IV. EL INDIO NO TIENE LA CULPA

por Alejandro Roché

INTROSPECCIÓN

Por Alejandro Roché

De pequeño, cuando iba a la escuela, la madre Pilar siempre nos obligaba a leer la Biblia y a regañadientes nos enseñaba las cuentas. Para ella, las escrituras eran lo único importante de esta vida, todo lo demás era inútil. Afortunadamente mi abuelo todas las noches me hacía leer esos enormes libros en donde se hablaba de un mundo más allá de Dios, un mundo en donde las cosas se podían explicar mediante leyes y principios, tal cual lo decía Al-Mu’tamid: “todo tiene una explicación y si no hay respuesta: lo que no significa que haya intervención divina, sólo que el conocimiento de la ciencia aún no alcanza a develar los misterios de la naturaleza”. Mi abuelo, cuando escuchaba esa frase, sonriendo, cerraba los ojos, atizaba el fuego y decía: —Eres un viejo hereje que se quemará en el infierno—. Que nos quemaremos en el infierno —agregaba el otro, ambos reían y quedaban mirando hacia la fogata, no sé si con temor o con ironía. Y casi siempre mi abuelo agregaba: —Nos estamos haciendo viejos, quizá ya no deberíamos ser tan herejes—. Quizás —agregaba Al-Mu’tamid.

Llegamos a la entrada del convento y ahí, un monje viejo, recostado sobre un petate, observaba a dos niños pelear, y el carretero bajó inmediatamente para separarlos, a lo que el monje le gritó: —Déjales, AB AETERNO, y desde que el hombre pisó esta tierra la miseria del pecado original nos acompaña desde la tierna infancia, déjales que desaten su ira; unos golpes les hará fuertes.

Con esa escena, y sin saber qué hacer, salió a nuestro encuentro la abadesa y con una sonrisa nos dio la bienvenida.

—No se queden ahí, pasen; ya están listas las hortalizas para que te las lleves— y dirigiéndose hacia mí —¿y este joven es tú ayudante?

—No, me lo encontré en el ABAJADERO del barranco y como también va para la ciudad, pues me lo traje para al menos hacerme compañía.

—Haces bien, hijo, no olvides que cualquier obra buena es bien vista a los ojos del Señor, pero mira, pasen por aquí —señalando un gran patio y varios canastos con frutos y legumbres—. El carretero tomó uno, lo sacó hasta donde la carreta e igualmente tomé otro, mientras la abadesa tomó un jitomate, lo mordió como si un hambre infinita le devorara su vientre y con la boca llena, cayéndole el zumo por la comisura de los labios, llamó a otro fraile

—Eh, tú; ABAJAR las costuras que tejió la hermana Socorro.

A lo que el fraile subió por una escalera, bajó con un paquete en brazos y se lo dio al carretero y así, sin más; retomamos nuestro camino, volteé hacia atrás y la abadesa nos miraba alejarnos, parecía terminar de comerse el jitomate mientras sus manos regordetas se limpiaban sobre el hábito.

Ahora el camino que tomamos era arbolado, casi boscoso; una sombra perenne refrescaba el sendero y sólo algunos rayos de sol penetraban el follaje.

—Yo creo que el día de hoy ya no vamos a llegar a la ciudad, vamos a tener que acampar. Pensé en quedarnos en la abadía, pero esos monjes ven burro y quieren viaje, no es que uno no sea gente trabajadora, pero pues uno va con el tiempo encima y luego la comida que le dan a uno, ya está echada a perder: aunque eso sí, ellos no comen de esa, dicen que cada quien tiene lo que quiere en esta vida, o no?

—¿Usted cree eso?

—Pues sí, está en la Biblia y como diría el abad, “es la palabra de dios” y ni qué discutirle. A veces la vida no es justa, pero el Señor así lo quiso, ¿no? Pues también dicen que uno tiene lo que se merece en esta vida, o ¿no?

A lo lejos, corriendo hacia nosotros, venia un hombre, jalando un burro, y aún de lejos grito:

—¡Juancho!

—Mire, ahí viene el ABAJEÑO, pobre hombre, siempre anda a las prisas; tiene tantos hijos que el sí cumple el dicho de que la mujer como la escopeta: “tras la puerta y siempre cargada”; todo el tiempo anda de aquí para allá pidiendo favores porque siempre tiene una emergencia con sus hijos, con su esposa, con su suegra, con su no sé quién, no es que uno no necesite, pero va a ver ahorita. Le apuesto lo que quiera a que nos va a pedir algo.

Ya ante nosotros, del lomo del burro tomó un pedazo de tela y extendiéndolo en el aire miró al carretero diciéndole.

—Mira, Juancho, te vendo esta ABAJERA; salen bien buenas, te va a durar toda la vida, está bien barata; mi esposa las hizo.

—No, ahorita apenas voy a la ciudad a vender y no tengo dinero.

—No importa, luego me la pagas, total; ya te conozco.

—No, no es eso, es que tampoco necesito una.

—Órale, no seas mala onda; o usted, joven, ¿no se anima?, mire, son bien resistentes.

—No, gracias. No.

—Es que necesito dinero, la María Belén está en días y, pues, necesito dinero. ¿No tendrás que me prestes y luego te pago?

—No, pues no; te digo que voy a la ciudad y, pues, también apenas voy al día. ¿Porque no vas a la abadía?

—Sí, voy para allá.

Y entre un ademán de adiós y el disgusto en su faz siguió su camino y nosotros el nuestro.

—Ya ve, le dije que éste nos iba a pedir algo, ya lo conozco y no; pues cuidado con prestarle algo, porque es como los préstamos al gobierno; jamás vuelve a ver uno lo suyo. Por eso, como decía  mi padre, “a los pendejos como el fuego, de lejos están bien”, no es que el Abajeño sea un pendejo, bueno, quizás sí, porque sólo un pendejo se llena de hijos, no es que uno no tenga sus retoñitos, pero, pues, le va midiendo el agua a los camotes, pero, pues, él sí se pasó de pendejo. Si de por sí uno apenas va al día y eso que pues uno es trabajador, pero no; este cabrón pues no es huevón, pero no sé, a veces hay personas que todo lo que hacen les sale mal, es como si estuvieran saladas y, pues, este cabrón es uno de esos, quizás es la mala suerte, la mala estrella, su pendejez o un poco de todo; pero, bueno, no es bueno hablar de la gente porque tengo mis hijos y no me vayan a salir así de pendejos; yo espero que no, pero nunca se sabe si así se nace o es voluntad del Señor. ¿Sabrá, no? Usted disculpará tanta majadería, pero una vez le vendí una marrana cargada y viera que jamás vi un centavo —quitándose su sombrero frunció el ceño, con las uñas se rascó la cabeza—, de verdad que eso da coraje —y muy rápidamente se limpió una lágrima—, pero “el indio no tiene la culpa; sino el que lo hace compadre”.

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