa. El celular sonaría, mostrando su nombre, pero en mi condición de politraumatizado no podría darle alcance y ella continuaría sufriendo. Después de que la ayuda fuera efectiva, el transporte al hospital más cercano debería animarme, pero ese día había dejado mi cartera en casa, salí precavidamente con el efectivo necesario para no ser asaltado. Entonces, y eso sí es una certeza, no traía conmigo mi seguro médico, solamente una identificación. Estoy tomando nota para la siguiente salida tenerlo en cuenta. Debido a la falta de aseguranza, quizá me llevarían al Hospital General, y ahí sí, ni para qué les cuento. No quiero hacerles el relato más largo, pero, con seguridad, la esposa que no tengo tendría que reconocer mi cuerpo apaleado y tardo en atención médica.

Imagínense ser impactado por el tren. ¡Impactado! ¡Por Dios santo, ser impactado! En mi mente se repetía la imagen del tren llevándose mi carro en un pitido largo, dejando una nube de polvo y sedimento, mientras desesperadamente, en la realidad donde aún no pasaba nada, yo espejeaba a la izquierda, a la derecha, arriba y al frente; arriba y al frente, a la izquierda y a la derecha, para constatar que el tren no llegaba, y que el maldito semáforo, a pesar de mis ruegos, no cambiaba. Cerré los ojos una vez más y conté un eterno del uno al diez, tratando de calmarme: Uno, dos, tres, cuatro, cinco, inhalo; seis, siete, ocho, nueve y diez eterno, exhalo. Cuando los abrí de nuevo, para mi buena suerte, el semáforo había cambiado. El tráfico continuaba su cauce, el conductor frente a mí parecía no haberse inmutado, la ciudad seguía sumida en su día, pero yo ya no era el mismo.

Ahora, más que nunca, me resguardo en mi domicilio; es un ejercicio que disfruto ya que disminuye, por mucho, mis miedos autoinfligidos. Cuando se da la necesidad, salgo de sus límites, pero nunca intento llegar lejos, sólo a sitios cercanos que no precisen el uso del automóvil. No me gusta ver televisión, no hay programa que me haga sentir seguro en donde estoy. Pero no se piense que soy un tipo aburrido, en verdad disfruto el quedarme en casa, echar mecánica al auto, regar las plantas, hacer las labores del hogar; pasar el tiempo. Ocasionalmente me gusta tirarme sobre el pasto, en mi jardín; eso sí que lo disfruto. El firmamento me ofrece su noche estrellada y, cuando se da el caso, veo a la luna llorando por mí desgracia. Sé que lo hace por esa posibilidad mínima, pero factible, de que yo pueda ser alcanzado, sin exagerar, por un meteorito que caiga del cielo.

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La noche estrellada >> Óleo, 1889 >> Vincent Van Gogh

Mabel Pinos es Héctor Manuel Vargas Núñez, nació en Benjamín Hill, Sonora, el 16 de julio de 1972, donde fue entintado por los tipos de una vieja imprenta mecánica. Marcado en su niñez, se fue a bañar en las playas de Puerto Peñasco, Sonora, donde inició su afición por las letras y sembró la semilla de escritor. De 1993 a la fecha, se fue a secar, y a concretar la osadía del escritor, en el sol de Mexicali, Baja California. Escritor intuitivo, inició a colaborar, en los noventa, en la sección de música de la revista Ahí Tv’s. Fue publicado, a principios del dos mil, en la página Ficticia.com., y, desde septiembre de 2015 colabora en Sombra del Aire, con su nombre de pila y con los seudónimos de Equum Domitor, Eleuterio Buenrostro, Gordiano Tauro y Mabel Pinos. Fue seleccionado para participar en la Antología Sombra del Aire 2022 y 2023. En octubre del 2023 autopublicó su primer libro El inefable juego de los tricrómatas.

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