Transcurría el D de 2024, nos presentamos a la facultad de Arte Dramático. Era un caluroso mes de junio, nos evaluaron los maestros Xun Yiteng y Nixon. Ambos profesores recién llegaban a Colombia de la famosa escuela de Moscú. Xun era de origen oriental, a sotto voce entre escenas, los compañeros rezongaban: —Oriente no habla, no dice ni mu. Es China y trabajó en la Ópera de Pekín—. Yo conocía esa ópera, pero no estaba seguro si en ella actuaban mujeres.
Creo que los roles de mujeres eran interpretado por féminos hombres, que se vestían y actuaban como doncellas, practicaban el Thai chi, hasta tornasen wudan. La Ópera de Pekín era un espectáculo de marionetas humanas. La maestra, como se hacía llamar, tenía su tez pintada de polvo de arroz. Nos miraba fijamente y de vez en cuando se reía como una niña.
Mi partner era delgado, con el cabello largo y una silueta encorvada. Hablaba refinado, había desertado de Arquitectura, y ahora estaba a mi lado. Preparábamos los diálogos, pero poco le entendía, porque usaba palabras extrañas. No recuerdo todo su léxico, pero una expresión sí, la que nunca olvidaré; en lugar de decir “me entiendes”, decía “me cachas”.
Y yo sí quería cacharlo, agarrarlo, cogerlo, hacerlo mío…, desencorvarlo, acariciarlo, aplanarlo. Y mi tímida mirada, de aspirante de 17 años ya cumplidos, mis amores a él se los ofrecía, mas no me cachaba. Se hacía el marica, el descachado, el agachado, el encorvado. Pero él no quería, y a la vez sí quería, estiraba su boca, casi hasta acariciar la mía. Yo por poco me descachaba, pero el amor al arte me retenía, me contenía, me apendejaba.
Lo sentía cerca de mí, me hablaba extraño, el vaho de su boca era de menta, de toronjil, de yerbabuena, y me hacía salivar, sudar y lubricar. Nos dieron unas hojas, mal fotocopiadas, del Tartufo de Moliere. Leíamos hasta tarde y ensayábamos nuestra escena. Cuando la pudimos comprender, el pidió el personaje de Tartufo. Su deseo era triunfar en la muestra, mostrarse, desnudarse. Y yo era tímido y miedoso, como hipócrita hija de Bernarda.
No me toco a mí sino interpretar a Orgón, sin yo querer, ni desear. Sin duda, al día siguiente, él actuaría mejor que Louis Jouvet, quedando yo en ridículo, siendo objeto de burla, de lamentos. Las pruebas empezaron a las siete en punto, en el auditorio cuatro. Los compañeros cantaron, bailaron, lloraron, hicieron malabares, acrobacia y todo tipo de gestos, berrinches y maniobras. De un momento a otro, estábamos los dos en escena, solos frente al mundo.
En lo alto, como dioses del Olimpo, los maestros. Más abajo como, como siervos, sus ayudantes y aprendices, sus pupilos; estudiantes escogidos por ellos, de todos los semestres. Lamberiques, maliciosos, burleteros y chismosos. En el muro más bajo, de aquel teatrino improvisado, los kostyas, nuestros futuros e inexpertos compañeros de teatro: mentirosos, ingenuos, intérpretes mañosos y petulantes.
Y él y yo en la escena, las luces, las sombras, el temor adentro. Y yo muriendo de deseo, lívido como las montañas de Vijes. Deslechado por mí mismo, en vela por ahorcar de varias formas el ganso. Y la maestra Xun dio una orden, un deseo, una frase imperativa. Y un eco de murmullos empezó de arriba hacia abajo, y todos quietos, expectantes, anhelando la caída del héroe en las tablas.
Si mal no recuerdo, con los años, pidió que cambiáramos de roles; yo, Tartufo, y que él representara a Orgón como doncella. El rostro de Xun brilló un momento, al recordar a lo mejor los Dan que, como en las viejas Óperas de Pekín, danzaban. Y el cuerpo de mi compañero de tablas quedó inerte, y su voz tembló de espanto, al creerse por mí, comido. Empezó a sudar, y el eco de las risas, de las mofas y silbidos ascendió rápidamente los escalones de cemento.
Entonces, jugué su espanto, y lo traté como una dama que, penosa, le teme al deseo.
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The yellow shirt (Dora Maar) >> Pablo Picasso
Martín Giraldo es actor, dramaturgo y director de teatro colombiano. Ha trabajado con destacados creadores de trayectoria nacional e internacional, incursionando también en el ámbito audiovisual. Es cofundador de la Fundación Cultural Satiricón, reconocida por sus montajes centrados en la diversidad sexual y de género. Como actor, ha participado en obras como Las criadas, A puerta cerrada, El divino y Satiricón. Como director, ha liderado montajes como A puerta cerrada, Si tú me dices ven y El lugar sin límites. Su trabajo escénico se construye desde procesos de creación colectiva, donde confluyen la experiencia, el texto dramático y la búsqueda expresiva de los intérpretes. Como investigador teatral, ha publicado sobre arte escénico, performance y pedagogía en revistas nacionales e internacionales. Su propuesta artística se caracteriza por un diálogo constante entre escena, pensamiento crítico y formación, explorando las identidades alternas y el teatro latinoamericano como territorio de memoria, sensibilidad y transformación. Escribe poesía y cuentos cortos. Ha leído a Juan Rulfo, Garcia Marquez y Lorca, entre otros. Su obra se orienta al reconocimiento de voces latinoamericanas que reflexionan sobre temas universales como el amor, la mujer, el sufrimiento y la marginalidad, entendiendo el teatro como un espacio de encuentro, cuestionamiento y emancipación.
