Aquella cosa, tan simpar criatura, cruzó ante nosotros la noche de antier, cuando íbamos a Villablanca atrochando por la carretera antigua, que hacia la mitad del camino pasa a estar hecha papilla, desgranada y llena de baches, impracticable para cualquier buen cristiano. La resolución a esta incógnita nunca se supo concretar: la vieja calzada estaba bien en su primer tramo, una pista lisa y segura; vetusta, sí, pero tal como si hubiera pasado por una fase de momificación que la convirtiera en piedra fiable y con buen agarre, y hasta aparente para la velocidad… sin embargo, era un queso Emmental en su segunda mitad, dando la impresión de haber sido ese trozo fabricado según una fórmula diferente. O bien, de que las condiciones climáticas de largo plazo fuesen drásticamente distintas a partir de un punto concreto. Un punto radicalmente anodino, por otra parte.

El hecho de que fuera mi esposa la que conducía tampoco ha de resultar baladí: seguramente fue gracias a eso que no atropellamos al animal: ella conduce más despacio que yo y, sobre todo, está siempre más atenta a las sorpresas que puedan surgir de las cunetas, que con la hierba alta que cubre las lindes de la anquilosada vía secundaria dejada de la mano de Dios, aún deben albergar más vida que de costumbre. Una vida, por definición, impelida a buscar la aventura al otro lado del asfalto.

Fue justo al terminar la única curva que adorna la vieja carretera, por lo demás insoportablemente recta en ese tramo entre la pedanía y Villablanca del Monaguillo, donde el insólito ser se nos cruzó. A la amarillenta luz de los focos, en aquella noche nueva y bajo un cielo encapotado que eximía a la luna, esa jornada, de su eterna función como primera dama de compañía, parecióme un perro famélico y gris que hubiese sido sorprendido por la causa inédita de un automóvil en un lugar como aquel en hora tan intempestiva; en una pista que apenas era ya transitada —no digamos durante la noche— desde que hicieran la carretera nueva por la parte de Navalcalzón, que aunque tenía unos Kilómetros más, aún contaba con el asfalto oscuro y fresco como una rosa.

No menos chocante me pareció su forma de desplazarse: al trote lento y con la cabeza gacha, pero sin afán husmeador, como esperando la colisión inmediata; cosa que se hubiera producido con buena dosis de regocijo de ser cualesquiera de los no pocos otros de mis congéneres, con su particularidad modal ibérica como castigo por haber encarnado la maldad en otra vida anterior, los responsables del timón del coche. Mi mujer, en cambio, respondió a aquel estímulo fantasmal con un firme golpe de volante acompañado de una concatenación de frenazos moderados. La rápida maniobra, el conocimiento demostrado en su ejecución, que pareciera haber obtenido de manera veloz de los campos morfogenéticos o de los archivos akáshicos (dada su relativa bisoñez al volante), salvó sin duda la vida del animal, del espanto, de lo que fuera, que de forma incomprensible para mí, maniobró a su vez de manera excéntrica, girando sobre sí mismo y regresando al mismo escondrijo del que salió, cuando el trayecto que había recorrido era ya aproximadamente la mitad del ancho de la calzada y, razonablemente, parecía más fácil haber continuado adelante.

Restablecida la calma, la vuelta a la rectitud del todavía íntegro asfalto nos proporcionó la base para departir sobre lo avistado, fluctuando la opinión entre aquella que identificó al intruso como un gato grande y extraño, y la del cánido sin pelo o con este extremadamente corto y bien adherido. De haber ocurrido en otra latitud, llegué a pensar, bien que podríamos alardear de haber avistado al Chupacabras; pero no es esta una leyenda de consumo en el país.

Sensible como soy a los misterios reales de la noche (reales, porque la noche no necesita de credulidad para ser incógnita), el recuerdo vívido de la escena permaneció incólume en mi memoria durante todo el día siguiente, si bien el escrutinio del animal, de la entidad, cuyo perfil yo rastreaba con atenta mirada en la proyección mental que de él hacía sobre las calles que me guiaban, sobre los rostros con los que charlaba, no solo seguía sin proporcionarme el menor acercamiento a cualquier identificación férrea, sino que crecía en confusión y, con ella, en misterio. Especial dificultad planteaba su cabeza, tan emborronada por el carbón de la noche y la tristura luminosa de los focos en la fiel recreación de mi mente, como lo fue de facto. No menos extrañeza me producían los hechos, el aparente absurdo de que el críptico animal eligiese el momento exacto del paso del vehículo para cruzar aquella carretera inhóspita. Y que lo hiciera, además, en el punto concreto y único donde el conductor puede sufrir las consecuencias de lo inesperado con mayor vigor, justo después de salir de la única curva digna de tal nombre, la que situada aproximadamente a once kilómetros de la aldea vendría a dividir a la antigua pista hasta Villablanca en dos partes casi idénticas en longitud.

Como mi mujer y yo nos vemos, siempre que podemos, casi conminados por fuerzas interiores a buscar el abrigo de las noches más opacas o apartadas para aplacar la angustia existencial, he aquí que dos días después decidimos tomar otra vez la vieja calzada para ir hasta el pueblo vecino. Empero, debo reconocer que la curiosidad casi corrosiva en torno a la posibilidad de volver a encontrarnos con aquella entidad de la noche se había erigido, en el seno de mi ánimo, en el aliciente principal para el desplazamiento; muy por encima del rato de asueto que pretendíamos en la que era, cuando es diurna la lontananza, aquella mancha blanca de relativa civilización que la población cercana nos procuraba. Nada vimos, sin embargo, en esa segunda ocasión, más allá de un ratoncillo saltarín que cruzó con desparpajo a unos metros de nosotros; y al que pudimos ver con claridad gracias a que el cielo estaba esta vez despejado y la luna, en avanzado cuarto creciente, apenas cubría con tejido de noche una pequeña porción de su cuerpo luminoso.

Ventaja añadida de utilizar aquel extenuado camino, la suponía el fundado conocimiento que nos asistía sobre la ausencia en aquel tramo de la Guardia Civil, que rabiosa por la recaudación de ese impuesto directísimo que suponen las multas cuando se convierten en recurso fácil para cofinanciar el sustento de las corruptelas cenitales, permanece ubicua y muy activa en el resto de las vías de toda la comarca. Es por eso que, aun habiéndonos tomado una copa, regresábamos relajados. Y atentos a la carretera y a sus costados, a posibles saltos al asfalto gris blanquecino desde la negrura encorsetante. Como en esta ocasión era yo quien conducía, no hizo falta decirle a mi mujer que redujese aún más al pasar por la curva, pues más allá de la convencional precaución, innecesaria por la escasa velocidad que ya traíamos, una sensación ambigua, una terca sospecha me recorrían desde que dos noches antes viésemos a la criatura, y eso me instaba a ir más lento precisamente en aquel sector, en aquella curva, a pesar de que lo lógico era esperar que el inefable ser estuviera bien lejos de allí, teniendo en cuenta las decenas de Kilómetros que las alimañas recorren por las noches: fue así que la ausencia de novedad en el trayecto de ida, la propia noche que pareciera muerta, en comandita con el referido sentido común y con la misma razón de ser de las cosas (que a pesar de las tendencias de uno, le sobreviven dentro después de toda una vida de tres cuartos de vigilia), estaban logrando arrinconar ese run-run en mi cabeza, que bien pudiera tildarse de naturaleza semimágica; por más que la consciencia que yo tenía del déficit que aún acusaban los más modernos tratados de etología (consecuencia de convivir con varios gatos en un régimen de relativa igualdad de derechos —que no de deberes—), se empecinase en situar ese prurito íntimo en el terreno de lo perfectamente racional.

Fue justo al superar la curva (esta vez en el sentido del regreso), en el lugar donde los coches vuelven a acelerar, donde vi el bulto oscuro al filo de la pista, a apenas unos pocos metros en línea recta de donde a punto estuvimos de arrollar a la bestezuela dos noches atrás; y juro que no me sentí feliz de que mis sospechas se confirmaran. Detuve el auto frente a él y me apeé.

Su cadáver intacto yacía en una posición postrera que, al menos, diríase digna: algo así como si corriese feliz con la cabeza levemente elevada al viento, el largo hocico apuntando al cielo; hasta una sonrisa pareciera dibujar su boca, de la que asomaba parte de un colmillo curvado. Incluso su única tacha, la pata dislocada, acompañaba a la composición, dando la impresión de que el animal realizaba la ejecución manierista de un paso al frente. Todo él, en fin, parecía sacado de uno de esos viejos bordados enmarcados y con motivos campestres que en otro tiempo decoraban las paredes de algunos salones, y que, felizmente, desaparecieron para siempre.

No me hizo falta mucho tiempo para comprender al fin de qué se trataba: la sarna terminal que se había propuesto dejarlo completamente desnudo e incipientemente llagoso, todavía no había logrado despojarlo de un mechón de pelo rojo hacia la mitad de la cola.

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Returning to the Foxs Lair, 1896 >> Heywood Hardy

Juan Manuel Caballero Parejo nació en Sevilla (España), el 12 de julio de 1970, aunque se crio en Extremadura. Residió en Madrid entre 1992-2007, donde alternó el trabajo con estudios de cine en la Escuela de Artes Audiovisuales, y de Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado dos libros de relatos (Por de Dentro y Nieve sobre Quantico, Virginia). Publica en revistas como El Coloquio de Los Perros, Almiar, El Espejo, Espacio Fronterizo, El Narratorio o Letralia. El verano pasado fue entrevistado por la revista The Citizen; la entrevista fue publicada en el número correspondiente. Ha firmado ejemplares en algunas Ferias del Libro, como la de Mérida (España). Entre sus influencias literarias se encuentran Ribeyro, Horacio Quiroga, Cheever, Sherwood Anderson o Hemingway. Trabaja en el sector de la Seguridad Privada.

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