XXXVI. EL DESEO DE MORIR (2/3)

por Alejandro Roché

INTROSPECCIÓN

—Quién soy para decir si algo está bien o está mal. Pero me agrada tu postura, irse en paz, tranquilo, sano, contento. ¿Cuántos mueren con el pesar en su conciencia? O si les preguntáramos a enfermos con tremendos dolores, ¿acaso no elegirían irse en la flor de su juventud?

—Pero hay tantas cosas por qué vivir.

—Mujer, si lo detenemos, ¿no le estaríamos negando tantas gratas experiencias que pudiera haber después de morir?

—El sereno me hace los mandados, pero de que vas a seguir vivo, vas a seguir vivo.

Nuevamente, Maki lo abraza como si fuera un enorme muñeco de peluche.

—Si te querías morir, no nos hubieras traído, ahora te quedas vivo; faltaba más.

—¿Pero entonces quieres detenerlo, atarlo?

—Sí, detenlo.

—¿Por qué habría de detenerlo?

—Bueno, habla con él. Lo que va a hacer es un pecado, sólo tenemos una vida.

—Es pecado según tu religión, pero si el acto de nacer ya es un pecado, ¿qué más no podrá ser pecado?

—Pero es que va en contra de la voluntad de Dios.

Con esto último, el ceño de Jassiel se frunce, respira hondamente; exhala.

—Haré una excepción, sólo porque te estimo mucho. Comencemos del supuesto que Dios existe y en específico el dios cristiano, al cual se le atribuyen las cualidades de omnipotente: que todo lo puede; omnipresente: que está en todas partes; omnisciente: que todo lo sabe. Entonces, si está en todas partes y todo lo sabe, en este momento sabe que una de sus criaturas está a punto de cometer suicidio. Si todo lo sabe, entonces sabe muy bien si el acto se consumará. Y finalmente, si todo lo puede, puede detenerlo de mil maneras, ¿no? Pero si no lo hace es porque su voluntad es que Cacaxtla se suicide.

Ya había pasado el lazo por una rama y puesto la soga en su cuello y ahora unas piedras apiladas lo separaban de entre el cielo y la tierra.

Tyndas interviene.

—Pero según el Cristianismo, el hombre tiene libre albedrío.

—Sí, el ser humano tiene libre albedrío aparentemente, porque puede hacer cualquier cosa siempre que no vaya en contra de los deseos de su dios, pero entonces no es un albedrío pleno, sino más bien una libertad acotada y si a eso le sumamos que “hay un castigo” en caso de desobediencia, entonces la libertad más bien se torna un tanto torcida.

—¿Pero no habría que diferenciar entre la libertad y el libertinaje?

—Buen punto. ¿Pero en el caso de Cacaxtla dirías que es un exceso de libertad rayando en el libertinaje, o de plano ya es un libertinaje puro, tal cual?

—Me surge la duda.

—Creo que antes de proseguir sería mejor definir los límites de la libertad y el libertinaje

—Pero yo no tengo tiempo, el sol casi sale —dice Cacaxtla ya con la soga al cuello.

Jassiel voltea a ver a Chaneque.

—¿Podrías hacer algo?

Con los ojos saltones ve hacia la aurora, abre sus pies a la altura de sus hombros, respira profusamente, exhala suave, sus labios murmuran al viento, extendiendo sus manos al horizonte las palmas tocan los límites entre el cielo y la tierra.

—Bien, ¿por dónde empezamos? ¿Libertad? ¿Tú que dirías? —dice dirigiéndose a mí.

—Pues hacer cosas sin que nadie te prohíba nada.

—Buen comienzo, ¿y tú Tyndas?

—Yo agregaría que es la capacidad de acción sin dañar a otra persona.

—A ver, si entendemos que capacidad es todo lo que puedes hacer y acción es una actividad y otra persona es alguien ajeno a ti, ¿dañar? Eso sí lo veo más complicado.

—Jassiel, ¿no podríamos simplificarlo un poco más?, porque podríamos irnos al principio de los tiempos.

—Sí, eso hago. ¿Pero qué es dañar? —nuevamente dirigiéndose a mí. —¿Tú que dirías?

—¿Cuando lastimas a alguien?

—Esfuérzate un poco más.

—¿Cuando causas dolor a otra persona?

—Sí, eso me agrada más.

—Ahí lo tienes Jassiel, el suicidio va a lastimar a los que queremos al Cacaxtla, entonces no puede hacerlo.

—Bien jugado, Maki. Tyndas, ¿estás de acuerdo?

—Es contradictorio, porque si lo vemos así, entonces no es libre de suicidarse porque al hacerlo lastimará a sus amigos.

—Sí, buen punto. ¿Pero entonces simplemente no debe hacerlo porque no es libre o debe hacerlo a pesar de que lastime a sus amigos violando con ello su derecho a la libertad? Sí habrá daño pero es un daño que podríamos catalogar como colateral o no intencional. Además, como toda muerte, ¿acaso no es un hecho que tarde o temprano se debe aceptar?

—Jassiel, pero si caemos en ese punto, ¿no es caer en el extremo purista de la libertad? Por ejemplo, si una adolescente quisiera terminar con su novio, ¿no podría terminar porque al hacerlo lo lastimaría?

—Buen punto. Más allá de los límites de la libertad, a la par debe estar el derecho a decidir sobre el autobienestar de cada persona.

Maki apresuradamente:

—Pero el suicidio no es precisamente un bien.

—No tergiverses las cosas, Maki; si una persona tiene derecho a decidir sobre su bienestar, no implica que siempre decida únicamente lo bueno, podría también decidir con cosas dañinas. Por ejemplo, un drogadicto en algún punto de su vida decidió probar la droga y después seguir así, está ejerciendo el derecho a decidir sobre el bienestar de su cuerpo, su decisión afecta a su cuerpo. ¿La capacidad de decidir sobre tu bienestar debería terminar si esto daña tu cuerpo? Pero entonces si fuera así, no serías dueño ni siquiera de ti mismo. Creo y aclaro que esto es percepción personal que podría ser errónea, que todos deberíamos poder decidir sobre nosotros mismos, si esto no fuera así, entonces quizás los mayores placeres de la vida quedarían prohibidos. ¿Acaso valdría la pena vivir esta vida? El alcohol hace daño al cuerpo y aun así, ¿quién no ha querido emborracharse?… Y no está prohibido: debería prohibirse la embriaguez. Hacer ejercicio lastima el cuerpo, entonces también debería prohibirse. Sí, ya lo sé; son extremos. ¿Pero a dónde nos lleva esto?

Tyndas sólo mueve negativamente la cabeza.

—Yo tampoco lo sé. Bueno, sí; nos debe llevar a un lado. Los extremos son buenos para saber a dónde nos va a llevar una decisión y saber si es bueno. Cuando caminamos y elegimos una vereda, puede ser tan simple como un atajo o tan catastrófico como llevarnos al desfiladero. Creo que deberíamos acotar la libertad. La libertad hacia la sociedad y la libertad sobre uno mismo; diríamos, la autodeterminación.

 

 

Alejandro Roché nació en el Edo. de Méx. en 1979. Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica por el Instituto Politécnico Nacional. A la par de su desarrollo profesional como programador informático, se ha ejercitado desde temprana edad en la disciplina de la Literatura, sobre todo en el campo de la narrativa. Lector ávido. De 2000 a 2005 formó parte del Taller de Creación Literaria del escritor Julián Castruita Morán dentro de las instalaciones de la ESIME-Zacatenco del IPN. Durante los próximos años escribió la novela Abraxas, hoy publicada por entregas y disponible en este medio. Colabora con profusión en Sombra del Aire desde mayo de 2015.


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