La lluvia caía sobre Vesperine como si quisiera borrar los últimos rastros del régimen que había dominado el continente durante décadas. Desde la terraza del Hotel Astoria, Alain Vancancel observaba las luces de la ciudad reflejadas en el pavimento mojado. A simple vista, Vesperine parecía haber recuperado la tranquilidad. Las pantallas propagandísticas habían desaparecido. Los retratos de los antiguos gobernantes habían sido retirados.
Los edificios gubernamentales lucían nuevas banderas. La gente caminaba sin miedo aparente. Pero Alain sabía que las apariencias eran peligrosas. Siempre lo habían sido.
Sobre todo después de una revolución. Porque las victorias rara vez pasaban a la historia.
Normalmente sólo daban comienzo a otra cosa.
Dos años antes, la organización conocida como el “Consejo Sombra” gobernaba gran parte del mundo conocido. Sus miembros controlaban gobiernos, bancos, ejércitos privados y redes de inteligencia. Nadie los había elegido. Eran incontestables. Hasta que todo se derrumbó. Las luchas internas. Las traiciones. La presión internacional. Y una serie de operaciones clandestinas cuidadosamente ejecutadas habían destruido el poder del Consejo. Al menos oficialmente. Algunos líderes fueron capturados. Otros murieron.
Muchos desaparecieron. Aquello era precisamente lo que preocupaba a Alain.
Los desaparecidos. Aquellos fantasmas. Las personas que nadie podía encontrar.
Porque un enemigo derrotado era peligroso. Pero uno invisible era peor.
El sonido de unos pasos lo sacó de sus pensamientos. Al girarse, encontró a Elena Sadric.
Como siempre, parecía inmune al cansancio. Su cabello oscuro brillaba bajo las luces de la terraza. Llevaba un abrigo gris y una expresión que mezclaba inteligencia y melancolía.
Habían trabajado juntos durante años. Y durante años habían evitado hablar de ciertos sentimientos. Tal vez porque el espionaje no deja demasiado espacio para las confesiones.
—Han encontrado otro depósito de armas —dijo ella.
Alain suspiró.
—¿Dónde?
—En Puerto Ardentías.
—El quinto esta semana.
—El sexto.
Durante unos segundos permanecieron en silencio. Abajo, la ciudad seguía viviendo.
Cafés abiertos. Taxis circulando. Parejas caminando bajo paraguas. La normalidad era una máscara extraordinariamente convincente.
—¿Crees que realmente terminó? —preguntó Elena.
Alain tardó en responder.
—No.
Ella no parecía sorprendida. El problema era trivial. Cuando el Consejo Sombra cayó, dejó un vacío de poder gigantesco. Y los vacíos no iban a permanecer así durante mucho tiempo. Nuevas organizaciones estaban apareciendo. Nuevos traficantes. Nuevos caudillos. Nuevos aspirantes. Personas convencidas de que podían ocupar el trono abandonado.
Tres semanas después apareció la primera prueba. Un financiero llamado Viktor Dane fue asesinado en una villa costera. No robaron nada. No hubo testigos. Sólo un símbolo grabado sobre la pared. Una espiral negra. La misma marca comenzó a aparecer en otros lugares. Bancos. Puertos. Empresas. Centros tecnológicos. Como si alguien estuviera reclamando territorio. Expropiándolo, más bien dicho. La investigación condujo a Alain y Elena por media docena de países. Ciudades elegantes. Refugios clandestinos. Islas privadas. Hoteles donde las sonrisas ocultaban amenazas. Y fiestas donde cada invitado parecía guardar un secreto. Durante una recepción en Monte Aurelio, Elena apareció con un vestido azul oscuro que atrajo todas las miradas. Alain fingió indiferencia. Sin mucho éxito. Ella lo notó. Por supuesto que lo notó.
—Estás distraído.
—Estoy trabajando.
—Claro.
La sonrisa de Elena duró apenas un instante. Pero fue suficiente para desarmarlo más que cualquier arma. Aquella noche descubrieron la verdad. La espiral negra pertenecía a una nueva organización. Un grupo compuesto por antiguos miembros menores del Consejo.
No querían restaurar el régimen anterior. Querían algo distinto, pero más ambicioso.
Más brutal. Se hacían llamar “El Círculo”. Y estaban reclutando a todos los oportunistas que habían surgido tras la caída del antiguo orden. Mercenarios. Empresarios corruptos.
Exagentes. Traficantes. Políticos desesperados.
Mientras el mundo celebraba la derrota de una tiranía, otra comenzaba a crecer entre las sombras. La situación empeoró rápidamente. Atentados. Secuestros. Sabotajes. Asesinatos selectivos. Cada golpe parecía diseñado para demostrar una idea muy concreta: La caída del Consejo no había traído estabilidad. Había traído caos. Y el caos siempre genera nostalgia por los viejos amos. Aquello era precisamente lo que buscaba el Círculo. Convencer al mundo de que la libertad era un error. La operación decisiva tuvo lugar en las montañas de Norvak. Allí se encontraba una antigua base subterránea reutilizada por la organización. Los servicios de inteligencia internacionales reunieron recursos de media docena de países.
Era una apuesta arriesgada. Si fracasaban, el Círculo podría consolidarse definitivamente.
La noche anterior al asalto, Alain y Elena permanecieron solos en una pequeña cabaña utilizada como puesto avanzado. La tormenta golpeaba las ventanas. Por primera vez en años no había misiones inmediatas. Ni informes. Ni vigilancia. Sólo silencio.
—¿Alguna vez pensaste en abandonar todo esto? —preguntó ella.
Alain observó el fuego de la chimenea.
—Muchas veces.
—¿Y por qué no lo hiciste?
La respuesta era sencilla. Pero también peligrosa.
—Porque siempre encontraba una razón para quedarme.
Elena bajó la mirada. Y por primera vez pareció vulnerable.
—Yo también.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ambos. No hicieron falta más. A veces las personas pasan años evitando una conversación que en realidad cabe en una sola mirada.
Al amanecer comenzó el ataque. Helicópteros. Equipos especiales. Explosiones controladas. Combates en túneles subterráneos. El enfrentamiento duró horas.
Finalmente la base cayó. Los servidores fueron confiscados. Las cuentas bancarias bloqueadas. Los líderes capturados. Cuando terminó, Alain observó cómo los prisioneros eran trasladados. Muchos parecían sorprendidos. Como si hubieran creído que la historia estaba de su lado. Quizás lo había estado. Por un tiempo.
Semanas después, la calma regresó lentamente. O al menos una versión razonable de ella.
El Círculo había sido derrotado. Pero Alain sabía que aquello tampoco era el final.
Nunca lo era. Porque el poder posee una capacidad extraordinaria para cambiar de rostro.
Meses después volvió a la terraza del Hotel Astoria. La ciudad brillaba bajo las luces nocturnas. Más libre. Más imperfecta. Más humana. Elena apareció junto a él.
—¿Crees que esta vez durará? —preguntó ella.
Alain observó las calles. La gente. La vida cotidiana.
—No lo sé.
Ella sonrió.—Una respuesta diplomática.
Elena tomó suavemente su mano. Por primera vez, ninguno de los dos intentó apartarse.
Habían aprendido una lección que ningún entrenamiento enseñaba. Los imperios caen.
Las conspiraciones regresan. Las amenazas cambian de nombre. Y las sombras nunca desaparecen del todo. Pero también existen otras cosas que sobreviven. La confianza. La lealtad. La esperanza. Y las personas capaces de encontrarse incluso después de atravesar la oscuridad.
Mientras las luces de Vesperine brillaban bajo una lluvia, ambos comprendieron que las secuelas de la guerra no siempre son heridas. A veces también son oportunidades.
La posibilidad de reconstruir, de comenzar otra vez. Y la rara y preciosa posibilidad de no hacerlo solos.
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Francisco Araya Pizarro nació el 15 de Diciembre de 1977 en la ciudad de Santiago de Chile, hijo de Eduardo Araya y María Cristina Pizarro, es Diseñador Gráfico, Artista Digital, Asesor Gráfico para ONGs ligadas a las Naciones Unidas, Community Manager y Escritor de Ciencia Ficción. Publicó cuatro libros en Amazon.com (Las Crónicas de Marte, La Gata Relámpago, Codei Humanitas y Lid), tres relatos suyos han sido incluido en antologías (Hoy Despierto, Un Horizonte Oscuro y Un Guardián en las Profundidades), sin olvidar su participación con su cuento estilo cyberpunk “Fragmentos del Éter” para el programa de Radio U.Chile “La fábrica de cuentos”. Muchos de sus cuentos están en diversas revistas literarias de habla hispana, también se pueden encontrar sus relatos cortos en www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
Actualmente reside en Santiago de Chile, desempeñando su labor profesional como diseñador gráfico y escribiendo relatos que mezclan fantasía y tecnología.

