Regentaba mi pequeño magazin o taller de telas en un barrio de Moscú, y junto a mi pequeño negocio textil vivía la familia de Fiódor Mijáilovich Dostoievski; su madre María Fiódorovna Necháyeva Dostoevsky fue una asidua clienta mía, que me compraba muchas telas para confeccionar algunos de los trajes con los que vestía a sus hijos.
La mujer falleció muy joven, no llegó a cumplir los cuarenta años, por lo que el adolescente Fiódor quedó huérfano de madre a los quince años y a los diez y ocho perdió también a su padre, Mijaíl Andréievich Dostoyevski, un médico alcohólico y hombre violento, que fue asesinado por sus siervos en la aldea de Darovoye.
El pequeño Fedya merodeaba mi taller de telas, para que yo le regalase alguno de los ledentets, unos caramelos moldeados, a menudo con forma de gallo, que yo tenía de exposición en el escaparate de mi tienda, para obsequiar a los niños de mis clientes.
—Me regala un ledentet, señor Andrey Nikolaevich Pankratov—me apremiaba el chiquillo Fiódor.
—Toma, y no te acostumbres a tanto dulce, porque se te van a caer los dientes—le replicaba yo, con el propósito de que no se acostumbrara demasiado a estos obsequios, porque podría llamar a todos sus amiguitos y entonces mi negocio se resentiría por culpa de las golosinas.
Lo que mejor recuerdo de aquel chiquillo travieso fue su relación amistosa, de adolescente, pero a la vez tortuosa, con la señorita Irina Petrova. Se solían sentar los dos en el poyo que siempre estuvo en la puerta de mi comercio.
—Cuando sea mayor —imaginaba Irina Petrova— me casaré con el capitán de un barco mercante, para que me lleve de viaje, surcando los mares de todo el mundo.
—¿Y vas a abandonar a tus amigos? —interrogaba un compungido Fiódor.
—Si al capitán no le gusto —replicaba la joven— no me importaría desposarme con un viejo viudo, porque estoy convencida de que luciría vestidos mucho más hermosos que la reina Catalina II la Grande.
—¿No has pensado, al menos alguna vez, en uno de nosotros? —tanteó a la joven soñadora el chico de María Fiódorovna.
—Los veo demasiado inmaduros, sin porvenir alguno y carentes de rublos —aseveró una calculadora Irina Petrova.
—Acaso yo… —se autoseñaló con el dedo corazón el joven Fiódor.
—¿Tú?, primero tendrías que abandonar las nubes y bajar del cielo cuanto antes, y una vez que clavaras los pies en la tierra, podrías pensar en tu futuro —le vaticinó la joven a su amigo Fedya.
Los chicos iban creciendo, pero siempre sostuvieron como punto de encuentro el banco de piedra que yo tuve desde siempre en la puerta de mi comercio textil y sastrería.
Irina Petrova representaba, sin duda alguna, la belleza deslumbrante de las mujeres rusas. Su cabello castaño claro acentuaba con su rostro angelical. Las pecas marrones, distribuidas por su cara, le daban un aire de interés, que contrastaba con sus ojos azules. La estatura esbelta convertía a esta fémina pizpireta en la mujer perfecta.
—¿Qué anotas en ese cuaderno? —se interesó Irina por los apuntes de Fedya, que era el apelativo cariñoso a los llamados Fiódor.
—He observado a las hojas de las ramas de los chopos, que cuando las menea el viento se asemejan a pajarillos que revolotean sus alas. Y en esa mezcla de colores verdosos y plateados, producidos por el reflejo solar, me dan la sensación de que van a sufrir una metamorfosis y que van a salir volando.
—¡Ja, ja, ja! —se carcajeó Irina— hojas verdes de los chopos que convertidas en pájaros se echan a volar en el cielo abierto. Pájaros en la cabeza son los que tienes tú, querido Fedya. Lees demasiados cuentos de hadas.
Irina Petrova sufrió la enfermedad producida por el bacilo de Koch. Por lo que se trasladó a una dacha que tenía su tío en el sur de Rusia, en la ciudad de Rostov del Don, buscando un clima propicio para intentar curarse de la tuberculosis. Allí se casó con su primo Iván, un rico terrateniente, quince años mayor que ella.
Fiódor Mijáilovich, se trasladó a San Petersburgo para estudiar ingeniería militar. Trabajó como ingeniero y a los veinte años publicó su primera novela con gran éxito de la crítica: Pobres gentes, esta obra fue el trampolín que lanzaría a la fama al escritor moscovita. Su pertenencia al Círculo Petrashevski, un grupo literario que criticaban la Rusia zarista de Nicolás I, le llevó al banquillo de los acusados y fue condenado a muerte, aunque la pena le fue conmutada y pasó cuatro años en un campo de prisioneros en Siberia.
El gran Dostoievski escribiría posteriormente obras maestras de la literatura: Diario de un escritor, El idiota, Noches blancas, Crimen y castigo, Los hermanos Karamázov…
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El esposo de Irina Petrova le construyó a su mujer una dacha de cuento de hadas, pero nunca la pudo estrenar porque falleció muy joven de tuberculosis.
Fedya, como llamaba Irina a Dostoievski, parece ser que visitó años más tarde la tumba de su compañera y cómplice de juegos infantiles. Y colocó en su tumba un ramo de flores con varias ramas de chopos, con sus hojas verdes y una nota que decía:
“Las hojas verdes de la chopera se han convertido en pajaricos revoloteando alrededor de mi cabeza. Y te llevan un pequeño mensaje: Siempre soñaré contigo, Irina Petrova Ivanova.
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Rosas >> Óleo >> Eva Garrido Romero
Francisco Rodríguez Fuertes nació en La Bañeza (León) España, aunque su residencia desde hace más de cincuenta años es Madrid. Se ha dedicado desde muy joven a la literatura, principalmente cuentos, relatos y ensayos, y a la dramaturgia con más de veinte obras estrenadas en el teatro profesional. Sus últimos libros son Cuentos y zarandajas, Pierrot…, Pierrot y Los dueños del aire dos obras teatrales. Compagina la escritura con la docencia, impartiendo clases de teatro y escritura creativa en universidades, centros culturales, en la Comunidad y Ayuntamiento de Madrid. Sus últimos premios son: Premio Internacional de Canarias (2023), por un relato de ficción de la “PEPA 1812, sobre la primera Constitución Española; Premio de relato corto (2023) del Diario El Norte de Castilla- Valladolid- España; Premio de teatro Pamplona- Navarra-España (2016) y Premio Madrid (2006) por la obra de teatro ¡Guau!. Colabora en varios semanarios y revistas literarias.
