Pues tampoco era para tanto, me parecía a mí. Una más, ni más ni menos. Guapa, sí, sin duda, pero no le veía yo por ninguna parte esa aura de inalcanzable que todos le atribuían: se decía de ella que su rostro era impenetrable, y su corazón, no digamos. De extremado buen gusto, sin duda, con ese vestido rojo que dejaba ver unas pantorrillas tersas y tonificadas, y unos hombros redondeados y fibrosos que garantizaban un anclaje preciso a los brazos delgados y bien contorneados; todo, desde luego, fruto de horas de gimnasio y parca y monitorizada alimentación. Pero, al menos ese día, le faltaba eso de lo que todos hablaban: esa imposición silenciosa de su presencia, que al parecer concitaba toda la atención allá adónde iba. Esa mirada firme, serena y medio displicente que se había hecho famosa en la ciudad. Allí seguían, eso sí, el cuello largo y erguido que servía de pilar para el orgulloso y proporcionado cráneo desde donde lo presidía todo, y que culminaba aquella bella y distante creación de la Naturaleza que, ayudada por sus habituales y exclusivos zapatos de aguja, era catapultada por lo menos hasta el metro setenta y cinco. Luego estaban sus labios de fresa, fruto del carmín de alta gama, que le proporcionaba ese estudiado y certero contraste con su piel blanca, inmaculada de lunares o pecas o vulgaridades por el estilo, a decir de los más atildados cronistas de sociedad.

Claro está que yo no era más que un mozalbete que, desde el porche del jardín, veía por primera vez a esa joven mujer cuya fama le precedía. Qué sabía yo de esas cosas… pero no, era evidente, qué demonios: a esa dama le ocurría algo, en medio del salón donde mi padre había organizado aquel brunch para sus amigos más cercanos del Colegio de Ingenieros. Los conocía a casi todos, de otras veces, excepto a ese tal Fermín que la tomaba a ella de la cintura de avispa. Apuesto a que por eso lo invitó mi padre.

No solo fueron los ecos de sociedad: también en casa había escuchado a mis padres hablar de ella. De su cara B, en realidad: al parecer, sus orígenes eran extremadamente modestos, necesitados; también pueblerinos. Suponía uno de esos casos casi de película en los que la joven, casi niña, se rebelaba contra su destino y, en buen provecho de su juventud y lozanía, emigraba a la gran urbe para medrar y, a poder ser, convertirse en su propia némesis. Y a la vista estaba que lo había conseguido. O lo iba consiguiendo, quién sabe, tal vez estuviera solo en la mitad de su camino. El caso es que allí la teníamos, rodeada de ilustres profesionales liberales, exitosos, en una urbanización exclusiva de la capital. Un entorno que, según todas las voces, era desde hacía años ya su medio natural, su zona de confort, su coto de caza.

Pero algo no iba bien con ella aquella mañana y yo estaba siendo testigo de ello, desde detrás del seto del jardín donde me parapetaba para mirarla, allí parada, en pie junto a los demás, en nuestro amplio salón de estilo rústico que tanto le gustaba a mi padre, rodeada de aquella conversación de la que parecía, por una vez, huir; de aquellas mesas altas plagadas de estúpidos canapés, de aceitunas, de mimosas. Qué ridiculez eso del brunch: le obligan a uno a no desayunar en condiciones para poder afrontarlo con ciertas garantías, pero tampoco te matan el hambre, para que puedas almorzar después… Ella miraba aquí y allá como nerviosa, como si le faltase algún tipo de sustento. Ora se tocaba la cara, ora parecía no saber qué hacer con las manos. Ni fijar la atención podía cuando alguno se le dirigía, como necesitando buscar un ángulo en la lejanía donde reposar la vista, al punto de que nuestras miradas, por un momento, se entrelazaron, antes de que yo recogiese la cabeza del todo tras el seto.

Fue entonces que ella pareció disculparse con su acompañante acercándole los labios al oído, o tal vez pedirle que la disculpara ante los demás. Luego desapareció.

Pasaron más minutos de los que cualquier protocolo natural aconseja sin que ella regresase. Quizá, pensé, había sufrido los avatares de un eventual estreñimiento; al fin y al cabo, también a ese tipo de mujeres habrían de afectarle las indisposiciones de los demás mortales, deduje. Entonces, uno de los componentes del catering se asomó al salón y reclamó la atención de mi padre, que se le acercó. Fue en ese mismo momento que se escucharon los sollozos, como provenientes de la otra punta de la planta baja. Y que Fermín, el acompañante, esbozó una expresión de contrariedad antes de encabezar al grupo, junto a mi padre, en dirección a los lamentos. Naturalmente, yo los seguí.

Allí estaba ella, despatarrada en el suelo y con la espalda apoyada en la pared, frente a la puerta trasera de la casa. Su rímel, algo corrido por la humedad de sus ojos extraviados, que acompasaban esa especie de gimoteo loco, excéntrico, de respiración entrecortada. Sus manos, apoyadas en el suelo, extrañamente grasientas. El carmín de sus labios, desbaratado alrededor de la mueca de su boca semiabierta, sugería una cereza pisada sobre un suelo de alabastro. Junto a ella, junto a todos, la puerta abierta de la alacena, apenas tres metros más allá, cerca de la entrada a la cocina. Pero nadie, excepto mi padre y yo, reparó en ello.

Fermín, y mi padre, la ayudaron a incorporarse mientras mi madre sugería administrarle uno de sus ansiolíticos. No hizo falta: pronto la sacaron a la calle para que le diese el aire, y la montaron, aún temblorosa, en el asiento trasero del Mercedes de Fermín, que se disculpó con todos antes de hacer desaparecer el coche por la amplia arteria de la urbanización. Cuando volvieron a entrar, mi padre acompañó a los demás otra vez hasta el salón de buscada apariencia rústica, antes de ausentarse un momento aprovechando que comentaban teorías sobre lo que podría haberle sucedido a ella, a Natacha Vidal, la diva más en auge de las altas esferas de la capital. Como yo permanecía en la parte trasera, pude verlo: mi padre se acercó entonces al que intuía que era el punto clave de todo aquel extravagante suceso: la alacena abierta cerca de la cual la joven había yacido derrumbada; y no pudo menos que arrugar la cara en un gesto de profunda angustia cuando vio lo allí acontecido.

Al asomar la cabeza por la puerta abierta de la amplia alacena se topó con todas aquellas viandas por el suelo, mordisqueadas. Era en aquel lugar donde guardaba al que consideraba el mejor fruto de su trabajo: los embutidos ibéricos de pata negra. Gustaba de desplazarse donde fuera necesario para conseguirlos: a Extremadura o Huelva para el jamón o la paletilla de primera, el salchichón, el lomo embuchado… el chorizo picante de Cantimpalos, o de León. Ni las fiestas de sociedad, ni el tenis, ni siquiera el golf… aquellas rústicas delicias eran lo único en lo que le gustaba invertir su tiempo libre: sentarse a solas delante de ellas, con un buen vino tinto y música de Grieg (hacía años se había decantado por En la gruta del rey de la montaña, pero hacia el final casi siempre se atragantaba, así que terminó cambiándola por la Danza de Anitra). Se agachó para ver si podía poner algún tipo de remedio a aquel estropicio, a aquella herejía; pero los embutidos, el propio jamón, la morcilla burgalesa, habían sido atacados con tal violencia, tan a dentellada limpia e imprecisa, que poco había que hacer. Ni rastro del pellejo había siquiera en las zonas atacadas. Apenas pudo, al menos, consolarse con el aroma emanado de aquellos manjares reventados… olores que sin duda llevaron hasta la presa, unos minutos antes, al que debía ser un fino olfato predador. En torno a los viscerales mordiscos, podía verse el rastro de un carmín color de fresa.

Resulta curioso cómo algo acaecido de puertas adentro de un domicilio particular puede trascender a la opinión pública, pero así fue. Y el caso es que, desde aquel aciago día, Natacha Vidal desapareció de las portadas, de los dimes y de los diretes; diríase, incluso, que de la capital. Como año y pico después, lo dijo la televisión: al parecer, fue un paparazzo avispado el que logró reconocerla, a pesar de la cierta borrosidad de su rostro desprovisto de calcita, de sus huesos tapados, de la menor estatura. Solo que ahora no era Natacha Vidal, sino Natalia Vidal del Hoyo, camarera en el bar El Mirador, en Guzmán el Bueno casi esquina con Alberto Aguilera. Natural de Rozacorderos, provincia de Cáceres.

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Juan Manuel Caballero Parejo nació en Sevilla (España), el 12 de julio de 1970, aunque se crio en Extremadura. Residió en Madrid entre 1992-2007, donde alternó el trabajo con estudios de cine en la Escuela de Artes Audiovisuales, y de Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado dos libros de relatos (Por de Dentro y Nieve sobre Quantico, Virginia). Publica en revistas como El Coloquio de Los Perros, Almiar, El Espejo, Espacio Fronterizo, El Narratorio o Letralia. El verano pasado fue entrevistado por la revista The Citizen; la entrevista fue publicada en el número correspondiente. Ha firmado ejemplares en algunas Ferias del Libro, como la de Mérida (España). Entre sus influencias literarias se encuentran Ribeyro, Horacio Quiroga, Cheever, Sherwood Anderson o Hemingway. Trabaja en el sector de la Seguridad Privada.

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