DESPUÉS DE NOSOTROS

por Ángela Tirado Carrión

La humedad trepaba por las paredes del anfiteatro como un musgo enfermo. Bajo las gradas fermentaban restos de fruta mordida, serrín empapado y orín antiguo. El aire era espeso. Dulzón y agrio al mismo tiempo. Solo los humanos arrugaron la trufa al entrar. Algunos lo hicieron apenas un instante, avergonzados todavía de conservar aquel reflejo.

Las crías corrían entre las bancadas persiguiéndose unas a otras. Se colgaban de los barrotes, chillaban, se empujaban con las patas abiertas sobre la piedra húmeda. De vez en cuando se detenían frente a algún humano doméstico y apartaban mechones grasientos de su cabello con la concentración solemne de quien aprende una tarea importante. Buscaban piojos con dedos pequeños y ágiles. Cuando encontraban alguno lo atrapaban entre las uñas y se lo llevaban orgullosos a la boca. Algunas crías los intercambiaban antes de comerlos, saboreándolos despacio.

—Los de cabeza vieja son más amargos.

—No. Los peores son los enfermos.

Reían enseñándose las encías húmedas mientras los humanos permanecían quietos, acostumbrados ya a aquellas pequeñas manos hurgando entre el pelo y detrás de las orejas.

Los adultos apenas prestaban atención. Conversaban mientras mascaban pulpa fermentada o rascaban distraídos el pelaje de sus parejas. Algunas hembras llevaban pequeños humanos sujetos con correas cortas alrededor de la cadera. Caminaban pegados a sus piernas, dóciles, aprendiendo a no enredarse entre los pasos. Otros servían cuencos de agua oscura y carne tibia sin levantar la mirada del suelo.

La atracción estelar era un humano.

Hacía semanas que las entradas se agotaban antes del amanecer.

Las luces amarillentas descendieron sobre la arena y un murmullo denso recorrió las gradas. Entre golpes secos contra el hierro apareció el Gran Simio. Alto incluso para los suyos. Los hombros anchos, cubiertos por un pelaje grisáceo que comenzaba a clarear en el pecho. Caminaba erguido, lento, disfrutando la expectación. A su lado avanzaba la hembra que compartía lecho y territorio con él; más pequeña, de ojos hundidos y brillantes, adornada con huesos pulidos alrededor del cuello.

Detrás de ambos, arrastrando una cadena demasiado pesada para un solo cuerpo, apareció el ejemplar.

El silencio fue inmediato.

El humano caminaba desnudo salvo por un pantalón rasgado sujeto a la cintura. La barba espesa escondía parte de su rostro, aunque no lograba cubrir los caminos blancos que cruzaban el cabello oscuro demasiado pronto para aquella edad. Tenía el pecho hundido. Las costillas marcadas bajo una piel limpia en comparación con el resto de los humanos domésticos del anfiteatro.

Y olía distinto.

Incluso desde las primeras filas llegaba aquel olor extraño: agua reciente, piel lavada, ausencia de podredumbre.

Varias hembras levantaron apenas el hocico.

La acompañante del Gran Simio observó despacio el cuerpo del cautivo. Sus ojos descendieron sin disimulo hacia el pecho desnudo, la línea hundida del vientre, los genitales apenas ocultos bajo la tela rota. No había burla en aquella mirada, sino fascinación. Una curiosidad lenta, húmeda, casi científica.

Descendió un peldaño más.

Demasiado cerca ya de los barrotes.

El humano mantuvo los ojos clavados en la arena, aunque percibía la respiración pesada de ella al otro lado del hierro. La hembra extendió los dedos despacio, deteniéndolos a apenas unos centímetros de la piel del cautivo, allí donde el pecho conservaba menos vello y las venas azuladas asomaban bajo la carne.

El Gran Simio observaba la escena con una satisfacción oscura.

A ella le excitaba aquella fragilidad distinta.

Y él disfrutaba mirándolo.

Un sonido grave brotó de su garganta. Profundo. Animal. La hembra enseñó apenas los colmillos sin apartar la mirada del humano.

Una cría se aproximó demasiado a los barrotes y lanzó un trozo de fruta podrida contra el cautivo. El impacto le golpeó el hombro desnudo. El humano no reaccionó. Ni siquiera parpadeó.

—Dicen que comprende palabras —murmuró alguien desde las gradas.

—Imposible.

—Este no es doméstico.

—Todos terminan siéndolo.

La hembra inclinó ligeramente la cabeza.

—No parece domesticado.

Entonces el humano levantó la vista.

Y ocurrió algo incómodo.

No había rabia en sus ojos.

Tampoco miedo.

Aquella mirada recorrió el anfiteatro con un cansancio insoportable, deteniéndose apenas en los humanos que servían comida, en las crías que despiojaban cuerpos encogidos, en las cadenas sujetas a tobillos demasiado acostumbrados al peso.

Como si los reconociera.

Uno de los humanos domésticos dejó caer un cuenco al suelo. El barro líquido salpicó sus piernas. Permaneció inmóvil, respirando rápido, incapaz de apartar la vista del cautivo.

El Gran Simio golpeó entonces el hierro con una vara.

—Observad bien —gruñó con orgullo—. El último humano libre.

Un murmullo excitado recorrió las gradas.

La hembra sonrió despacio.

Había deseo en aquella expresión.

Un deseo turbio, alimentado por la rareza de aquella piel desnuda, por el olor limpio del cautivo y por la quietud orgullosa con la que soportaba las cadenas.

El cautivo sonrió apenas.

Fue algo mínimo.

Pero bastó para que el aire pareciera cortarse entre las gradas.

Porque aquella sonrisa no pertenecía a un animal acorralado.

Pertenecía a alguien que entendía perfectamente cuanto ocurría allí dentro.

Sus ojos se detuvieron un instante en las crías que compartían piojos como dulces diminutos bajo la luz húmeda del recinto. Después observó al Gran Simio, orgulloso bajo los focos, exhibiendo poder con la misma hambre antigua con la que los humanos habían levantado imperios, ciudades y mataderos.

No sintió odio.

Tal vez porque ya era demasiado tarde incluso para eso.

La humanidad llevaba siglos extinguiéndose antes de desaparecer realmente. Mucho antes de las cadenas. Mucho antes de las jaulas. Cuando confundió inteligencia con dominio. Cuando convirtió el hambre en sistema y la avaricia en herencia.

Ellos solo habían ocupado el lugar vacío.

La sonrisa permaneció apenas un segundo más sobre sus labios agrietados.

Triste.

Cansada.

Casi compasiva.

Entonces varios simios apartaron la mirada.

Y el último humano comprendió que no asistían al espectáculo de su final.

Sino al de todos.

***

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Imagen 

El jardín de las delicias (segmento) >> Hieronymus Bosch., Países Bajos, 1450-1516.

Àngela Tirado Carrión es escritora y poeta nacida en España y residente en Tarragona. En junio de 2024 publicó su primer libro, el poemario Entre blanco y negros, un trabajo íntimo centrado en la exploración emocional y los matices de la experiencia personal. Su escritura gira en torno a los vínculos afectivos, la memoria y los silencios que atraviesan las relaciones, especialmente en el ámbito familiar. Ha participado en distintos espacios y convocatorias literarias, desarrollando una voz propia de carácter introspectivo. Su estilo, cercano a lo poético, se apoya en lo sugerido y en lo simbólico, influido tanto por la sensibilidad contemporánea como por la tradición lírica.

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