HECHIZO PARA TRANSMIGRAR AL ORO (1/2)

por Héctor Vargas

VII-I

A sus escasos siete años, un corazón infantil, llamado Zorro, veía a través de la ventana de su dormitorio. Lo venía haciendo desde que le dijeron que por la calleja se distinguía un farol rojo, sobre una puerta, que prendía a horas altas de la noche y que en ese lugar habitaba una bruja. Había visto a mujeres entrar temprano y salir de madrugada, mucho antes que los hombres acostumbrados a llegar a hurtadillas y por poco tiempo, pero no recordaba haber visto a la que señalaban como la bruja mayor.

Con la intención de conocerla, un domingo por la mañana, aprovechando la pereza del día, tocó a la puerta y regresó corriendo a su casa. Se refugió tras la cerca, observando por un orificio entre maderas; lo hizo un par de ocasiones. Al alzar la mano, en el tercer intento, la puerta abrió y fue sorprendido por una mujer vestida en una bata, color rojo, que traslucía su cuerpo semidesnudo. El primer hechizo, ejercido por su encanto, fue dejarlo inmóvil, suspendido en un calor hirviente, sobre el rostro, que le contuvo la respiración.

—Pasa —ordenó la bruja.

Siendo apenas un niño, obligado a sus poderes, no hizo más que obedecer. Se introdujo al aquelarre atenuado en iluminación por focos cubiertos con frascos de crema Nivea, que generaban una oscuridad azul violácea. Una escalera conducía a un segundo piso enfilado de cuartos que permanecían a puerta cerrada. El aire se respiraba en una mezcla de cigarro y alcohol.

—Toma asiento, jovencito, ¿cómo te llamas? —preguntó la dama, en voz dulce, dirigiéndose a un vestidor dentro de la misma planta.

—Me llamo Zorro.

—¡Te llamas Zorro!, ¡no bromees! —exclamó alzando la voz para ser escuchada—, ¿así te pusieron tus papás?

—Creo que fue mi papá —afirmó—… Mamá murió cuando nací.

La bruja regresó vestida con un short corto, y una blusa ajustada al cuerpo, sin sostén. Su figura discrepaba a la supuesta en una mujer marcada por la fealdad de sus actos.

—¿Por qué tocaste a la puerta?

—Quiero aprender brujería —indicó Zorro como primer recurso.

La joven se sentó, frente al inocente, pensativa, sujetándose el cabello con una liga. Cruzó las piernas, apoyando después sus manos sobre el brazo de un diván.

—Supongo que te dijeron que yo era una de ellas —inquirió, observando que asentía con la cabeza—. Me gustaría ayudarte, porque eres un buen niño…

—No soy bueno —refutó negando con la cabeza.

—Las brujas vemos más allá de las apariencias, jovencillo, —indicó sonriendo— además ya me lo habías confirmado…, hace unos días un hombre intentó subirme a la fuerza a su auto y le pegaste con una bola de beisbol en la cabeza.

El pequeño Zorro recordaba el acto, no era imaginario, sin embargo al rebobinarlo lo concebía ensombrecido. Veía la silueta del hombre doblado por el dolor y a ella: reluciente, en un vestido ondeado por el viento; observándolo a la distancia. Pensó que estaba perdido, que anticipadamente había puesto la vista en él para hechizarlo.

—No sabía que era usted.

—Eso tiene más mérito, sin embargo, debes saber que la vida de brujos no es muy buena; se sufre mucho. Somos tratadas mal por la gente que nos juzga sin saber.

—No me importa —contestó valeroso.

—Bueno. Tu primera enseñanza será saber que en la vida todo tiene un precio. Tendrás que venir los domingos, que es un día santo, y estarás protegido —dijo señalándolo con el dedo—. Realizarás labores de limpieza en el área de piscina. Te pagaré por ello, y al mismo tiempo te iré introduciendo en estas cosas de la brujería —dijo haciendo una seña de desinterés con sus manos—, ¿estás de acuerdo? —preguntó.

Al responder afirmativamente, fue guiado hasta una piscina vacía, rodeada de un jardín adornado con focos de colores.

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El buen Zorro era un niño introvertido, que desde que aprendiera a leer y escribir, se refugiaba en cuanto libro o revista encontraba en su casa. Disfrutaba, tanto, de los libros de puras letras —como él decía—, como de las revistas baratas de vaqueros que su papá compraba. Sus preferidos eran unos escritos de vieja alquimia, encontrados al interior de un viejo baúl que atesoraba y las revistas de color ocre que tenían imágenes que le hacían pensar en aventuras en el viejo oeste, acompañado, siempre, de una bella damisela. Antes y después de la escuela pasaba el día solo. Había aprendido, desde chico, sobre obligaciones en el hogar. Procuraba terminar temprano y no dormía hasta después que su padre llegaba; acostumbraban cenar comida de la calle. Los sábados eran de descanso, los utilizaban para convivir, tratando de rescindir con calidad el único día que permanecían juntos.

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Para la hora en que la piscina relució limpia, fue llamado al comedor. Zorro y Bruja disfrutaron de una rica comida preparada por ella. Al terminar, el joven se levantó de la mesa, cargando con los platos hasta el lavabo. La hermosa bruja le entregó cinco monedas heptagonales, de diez pesos, como primera paga y lo condujo hasta el porche que daba al frente de la casa.

—El siguiente domingo puedes llegar por el callejón si quieres, ya que queda tras tu casa, pero siempre saldrás por aquí —ordenó.

El jovencito asintió y se guio por un camino entre macetas que daba a la calle, mientras la bruja tomaba asiento en una mecedora de madera. Antes de cruzar el cerco, ella lo llamó.

—Jovencito, ¿quieres una golosina? —preguntó.

El inocente volvió hacia ella, decidido a aceptarla. Cuando estuvo cerca, la bruja colocó un dulce en su boca y un chocolate en la entrepierna, sobre el short.

—Debes tomar el que gustes con tu boca —ordenó.

Zorro decidió por el dulce y al roce de sus labios sintió una descarga que recorrió todo su cuerpo, desatando, de nueva cuenta, el calor en el rostro.

—Eres todo un caballero —afirmó la bruja—, te espero la próxima semana.

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VII-II

Al siguiente domingo, Zorro regresó puntual a sus labores. Tomó la escoba y el trapeador que dejara al lado de un estante con utensilios. Secó el suelo húmedo, removió lo que flotaba sobre la alberca y barrió las hojas secas. Acomodó las sillas de sol, tiró los desechables y las sobras de comida que se habían dado de la noche anterior. Dispuso las toallas en un estante de ropa sucia. A las pocas horas el sitio se vio levantado. Retiró por último las bolsas de basura y dio un último vistazo a su logro.

La bruja lo esperaba al interior de la casa. Esta vez tenía todo listo, sobre la barra de la cocina, para preparar comida. Vestía formalmente con un pantalón blanco acampanado y una blusa de cuello holgado. Se le notaba jovial, lo que la hacía verse de mejor talante que la semana anterior. Dentro de la casa se escuchaba un swing de jazz que entonaba el Moanin, de Art Blakey, marcado por una tonadilla sencilla de piano, adornada por saxofones y trompetas.

—Estuve pensando toda esta semana en ti, cachorro, en cómo iniciarte en las artes de la brujería. El día de hoy aprenderás algo que hará que cualquier bruja caiga rendida a tus pies —indicó.

El chico observó que la pócima llevaba sustancias comunes: carne de un ave parecida al pollo, pero de menor tamaño, algas, papas, especias y vino.

—Esta fórmula es la adecuada, porque mezcla los cuatro elementos que componen a una mujer —dijo.

Concienzudamente y con paciencia, le enseñó a partir las papas, para después hervirlas al vino. Guisaron aparte el ave e integraron los elementos, a fuego lento, en un caldo de algas.

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Cuando hubieron terminado de comer, después de recibir su paga, Zorro se dirigió a la salida y se detuvo, antes de cruzar el cerco, para encarar a la Bruja que lo observaba desde la mecedora.

—No eres una Bruja de verdad —afirmó mirándola a los ojos.

—No del tipo que esperabas —contestó sincerándose—. Me dicen así por otros motivos que entenderás después, pero creo que tú tampoco venías como aprendiz.

—No, pero sí me gustó cocinar y escuchar música y que me dejaras hojear tus libros.

—Puedes seguir viniendo si quieres, pero debe quedarte claro que yo no soy tu mamá, jovencito.

—Eso lo sé —afirmó Zorro—, si hubiera conocido a mamá, estoy seguro que la hubiera querido diferente de como siento que te quiero a ti —afirmó y dio la vuelta para que no observara su cara que se empeñaba en dar a notar su timidez.

La Bruja sonrió y lo vio partir. Se quedó un instante más en contemplación. Encendió un cigarro y lo caló lentamente, aceptando una placidez no muy común en sus días.

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María Luna era el verdadero nombre de la Bruja mayor. Llevaba un año instalada en la ciudad. Era la meretriz dueña y encargada del sitio. Había salido de un pequeño pueblo del estado de Nayarit. Sus responsabilidades, a partir de que muriera su padre, un terrateniente cafetalero, fue la de cuidar de su familia, comprendida por su abuela Juana, una mujer en edad adulta y enfermiza; Jacinto su hermano, que estudiaba la preparatoria y que intentaba ayudarla cuando terminara la universidad; su hermana mayor Luisa, llamada la Tosca, empeñada en levantar la tienda endeudada de su padre y a su sobrina María Eloísa, hija de Luisa, la cual a sus seis años se debatía por mantener un corazón inestable y que requería de una operación costosa. El endeudamiento por juego de su padre terminó por quitarles los cafetales. Luna había decidió viajar al norte, para trabajar y mantener a su familia, lo cual logró debido a la hermosura de su cuerpo. Pagaba una renta mensual por una casa lujosa que convertía en prostíbulo por las tardes, y se continuaba hasta la madrugada, con el último cliente que apagaba el foco rojo de servicio. Se administraba lo mejor posible y destinaba una parte de las ganancias para la operación de Eloísa.

Las intenciones para con Zorro, por parte de Luna, no eran malas. Sus compañeras de oficio le habían contado sobre el chico, y le guardaba aprecio, no sólo por su historia de no tener más familia que su padre, sino desde que inocentemente lanzara la pelota de béisbol contra el hombre que la forzaba a subir al carro, en horas en que fungía como dama, ante la mirada de extraños que no reaccionaron a ayudar. Está demás decir que Luna era una mujer combada por el destino, pero nadie dudaría, ni siquiera sus compañeras que la conocían mejor, que tras aquella Bruja existía una mujer de gran corazón.

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Al terminar su cigarro se introdujo a la casa. Comenzó a quitar cuadros explícitos sexualmente que podría, el pequeño Zorro, no entender a su corta edad, pero que no quería explicar cuando preguntara sobre ellos. Había empezado a conocerlo y sabía del carácter curioso del vulpino. Fue al estante de los libros e hizo por retirar algunos títulos, dejando los que pensaba podía entender. Al recordar que de pequeña, a ella no le habían restringido la lectura, y que hubo algunos que entendió mucho después, los volvió a su sitio, reacomodándolos solamente, para que Zorro les diera alcance cuando su curiosidad sobrepasara al estante de menor altura. De la entrada de los domingos para Zorro, por el lado del prostíbulo, no se preocupó. Ideó apagar ese día, junto con el farol rojo exterior, los focos azul violeta, y dejar abierta únicamente, la puerta que lo comunicaba a la piscina, donde en dos fines de semana había trabajado, guiándose, después, al interior de la casa, donde la verdadera Luna mantenía sus secretos, paralela a su vida de Bruja, y que pocos conocían desde el interior.

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X

A pesar de la escasa salud de Eloísa, procuraba mantener la alegría en su rostro. Le había tocado vivir la época en que los corazones se negaban a ser aceptados en cualquier cuerpo. A sus nueve años no tenía historias que contar, sino la de haber sido rechazada, por edad, a recibir un corazón y la de mantenerse tambaleante ante la muerte. Tras la puerta escuchó a su madre y a tía Luna discutir sobre su fragilidad. Con gran esfuerzo llegó hasta la ventana, haciendo oídos sordos a lo que pensaba se decía de ella. Tomó los utensilios, continuando con un dibujo de un pura sangre inglés, basado en el único que pastaba en los corrales de la hacienda. El exterior, limitado por el ventanal, le ofrecía más posibilidades que aquella cama que se hacía una con ella. Mantenía una estrecha relación con tía Luna, a la cual le tenía aprecio. Los domingos, por las tardes, hablaban horas al teléfono sobre un futuro de ilusiones. Lo hacían desde que había partido al norte, con la intención de juntar dinero para su operación. El fallo la haría regresar a la ciudad con la esperanza de que el corazón de Eloísa creciera y que los resultados en trasplantes fueran más eficaces, para asegurar un mejor intento. Aquello le hacía quebrar la promesa de que se quedaría con ella. Ante la ausencia de hijos, María Luna había elegido dar todo por la chiquilla, prohijándola de sentimiento y palabra, como suya.

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Los gritos, que se negaba a escuchar, no eran de reproche, sino de impotencia por parte de su madre.

—¡Si yo pudiera darle mi corazón se lo daría! —gritaba efusiva.

—Si fuera el caso también lo haría —consoló Luna—, pero no es necesario, es cuestión de esperar, lo cual también es bueno.

—¿Esperar a qué?, a esperar por su muerte —renegó Luisa.

—Eloísa es una niña muy fuerte.

—Sí, pero yo soy su madre, la que debería estarse partiendo por ella y no tú. Si supieras la desesperación que esto me ocasiona. ¿Por qué no le pedimos a Jacinto que le done el corazón? Quizá el de él sea compatible, ¡que sirva de algo el inútil! —gritó desquiciada.

Luna la tomó en los brazos para consolarla. La abuela Juana mantenía su vista en las cuentas de un rosario, tratando de contener con rezos la rabia desatada, los cuales tuvieron resultados: de un instante a otro la calma se adueñó de la casa. Luisa se desvaneció sobre un viejo sillón, devastada en un sollozo silente. Jacinto apareció tras la puerta, fingiendo llegar de la universidad. Le propinó un beso a su abuela y otro a Luna, pero no a Luisa; continuó de largo hasta su habitación. Luna lo siguió para seguirse al de Eloísa. La niña había regresado a la cama y también fingió, como Jacinto, no haber escuchado.

—Hola, preciosa, ¿cómo te sientes? —preguntó sonriendo.

—Hola, tía Luisa, un poco mejor. Estaba pensando que no debes de sentirte mal por no poder quedarte. Cuando mi corazón esté bien, podremos estar juntas —dijo, aceptando un abrazo e intercambiando sonrisas, para no mostrar cada quien su aflicción.

El corazón de Luna había sido hasta entonces un corazón fuerte, forjado por menguantes que en vez de hacerla maldecir, la habían hecho buscar la mejor opción de la vida.

—¿Cómo es el norte, tía? —preguntó la chiquilla, tratando de desviar la atención.

—El norte es muy bonito, hija, se vive caro, pero también ronda más el dinero. Allá no trabaja quien no quiere —dijo sentándose en un reclinable a un lado de la cama.

—¿En qué trabajas allá? —preguntó.

—Soy una bruja que a veces lleva felicidad a las personas y a veces las destruye —dijo pensativa y sonriente.

—Eres de las brujas que saben leer la mano.

—Sí, mi amor, tengo esa habilidad también —contestó cerrando los ojos.

—¿Puedes leer la mía? —preguntó, mostrando la palma boca arriba.

—Por supuesto —afirmó reincorporándose y tomándole la mano—. Tienes una línea de vida muy larga y bien marcada —dijo señalando el surco entre pulgar e índice—, lo que me dice que tendrás vida plena y el corazón que necesitas.

El apoyo de la mano frágil, sobre la suya, la hizo pensar en su propio destino; en vivir maldecida en uno que no quería para sí misma. Por primera vez sintió repudio por la vida que le había tocado, aunado al rechazo de las causalidades que le había acarreado la muerte de su padre.

—Sí —afirmó tajante—, además de eso, esta otra dice que tienes el futuro asegurado y que encontrarás el amor en un hombre bueno, mi niña.

Luna miró a través de la ventana del cuarto que fuera suyo, y pensó en las pequeñas cosas que extrañaba de su pueblo: la tranquilidad de la noche, el aire limpio, la familia cercana. Cerró los ojos para descansar en su sitio predilecto.

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Esa misma tarde la bruja tomó un vuelo de regreso a la ciudad. Zorro la esperaba en el aeropuerto, con su auto Ford Mustang 78, color negro, conducido por su padre. El jet lag no le era significativo a Luna, como las cosas que marcaban a la ciudad de un ambiente diferente al de su pueblo y que había omitido decirle a la pequeña Eloísa: en el norte el aire era menos respirable, la vida se vivía más rápida, y si lo permitías se perdía el alma en soledades. El abrazo de Zorro, acompañado de la mirada comprensiva de su padre, le fue satisfactorio para sentir que algo valía la pena en la urbe.

IMAGEN

Returning to the Foxs Lair, 1896 >> Heywood Hardy

Héctor Manuel Vargas Núñez nació en Benjamín Hill, Sonora, el 16 de julio de 1972. A la  edad de cuatro años, después de desordenar los tipos de una regla de composición de  una imprenta mecánica, fue llevado a Puerto Peñasco, Sonora. A los diecisiete años, en un viaje en un barco camaronero, después de un intenso día de labores, decidió por las letras que lo aproximaran a explicar lo que vivía. Escritor intuitivo, inició a colaborar, a finales de los noventa, en la sección de música de la revista Ahí Tv’s. Debido a la apertura que otorga internet fue publicado, a principios del dos mil, en la página Ficticia.com. En la actualidad colabora, desde septiembre del 2015, en la revista digital Sombra del Aire, con los seudónimos de Equum Domitor y Eleuterio Buenrostro.


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