EL ENSUEÑO

por Roberto Marav

Por Roberto Marav

Entré por iniciativa propia. El lugar guardaba el aire familiar de la nostalgia y también estaba distante y brumoso a mi recuerdo. Aún no llego a entender quienes eran realmente mis guías. el ensueñoMis ojos los habían reconocido como una pareja de viejos amigos, sin embargo la sensación de su presencia se desdibujaba furtivamente en la amplitud del espacio que de mí se apoderaba. Creo haber pasado a recorrer todos los cuartos, pero tengo un cierto temor a recordarlo en este momento tan temprano. La tristeza y el temor se apoderaron de mí como acompañantes de sillón en una tarde solitaria.

La voz empezó a hablarme como si lleváramos largo rato conversando, como si fuera un maestro en la hora irreversible de la prueba máxima para la voluntad y la conciencia del ser humano. Arrojado al vacío del abismo, flotaba entre las ánimas del hombre y sus más oscuros secretos suspendidos en un campo terrenal limitado por la densa neblina de lo desconocido. El desaliento aquí es total y definitivo, como la mortaja de la verdad circundante. Es un páramo de yerbas marchitas y olmos calcinados por las llamas del rencor ajeno y trepidario que se extiende como una braza de enfermedad insensiblemente mortuoria.

Supongo que no era tan ajena mi presencia en este campo desolado, pues una sombra parecida a mi consciencia lloraba lágrimas vergonzosas de pequeños intervalos concebidos en la oscuridad del tiempo tormentosamente perdido. El cielo rojo cerrado por millares de nubes amenazantes se extendía hasta lo infinito de la amargura, gritando sus truenos y escupiendo a las caras de los engendros que allí nos encontrábamos. Sólo volteé a verlo por la invitación que me hizo el guía, una hermosa dama convertida ya en una vieja encapuchada y marchita como la edad del tiempo en la tierra del hombre. Aquí es donde pertenecía, con la resolución involuntaria que depositan a la espalda del hombre humillado y vencido en la indiferencia de lo mundano.

Enfrentado al fin a todos los miedos sin que fueran contados por alguien lejano, o sin ser presenciado en un libro de misterios o una película de terror; las cosas aquí son muy diferentes, uno no puede escapar simplemente porque el miedo lo jala del instinto de supervivencia, aquí se entierran las ansias y la esperanza de salir a la puerta donde brilla el sol en todo lo alto. El dolor físico es algo presente sin presencia, pueden a uno desgarrarle los ojos o sacarle los intestinos con el furor de la mano codiciosa sin ser algo de real importancia, el alma y el espíritu están abandonados por una realidad solitaria; el dolor entonces empieza a adquirir un verdadero sentido de lo insoportable. Brujas y demonios se aferran asidos a la carne trémula de las piernas oscilantes. ¿Qué hay por hacer en una vida predestinada a la perdición humana?

Lentamente abrí los ojos, de nuevo en el departamento oscuro y abandonado en el recuerdo de lo momentáneo. Perdido y desamparado. Tirado al vejamen sin sentido, desmembrado y descarnado con el alma al rojo vivo, sin tacto y sin mirada; brevemente en un sin fin continuo, según a capricho propio.

Y respiro nuevamente el aire de la vida, del viento sano. Los músculos y los órganos empiezan a reagruparse y reclamo este cuerpo de cicatrices en la hondura de la sangre que hierve en las aguas del ímpetu navegado. Lento y tardo recupero la conciencia de mi existencia, estoy solo en el hogar que criaron mis horas de antaño, la tristeza cobra vida y me sacude como una tormenta a un mar de recuerdos. Parece lejana mi estancia en estos espacios, tengo que recorrer estos breves y dolorosos caminos de memoria en los recovecos del fuego donde se fraguaron todos mis rostros, dejo las máscaras en este lugar sin ningún remordimiento. Los pisos, las cosas, las lágrimas, brillan con luz de ámbar cuando miro con los ojos húmedos. Ya no siento temor ni angustia de dejar los ayeres. No los dejo del todo, mi corazón sabe guardar y separar las vivencias del dolor.

Salgo a pasos cortos, es lento el paso del que inicia un nuevo rumbo. Vuelvo a mirar por última vez el pretérito vacío. Me doy vuelta y cierro la puerta de cristal, abierta a todo futuro recuerdo como almacén de lo recabado o cultivado en parcela amplia. Y emprendo los pasillos y escaleras grises, ahora matizadas con el ocre del otoño que se avecina. Allá fuera me esperan sin saber de mi existencia y se expande en mi mente el horizonte que se avista en los sueños, respira en mi pecho, vuelan una vez más las aves, verdece el tiempo. Mi corazón nace en la esperanza de lo cierto.


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