El cazador apuntó su rifle hacia el cochino, que removía la tierra con el hocico en un claro del bosque. Escondido tras un árbol y con el viento en contra del fino olfato de la bestezuela, abrigaba la certeza de no fallar el tiro. Antes de disparar, notó algo raro en su pie de apoyo: miró abajo y vio que estaba pisando una especie de charco oscuro del que asomaban las puntas de algo parecido a unos pequeños tentáculos, pero lo obvió y siguió a lo suyo. Cerró el ojo izquierdo para apuntar y allí tenía al jabalí, apenas a treinta metros y totalmente quieto. Experimentó una leve descarga de adrenalina al pensar en su triunfo cuando llegase al punto de encuentro, en la antigua casa de campo, donde los cazadores y sus familias comerían y beberían en apenas un rato, una vez terminada la batida. Sintió hambre al pensar en esto, porque esa mañana solo había tomado junto a su mujer, por todo desayuno, ese asqueroso té especial que ella compraba para adelgazar.
Ellos, los cazadores, habían salido de buena mañana, pero a esa hora del mediodía los niños estarían brincando por ahí, en los alrededores del caserón; y las mujeres, prontas a calentar el estofado y colocar las mesas y los platos. Y él llegaría con el jabalí a rastras porque era una hembra liviana, de no más de treinta kilos; y lo haría en loor de la pequeña multitud, como alfa entre los alfas. Por si fuera poco, había escuchado pocos disparos a su alrededor, lo que suponía que habría de ser uno de los escasos afortunados en cobrarse una pieza. Tal vez el único.
Llenó los pulmones de aire para que la respiración no entorpeciese el disparo y apretó el gatillo. El animal se desplomó en el acto, diríase que al unísono de la detonación. Mientras corría hacia ella, sin embargo, pudo ver que aún se movía. Se detuvo un momento a un par de metros de la pieza y observó su respiración fatigada ralentizándose; tenía el disparo instalado cerca de la mandíbula, y una mancha de sangre negruzca enmostaba su pelo bermejo. El cazador abrió los ojos de par en par y, por un instante, quedó petrificado. Arrojó la escopeta, hincó las rodillas en el suelo, tomó la cabeza de la criatura y la miró a los ojos.
—¡Hijo!… ¡Hijo mío…!, ¡Nooo! —Abrazó a su hijo. Lo tomó en brazos; mientras corría, sentía cómo se escapaba el hálito de su vástago, al que siempre le pedía que no abandonase las inmediaciones de la casa, que nunca se aventurase al bosque durante las batidas de caza. Las lágrimas apenas le dejaron ver que el bosque iba clareando hasta desembocar en un amplio prado. Sí que llegó a ver, de soslayo, por la comisura de su mirada, cómo un único abeto de los que lo flanqueaban se doblaba hasta casi más allá de sus límites razonables, hostigado por una ráfaga huracanada que, según parecía, limitaba a él su influencia. Apenas le quedaba aire en los pulmones de tanto correr con aquel peso encima, pero esto no le importaba lo más mínimo: debía llegar lo antes posible para salvar a su hijo, a su único hijo, al que amaba más que a nada en el mundo, aun a pesar de su rabiosa fealdad.
La madre fue de las primeras en verlos llegar. Su relajada expresión de solaz quedó en un instante demudada, antes incluso de mirar a su alrededor y comprobar que su hijo no estaba. Enseguida otras mujeres, otros niños, miraron hacia el cazador, que regresaba gritando con algo en los brazos. Como una metástasis humana, el grupo de personas se extendió en dirección al desesperado padre para asistirlo; un grupo que encabezaba la madre, informada ya de lo ocurrido por gentileza de su instinto. Habiendo ganado por fin el llano del caserón, el padre dejó a su hijo al amparo de su mujer, que se plegó junto al cuerpo yaciente, agarrado aún a un hilillo de vida; mientras, el hombre se introducía en la vivienda para salir de inmediato cargado con la mochila que hacía las veces de botiquín.
Con manos trémulas, torpes, el cazador trataba de asistir de forma estéril a su hijo, que, sobre el suelo, recostado en el regazo de su sollozante progenitora, perdía por fin la batalla: su mirada opaca se apagaba del todo; el escaso nervio que su cuerpo contenía daba paso a una estremecedora y plena flacidez.
Entonces, unos gritos prístinos de niño, bastantes metros más allá, hacia la comisura del bosque; y la mirada de todos girándose hacia él. Y otro niño que lo acompañaba. Y ambos, que caminaban hacia todos: hacia el nutrido corro que rodeaba la escena del niño moribundo. Y ya acercándose, un revuelo, un griterío de niños primero, que celebraban el hallazgo: el regreso del hijo del cazador. Y de mujeres, después. Y la madre que, enjugándose las lágrimas con las muñecas, no daba crédito a sus ojos: era su hijo, que regresaba de los confines del herbazal rayano con la parte exterior del bosque. Todos, menos ella, corrieron hacia él, lo rodearon; algunas alzaron las manos al cielo.
Mujer y cazador quedaron allí, sin embargo, junto a la criatura recién fallecida. Ella, que aún la sostenía en sus brazos, la miró confusa, achinando levemente los ojos, frunciendo el entrecejo. Luego, volvió la mirada hacia su hijo que recién llegaba, que se le acercaba; dejó resbalar la cabeza de la exangüe criatura, que se estampó contra el suelo. Se acercó a su vez, con brazos temblorosos, a su hijo, cabizbajo porque barruntaba ya el mal que había ocasionado; y renovadamente envuelta en lágrimas saladas que manaban como una pequeña marea embravecida, lo estrujó entre sus brazos como si nunca más fuera a soltarlo. Y, al hacerlo, lo mancilló con sangre de la bestia: su camiseta, sus brazos, sus horrorosos carrillos.
Pero nada de eso, en aquel momento, importaba ya demasiado.
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Asfixia >> Técnica mixta >> Alias Torlonio
Juan Manuel Caballero Parejo nació en Sevilla (España), el 12 de julio de 1970, aunque se crio en Extremadura. Residió en Madrid entre 1992-2007, donde alternó el trabajo con estudios de cine en la Escuela de Artes Audiovisuales, y de Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado dos libros de relatos (Por de Dentro y Nieve sobre Quantico, Virginia). Publica en revistas como El Coloquio de Los Perros, Almiar, El Espejo, Espacio Fronterizo, El Narratorio o Letralia. El verano pasado fue entrevistado por la revista The Citizen; la entrevista fue publicada en el número correspondiente. Ha firmado ejemplares en algunas Ferias del Libro, como la de Mérida (España). Entre sus influencias literarias se encuentran Ribeyro, Horacio Quiroga, Cheever, Sherwood Anderson o Hemingway. Trabaja en el sector de la Seguridad Privada.
