La casa de mi cuñada era la más linda y grande de toda la familia. Tampoco es que fuera una mansión ni nada parecido. Pero como el resto éramos de clase media tirando para abajo, una casa con cuatro habitaciones, un living, un comedor y una cocina, todo separado, no como las del resto de la familia que cocina, comedor y living estaba todo junto. En la mía la única diferencia es que la cocina estaba separada, pero igual todo era reducido.
Por años las cenas se habían organizado en la casa de mi suegra, a la vieja siempre le gustó el puesto de matriarca. Organizaba todo, se pasaba horas cocinando y después quejándose de que las mujeres de la familia, sobre todo las nueras, no la ayudábamos lo suficiente.
Su matriarcado llegó a su fin cuando a medida que nacieron los chicos y tomaban consciencia de los rituales de navidad, empezaron a preguntar sobre el árbol y mi suegra había dejado de armarlo a medida que sus hijos se hicieron grandes. Ninguno buscó convencerla de que volviera a armarlo, adivinando que sería otro tema de disputa y reproche, más bien aprovechamos eso como excusa para decirle que ya la cena de noche buena no se hiciera en su casa. De paso nadie tenía que oír sus reproches después. Exceptuando ella, nadie lo discutió, así que se la tuvo que bancar. Desde entonces lo empezamos a festejar en la casa de mi cuñada, que era la que tenía la casa más confortable y el árbol más grande. Se había casado con un abogado que le iba bastante bien y a ella no le iba mal como contadora, así que podían darse “lujos” que los demás no. Uno era gastar en un árbol de más de 1.20 que era la regla para el resto, otra comprar guirnaldas caras, también se ocupaba de los regalos de todos. Yo siempre sentí que no lo hacía de buena, sino para refregarnos al resto que ella tenía plata, que podía hacerlo. También en la forma en que se arreglaba, el resto usábamos vestidos de, como mucho, 30.000 pesos, y ella se venía con uno de 90.000. Lo mismo los zapatos.
Yo odiaba ir casi tanto como antes a la casa de mi suegra, pero mi hijo me rogaba asistir porque los regalos que recibía de “Papa Noel” allá, eran más caros que los que recibía en casa. A mí marido medio le daba igual, pero prefería también ir porque odiaba hacer el asado. Por lo que no me quedaba otra que resignarme.
Una noche buena, Diego, mi hijo, me insistió en quedarse a dormir en lo de mi cuñada para jugar a jugar con su primo con los autos que habían recibido de “Papa Noel”, estaba tan entusiasmado que lo dejé, a pesar de que nunca había dormido fuera de casa. No pegué un ojo en toda la noche. Diego volvió re temprano, vivíamos a 2 cuadras y en la misma manzana, así que podía hacerlo solo ya que no tenía que cruzar ninguna calle. Yo apenas me estaba preparando el mate, ojerosa por la desvelada. Entró con cara de perro y la mirada baja, con el brazo derecho sostenía la caja con el auto. Lo apoyó sobre la mesa y se sentó en la silla de siempre. Me senté enfrente.
–¿Desayunaste?
–No.
–Le dijiste a tu tía que te venías.
–Sí.
–¿Seguro?
Me miró a los ojos y dijo:
–Sí.
–¿Querés desayunar?
–Bueno.
Le dije eso porque quería darle tiempo y también dármelo a mí, porque sabía que algo incómodo le había pasado y quería ver la forma de procesarlo.
Le preparé una chocolatada, corté un pedazo de pan dulce sin frutas y coloque la taza y el plato enfrente de él.
Diego tomó un poco de chocolatada, también agarró un trozo de pan dulce pero lo dejó antes de llevárselo a la boca.
–¿Qué pasó?
–¿Yo me porté mal?
–¿Por qué preguntas eso?
–Porque a Lautaro le Papa Noel le hizo otro regalo, antes de dormir los tíos lo llamaron, se lo llevaron al comedor, me agarraron ganas de hacer pis, fui al baño y vi que le estaban dando otro regalo, un tren, le dijeron que se lo había traído Papa Noel. ¿Por qué a él le trae más regalos?
Bajé las manos un momento para clavarme las uñas en las palmas, mientras inspiraba y exhalaba tratando de bajar mi irritación. Me concentré en lo importante, que era darle una respuesta adecuada.
–Ese no fue Papa Noel, mi amor, esos fueron tus tíos, a veces los padres le dan un regalo aparte a sus hijos, además del que trae Papa Noel.
–¿Por qué?
Lo que fuera que le contestara tenía que ser verosímil y a la vez algo que si llegaba a comentar con otros no me hiciera quedar como el culo.
–Porque algunos padres pueden hacerlo.
–¿Y por qué no lo hacen todos?
–Porque no todos los padres son iguales.
Pensé que iba a preguntarme otra vez: “por qué”, pero no. Afortunadamente por algún milagro navideño, la respuesta lo conformó y se puso a comer la rodaja de pan dulce y a terminarse la chocolatada.
Después se fue a jugar con el auto, el entusiasmo que tenía cuando lo abrió había pasado a convertirse en resignación. En ese momento decidí que nunca más volvería a pasar una navidad en la casa de mi cuñada.
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Padre e hijo >> Óleo >> Claudio Bravo
Raúl Javier Perrando nació el 9 de diciembre de 1987 en la provincia de Buenos Aires y actualmente reside en la localidad de Navarro. Con una trayectoria laboral versátil que abarca roles de supervisión de seguridad, experiencia en el sector gastronómico y el desarrollo de emprendimientos comerciales independientes, ha logrado consolidar una formación en gestión y servicio comunitario. En el ámbito cultural, participa en un taller literario con el cual ha publicado tres libros, y se dedica activamente a la escritura de narrativa intimista. Sus gustos e influencias literarias se centran en Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga, Roberto Arlt y Stephen King. Comprometido con la preservación del patrimonio y la identidad bonaerense, proyecta su labor hacia la integración social a través de las letras.
