LEVI

por La Rosa de Plata

La risa histérica de mi mamá resonaba en toda la habitación. Yo, al pie de las escaleras, no conseguía moverme, lo único que podía hacer era gritar, gritar por el dolor en mis piernas y gritar suplicando en vano que se detuviera. Tuve que observar cómo esa bestia se abría paso por la piel y los músculos de mi madre para darse un festín con sus entrañas sin poder salvarla.

Desde el primer momento en que vi sus ojos, supe que había algo perverso en su interior. Eran tan negros como un abismo sin fin que no podía ser saciado, y ¡oh! la forma en la que me miraba, como si fuera capaz de tragarme sin vacilar, hacía que un escalofrío recorriera mi cuerpo.

Se lo advertí. Era Levi, siempre fue infame, ese maldito engendro había asesinado y engullido a mi abuela, aun así, creyó que era mi imaginación. Durante años, me había atormentado con noches llenas de pesadillas en las que juraría poder sentir sus colmillos y sus garras desgarrando mi carne, años de despertar a media noche y encontrarlo entre las sombras, rondando los pasillos, acechándome con esa mirada que me revelaba su ansia por despedazar mi piel y alimentarse de mí. Mamá jamás me escuchó.

Lo intenté, juro que lo intenté. Sabía que nadie me creería. Si ni siquiera podía lograr que mi propia madre me creyera, sabía que no podría convencer a nadie más y que dependía de mí proteger a Sofía.

Estaba seguro de que lo lograría, hasta esta noche. Algo de lluvia no logró espantarme, pero lo que trajo consigo me causó pavor, el comportamiento de Levi era inusual, estaba inquieto, ansioso, parecía anticiparse a algo. La intensidad de la tormenta aumentó y las luces de toda la casa se apagaron, mi madre corrió a revisar los fusibles, mientras que yo no me moví de mi sitio, lo único que podía ver eran los relámpagos que a veces entraban por las ventanas y me permitían ver la sombra de Levi moviéndose libre de un lado a otro. ¡Sofía! Tenía que llegar hasta ella antes que él.

Había alcanzado la mitad de las escaleras cuando una punzada de dolor me inmovilizó, ese desgraciado me tenía entre sus colmillos, podía sentirlo rasgando la piel y liberando mi sangre, rompiendo el tendón de mi pie y llegando hasta el hueso, cada nervio en mi pierna gritaba en agonía, yo golpeaba su cabeza intentando soltarme, pero era inútil, en vez de eso, comenzó a agitar su cabeza. Era fuerte, mucho más fuerte que yo, y antes de darme cuenta, estaba rodando hacia abajo, podía escuchar cómo mis huesos se quebraban con la caída. Debí haberme golpeado en la cabeza porque lo siguiente que recuerdo es el llanto de Sofía a lo lejos que me despertaba. La luz regresó justo a tiempo para que pudiera ver uno de mis pies completamente al revés, y a Levi, ese bastardo, con mi hermana colgando de su hocico, la había llevado hasta donde yo pudiera presenciar lo que estaba a punto de hacerle. No podía caminar, así que me arrastré para subir, moverme era una tortura, aunque lo más cruel fue dejar de escuchar su llanto, ya era tarde. Poco después mi mamá entró a la habitación, estaba preocupada cuando me vio tirado en el suelo, pero al alzar la vista, el pánico la invadió…

La risa histérica de mi mamá resonaba en toda la habitación. Haber visto a ese perro encima del cráneo de mi hermanita, devorando lo que alguna vez fue su rostro, seguro la había llevado a la locura. Había corrido para arrancarle a esa bestia los restos de su bebé; sin embargo, antes de que pudiera acercarse a ella, esa cosa se le fue encima. Gritó los primeros minutos, después empezó la risa, se reía y reía mientras acariciaba lo que quedaba de Sofía.

La tormenta siguió sin calmarse, las horas pasaron y cuando ese demonio había terminado de comer todo lo que pudo de mi hermana y mi mamá frente a mis ojos, me miró, la sangre escurría de su hocico, parecía que había dejado lo mejor para el final y lo estaba saboreando. Escalón por escalón se acercaba a mí. Yo sé que lo último que veré en mi vida serán sus colmillos acercándose para cumplir con la amenaza que siempre me hicieron sus malditos ojos negros.

.

IMAGEN

Asfixia >> Técnica mixta >> Alias Torlonio

La Rosa de Plata, Ana Karla Carrera Herrasti nació el 19 de diciembre de 1994 en el Estado de México. Con apenas seis años, encontró en la escritura su llamado y la mejor forma de liberar sentimientos atrapados. Con el tiempo, descubrió que le apasionaban los idiomas, así que se dedicó a perfeccionar su lengua materna y a aprender otras lenguas. Actualmente, es licenciada en idiomas, tiene diez años de experiencia como profesora de inglés y ha tomado distintos cursos de traducción y corrección de textos. Debido a su amor por la literatura e influencia de Khalil Gibran, Edgar Allan Poe, entre otros autores, ha escrito poemas, historias de terror, fantasía y relatos eróticos bajo el pseudónimo de La Rosa de Plata, muchos de los cuales fueron seleccionados en concursos para ser publicados. Hoy en día, busca entrar al mundo editorial y se prepara para publicar su primer libro independiente.

TE PUEDE INTERESAR

Dejar un comentario