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13 septiembre
2016
Ensayo
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FALTA DE URBANIDAD O RETANDO AL DESTINO

Por Marisela Romero

Me pregunto si alguna vez alguien ha conocido al amor de su vida chocando en la calle por accidente (en carro o a pie). Yo no conozco a ninguna pareja que haya iniciado de esa manera su romántica historia. Sólo es un desgastado cliché cinematográfico. En todo caso, los accidentes provocan altercados de diversos niveles de gravedad.

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Urbanidad » Xabier Soubelet

 

Ahora bien, los accidentes son consecuencia de segundos de distracción que insisto, pueden generar peligrosos enfrentamientos, o simplemente hacernos pasar un mal rato.

Caminando por la ciudad, puedo ver varios conductores y peatones distraídos con sus celulares; veo ciclistas y motociclistas rebasando por la derecha a los autos detenidos; veo peatones atravesando avenidas debajo de los puentes o a la mitad de la calle; veo peatones chocando unos con otros al caminar en contraflujo, furiosos por haber recibido un golpe con algún bolso o por el roce de una mano extraña; veo conductores de transporte público detenerse a mitad de la calle, obstruyendo salidas de automóviles y pasos peatonales, para subir pasaje o para pasar primero, a como dé lugar.

Continúo caminando y pienso que este caos podría resolverse si existieran normas de conducta, normas de circulación automovilística y peatonal, un reglamento… ¡un momento! No estoy ideando el hilo negro ¡eso ya existe!

Eso me lleva a más preguntas: ¿por qué entonces reina este caos?, ¿por qué la gente no basa su comportamiento en estas tan útiles normas de civilidad?, ¿en qué momento olvidamos la civilidad? De inmediato, como es mi costumbre, recurro al diccionario —ahora es tan fácil teclear una palabra y encontrar infinidad de opciones—, me remito al DLA de la Real Academia Española (obvio) y no salgo de mi asombro. La primera acepción de civilidad es: “1. f. Sociabilidad, urbanidad.” (Real Academia Española, 2016), que realmente es muy básica, sin embargo suficiente para saber de qué estamos hablando; pero la segunda acepción me deja boquiabierta: “2. f. desus. Miseria, mezquindad, grosería.” (Real Academia Española, 2016) ¡Ahora entiendo! La ambigüedad viene desde la etimología, ocultándose en sus cambios semánticos.

Por otro lado, dudo mucho que este comportamiento tan aberrante se deba a cuestiones lingüísticas; seguramente el factor más relevante es esta sociedad cada vez más diversa, cada vez más arbitraria, que escudándose en la libertad y el libre albedrío, se ha desvirtuado al grado de hacer cada vez más difícil la convivencia humana.

No creo estar exagerando. No es lo mismo tener libertad de pensamiento, el derecho a la diversidad (en cualquier aspecto), a ejercer tales —libertad y derechos— a costa del perjuicio del otro. Ya lo decía el Benemérito de las Américas: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno, es la paz” (frase del dominio público). La libertad tiene un límite, y es donde empieza el derecho del otro.

Considero que es necesario reforzar el ejercicio de estas normas de urbanidad tan básicas que se aprenden (o se deben aprender), durante la infancia, en la casa, en la escuela. La dinámica lógica de este aprendizaje es: los adultos enseñando a los niños mediante el diálogo y el ejemplo. Los niños aprenden más por lo que ven en los adultos que representan para ellos autoridad, que por lo que les dicen. Lamentablemente, he ahí el mayor de los obstáculos. Pareciera que los adultos de hoy no recibimos este aprendizaje o lo olvidamos, o decidimos olvidarlo por alguna desconocida razón.

Reaprendamos pues estos hermosos hábitos de cortesía que nos permitan una convivencia más llevadera. La vida ya es muy complicada como para agregarle la mezquindad y grosería que por una buena razón entró en desuso como definición de la civilidad.

Se me ocurre compartir aleatoriamente, aquello que recuerdo que aprendí en la infancia para una mejor convivencia en sociedad:

Al caminar, calles, pasillos y escaleras se usan en dos sentidos, por eso debemos caminar por nuestra derecha y así evitaremos chocar o bloquear el paso de quienes vienen en contrasentido. Pensemos en la circulación de los automóviles, que se rigen por este principio (aunque algunos conductores lo olvidan en algunas ocasiones).

Si nos vamos a detener por cualquier motivo, debemos apartarnos del paso todo cuanto sea posible, para no obstruir la circulación de los demás peatones. Nuevamente, tal como se rigen los automovilistas.

Al entrar a un edificio, abordar un elevador o el transporte público, antes de entrar, deje salir.

Ceder el paso y asientos a personas con discapacidad, ancianos, mujeres embarazadas o mujeres con niños.

Todo lo anterior en el caso de confluir con desconocidos. Y un plus: si la situación lo permite o aun lo requiere: saludar, sonreír, intercambiar palabras amables. Son actitudes que pueden mejorar por mucho un mal día.

Otro nivel de convivencia lo constituye el ámbito laboral o escolar, donde podemos coincidir con personas con quienes tenemos una relación estrecha o bien con caras conocidas, de quienes no sabemos sus nombres, pero que las podemos encontrar con cierta regularidad. En estos espacios lo mínimo es el saludo obligado (con cortesía, claro). Habrá quien piense que esto es una hipocresía, pero tratándose de personas con las que no tenemos que simpatizar necesariamente, que no tienen que ser amigos entrañables, tampoco tenemos por qué andar sembrando sentimientos infructíferos.

Para ambos casos, una palabra clave: respeto; no debemos olvidar que ante todo está el respeto por el otro, el respeto por quien piensa diferente, ya sea un desconocido o la persona que encontramos diariamente al llegar al trabajo, que tampoco conocemos, pero que nos asemeja el gremio, y sobre todo, la cualidad humana.

Por otro lado, sería muy útil que peatones, ciclistas, motociclistas y todo aquel que conduce un automóvil, del tipo que sea, conozca y aplique el Nuevo Reglamento de Tránsito, que contiene las mismas reglas que debieran aplicarse siempre, pero tal parece que para los conductores el objetivo es evitar ser sorprendidos cometiendo una infracción o evitar pagar multas, cuando el objetivo debiera ser no cometer infracciones o las menos.

Exhorto a la lectura crítica del reglamento vigente, sé que muchas personas no están de acuerdo en lo que ahí se plasma, pero francamente hay bastantes puntos útiles, incluso coherentes con sus objetivos. Por ejemplo, para el caso específico de los ciclistas:

Artículo 16.- Los ciclistas que vayan a cruzar una vía secundaria en cuya intersección la luz del semáforo se encuentre en rojo o en la que exista un señalamiento restrictivo de “Alto” o “Ceda el paso”, podrán seguir de frente siempre y cuando disminuyan su velocidad, volteen a ambos lados y se aseguren que no existen peatones o vehículos aproximándose a la intersección por la vía transversal. En caso de que existan peatones o vehículos aproximándose, o no existan las condiciones de visibilidad que les permita cerciorarse de que es seguro continuar su camino, los ciclistas deberán hacer alto total, dar el paso o verificar que no se aproxima ningún otro usuario de la vía y seguir de frente con la debida precaución. (Consejería Jurídica y de Servicios Legales, 2015).

Así pues, querido lector, seguramente no será de esta manera que se decida su destino, por consiguiente, espero que la próxima vez que choque por accidente con otra persona, la situación se vea salvada con frases del tipo “disculpe” y en el mejor de los casos, con una sonrisa condescendiente, en el entendido de que sobrevino el descuido de uno o ambos involucrados; pero si el escenario se torna grave, habrá de asumirse la responsabilidad que corresponda.

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FUENTES CONSULTADAS:

Real Academia Española (2016, 30 de agosto). Diccionario de la Lengua Española. Recuperado de: http://dle.rae.es/?id=9NnAydD.

Consejería Jurídica de Servicios Legales (2015, 17 de agosto). Gaceta Oficial del Distrito Federal Recuperado de: http://www.ssp.df.gob.mx/reglamentodetransito/documentos/nuevo_reglamento_transito.pdf

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