EL DEMONIO DE INCIENSO BLANCO

por Edvard Pichardo

Te digo lo que vi aquella tarde. Fue algo que me dejó secuelas y, desde entonces, sufro de insomnio. Muchos te dirán que me puedes encontrar en esta taberna hasta que cierren a altas horas de la madrugada, pero Efrén, el tabernero, siempre me ofrece quedarme un rato más.

Veo que estás impaciente. Siéntate. No me importa contarlo una vez más, pero lo haré si me invitas otro trago. Hay que aprovechar al máximo la buena voluntad de las personas. Ja.

Eso es. Ya nos estamos entendiendo.

No sé si me vas a creer. La mayoría de la gente de este pueblo juzga a mis espaldas. Creo que piensan que me volví loco, pero no me importa. Que cada persona piense lo que tenga que pensar.

Ya te digo, muchacho. Aléjate de este pueblo. En cuanto puedas, toma tus cosas, arrójalas en el maletero de ese bonito coche que tienes y lárgate de este sitio. Utalmar no está hecho para que sigamos viviendo aquí. Algo malo lo infectó y nadie parece ser capaz de entenderlo.

Todo comenzó hace una infinidad de tiempo. No recuerdo, quizá ocho o diez años. Cómo pasa el tiempo, ¿no? Yo nací aquí. Mis padres nacieron aquí. Mis abuelos y los abuelos de mis abuelos. Me entiendes. Las generaciones me precedían.

Las cosas no podían ser diferentes. Era un niño, tenía alrededor de doce. Lo recuerdo porque mi voz sonaba extraña, entre la voz gruesa que hoy tengo y la voz infantil y chillona que alguna vez tuve. Mi tía se burlaba de ello. Que Dios la tenga en su gloria. Falleció de una enfermedad extraña, la gente de aquí la llama «la enfermedad del sueño», pero no nos adelantemos.

Era un crío todavía. Mi mamá me mandaba a la escuela por las mañanas y, al regresar, le hacía algunos encargos y entregas. Mi mamá tenía una especie de cocina o restaurante. Les cocinaba a algunas personas de aquí que no querían hacerlo o gente que podía permitírselo.

Las personas de aquí siempre han sido de dinero. La mayoría tiene familiares en Estados Unidos que mandan un sustento económico. Mi propio padre lo hacía cuando era más joven. Se llevó a mi mamá hace un par de años y recibo una carta de ellos de vez en cuando.

Yo hacía las entregas. Las llevaba en mi bici. Le ajusté una canasta. Amarraba los pedidos y me iba echando leches como dicen algunos jóvenes de ahora. Jerga juvenil. Nunca terminé de entenderlos.

Ese día debía ser un viernes o sábado porque mi mamá tenía más pedidos que de costumbre. Salí de mi casa a eso de las tres de la tarde. Pasé a entregar cuatro pedidos, pero, el último, no estaba dentro del pueblo, sino del vecino.

Era una entrega para una señora llamada Juana de apellido extraño. No me sorprendió que fuera del otro pueblo, por aquel entonces le decían «Nuevo Tesoro», pero, su nombre real es «Incienso Blanco». Un nombre bonito para un lugar tan feo.

Como sea, iba a ese pueblo una o dos veces a la semana. Mi mamá era una experta cocinera. Podría decir que sería una gran chef de excelencia y creo que, en los Estados Unidos, trabaja en algo así. Me sorprendió que mi mamá no me lo dijera. Siempre lo hacía porque era el último pedido que debía entregar.

Esa vez, de milagro o para mi mala suerte, fue el último pedido que hice. Si lo hubiera visto antes, hubiera regresado a la casa y le hubiera preguntado a mi mamá, pero, como estaba a las orillas del pueblo, cerca de la carretera, no me importó demasiado.

Pedaleé, salí del pueblo y me dirigí a la carretera. Por aquellos tiempos no pasaban demasiados carros. Tampoco hoy en día, pero el descubrimiento de las minas de carbón y cobre en Incienso Blanco hizo que hubiera más camiones de carga pesada recorriéndolas.

La carretera, si has pasado por ella, tiene unos tres o cuatro kilómetros de extensión plana. Es una calle de dos carriles, lineal, rodeada de puros árboles y pinos. No hace aire, pero el clima siempre es frío. Llegando al borde, hay una vuelta medio cerrada a la derecha y una subida como de un kilómetro.

Después sigue un camino sin desnivel con varias curvas y un descenso suave hasta el poblado. Si te sigues, llegas a las minas. El camino se desvía hasta su enrejado donde dos policías te dirán que es propiedad privada. Si te sigues de largo, encontrarás la conexión pérdida con la carretera federal Oaxaca – Tehuantepec.

Yo me conocía un camino alterno. No era seguro, pero, por aquel entonces, a nadie le importaba. Justo en la primera vuelta, había un camino de tierra que bajaba hasta Incienso Blanco. Era un camino inclinado con algunas curvas que llegaba hasta el lago.

¿Conoces el lago? Es hermoso a su manera. Su agua es cristalina y hay algunos peces. La gente va a pescar de vez en cuando, pero lo han dejado casi intacto. Tiene una vista hermosa. Imagínate, un lago rodeado por montañas, árboles, pinos y el canto de todas las aves que hay por aquí.

Yo llegué hasta el lago por aquel entonces. Estuve a punto de perder el equilibrio, pero mi bici, la vieja y confiable Betsy, como la llamaba, soportó todo el camino. Me detuve a respirar y admiré el paisaje.

Escuché el sonido de las aves. Todas tienen cantos raros. Hay una, en especial, que confundió a la gente de estos pueblos durante décadas, es un ave que tiene un canto similar al de un bebé llorando. Las personas creían que eran brujas y pienso que lo siguen creyendo. Pero era un ave pequeña. Es inofensiva.

¿Dónde estaba? Lo siento, chico. El alcohol me ha destruido el cerebro. Nunca inclines el codo. Tampoco fumes. Fumar es el mayor error en el que podrías caer.

Pues, bien. Me bajé de mi bici y caminé a la orilla del lago. Siempre me quedaba un rato. Lanzaba algunas piedras tratando de que hicieran brincos y me iba, pero, en esa ocasión, fue diferente.

El clima estaba demasiado frío, incluso para una tarde de primavera temprana. Cuando estuve ahí, me sentía extraño, como si alguien me estuviese observando a la distancia, pero estaba solo.

Recorrí los árboles tratando de buscar la fuente de mi malestar, pero no había nada. Creo que te sorprende esa clase de cosas, aquí, como estamos rodeados de bosque, tratamos de darle importancia a nuestros sentidos. Hay animales que podrían confundirte con sus presas y atacar.

Y, también, está esa cosa… Creo que la gente del pueblo lo sabe, aunque no hablen de ello. Toman sus precauciones y quizá lo hayan visto. Lo negarán todos a los que les preguntes, pero observa sus ojos. Verás que hay miedo en el fondo de ellos.

Como sea. Intenté quitarme esa sensación de incomodidad del cuerpo y comencé a caminar hacia el pueblo. El resto del camino era como kilómetro y medio de sendero entre el bosque. Las aves comenzaron a callarse.

Necesito que lo entiendas. Las aves no se callan. Incluso cuando están en peligro, nunca se llegan a callar del todo. Todo el día están cantando, emitiendo sonidos o llamados. Es absurda la cantidad de aves que existen por aquí como para que todas se pusieran de acuerdo e hicieran silencio.

Pero lo hicieron. Se callaron y me dejaron con el aullar del viento. La temperatura decayó. De un momento al otro estaba temblando. Incluso, al respirar, sacaba una nubecita blanca de mi nariz.

Arrastré los pies, aunque intenté avanzar lo más rápido posible. Pensé en subirme a la bici y continuar, pero el sonido de alguien pisando las hojas secas detrás de mí me impulsó a voltear.

Grité, no te lo puedo negar, pero lo que vi no era un monstruo o un ser de otra dimensión. Era un hombre. Iba vestido con una playera blanca y un pantalón de vestir. Sostenía un saco negro que se había echado al hombro.

—¿Cómo estás, chico? —me dijo.

Le vi el rostro y mis piernas temblaron. Había algo raro en su expresión. Quizá era una mueca, su curiosa forma de mirar con los ojos entrecerrados o un leve tintineo de su piel sobre su mejilla. No lo sé. Parecía extraño. Era un rostro que nunca había visto y, vaya que sí conocía a la gente de los alrededores. Somos pueblos pequeños, todos conocemos a todos y sabemos cuando llega un forastero. Y él era uno de ellos.

No le contesté y di un paso hacia atrás. Todavía estaba sosteniendo mi bici, pero lo hacía con fuerza por si necesitaba escapar.

Traté de tranquilizarme. Sabía que había personas a las que les gustaba estar en el lago, pero él no parecía una de ellas. Parecía incómodo, se rascaba el cuello y se limpiaba el sudor. Incluso, lo siguiente que dijo fue una queja sobre los mosquitos.

—¿Te comieron la lengua los ratones? —me preguntó ante mi negativa de abrir la boca.

Una sonrisa apareció en sus labios y me dejó entrever uno de sus colmillos. Era dorado. Quería irme de aquel lugar, dejar atrás al hombre y correr lo más rápido al pueblo, pero tampoco quería darle la espalda.

—¿Me puedes indicar el camino al pueblo?

Señalé con la cabeza el camino que estaba tomando y su sonrisa se ensanchó. Noté el color dorado de sus ojos, incluso diría que tenían un aspecto rojizo. Dio un paso hacia mí, pero yo di uno hacia atrás.

—Eres irrespetuoso, chico. —Alzó los hombros y su sonrisa disminuyó—. Lástima.

Se alejó de mí en dirección hacia el lago y vi como metió una de sus piernas al agua. Llevaba zapatos de vestir, parecían elegantes, pero no le importó meterlos al lago. Me subí a la bici y comencé a alejarme. Un escalofrío recorrió mi espalda, mis manos temblaron y mi bici pegó un salto.

No sé qué ocurrió. Si fueron mis nervios, aquel ser o simple mala suerte. Pero me caí de la bici. Me raspé mis manos por las piedritas que había en el suelo y mi cabeza pegó contra un tronco. Mi hombro derecho se salió de su lugar y un dolor, combinado con una sensación de vacío, se instaló sobre él.

Me intenté levantar, pero el hombro me reclamó con un chispazo de dolor. Me llevé la mano sana hasta la cabeza y también me reclamó con dolor. Había sangre, quizá poca, pero para un niño, como lo era, parecía demasiada.

Quise llorar. Nunca me había caído así de fuerte. Estaba en el bosque, con el sonido del vacío todavía rondando mis oídos. Tenía que recorrer el tramo que me faltaba para que alguien me pudiera ayudar.

Descansé un momento. Incluso creo que cerré los ojos, pero no pasó mucho cuando escuché la voz de aquel hombre de traje. No lo escuché caminar hasta mí. Su voz sólo apareció delante de mi rostro como si siempre hubiera estado ahí.

—Vaya desastre, niño —dijo.

Su sonrisa se ensanchó y me dejó ver más de sus dientes. No era la sonrisa que uno esperaría de un hombre elegante como él. Eran dientes chuecos y podridos. Estaban negros y el olor me llegaba hasta mi nariz. Tuve una arcada y resistí el impulso por vomitar.

El hombre abrió la boca y vi cómo comenzaba a partirse por la mitad. Se abrió como si fuera una boca, incluso había dientes alrededor de su piel. Vi cómo un líquido plateado se escurría entre sus fauces y no me quedé a comprobar que fuera su saliva o su sangre.

Me levanté de un salto. No me importó el dolor del hombro ni el de la cabeza. Corrí hasta casi desmayarme. Jadeé como nunca. Lo escuché perseguirme. Cada una de sus pisadas sonaba cada vez más cerca.

Te puedo jurar que, incluso, noté su respiración podrida detrás de mi cuello. Pero no volteé a verlo. Resistí esa tentación. Sabía que, si lo hacía, sería la última vez que podría ver la luz del sol.

Mis piernas se acalambraron, pero yo seguí. Incluso salté un tronco de un árbol pequeño que se había caído sobre el camino. Mi brazo pegó un tirón hacia atrás, mi pierna se enredó entre las hojas y caí de cara.

Escuché cómo esa cosa corría hacia mí. Me impulsé con mi brazo sano. Me levanté y seguí corriendo. Creo que pensé en meterme al bosque, rodear un par de árboles, intentar desviarlo, pero era demasiado peligroso para hacerlo.

Cualquier otra cosa y se hubiera acabado. Lo sentía con sus brazos extendidos casi tocándome la espalda. No me iba a permitir otro error.

Volvió a reírse. El sonido atravesó mis oídos y se instaló en mi cerebro. Se repetía en bucle, una y otra vez. Mis ojos comenzaron a ver borroso y sentí cómo mis fuerzas me iban abandonando.

Grité al ver el final del camino, pero me sentía demasiado débil para alcanzarlo. Supliqué en voz baja. Creo que recé. Las lágrimas se escurrían de mis ojos. Mi cara estaba empapada y, lo último que recuerdo, fue salir del bosque agitando mi brazo sano y gritando incoherencias.

Un hombre me vio acercarme al pueblo y corrió a ayudarme. Después me dijo que pensaba que me perseguía un oso o algo similar y no se encontraba muy lejos de la verdad.

Me desmayé. Desperté más tarde en la habitación de una mujer que conocía. Era amiga de mi mamá y ya había mandado a su esposo a traerla.

—Quédate quieto, cielo —me dijo mientras pasaba un paño húmedo sobre mi frente.

Cuando lo quitó, vi que estaba empapado de rojo. Lo metió al agua caliente, lo apretó y volvió a limpiarme. Tenía mi brazo vendado y una tira de tela sostenía mi hombro.

—Llegaste muy herido —dijo aquella mujer—. Mi marido te acomodó el hombro antes de irse.

Me sonrió, pero no me preguntó sobre lo que pasó. Eso vino después, cuando su esposo, mi mamá y la gente que administraba el pueblo me rodearon y escucharon mi historia. Nadie me creyó. Pensaban muchas cosas, desde un abuso o un oso moribundo.

Me obligaron a llevarlos hasta el lago, retrocediendo el camino que había hecho antes. Era casi de noche, pero los hombres llevaron sus armas y linternas.

Retrocedimos hasta casi llegar al lago. Encontraron mi bicicleta destrozada, pero no había rastro de mi perseguidor. No hubo huellas ni rasguños. Era como si nunca hubiera existido, pero su risa seguía dentro de mi cabeza.

Más allá, a las orillas del lago, encontramos la canasta de mi bici. La habían arrancado y estaba rota, pero, encima de ella. Estaba el paquete que iba a entregar, una tarta de fresa a la que le faltaba un pedazo.

Escuché algo más, pero me lo callé porque nadie más lo hizo, como si fuera un susurro, mientras veía la tarta y mis piernas temblaban.

—Dulces sueños.

Ahora que ya lo sabes, lárgate de aquí. Déjame solo. Te lo repito: toma tus cosas y lárgate de este lugar. La gente viene por las vistas, por las cosas bonitas que han escuchado en otros lugares, pero bajo esa atmósfera de belleza se esconde algo terrible.

La noche está cayendo y quiero tomarme dos botellas más de esto. A lo mejor así puedo dormir un rato. Escóndete antes de que caiga el sol, es cuando más se le escucha reír.

***

Imagen al exterior

Asfixia >> Técnica mixta >> Alias Torlonio

Edvard Pichardo (Estado de México, 2002) es físico egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. Escritor de ficción. Cultiva la fantasía, el terror y el suspenso en una narrativa donde los elementos cotidianos se transforman en escenarios abstractos y complejos; su mente, según él mismo describe, funciona como un filtro de ideas espontáneas que le permiten imaginar mundos enteros. Sus personajes son trágicos, de moral ambigua, atravesados por la tristeza y la depresión, y no temen enunciar una verdad cruda ni afrontar las consecuencias de sus actos. Su cuento «Un lugar en el tiempo» fue publicado en la revista El Creacionista (núm. 88). De mente inquieta y a veces terca, pero siempre dispuesta a sorprenderse, actualmente reside en la Ciudad de México, buscando, entre la neblina de un futuro incierto, su propio camino.

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