II. DE TAL PALO

por Alejandro Roché

INTROSPECCIÓN

Por Alejandro Roché

—¡Ah! ¡Suba, yo lo llevo! También voy a la ciudad. Yo siembro ABACÁ. ¡Sí! Allá en la casa de usted; bueno si es que a aquel jacalito se le puede llamar casa, porque sólo son unos troncos que levanté para al menos proteger a la familia del sol y de la lluvia; pero bueno, como le decía, allá donde usted siempre será bienvenido, ahí tengo unas tierritas de ABACAL.

¿Sabe, amigo? Muchas veces he querido ser otra cosa; no sé, tal vez arriero, tal vez hasta sacristán, o no sé, otra cosa; pero pues este fue el oficio heredado por mi apá, porque desde que mi apá grande fue ABACALERO, todos en la familia seguimos el ejemplo de nuestros mayores, yo pienso que por respeto; porque si mi padre crío a nueve chamacos y no sabía hacer otra cosa, yo pienso que si me dedicara a otras cuestiones, sería como ofender a mi apá, y no sólo a él, también al apá grande y luego pues la familia nada más anda hablando mal de uno. ¿No es verdad? Para qué meterse en habladurías, es mejor conformarnos con lo que Dios nos da. Total, como dice el dicho, “De tal palo tal astilla”, aunque a veces esto no se vende, viera que nosotros somos bien pobres, pero eso sí, siempre contentos. Si usted viera que aunque apretaditos somos bien unidos y bien chambeadores, ¡verdad de Dios! Como decía mi apá “Han de venir tiempos mejores”, pues como dice el dicho: “Dios aprieta, pero no ahorca”.

¿Sabe amigo? Yo si tuviera el suficiente dinero pondría en la ciudad una ABACERÍA, creo que si volviera a nacer esta vez le pediría a nuestro señor que me permitiera ser ABACERO, pero ¡Ay de nosotros los pobres! Como ya le decía, somos tan pobres, que su humilde casa está en un terreno ABACIAL; ni siquiera es nuestro, pero bueno, en esta vida nada nos pertenece, todo es del Señor.

¿Sabe, amigo? Como decía mi apá, “Dios no se equivoca ni tantito” y cuánta razón tenía, pues si Dios hubiera querido que yo tuviera un negocito, me hubiera dado el entendimiento para las cuentas, pero cuando se nace bruto, bruto eres para toda la vida; bien dice el dicho: “Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”. Porque ha de saber usted que de chamaco era tan bruto que ni siquiera aprendí a hacer cuentas con el ÁBACO.

¡Vaya plática! ¡Pobre hombre! No importa cuán infeliz se sintiera con su vida, no la cambiaría porque piensa que ese es su destino, e ir en contra de él, sería ofender a sus antepasados. En ocasiones como hoy, al encontrarme este tipo de personas, agradezco a la vida por ser descendiente de Aarón, el hombre más sabio que haya habitado esta tierra; de no haber sido así, en este momento estaría en quien sabe qué tierra olvidada trabajando para apenas sobrevivir; y no en camino hacia la ciudad de Sion, y quizás sólo me vería sentado con mi hermana comiendo alguna ABACORA; mi madre siempre dijo que cuando nací plantaron la higuera para celebrar mi nacimiento. Recuerdo, yo era pequeño, me agradaba tanto aquel fruto, y trataba de ABACORAR todos los frutos subiéndome al árbol, comiéndomelos aun haciéndome daño y el ABAD siempre regañándome, pues mi hermana me acusaba por el pecado de gula, aunque más bien era por envidia.

A pesar de la severidad con la cual siempre me trató el abad, era casi tan sabio como mi abuelo; o eso pensaba en aquellos días. Recuerdo que entre los libros de su biblioteca estaban las aventuras de Sandokan, y ahí me encontré una palabra que me encantó: “Mompracen”. Desde el día en que la pronuncié, en mis solitarios juegos imaginaba ser el pirata Sandokan y combatía no solamente a los ingleses, sino también rescataba a mi preciosa dama “La Perla de Labuan” e incluso llegaba a inventar mis propias historias, donde me veía en la selva y tenía que disparar a un tigre para salvar la vida, o bien, correr hacia el árbol más cercano cuando un ABADA se acercaba en pos de apagar una fogata; que siempre es necesaria para calentarse en medio de la humedad selvática.

En aquella época todo era posible, los ingleses eran los clérigos que siempre andaban atrás de nosotros. En la cueva donde me escondía, era la Isla de Mompracen, hasta imaginaba que los ABADEJOS eran toda clase de insectos y aves exóticas de las islas asiáticas.

A mi abuelo no le agradaba en demasía que yo fuera con el abad; pues según él, el abad era un ABADENGO de todo el pueblo por la ignorancia de la gente. Esto me disgustaba porque por un lado el abuelo me quería mucho y yo a él, pero el hermano Pedro; el abad, siempre era muy dulce conmigo, me hablaba de Dios y de cómo había mandado a su hijo a morir por nuestros pecados, eso me impresionaba mucho y me hacía desear también ser un abad para cuando creciera; por ello siempre que podía lo defendía ante mi abuelo. Así, un día en que mi abuelo hablaba mal del hermano Pedro, yo agregué que él no era responsable de la ignorancia de la gente; entonces me miró a los ojos, sonriendo dijo: “Si no ofreces soluciones, eres parte del problema”.

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1 comentario

Nidya Areli Díaz Garcés 15/04/2016 - 14:12

¿Cuántos de nosotros creemos, nos aferramos, nos dejamos llevar inevitablemente por lo que creemos nuestro ‪#‎destino‬? Acá un feliz ‪#‎relato‬ de ‪#‎AlejandroRoché‬ en el que las palabras juegan entre las manos de este prestidigitador que las domina.

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