Salvo por el canto de un búho, el silencio es casi total. ¿O es que silencio y canto se hibridan, se amalgaman? Solo sé que esta es una noche extraordinaria; las nubes se disipan, dejando detrás una formación de luces titilantes, lo cual es anómalo en Capital, un sitio acostumbrado a las penumbras. Pero aquí estoy lejos de Capital; aquí en un campo, aislado del brillo urbano y la asfixiante polución. Estoy escondido en los árboles, aguardando por C. C., porque voy a estallarle la cabeza cuando llegue. Eso es lo que hago, estallo cabezas por encargo.
Mi último cliente es un potentado, el mismo que me encargó a C. C. Mentiría si digo que el trato fue directo con él, pero no me engaña mandando a su tonto y perro intermediario. Era conocida la colaboración entre mi cliente y C. C., pero tal parece que algo cambió. Hace tiempo se sospecha que una guerra se cierne sobre Capital, pero ahora mismo no me importan mucho los detalles del caso, ni responder a las preguntas que de aquí puedan emerger; todavía no puedo, siquiera, dilucidar quién tira de los hilos en este tablero de podredumbre. Vine por el dinero, es lo único que me puede interesar ahora. Diré, no obstante, que no habrá una sola persona a la que le provoque tristeza la muerte de este individuo.
Hay leyendas en torno a C. C. Algunas de estas avivan la esperanza de los moradores. Una vengadora apodada Bea estuvo muy cerca de acabarlo, ya que burló a toda su seguridad, mató a todos y a cada uno de sus guardias, hasta que lo tuvo de frente, pero ella no advirtió el poder de manipulación de C. C., un poder casi ineludible. La desarmó a palabras y la mató. Eso cuentan. Es una historia que da esperanza a los moradores porque, ante sus ojos y sus corazones, implica la pequeña posibilidad de hacer desaparecer a uno de los peores verdugos de Capital. En el fondo, esta leyenda habla de otra derrota más. No culpo a los moradores por creerse estas fábulas; el tiempo corre muy lento en la desgracia, mientras que la felicidad, si acaso aparece, es tan efímera que uno desearía congelar el tiempo, esa puta ilusión.
Pero C. C. tiene que caer tarde o temprano. Y llegó mi turno. Llevo en mi piel vestigios de los asfaltos… de La casa del sol naciente. Aunque hoy me pudra en dinero, tanto como para irme y no volver nunca, no pretendo escapar; en mis venas también navega la venganza. Quizás no hay mucha diferencia entre C. C. y yo, pues los dos llevamos impresa la mácula de la muerte, ambos somos criminales de una forma u otra, aunque yo no me he servido ni me serviré de los débiles. Si he de tomar parte será de lado de los moradores, no de los capos ni de los perversos que visten zapatos y corbatas.
Todo ello me hace preguntarme si vale la pena acabar con C. C. si los otros como él seguirán caminando impunemente por ahí. ¿Por qué no ir por mi cliente después de acabar con C. C.? ¿Por qué no ir por todos? Uno tras de otro. Nunca me he sentido tan lúcido como en este instante.
Preparo el rifle. Él está a punto de llegar. Inusitadamente las nubes se amontonan, en tanto escucho el motor de un automóvil que se aproxima. Resbala una gota de sudor por mi sien izquierda. Asomo el ojo por la mira telescópica y veo a su carro aparcándose frente al portal de la mansión. C. C. baja. ¿Por qué allí? Esperaba lanzar el proyectil entre los barrotes, con increíble precisión. Algo se está maquinando. C. C. manda su mirada hacia mi ubicación. ¿Me ha visto? Es de noche, me hallo lejos y estoy oculto en los arbustos, así que no, no podría saber de mi presencia. Lo miro sonreír como desquiciado, como alentándome a presionar el gatillo o, mejor dicho, como si me estuviera invitando a soltar el arma. Trato de ignorar su mensaje. Suspiro. De pronto el canto de un búho.
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Imagen
Buho >> Óleo sobre lienzo >> Beatriz Palacio
Víctor Gutiérrez Gándara nació el 10 de noviembre de 1989 en Guadalajara, Jalisco, México, y creció en el estado de Sonora. Es psicólogo de formación; también estudió una maestría en Ciencias Sociales y doctorado en Humanidades, ambas en la Universidad de Sonora. Es autor de la novela El ruiseñor metálico (ganadora en el Concurso del Libro Sonorense 2016), y ha publicado textos tanto académicos como de ficción en diferentes libros y revistas literarias. Si bien, la mayoría de sus referentes se encuentran en el cine (David Lynch, Sofía Coppola, Paolo Sorrentino, por mencionar solo algunos), Herman Hesse es probablemente su más importante influencia literaria. Actualmente vive en Arizona, Estados Unidos.
