EL ÚLTIMO FOTOGRAMA

por Edgar Barajas García

La primera vez que Martín Solís vio el mar fue también la última vez que lloró en público.

Tenía cuarenta y tres años, una cámara de película que había heredado de su padre y la costumbre de no hablar de cosas importantes. Había llegado a Puerto Ángel en autobús, con una mochila pequeña y sin reservación en ningún hotel, guiado únicamente por un dato que le había dado su madre antes de morir: tu padre tomó su mejor foto ahí.

No sabía qué buscaba exactamente. Quizás eso era lo mejor.

Rentó un cuarto en la casa de una señora llamada Consuelo, que tenía setenta años, dos gatos y la habilidad de preparar café a las cinco de la mañana sin hacer ningún ruido. El cuarto olía a madera húmeda y a sal. Desde la ventana se veía un pedazo de mar entre dos palmeras, como si el océano fuera una pintura enmarcada por accidente.

¿Viene a descansar? le preguntó Consuelo la primera noche, sirviéndole una sopa que no había pedido pero que agradeció en silencio.

Vengo a tomar fotos respondió Martín.

Ella miró la cámara sobre la mesa: una Pentax K1000 con el estuche de cuero original, vieja y pesada y perfecta.

Análogo dijo, como si fuera un diagnóstico.

Sí.

Mi marido también usaba una así. Decía que las fotos digitales son recuerdos y las análogas son cicatrices.

Martín no supo qué responder. Comió la sopa.

Durante los primeros días no tomó ninguna fotografía.

Caminaba por el pueblo, observaba, cargaba la cámara al cuello como si fuera un amuleto. Fotografiaba con los ojos: la red de un pescador tendida entre dos palos, una niña dormida sobre el capó de una camioneta detenida, tres perros mirando el mar en fila como espectadores de algo que los humanos no podían ver. Pero no disparaba el obturador.

Su padre, Ernesto Solís, había sido fotógrafo de prensa en los años ochenta. Cubría eventos menores, inauguraciones de puentes, desfiles escolares, el ocasional incendio o inundación que merecía media columna en el periódico local. No era famoso. Pero tenía, según todos los que lo conocieron, un ojo extraordinario para encontrar el momento exacto en que algo ordinario se volvía eterno.

Murió cuando Martín tenía once años. Infarto. Rápido, sin drama, sin despedida.

Lo que dejó fue la cámara, doscientos rollos revelados archivados en cajas de cartón y una foto sin identificar que la madre de Martín guardó en el cajón de su mesita de noche hasta el día de su propia muerte, cuarenta años después.

La foto mostraba una playa al amanecer. No había personas. Solo el agua, la arena y una silla de madera abandonada a la orilla, con una ola que estaba a punto de tocarla sin llegar a hacerlo del todo. La luz era de ese tono exacto entre gris y dorado que dura menos de diez minutos al día. Al reverso, con letra de su padre, decía: Puerto Ángel, 1981. Lo que no se mueve también espera.

Lo que Martín nunca le contó a nadie era esto: el día que murió su padre, él estaba en la sala revisando los rollos revelados uno por uno, sosteniéndolos contra la luz de la ventana con esa concentración silenciosa que los niños ponen en las cosas que aman. Su padre lo vio desde el pasillo y le dijo, con una voz que no tenía nada de especial, que después le enseñaría a leer los negativos. Eso dijo: después. Y luego se fue a la cocina a buscar un vaso de agua y no regresó.

Martín esperó dos horas sosteniendo un negativo contra la luz, convencido de que en cualquier momento su padre volvería a cumplir esa promesa.

Nadie le había enseñado a leer los negativos. Aprendió solo, muchos años después, cuando ya no servía de nada aprenderlo así.

Se despertaba antes del amanecer con la sensación de que algo afuera estaba pasando sin él, y se quedaba tumbado escuchando el mar hasta que la luz entraba por la ventana y ese algo, fuera lo que fuera, ya había terminado. Era una costumbre vieja. No empezó en Puerto Ángel.

El cuarto día, conoció a Elena.

Estaba sentada en el malecón con un libro cerrado sobre las rodillas, mirando el horizonte con la expresión de alguien que ha terminado de esperar algo y todavía no sabe cómo seguir. Tenía unos treinta y cinco años, el cabello recogido con descuido y una camiseta que decía el nombre de una banda que Martín no reconoció.

Se sentó a su lado porque no había otro lugar disponible y porque algo en ella le recordó a la foto de su padre: alguien en equilibrio precario entre el movimiento y la quietud.

¿Lo estás esperando o lo estás evitando? preguntó Martín, señalando el mar.

Ella lo miró con una expresión entre sorpresa e irritación.

¿Perdón?

Al mar. Llevas veinte minutos mirándolo sin acercarte.

Llevo veinte minutos sentada aquí. No sé cuánto tiempo llevas tú espiándome.

No te espiaba. Fotografiaba con los ojos.

Ella miró la Pentax colgada al cuello de él.

¿Y por qué no con la cámara?

Martín no tenía una respuesta simple para eso, así que dijo la verdad complicada:

Porque todavía no sé qué estoy buscando. Y si disparo antes de saberlo, desperdiciaré el rollo.

Elena lo miró un momento más, evaluándolo.

Me llamo Elena.

Martín.

Vengo huyendo de un divorcio dijo ella, con la naturalidad de quien ha practicado decirlo en voz alta hasta que deja de doler. O casi.

Yo vengo buscando una foto que tomó mi padre hace cuarenta años.

Ella asintió, como si eso fuera completamente razonable.

¿Cómo era la foto?

Martín se la describió. La playa, la silla, la ola suspensa, la luz imposible. Elena escuchó en silencio y luego dijo que creía conocer ese lugar.

No hablaron mucho más esa tarde. Pero al día siguiente ella lo esperaba en el mismo banco del malecón con dos cafés en vasos de unicel, y Martín no preguntó cómo sabía que iba a pasar por ahí. Algunas cosas no necesitan explicación; basta con que ocurran.

Caminaron juntos por el pueblo sin un rumbo preciso. Ella le contó que había sido diseñadora gráfica, que su exmarido era un hombre que no hacía nada malo en particular pero que con el tiempo se había vuelto opaco, como una ventana que acumula polvo despacio hasta que un día te das cuenta de que ya no puedes ver nada a través de ella. Él le preguntó si eso lo había decidido ella o él. Ella dijo que esa era exactamente la pregunta que no podía responder, y que vivir dentro de esa pregunta se había vuelto insoportable.

Martín no ofreció consuelo porque notó que ella no lo estaba buscando. Solo escuchó. Era algo que hacía bien, escuchar, quizás porque había pasado toda su vida adulta prestando atención a las cosas en lugar de a las personas.

¿Tienes familia? le preguntó Elena en algún momento.

Una hermana. No hablamos mucho.

¿Por qué?

Martín pensó en cómo explicarlo y no encontró una versión corta, así que dijo la única que tenía:

Cuando murió mi padre, yo me volqué en sus fotos y ella se volcó en el duelo. Las dos son formas válidas de extrañar a alguien, pero son formas que no se hablan entre sí.

Elena asintió despacio.

¿Y cuál de las dos crees que fue la tuya?

Él no respondió de inmediato. Miraron un buen rato el mar, que estaba ese día de un color verde pálido que Martín intentó memorizar con exactitud sabiendo que no podría reproducirlo.

Las dos, creo dijo finalmente. Pero no al mismo tiempo.

Al día siguiente, ella lo llevó caminando unos cuarenta minutos por la costa, por un sendero que bordeaba el acantilado y bajaba hacia una ensenada pequeña que no aparecía en ningún mapa turístico. No había restaurantes ni vendedores de cocos. Solo la playa, las piedras y el mismo ángulo de luz que Martín había visto en la fotografía de su padre.

No había ninguna silla.

Por supuesto que no la había. Habían pasado cuarenta años.

Pero el lugar era inconfundible: la manera en que el acantilado cortaba el viento, la forma de la ola al entrar a la ensenada, el color del agua a esa hora. Martín se quedó parado en la arena sin decir nada. Sintió algo que le llegó desde abajo, como si el suelo lo reconociera antes que él.

Elena se sentó sobre una roca y lo dejó estar.

Él sacó la foto del bolsillo de su camisa, la misma que había llevado consigo desde la ciudad doblada con cuidado dentro de un sobre de papel glassine, y la comparó con lo que tenía frente a él. El ángulo era el mismo. La luz todavía no era la correcta, demasiado alta, todavía blanca, sin el dorado que necesitaba. Tendría que esperar.

Esperó.

No supo cuánto tiempo. Elena tampoco habló. Se escuchaban las olas y el viento y en algún momento una fragata pasó sobre ellos describiendo un círculo perfecto y lento, como si también estuviera buscando algo que había perdido allá abajo.

La luz empezó a cambiar alrededor de las cinco y media. Se fue volviendo más baja, más oblicua, y el agua tomó ese tono entre gris y dorado que Martín reconoció de la foto de su padre, de los rollos que había sostenido contra la ventana con once años, de algo que cargaba tan adentro que ya no sabía distinguirlo de sí mismo. Levantó la cámara. Las manos no le temblaban, aunque esperaba que lo hicieran. Respiró despacio, no para calmarse sino para afinar algo que sabía que tenía que estar afinado en ese momento exacto: memoria, miedo y una tercera cosa que lo sorprendió por completa porque era parecida a la gratitud.

Una ola avanzó hacia la orilla con una calma que parecía deliberada. Se detuvo por un instante en ese punto imposible donde el agua duda antes de romperse, ese segundo en que el movimiento y la quietud son la misma cosa, y Martín apretó el obturador.

El clic mecánico fue lo único que se escuchó además del mar.

Después bajó la cámara y notó que tenía los ojos húmedos. No lo había planeado y no lo buscaba, pero tampoco lo detuvo. Se quedó con los ojos así, húmedos y abiertos, mirando la ola que ya se había roto y retiraba despacio, y pensó en su padre de pie en ese mismo lugar cuarenta años antes, sosteniendo la misma cámara, mirando quizás con los mismos ojos que él había heredado sin saberlo.

Lo siento dijo, un poco avergonzado.

No lo sientas respondió Elena desde su roca.

Es que no entiendo bien por qué…

¿Necesitas entenderlo?

Martín pensó en su padre, que murió antes de que pudieran tener ninguna conversación importante. Pensó en su madre, que guardó esa foto en un cajón durante cuarenta años sin decir a nadie por qué. Pensó en todos los momentos que no fotografió porque estaba esperando saber exactamente qué buscaba, todos los rollos que no expuso por miedo a desperdiciarlos, todas las conversaciones que no tuvo con su hermana porque las dos formas de extrañar a alguien no se hablaban entre sí y él nunca había intentado construir el puente.

No dijo finalmente. Supongo que no.

Caminaron de regreso en silencio. Era un silencio cómodo, del tipo que solo existe entre personas que acaban de compartir algo que las dos guardarán por razones distintas. Antes de separarse frente a la casa de Consuelo, Elena dijo que al día siguiente pensaba meterse al agua, que llevaba demasiados días mirándola desde afuera. Martín dijo que era buena idea. Ella le preguntó si quería acompañarla. Él dijo que probablemente sí.

No se acompañaron, al final. Martín se despertó antes del amanecer con ese peso en el pecho, la sensación de que algo afuera lo estaba esperando esta vez en lugar de pasando sin él, y bajó a la ensenada solo, antes de que hubiera luz suficiente para ver. Se sentó en la misma roca donde había estado Elena la tarde anterior y esperó. No con la cámara levantada. Solo esperó, con las manos en las rodillas y el sonido del mar tan cercano que podía sentirlo en el pecho.

Cuando el sol salió, sacó la libreta que llevaba en la mochila, una que no había abierto en meses, y escribió el número de teléfono de su hermana en la primera página. No escribió nada más. Era solo recordarse a sí mismo que existía ese número y que podía marcarlo.

Reveló el rollo al volver a la ciudad, en un laboratorio que todavía operaba en la Colonia Roma, atendido por un señor de bigote blanco que trató cada negativo con la seriedad de quien manipula algo frágil e irrepetible.

La foto salió bien.

No era la misma que había tomado su padre. Era otra ola, otra luz, otro momento. Tenía cuarenta y dos años menos de historia y el ángulo estaba desplazado unos grados hacia la izquierda porque Martín era más alto que Ernesto y eso cambiaba la perspectiva. Pero tenía algo que las conectaba por debajo de la superficie, como dos personas que comparten un gesto sin haberse conocido nunca: esa fracción de segundo en que el movimiento se detiene y todavía no ha pasado nada irreparable.

La llamó igual que la de su padre. Lo que no se mueve también espera. La colgó en la pared de su estudio, junto a la original. Durante un tiempo se quedaba mirándolas juntas por las mañanas, las dos olas detenidas antes de romperse, separadas por cuatro décadas y unidas por algo que era a la vez herencia y elección y las dos cosas al mismo tiempo.

A Elena le mandó una copia por correo, dentro de un sobre sin carta.

Ella le respondió con un mensaje breve: Salí del agua hasta los hombros. Por si querías saberlo.

Martín sonrió leyéndolo. Luego abrió la libreta en la primera página, miró el número, respiró una vez, y marcó.

El teléfono sonó cuatro veces. Cuando su hermana contestó y dijo bueno con esa voz que él no escuchaba desde hacía tres años pero que reconoció de inmediato, como se reconoce una luz que ha estado apagada demasiado tiempo, Martín no supo qué decir.

Soy yo dijo finalmente.

Hubo una pausa.

Ya sé que eres tú respondió ella.

Y eso fue suficiente para empezar.

***

Imagen

Still Life >> Giorgio Morandi., Italia, 1890-1964

Edgar Barajas García nació en 1983 en Irapuato, Guanajuato, México, ciudad donde actualmente reside y desde la cual desarrolla una trayectoria literaria y académica enfocada en la exploración de la memoria, el silencio y las fracturas emocionales como ejes centrales de su escritura. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación y cursa una Maestría en Educación, formación que ha complementado con estudios en mediación lectora y estrategias digitales de aprendizaje. Su obra narrativa se caracteriza por una voz introspectiva y simbólica, orientada a revelar aquello que permanece oculto en la experiencia humana. En 2025 obtuvo el Premio Internacional de Cuentos de Resistencia por Las voces del muro y el Premio Internacional de Cartas Literarias, además de lograr la selección para publicación de Carta a Yessica. Ha publicado textos en revistas y antologías nacionales e internacionales, entre ellos El último café (Write Avenue, Barcelona, 2025), Las palabras no dichas y Sinfonía del silencio. Asimismo, ha participado en certámenes como el Premio Bellas Artes Amparo Dávila, el Premio Nacional de Cuento UDLAP y el Premio Mauricio Achar. Sus influencias literarias se inclinan hacia las narrativas intimistas y reflexivas que abordan la ausencia, la pérdida y la persistencia emocional desde una perspectiva profundamente humana.

TE PUEDE INTERESAR

Dejar un comentario