HECHIZO PARA TRANSMIGRAR AL ORO (2/2)

por Héctor Vargas

Viene de «Hechizo para transmigrar al oro (1/2)»

XVII-I

Para los diecisiete años de Zorro, la bruja organizó una albercada con cena sorpresa a la que invitó también a su padre. Escucharon música y disfrutaron la velada junto a la piscina. Papá Zorro permaneció con los pies en el agua, para cumplir con el concepto. A las horas miró el reloj y dijo retirarse por cuestiones de trabajo.

La bruja se apartó cuando padre e hijo se despidieron en un abrazo, mirándolos a la distancia y guardando el recuerdo, como quien hace su equipaje y rememora, al mismo tiempo, la nostalgia de estar lejos cuando aún no ha partido. Aquella unión le recordó a Eloísa, en quien Luna, la bruja, creía haber nacido nuevamente. La jovencita había logrado preservarse hasta entonces, un tanto por su aferro a la vida y otro tanto por las costosas brujerías médicas que resarcían el hilo de su existencia. Era ahora una mujercita hecha fuerte a expensas del dolor. Había migrado, desde hacía un año, a los Estados Unidos para recibir atención médica, y esperaba a ser intervenida, lo que significaba que Luna estaba a punto de partir, pero no se lo había confesado a Zorro. Era extraño aquel sentir en su pecho de querer mantenerlo cerca. Le vivía agradecido porque su presencia le hacía más soportable la lejanía. Una lágrima corrió por su cara que se mostraba sin el maquillaje cargado que usualmente usara, el cual tampoco necesitaba: a sus casi treinta años conservaba el esplendor y la figura que volvían loco a cualquiera.

Cuando Zorro hubo despedido a su padre, se acercó a ella; quien escapó riendo hacia la piscina para confundir las lágrimas. No quiso arruinar el momento, ni mostrarle la sustancia más frágil del que están hechas las brujas. Convivió con Zorro hasta caída la noche, haciendo uso de sus reservas de felicidad.

Al término de la fiesta, la bruja aguardó sentada en la mecedora de siempre, para despedirlo, arropada aún con la bata de toalla. Las luces del alumbrado público se habían encendido. Muy pocas estrellas se distinguían bajo la oscuridad del patio frontal; era la ocasión que más tarde vería partir al joven que había guiado con alguna receta, consejo, lectura o motivación musical a que conociera el mundo. No había secreto guardado para aquél que había dejado de ser un cachorro, conocía hasta lo más íntimo de su alma, la que no se puede desnudar a cualquiera.

—Zorro —llamó Luna al joven, antes de llegar a la cerca—, ¿quieres una golosina?

El joven regresó hacia ella y, cuando estaba a punto de tomarla de sus manos, la bruja abrió la bata para mostrarse desnuda. Colocó un dulce en su boca y un chocolate en la entrepierna, cerrando un ciclo dejado diez años atrás.

—Ya conoces las reglas —agregó.

El joven Zorro decidió pensativamente por el chocolate y al imaginar el roce, con su piel desnuda, sintió un destello electrizante que recorrió su cuerpo; desatando el embrujo para el que había sido destinado. Pudo casi sentir la excitación erizada en sus manos, viajando a lo largo de sus curvas. Se sujetó a esa sola imagen, recordando la primera vez que entendió el secreto que se guardaba en esa casa, cuando alejado de su inocencia admiró el cuerpo desnudo de la sibila nadando, sin sospechar que, tras la vegetación, un corazón juvenil ardía por ella. O quizá sí lo sabía, pues recordaba una insinuación, no era imaginaria, al rebobinarla la concebía llena de luz, como el destello que esperaba desde chico de saber que la hechicera sentía algo por él. —Si te gustan las brujas —decía Luna en el halo—, tendrás que conformarte con amar a una de ellas, pero debes saber que nosotras amamos a sólo un hombre y que para cada bruja hay una sola posibilidad de encontrarlo. Yo encontré al mío, siendo muy pequeño, y no pude sino hacer, en mi intento, lo posible por enseñarle a tratar bien a las brujas —terminó.

Zorro hizo un stop mental a sus pensamientos, y dejó que la razón lo guiara por el beso dulce en la boca de ella, dejando la exquisitez del chocolate para otro momento en que estuvieran dentro de las leyes establecidas.

—Eres todo un caballero —afirmó levantándose de la mecedora.

Lo besó de nueva cuenta, esta vez de pie, entregándole un sí a la pregunta que se hacía Zorro desde siempre. La bata cayó al suelo y se unieron en un abrazo palpitante; los dos corazones desbordaban, pero supieron esperar. Al separarse se vieron a los ojos, sin temor a exponerse, luego Zorro dio la media vuelta y ella lo vio partir por última vez.

XVII-II

La llegada del siguiente domingo fue desesperante para el joven Zorro, no había dormido por apresurar el tiempo, lo que hizo todo lo contrario. Al llegar la hora habitual, tomó las llaves, corrió hacia el farol y abrió atropelladamente para llegar hasta la piscina. Se alegró de que estuviera relativamente limpia. Buscó la escoba que dejara a un lado del estante de utensilios, pero, como mal augurio, sólo encontró el trapeador. Se guió entonces al interior de la casa y, para su sorpresa, estaba vacía. Los cuadros, los muebles, el tocadiscos, todo había desaparecido como por arte de magia. En los cuartos estaba el recuerdo de ella, pero no su presencia. Buscó desesperadamente hasta en la habitación de oscuridad azulada, donde tampoco la encontró. Salió nuevamente a la piscina, luego al patio frontal, hasta llegar a la cochera. El Mustang 78relucía con nueva pintura, le había preguntado la bruja, en una ocasión, que de qué color le gustaban los caballos, y él contestó que palomino: ese era su nuevo color. En su interior encontró las llaves y una carta. En la cajuela encontraría discos de jazz, una selección de libros que Zorro marcara como favoritos y un tornamesa. Abrió la guantera por indicaciones, sustrajo una llave plateada y lloró insaciable por tener que esperar a que las predicciones escritas, a puño de bruja, se cumplieran cabalmente.

XVIII

El amor es complejo, para materializarlo se solicita de un acto de fe entre dos almas. El apego inicia influenciado por variables desconocidas. Hay quienes creen que forma parte de un destino establecido, otros que se busca hasta encontrarlo y hay quienes, de plano, no creen en su existencia. El amor no conoce límites, todo lo puede, no se deja influenciar por manipulaciones, ya que por sí solo el amor es un embrujo. El amor, cuando verdaderamente se da y se reconoce, no necesita tiempo para cristalizar, se concreta en un abrir y cerrar de ojos, debido a la sustancia que lo mantiene.

Había pasado un año, desde que la bruja, María Luna, había abandonado la ciudad. Se había cumplido el ciclo estipulado en la carta, para que Zorro montara su Mustang color palomino, y decidiera buscarla. No había duda para el buen Vulpino, que la seguiría hasta el fin del mundo, su único temor era que ella no estuviera dispuesta para el amor.

«Querido Zorro —iniciaba la carta—, estoy segura que mi desaparición planeada te tomó por sorpresa. No quería que la noticia empañara el último momento que quería pasar contigo. Eloísa, como bien sabes, está a la espera del donador en EEUU. Estaré con ella, en estos momentos, y me excluiré de todo por un tiempo. Antes de continuar con esta carta, debo hacerte una confesión, querido Zorro: aquel primer día que nos conocimos, sin querer te topaste con una verdadera bruja, de las del tipo que querías conocer. ¿Recuerdas aquella ocasión en que me dijiste que convertir plomo en oro no era una quimera alquimista, sino que se podía producir verdaderamente? Bueno, pues estoy a punto de hacer la mejor de mis brujerías, pero para eso tendrás que ser paciente y esperar. Hagamos un pacto entre Bruja y Zorro, si tu interés por mí sigue vivo, de aquí a un año, búscame en mi pueblo: El Malinal, Nayarit; allí te esperaré y tu edad, para entonces, ya no será un impedimento. En la cajuela dejé las cosas mías que te pertenecen: discos de jazz, tus preferidos, los libros que marcaste como favoritos y un tornamesa para asegurar que me recuerdes en esta ausencia. Cuando llegues a El Malinal, encontrarás el resto de lo que te pertenece, pero para ello, tendrás que esperar como antes dije. En la guantera está una llave que abrirá una sorpresa, mi brujería mayor, con la que recordarás el pacto entre tú y yo. Cuélgala en tu cuello, como parte de la promesa. Debo advertirte que debes iniciar el viaje sólo si estás seguro de amarme, ya que para que el acto surta efecto no debe haber cabida para la duda. El camino para llegar a la hacienda en El Malinal es confuso, pregunta cuando estés cerca por mi padre, Rodrigo Xalisco, cualquiera te dará instrucciones. Se despide, la siempre tuya, María Luna, la Bruja».

Con la cachucha calada inició temprano el viaje. Traía varias casetes grabados de los discos de jazz, la llave al cuello y un largo camino por recorrer. Recordaba la carta casi de memoria, y no dudaba que la brujería tendría que surgir efecto. Con la música le vinieron los recuerdos de más de diez años de haberla conocido. No recordaba, en sus pensamientos, quién le había dicho que tras el farol rojo, había una bruja, pero agradecía a la casualidad o lo que fuera, y el haber sobrepasado el miedo de tocar a la puerta.

Después de dos días de camino, con sus respectivos descansos, arribó a Tepic, Nayarit, de noche. Estaba deseoso por llegar, pero quería hacerlo con el mejor semblante y no con la desesperación del día en que la bruja había desaparecido. Despertó temprano al siguiente día y, cuando daba a la salida, fue abordado por un viejo en el camino. Le dijo que, para que no se perdiera, lo encaminaría hasta el poblado, que llevaban el mismo rumbo. La compañía le fue grata. Cuando supo que iba a casa de los Xalisco, el viejo le dio buenas noticias. Hacía poco tiempo, la hija mayor, Luisa, a la que apodaba La Tosca, había encarado a Juan Luis Prieto —quien fuera el que se quedara con los cafetales y la fortuna de Rodrigo Xalisco—, para jugarse un doble o nada: Iba la hacienda, que aún les pertenecía, contra las tierras y el dinero perdido por su padre. Juan Prieto aceptó con la condición de que no se incluyera el dinero, sólo cafetales contra hacienda y que se jugara con el caballo que ella conservaba, uno fino, pero que por cuestiones de mala alimentación, llevaba las de perder. Luisa aceptó el trato y ganó sin vacilación. Después de la llegada de su hija de Estados Unidos, se topó con la sorpresa de que su madre era toda una cafetalera. El jinete de Prieto se dio a la fuga, dicen que vive bien en alguna parte, que la hija menor de Rodrigo Xalisco le hizo un buen ofrecimiento, pero nadie lo puede asegurar, porque María Luna, la menor de las Xalisco, andaba fuera del país cuando la apuesta, acompañando a Eloísa en lo de su operación del corazón.

—Por cierto, joven —agregó el viejo, ¿qué lo trae por estos lugares?

—Vengo buscando, precisamente, a María Luna —contestó entusiasmado.

El viejo cambió su semblante y le pidió bajar del carro.

—Yo aquí me quedo, joven, muchas gracias, aquélla que se ve a lo lejos es la hacienda de los Xalisco —dijo y sonrió afablemente.

Zorro se guió hasta la hacienda y entró por el portón mayor. Al bajar del auto se dirigió a una puerta, bajo un sotechado, rodeado de macetones. Tocó tímidamente y salió Luisa atropelladamente, sin darle importancia a su presencia y maldiciendo; a los segundos la vio salir de la hacienda, sobre un caballo verdadero. En el segundo intento, al llamar a la puerta, salió la abuela Juana, caminando tambaleante. Se acercó a su cara para distinguirlo.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Soy Zorro, busco a María Luna —respondió.

—¡Ave María purísima! —expresó efusiva.

La vieja lo tomó en un abrazo, llorando emocionada y le habló en sollozos, sin darse a entender.

—¡María, hija, Zorro ha llegado! —gritó dirigiéndose al interior.

La puerta cerró nuevamente y Zorro no hizo por entrar, esperó y al sentir que había pasado un tiempo considerable, levantó la mano para volver a tocar. La puerta abrió sorpresivamente, y miró a una joven hermosa, muy parecida en sus facciones a la bruja. De su cuello colgaba un cofrecillo en forma de corazón. Sonrió al verlo, con ojos exaltados, y manteniendo sus manos al frente, sin poder hablar.

—Soy Zorro —dijo el joven al notar su estupor—, busco a María Luna.

—Estuvo esperándote todo este tiempo —respondió la joven.

—¿Y dónde está ahora? —preguntó sobrecogido ante tanto misterio.

La chica soltó un botón de su blusa, le tomó la mano temblando, y la dirigió por el espacio liberado para que tocara una cicatriz en su pecho, y que sintiera un corazón preñado que latía fuerte en su presencia. Después de un momento de silencio que lo explicaba todo, se sujetaron en un abrazo consensuado, como si el conocimiento mutuo que se diera de palabra por parte de la bruja, se los permitiera, para reiniciar un nuevo conjuro.

XLV

Dicen que para transmutar a oro a partir del plomo, se necesita modificar su núcleo atómico, que tres protones de más lo separan de la perfección, pero que el proceso es más costoso que conseguirlo de la naturaleza misma. Cuando la bruja, María Luna, decidió amar a Zorro, sabía que el proceso sería caro, pero, después de tanto sufrimiento, estaba dispuesta a pagar el precio por saberse relucir en un gramo de amor puro y verdadero. Yo nunca he dudado del amor, y menos ahora que ha pasado el tiempo y veo los ojos de María Eloísa, sentada en la mecedora, con un café en sus manos para despedir a Zorro, de camino al campo. Todas las mañas, el viejo Zorro monta su palomino, el de a deveras, y despide de beso a su amada Eloísa. Nunca en sus piensos, de camino a la labranza, ha dejado de tener fe. Aprendió desde hace mucho que el embrujo, al que llaman amor, a veces se ocupa de la consecuencia de la lógica para llegar a existir.

***

IMAGEN

Returning to the Foxs Lair, 1896 >> Heywood Hardy

Héctor Manuel Vargas Núñez nació en Benjamín Hill, Sonora, el 16 de julio de 1972. A la  edad de cuatro años, después de desordenar los tipos de una regla de composición de  una imprenta mecánica, fue llevado a Puerto Peñasco, Sonora. A los diecisiete años, en un viaje en un barco camaronero, después de un intenso día de labores, decidió por las letras que lo aproximaran a explicar lo que vivía. Escritor intuitivo, inició a colaborar, a finales de los noventa, en la sección de música de la revista Ahí Tv’s. Debido a la apertura que otorga internet fue publicado, a principios del dos mil, en la página Ficticia.com. En la actualidad colabora, desde septiembre del 2015, en la revista digital Sombra del Aire, con los seudónimos de Equum Domitor y Eleuterio Buenrostro.


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