LA SUERTE DEL CABALLO

por Héctor Vargas

No sabemos por qué estamos, ni cómo es que estamos. Nos movemos y al movernos nos dirigimos como peones la mayoría; como alfiles, torres y caballos, algunos pocos; y mucho menos, que algunos pocos, como reyes o damas; a esos niveles sólo los elegidos. Sabemos que estamos y hasta ahí. Algunos quiebran antes de tiempo, dejándose conducir por las circunstancias, sin oponerse y sin saber lo que el juego les traerá en suerte. La fuerza motivadora de los que somos mayoría, y con mayoría me refiero a los peones (me incluyo en ellos), es ver alto, llegar al punto donde nos convertiremos en la pieza que se escoja. Para eso está el octavo cielo, ese límite cuadriculado de negros y blancos entrelazados, al que hay que saber llegar. Mi objetivo es una casilla por movimiento, o si doy el primer salto, hasta dos se me permiten, pero sólo de manera vertical. Soy el único que no puede retroceder, y al tomar la pieza contraria lo hago en diagonal; hasta en eso se me limita, pero no me quejo, vine por destino a ser, y soy.

Reconozco la destreza de las torres que pueden anteponerse para salvar la vida del rey en un enroque, eso, siempre y cuando hayan permanecido plantadas en su sitio desde que inició la partida; cosa que saben hacer por naturaleza. En caso de que la decisión haya sido moverse antes, o incluso después del enroque, se les concede, aunque su movimiento sea ortogonal (es decir de manera vertical u horizontal), recorrer casillas sin límite en su alcance, condicionados a una sola dirección por turno; a ellas sí se les permite capturar sobre el camino y en cualquiera de los sesenta y cuatro escaques.

El problema principal de estar, es no saber cuándo se está para atacar, o para ser atacado, porque el ego nos confía a que somos los atacantes y es difícil verse desde fuera. En ubicarse está el meollo y son muchos los factores que entran en juego. Conozco algunos alfiles que se confunden, que creen que porque pisan exclusivamente suelo blanco, son blancos en su destino y no saben que el color de la suerte es indistinto al suelo que se pisa, o los contrarios, que no se dan cuenta que son pieza blanca, porque pisan suelo negro. Los alfiles, por cierto, rondan el tablero en diagonal, de esquina a esquina, y tampoco se les restringe en distancia; a menos, claro está, y eso es para casi la mayoría, que por defecto encuentren un obstáculo o una presa. No niego que los alfiles tengan potencia en su alcance, pero cómo quieren ubicarse si su movimiento es esquinado.

Para los que libramos la dura batalla nos es fácil caer en eventualidades que motivan y nos hace creer que somos, o podemos llegar a ser, una pieza distinta; somos lo que somos, aunque no sepamos, a veces, qué somos. Es diferente a disentir en lo que se quiere como posibilidad, para ello es necesario ser guiado por un verdadero psicólogo del juego, uno que nos permita identificarnos, primero como unidad, luego como piezas en conjunto, pero siempre con la certeza de que nos dirá lo que hay disponible sobre el tablero.

Porque todos pretendemos algo mejor, un juego más equitativo en donde la dama, por ejemplo, la que antes fuera la pieza más débil, goce de un trato como el de un rey. Que se le nombre dama, y no reina, aunque, aún en nuestros tiempos, después de tanto salto evolutivo que ha dado el Chaturanga, a la dama se le siga limitando a no ser puesta para ser protegida hasta el final. Se le otorgan otras libertades, provenientes de la modernidad, como ser la única que se mueve el número de casillas que desee, en cualquier dirección, ya sea retrocediendo o avanzando; siendo ese grado de nobleza al que muchos de mi tipo pretenden llegar.

El rey, en cambio, a pesar de su poder, es un ser con miedo y sufre de esquizofrenia. Piensa que todos los opuestos a su color lo quieren eliminar. Camina cauteloso, en cualquier dirección, dando un salto a la vez. No hay que olvidar que vistos como unidad somos un trebejo y que si estamos aquí es para salvarlo, y vencer al rey oponente. La motivación “verdadera” es cuando nos reconocemos como parte de ese algo más grande, aunque individualmente, nosotros los peones, nos sintamos utilizados. Todo oscila en la ventaja que se posee, es lo que nos permite ciertas libertades. Entre tantas variables, que son el juego, nos desviamos sin tomar en cuenta que existe un reloj de ajedrez que nos limita. Vistos, desde nuestro plano, o desde fuera, el juego es una estrategia alimentada por la astucia mental.

La suerte indiscutible la llevan los caballos, a ellos sí se les permiten peripecias y su caminar errante los hace una pieza distinguida. Es el único, en su unidad, que puede saltar por encima de otros, cuidando en caer lo más cercano, sin topar con su propia fila, columna o diagonal. Es un loco salvaje, que reluce en los limitados colores que se nos han dado: el azabache de capa negro o el tordo de color blanco. Es hermoso en su figura y su habilidad lo hace un buen estratega, difícil de contener.

Cuando yo, peón, alcance el extremo más alto del cielo, ese localizado en la octava fila, y renazca en promoción, quiero ser un caballo. No cualquier otra pieza, un verdadero caballo, y en uno de mis saltos dejaré el tablero, me alejaré del dominio de sus reglas, de sus casillas que me confinan. Correré entre pastos, desiertos y playas, como un potro libre, lo más lejos que pueda, y nadie, nunca, me alcanzará; ni siquiera mi verdadero destino.

Jaque mate

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Ajedrez » Lautaro Fiszman


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