BESTIARIO DE BIZANCIO

por Diony Scandela

 No temáis la multitud del enemigo. Son una horda sin orden, movida por la codicia y el miedo. Nosotros, en cambio, defendemos la justicia y la libertad. Si caemos, caeremos con gloria. Si vencemos, vuestros nombres serán recordados por la eternidad como los salvadores de la Cristiandad y de la Reina de las Ciudades. —Constantino XI el Paleólogo

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29 de mayo de 1453. En el dorado altar, bajo la mirada imperturbable de los mosaicos, Constantino XI el Paleólogo rezaba, pero no pedía un milagro. Pedía perdón. Su armadura estaba abollada, el rostro tiznado de pólvora y el alma rota. A sus espaldas, los lamentos de mujeres y ancianos se ahogaban en el humo del incienso y las velas; el mármol de la catedral de Hagia Sophia temblaba, pero no era el temblor de la fe, sino el de los cañones de Orbón impactando contra las murallas de Bizancio. El Imperio Romano de Oriente agonizaba a las puertas, y los turcos ya afilaban sus cimitarras. Los jenízaros ya estaban escalando las murallas de la ciudad como demonios trepando las cavernas del infierno.

Constantino se puso en pie. Muchos juraron ver la figura esbelta y de complexión atlética del emperador convertida en un pálido fantasma de medianoche, con la barba bífida y recortada, ahora gris y encrespada. Sus dedos, entumecidos por el frío y el acero, buscaron bajo su túnica una llave de hierro oscuro. El ojo de la llave estaba forjado con la silueta del águila bicéfala, con las enormes alas desplegadas como elevándose en el cielo de Jerusalén.

Caminó a paso firme hacia la penumbra del ábside, apartando un pesado tapiz de seda desgarrada lleno de polvo y telarañas. Allí, una trampilla de madera de cedro del Líbano conducía a las entrañas de la basílica. Al pie de la escalera, oculto entre las sombras de una columna, una figura tétrica y huraña lo esperaba. Era Jorge Escolario, el monje que tanto batalló y se opuso al sueño del emperador de ver unificada la Iglesia ortodoxa y la romana; el monje no llevaba antorcha, pero sus ojos brillaban con la fuerza implacable del fanatismo. Vio la llave en la mano de Constantino y comprendió:

—Si bajáis allí, majestad, ya no habrá Dios que os reconozca —susurró Escolario, cruzándose de brazos, con una voz que parecía el rezo de una figura atemporal—. Prefiero ver el turbante de Mahoma sobre el altar que vuestra mano portando esa blasfemia de Jerusalén.

Constantino cerró los ojos y, al abrirlos, lo fulminó con la mirada. Su voz sonó como el eco de una tumba:

—El sultán quiere la carne de mi pueblo, monje. Dios ha decidido abandonarnos. Solo voy a buscar lo que queda. La ciudad ha caído y yo sigo vivo… No te interpongas entre un rey y su objetivo.

—¿Acaso no recordáis cuando Josías desobedeció la voz del Señor y fue muerto por el rey de Egipto? Tu arrogancia será el punto final de la caída. Dios tenga piedad de ti.

El emperador descendió dejando al monje en la penumbra, murmurando rezos llenos de espanto. Abajo, el aire se volvió pesado, como si el azufre del infierno fuera expelido desde el centro de la tierra. Era la cisterna secreta, un bosque de columnas sumergidas donde el eco de los bombardeos turcos se transformaba en el latido de una bestia agonizante. Constantino avanzó por una pasarela de piedra, pasando entre estatuas de mármol hieráticas de los profetas Enoc, Elías, Ezequiel y Daniel, que parecían advertirle del juicio a su alma. Llegó hasta un altar seco donde reposaba el cofre.

Era una caja de bronce negro, corroída por el verdín pero intacta, sellada con una estrella de seis puntas grabada a fuego, un cráneo y dos clavículas: el sello de Salomón. El emperador introdujo, con cierta solemnidad, la llave del águila bicéfala en la ranura oculta del sello. El mecanismo cedió con un crujido lejano, casi místico, en la inmensidad de la cisterna. La tapa se abrió pesadamente.

Dentro, sobre un lecho de terciopelo podrido, descansaba una clavícula humana, blanca y pulida, cruzada sobre un enorme cráneo en cuya frente se habían tallado caracteres hebreos de los siete arcángeles. Era el osario del guardián del pacto. Y justo debajo del cráneo, medio oculto en la cuenca vacía de su mandíbula, destellaba el anillo. «In hoc signo vinces», susurró Constantino. No era oro común. Era un metal oscuro, magnético, que latía con una luz carmesí y provocó que las cuatro estatuas hieráticas de los profetas se movieran levemente. El brillo proyectó sombras grotescas y alargadas en las paredes de la cisterna, espectros que parecían retorcerse, esperando hambrientos la orden de su nuevo amo. No pudo entender cómo, entre aquella grotesca visión, logró ver entre la bruma el rostro de su padre (Manuel II Paleólogo) flotando como un pagano dios griego: el rostro cuadrado, moreno, de ojos tristes y marrones, adornado por una barba mefistofélica que parecía advertirle que aquello era peligroso.

El emperador se vio rodeado de una intensa luz carmesí que transformó su carne. Su musculatura estaba a punto de explotar bajo la túnica, la barba ahora era gris y los ojos quedaron casi desprovistos de retina. Elevó el anillo y un temblor sacudió la cisterna; a pocos metros, Jorge Escolario se persignaba mientras veía a Constantino casi flotar en el aire, dejando una estela carmesí tras de sí.

Mientras afuera el ejército turco destrozaba al último bastión de Bizancio y la sangre corría como un manantial escarlata manchando las calles, un graznido infernal se expandió por todo el aire, paralizando en seco al mismísimo Mehmed. Quince hombres a caballo fueron desplazados de su lugar de combate, y a pocos metros aparecieron sus cabezas, torsos y extremidades bañados en sangre. Varios jenízaros fueron embestidos por una fuerza descomunal: no era algo común, era un enorme león de bronce cuya estatura superaba los cuatro metros. Feroz como la bestia del profeta Daniel, desgarraba todo a su paso mientras los habitantes de Bizancio huían despavoridos. Cientos de jenízaros estaban siendo exterminados por aquel felino de hierro.

El sultán, arrodillado, vio cómo el emperador Constantino cabalgaba desde la basílica y, sobre él, una enorme águila de dos cabezas. Negra como la noche, con cada aleteo generaba un huracán que hacía volar por los aires a los turcos; la ciudad se tiñó de rojo, y los monjes huyeron a los monasterios para encerrarse mientras pedían consejo a Jorge Escolario. ¿Qué era aquello que asediaba la ciudad? Muchos pensaban que tal vez era el Apocalipsis del que habló San Juan Evangelista. Mehmed II permanecía implacable sobre una destruida columna, en posición de defensa, mientras rezaba fragmentos al azar del Corán.

Un estruendo sobrevino desde lejos cuando sus ojos se posicionaron sobre un punto a la distancia. No era un elefante ni un rinoceronte; era una bestia maciza, agresiva y con un aspecto entre dragón e hipopótamo, de cabeza rectangular, colmillos retorcidos y cuernos triangulares. Bajo sus patas se quebraban cabezas de jenízaros mientras desollaba extremidades. Convirtió en nada los armamentos del ejército turco.

Constantino saltó desde su caballo hacia la espalda de la monstruosa águila bicéfala. La bestia fue hacia la cúpula de la basílica de Hagia Sophia y desde allí emitió un alarido. Las columnas de San Romano eran ruinas, y Jorge Escolario sostenía entre sus manos el cofre donde anteriormente estaba el anillo de Salomón. El monje, con los ojos inyectados de ira, estaba dispuesto a testificar ante sus hermanos de fe que el emperador había acudido a supersticiones de magia oscura para librar a Constantinopla. Abajo, como un penitente, Mehmed II estaba arrodillado entre los cuerpos de su ejército; y cuando tres de sus hombres buscaron llevarlo a un sitio seguro, la bestia de cabeza rectangular y colmillos retorcidos abrió su mandíbula para partir en dos a los jenízaros.

En el cielo se iban aglomerando las nubes bajo un remolino carmesí, y Constantino juró ver la imagen de Cristo sosteniendo un reloj de arena gigante fusionado con un compás y una escuadra. El emperador elevó su brazo como si recibiera energía divina, mientras el Cristo gigante materializaba infinitas formas geométricas que terminaban convergiendo en una simple cruz griega. A Escolario se le llenaron los ojos de lágrimas contemplando aquella visión. Una voz se proyectó en su mente: «Todos los signos convergen en la cruz del Calvario. Hazte a un lado».

El emperador voló desde la cúpula en el águila bicéfala, ignorando el pánico de los habitantes de Constantinopla. El precio de la victoria sería el olvido y la renuncia al cetro. Desde un enorme fragmento del muro, Jorge Escolario había reunido a trece monjes para decirles la verdad, pero el león de bronce ya estaba a escasos metros y con su cola golpeó al monje, dejándolo inconsciente; Constantino ya estaba frente a frente al sultán. La cruz y la media luna. El emperador era como el reflejo de siglos de cristiandad bajo el temple real. Mehmed II, implacable como el violento Mahoma, parecía dirigir una maldición con sus ojos a su contrincante:

—¡Tú no eres un rey! —escupió Mehmed, con la boca pastosa por la sangre ajena—. ¡Eres el pecado de la carne hecho imperio! Has terminado de condenar tu ciudad a ser el paraje de perversos demonios. Que Alá tenga piedad de ti.

—Si caemos, caeremos con gloria y la cruz seguirá en pie.

Iniciaron una defectuosa lucha de espadas, mientras la sangre salpicaba la tierra. En un golpe certero sobre la armadura del emperador, Mehmed II casi atraviesa su garganta, pero Constantino dio una certera patada y asestó un tajo al brazo derecho del sultán. Un empujón y el turco cayó al suelo. Estaban muy cansados para pelear y se quedaron absortos mirando al cielo.

Cuando el remolino cósmico finalmente se disipó, las nubes recuperaron su color plomizo de lluvia ordinaria. La gran cruz se había desvanecido hasta que el Cristo volvió a aparecer, distorsionándose en muchos rostros de personajes bíblicos.

El rugido de los cañones de Orbón ya no existía; solo quedaba el silencio sepulcral de los muertos. Constantino sabía en el fondo que la historia debía registrar una línea recta, no una epopeya al estilo del mito troyano con sus dioses paganos; el anillo dejó de brillar, mientras el león de bronce y la bestia de cabeza rectangular fueron al pie de la destruida muralla. Allí se echaron como dos fieras cansadas para luego convertirse en estatuas de bronce. No hubo duelo de titanes. No hubo el choque de espadas que los historiadores inventarán para consolar a los niños.

El anillo carmesí ahora titilaba, demandando un tributo que el universo físico apenas podía soportar. El aire alrededor de Mehmed se deformó, la geometría del Cristo se cerró sobre el sultán como una trampa de ratas euclidiana, desintegrando sus ropas, su carne y su linaje en un destello de pura luz racional. Los turcos huyeron, sí. Bizancio se salvó de los hombres, pero quedó encadenada a los monstruos. Constantino vio cómo la enorme águila bicéfala se convertía en piedra; se quitó el anillo y lo envolvió entre su capa imperial. Su última visión antes de sucumbir al sueño eterno fue la de su padre perdonándolo, y en el cielo la cruz griega emitiendo llamaradas.

Jorge Escolario abrió los ojos en la penumbra de su celda, con la frente ensangrentada. Al mirar sus manos, descubrió con horror que sus dedos sostenían una pesada llave de hierro oscuro cuyo ojo ya no tenía la forma de un águila, sino de un ojo abierto que lo miraba fijamente desde el vacío de la historia.

Un nuevo ejército turco se avecinaba y era necesario reescribir la historia. Sabía que aquel anillo debía desaparecer de los anales. Constantinopla cayó bajo el ataque de Mehmed II y así debía ser. Salió para encontrarse con la noche oscura del alma; con cierta nostalgia miró la estatua sedente del emperador de mármol. Más allá, las tres horrendas bestias bajo el mismo destino de su amo. Entonces, tomó un cincel y un martillo: el anillo y la llave estarían bajo la estatua de Constantino hasta el final de los tiempos.

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Padre eterno >> Óleo sobre lienzo (240 x 277 cm) Museo BB. AA. de Sevilla >> Francisco de Zubarán.

Diony Scandela nació el 3 de julio de 1993 en  Apure, Venezuela. Iniciado formalmente en el mundo de la escritura con la publicación de su novela Perros de la Prehistoria. Autor de varios relatos, entre ellos “El cíclope de los bosques”, “El caso del sindicalista”, “Caballero andante” y fundador de la Revista Paladín. Integrante del equipo editorial de la Revista Paladín.

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