Los nobles al frente de los condados estaban unidos entre sí por fuertes lazos de amistad. Una vez asentados en sus territorios no resultaba extraño que se visitaran los unos a los otros, sobre todo los que se tenían por vecinos. De vez en cuando se erigían monumentos en honor a sus amigos, o celebraban fiestas para agasajarse mutuamente. El verano era propicio para ello. Los camaradas se buscaban, anhelando una sincera compañía. Aislados en sus fortalezas languidecían, de modo que, siempre que podían, montaban a caballo y, seguidos por sus más fieles vasallos, se encaminaban hacia territorios próximos, donde sabían que otro rostro afable los recibiría.
Las gentes que con ellos poblaban los condados también eran en extremo felices. Alejados de las cuitas del gobierno de los territorios, se entregaban al placer de las fiestas y el vino en comunidad. Todos salvo las amazonas de Ristij. Estas eran igualmente dichosas, pero lo demostraban de maneras muy diversas. Salían a cazar en grupo, o por parejas, y pugnaban por ver quién se alzaba con la presa mayor. A veces simplemente se demoraban en el bosque, oyendo el trepar de las ardillas, o estorbando el horizonte de algún lince solitario y esquivo. Y cuando regresaban al castillo, entonces se enlutaban en piel de cordero, y parecían las damas más sumisas que sobre la tierra hubiera existido.
Solo una cosa a estas guerreras les exasperaba sobremanera. A saber, la llegada de habitantes de Útebo, con los cuales tenían frontera. También a Luma le disgustaba esta circunstancia, si bien ella no tenía necesidad de mezclarse con tales mal llamados ciudadanos. Los utebianos no tenían urbe que frecuentar. Vivían por el contrario amasando reses de ganado que llevaban de una zona a otra para frecuentar mejores pastos. Eran, eso sí, como una peste. Allá donde llegaban todo lo arrasaban, y solo marchaban una vez los recursos habían sido esquilmados. Las vacas, las cabras, los caballos, eran más humanos que ellos mismos. Tanto era así que, cuando un extranjero se personaba en sus tierras lo tenían por enemigo de sus santas costumbres, erosionando la relación hasta el punto de volverse enfermiza. Podría decirse que los utebianos padecían terribles sarpullidos al encuentro con otros territorios, relación esta de la cual no se libraban las amazonas de Luma. Para ellos la simple efigie de una mujer bien cuidada y valerosa, multiplicada por miles hasta conformar un ejército, les resultaba dolorosamente fractal. No lo podían soportar. Y aun así iban a Ristij a intentar satisfacer sus deseos carnales más básicos. Sin conseguirlo, claro. No había una sola dama en todo el condado que quisiera yacer con semejante tropelía andante. El honor estaba por encima de cualesquiera otras necesidades, y las guerreras de Luma en esto habían sido eficientemente adiestradas. Preferían tener sexo a solas, cuando así lo necesitaban, antes que verse sometidas al fragor de vaya usted a saber que deslenguado y aprensivo montón de escombros. Luma misma era una asceta de cuidado, que solo dejaba acceso al frenesí cuando visitaba a alguno de sus iguales. En efecto, tal y como ya advertimos, ella y Méredian eran sangre y carne de un mismo organismo. La primera le había enseñado a montar y a tensar el arco, a pesar de ser varios años más joven. Y el segundo le había ofrecido un esplendor de serenidad, del cual gozaba merced a las múltiples batallas que, en horas de meditación, había gestionado contra sí mismo. La templanza de este segundo llamaba la atención de la guerrera, y su compañía colmaba la sana aspiración de una relación sin obligaciones. Luma era feliz con él, y a él acudía siempre que triste, o asediada por turbios pensamientos, se sentía. Este año con cierta asiduidad.
El viaje hacia tierras menos prósperas, la partida de Rímini, algo que rara vez había sucedido, así como la no menos importante aclimatación a la costa, había generado en ella una íntima necesidad de relacionarse con su amigo. Llegaron los calores y Luma no tardó en volver sobre su grupa tras el camino recorrido para adentrarse en las calles reconocibles del condado de Méredian. Ella se presentó sin avisar, pero el comandante amigo la recibió como si hiciera días que esperara su llegada. La alojó en las mejores alcobas, y le ofreció el banquete más convenientemente preparado. Eran esas quizás las únicas excepciones a la norma de las amazonas. Un grupo nutrido de ellas acompañaba a la capitana en estos casos, y se acercaban a los hombres como si extrañaran su contacto. A Luma le gustaba verse desnuda en el reflejo de los ojos de Méredian, y, aunque rara vez acababan teniendo sexo, se frotaban piel con piel en sentidos y fraternales abrazos llenos de compasión.
Lo mismo les sucedía a sus vasallas. Las amazonas seleccionaban con rigor casi quirúrgico al hombre con el cual pasarían una noche. Pocos alcanzaban tales méritos. Pero alguno había. No eran los hombres de Méredian como los utebianos, ni, a decir verdad, como el resto de la tropa de los comandantes de Sárloc. Quizá en esto se asemejaban a los soldados de Garbo. Pero Garbo quedaba muy lejos y solo los humanos al servicio de Méredian estaban a disposición. Procuraban con ellos el calor de una hoguera, bajo mantos de lechos de hojarasca, bien en la pradera o acaso en el bosque. Yacían en esos casos como dos bestias dóciles y seguras de estar cumpliendo su destino. Claro que las mujeres rara vez se enamoraban. Y no sucedía en igual medida con los hombres. Estos caían como incautos en la red tejida por sus indomables caracteres, sus pechos enhiestos y sombríos, y el caudal de suavidad de los brazos y las piernas, forjadas extremidades para el fragor de la guerra. Cuando la dama de él se separaba era como una mantis que le hubiera decapitado. Sus cabezas ya no eran suyas, sino de la amante prisioneras. Iban donde la otra iba, y huían del presente tan pronto el presente de ellas prescindía. Si a Ristij regresaban, entonces los soldados mentalmente a Ristij escapaban. Sus mentes se convertían en tales casos en sombras de la noche, de una noche que les perseguía y encarcelaba por igual. Qué horror sentirse a solas después de haber amado intensamente a una amazona. Y con qué displicencia trataban las amazonas a tales sentimientos. Si dos semanas duraba la visita de su señora a su compañero, ellas celebraban la oportunidad, como si briznas de hierbas fueran bañadas por el rocío. Se dejaban provocar, olvidaban sus dedos en recónditos pasajes de los libros de armas para sumergirlos en el placer coyuntural que los hombres anhelaban todo el año. Luego de semejantes encuentros regresaban a su estado de auténtica emancipación y aquí no había pasado nada.
Ese año, sin embargo, tal vez llevadas por la novedad, acompañaron a sus fugaces apareamientos con promesas de fidelidad que no sentían.
—El verano que viene volveremos…
—¿Y volverás a ser mía?
—Lo seré, si tú lo quieres.
Qué mentira tan fingida. Era propio de incautos creerse dueños del viento, y las amazonas viento huracanado, cuando no brisa celestial, eran.
Aun así los hombres de Méredian suspiraban en vano, y deseaban, como si tal cosa, que llegase la época precedente a los mensajes. Quién sabe si, de regreso a Rímini, con las primeras nieves, no se acordarían aquellas de sus señalados compromisos, y se atrevieran entonces a formalizar un amor para el que no estaban capacitadas. Lo deseaban injustamente. Pues qué terrible injusticia hubiera sido privar a su arquera de su arco. No habían nacido las amazonas para diestras campesinas, por lo que, si era esto lo que aquellos anhelaban, mejor les recomendaban que buscaran entre las jóvenes de la Ciudad Escondida, entre las cuales tal vez hubiera vigente alguna que otra pamplina semejante. Los velos de aquellos se habrían de caer irremisiblemente. Las justas de estas otras permanecer inaccesibles. Así fue el resto del año y así lo fue en su regreso a la capital de Efenberg.
Diciembre fue próspero en fríos. Heladas de las que Ristij se libraba. La costa proporcionaba este ambiente cálido tan apetecible para muchos espíritus endebles, tan detestable para las guerreras de la comandante en jefe. Pero sabían que tendrán que emprender viaje por la llegada de nuevas aves a territorio extraño. La peregrinación de estos pájaros de gran tamaño anunciaba la pronta venida del invierno, y aquellas que habitaban en semejantes árboles y altos tejados de la Ciudad Eterna aprovechaban las templadas aguas de Ristij para vacacionar. Era ese el momento señalado por el clima para reencontrarse con Sárloc. Luma lo supo, y organizó la última batida de caza, con la cual debían proveerse de alimentos para tan largo viaje de regreso.
Méredian hizo lo propio. Y así fueron cayendo en cascada el resto de comandantes. Todos salvo los más allegados a la frontera norte estaban obligados a provisionarse. El camino sería pesado, pero la alegría de volver a territorios conocidos, en donde unos y otra habían crecido, compensaba de hecho toda otra fatigosa circunstancia. Pronto las murallas de Rímini volverían a emerger en sus miradas. Pronto la reina Sárloc volvería a agasajar a sus enviados.
Continúa…
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Los dragones del círculo polar – Prólogo
Las guerras de Efenberg – 5
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Las tres gracias >> Raphael Sanzio., Italia, 1483-1520.
Héctor Aún vive en un pueblo de montaña de la provincia de Segovia, al norte de Madrid, en España, donde nació un 31 de diciembre de 1974. Ha cursado estudios de filosofía en la Universidad Complutense de la capital española, y muchas de sus fuentes son de este género. Es autor de diversas obras infantiles, aunque también ha publicado para un auditorio más adulto. Vértigo y La Gran Carrera son dos de sus novelas, al igual que Como flores muertas, El fantasma de un percebeiro y Cuadernos de poesía son sus únicos poemarios publicados hasta la fecha. Recientemente ha visto la luz una novela juvenil, Tigre, el reloj despertador, y tiene en mente la colaboración con una editorial argentina para sacar al mercado su colección de microrrelatos Breviario de un hombre torpe.

