QUÉ BONITOS OJOS TIENE…

por Nidya Areli Díaz

Por Nidya Areli Díaz

Hay unos lindos ojos manchadores de almas. Ojos de rubí y de gema y de incontables destellos estelares. ¿Por qué no puedo olvidar los ojos?, ¿a qué debo el desbordamiento de mis obnubilados sueños? Ah, sí: llegué de noche al jardín pero allí estaban los ojos, mirándome. QUE BONITOS OJOS TIENELe he dicho a mi abuelo que cierre bien la puerta cuando duermo en la tarde. Enumeraba los adoquines mientras avanzaba por la bóveda celeste, escuché las estruendosas campanas de la parroquia, un perro desconcertado salió en huída espantado por mis pasos de deshoras. Los ojos estaban escondidos, en mi anonadado paseo los pasé de largo sin atender.

Oye, niña, ¿a dónde tan solita?, dijo la voz mientras los ojos me perseguían. Yo quedé impávida, muy niña y muy mujer enamorada de las estrepitosas chispas de ese orbe. ¿Cómo le digo a usted que se arranque los ojos porque los quiero míos? Sin razón me detuve a mirarlos en el intento de adivinar al portador. Quizá lo conociera de alguna vez. Quizá de día no me hubiera sentido impregnada de nube, de la nube etérea que lo secundaba. Pero, ¡ah!, si me permite: “qué bonitos ojos tiene / debajo de esas dos cejas. / Debajo de esas dos cejas / qué bonitos ojos tiene”. Ya me hacía yo dominando el torrente que me arrastraba ahora. Seduciendo con mis doce años aquellos delirios que se llaman vistas.

Las manos de la voz y de los ojos me tomaron mis manitas inquietas. Niña, te llevo a donde vives. No está bien que camines de noche. Ay, señor de las manos y la voz, ¿quién le nombró a usted mi protector? Cuídese de mí, señor, que de Lolitas pulula el mundo. Esas manos rasposas me gustaban, eran como de campo y como de ciudad; es decir, un poco de ambos como es aquí. Porque aquí los jóvenes van a trabajar al centro en la mañana y pasan a la milpa por el viejo en la tarde; o bien, llevan a las vacas temprano y luego sacan el taxi a dar unas vueltas para llegar en la noche o en la madrugada. Los jóvenes de aquí son taxistas, obreros y chalanes. Otros, con más suerte, llegan a maestros o hasta ingenieros, doctores a veces.

Le decía a usted, señor, que me cuadra para papá de mis hijos. Yo ni lo miraba, estaba muy sonsa como para darle la cara. El señor era señor quizá hasta casado. A mí todavía me ponían vestido y, lo peor, floreado. Traía las tiras sueltas por detrás, se me había deshecho el moño en la tarde, cuando me quedé dormida después de andar corriendo. Tuve pesadillas y me salí de la casa sin darme cuenta de lo noche que es. Estas manos medio rasposas me tomaban con fuerza. Las niñas no piensan en casarse y esas cosas de grandes; yo pensaba sin embargo. A mí me cuadraban las manos y la voz y los ojos que no me atrevía a ver de frente. Me percataba incluso del olor que acompañaba a las manos y a la voz y a los ojos. Me gustaba todo.

¿De quién eres hija?, espetó el señor. Yo no decía nada. Estaba chiveada. Mi chiveamiento no me permitía abrir la boca. Me hubiera gustado más bien que el señor me llevara a su casa, que el señor me quitara mi vestido floreado, que me contara un cuento mientras me metía a la cama para dormir. ¿Cómo va una a saber lo que le hubiera gustado?, en realidad una se da cuenta de esas cosas mucho después, sin saber muy bien porqué fueron de una forma y no de otra. Ahora deseaba llorar. Llorar quería porque ni me salía palabra ni pensamiento. Me reflejaba en el temblor de la noche; digo que la noche temblaba de frío y yo con ella. Ojalá el señor me hubiera llevado a su casa. De frente venía mamá con su reboso puesto y mi suéter blanco en la mano. Ay, muchas gracias, Pancho, que esta niña otra vez se nos escapó. Le da la pesadilla y se sale corriendo.

Nada más me puso el suéter y me llevó de la mano. Atrás quedaron los ojos, la voz, la mano y el olor de Pancho. ¡Se llama Pancho!, pensé, como mi abuelo Pancho.


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3 comentarios

ivonne 16/07/2015 - 10:04

♡ woow bonita…

Rafael Salvador 16/07/2015 - 20:51

Me gusto, felicidades…

angel lipizano 23/07/2015 - 23:19

Bella. No pude dejar de leerlo.

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