EL EFECTO INMEDIATO

por Eleuterio Buenrostro

No recuerdo del todo las primeras cuatro horas, fue como despertar y concebir la existencia. Conservo, en esa misma vaguedad, la sonrisa de un viejo ingenioso que con la habilidad de sus manos realizaba manualidades que me sorprendían. Entonces no tenía voz, pero sí un hogar cálido que me hacía sentir cobijo. Fue un descubrimiento de caras nuevas, olores y experiencias de primera vez. Justo a las cuatro horas terminé en la estación de trenes, a la espera de un viaje que me llevó a otro territorio.

A las seis horas inicié un camino donde el aprendizaje fue importante. A partir de ahí, y hasta las doce, aprendí a nadar en la playa, a trabajar con mis manos, a estudiar con esfuerzo, a fascinarme por las cosas que el ser me permitía. Fue un intervalo de suma importancia, donde las letras y la música nutrieron una parte de mi espíritu. El peligro estaba presente al permitírseme tanta libertad, de ahí cargué con lo necesario para subsistir en un mundo que se ofrecía en desventaja.

De las doce a las quince horas, enfrenté un estado que había observado desde el escondite; la prohibición lo hacía interesante. La esencia de mujer fue liberada ante mí: su belleza, su olor, su poder en un guiño. La música formó parte del cortejo. El estar me remitía a nuevas primeras experiencias que exaltaban la sensibilidad al interior. Tuvo que pasar más tiempo para entender que la exploración es algo natural y que uno es dueño de su cuerpo.

De las quince a las dieciocho, me preparé para ser soltado a lo que llamaron la hora de labor. No recordaba haber dejado de trabajar desde las cinco horas, pero esta vez lo haría para mi causa. Mi vista estaba puesta en nuevos horizontes, pero si de mí dependía, tendría que esperar a tener libertad económica. El estudio me permitió lograrlo antes de tiempo. Justo al llegarse la hora dieciocho, me transporté a una ciudad que quintuplicó el tamaño del puerto de aprendizaje.

Ahí descubrí que en las ciudades el tiempo pasa volando, llevando implícito a la locura. Después de haber saltado veintiún manecillas, el recuerdo de las primeras horas se vislumbraba lejano. Las experiencias se vieron multiplicadas, enfrentándome a lo que llamaron la responsabilidad adulta, aunada a la incertidumbre del tiempo por venir. En ese periodo encontré a una compañera que decidió compartir relojes. Iniciamos de cero, dormimos en el suelo, los trastes de la cocina fueron envases de vidrio, pero la felicidad no fue definida por la pobreza.

A la hora veintinueve un corazón pequeño llegó a mejorar el tiempo, lo cual me hizo experimentar el mejor de los aprendizajes, y me vi, desde fuera, en sus actos. En ese instante intenté ser mejor que lo que el Relojero había sido conmigo, y para mi fortuna, descubrí que cada quien trae ajustado su mecanismo en distinta forma, que la precisión es inherente a cada persona y que la modernidad permite nuevas tecnologías y se permite ajustar los tiempos de distinta forma.

Entradas las cuarenta y dos horas tuve un instante de reflexión que implicó al espacio-tiempo como a un juego existencial. Recordé que a las ocho horas me gustaba el beisbol. Siempre dudé si en verdad me gustaba o seguía un ánimo inducido, mas nunca pude dejarlo cuando formó parte de una pasión ignota. Esa cosmovisión me permitió verme desde fuera, bateando por encima de trescientos, y en un instante todo se detuvo. Parecía que a pesar de que quería seguir en el juego, me embancaba, y es curioso porque hubo un tiempo en el que permanecí en la banca, pero que sabía que iba a mejorar, y de repente, ni como bateador emergente fui solicitado por el universo; entonces supe que no estaría mejor y ha sido frustrante desde entonces.

La madurez del transcurso me impulsa a continuar, todo se ha estabilizado en el actual recorrido del reloj. Tengo muchos planes para mi hora cuarenta y ocho, todas inherentes a adquirir el poder para escribir sobre los instantes en el tiempo. Mis fuerzas se han vulnerado con el trabajo, necesito un descanso en el recorrido, ya que no recuerdo haber parado. Si las letras no prosperan, esperaré a ser dado de baja en la funcionalidad del hombre, para un tercer intento.

No sé si logre llegar a las ochenta y cuatro horas, como lo hizo aquel viejo ingenioso, que con la habilidad de sus manos realizaba manualidades que me sorprendían, lo único que puedo asegurar es que necesito actuar en el acto, ya que el tiempo, ahora que lo repaso mentalmente, parece lento, pero transcurre en un abrir y cerrar de ojos.

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IMAGEN

Reloj blando en el momento de su primera explosión >> Salvador Dalí., España, 1904-1989.

Eleuterio Buenrostro Calatrava, de profesión, escanciador de almas, es un ser inmortal insuflado, no nacido, el 14 de marzo de 2002 en Manuel Núñez. Sobre este último se sabe que es un seudoescritor intuitivo, que se escuda en heterónimos, y latinismos que desconoce, por falta de credenciales como escritor. Vino al mundo un 16 de julio de 1972, en Benjamín Hill, Sonora, cuando el tren de las seis de la tarde anunciaba su llegada. Fue entintado por los tipos de una vieja imprenta, perteneciente a su padre. Marcado en su niñez, se fue a bañar, desde los cuatro años, a las playas de Puerto Peñasco, Sonora, y a secar, desde los dieciocho, en el sol de Mexicali, Baja California, donde reinicia como escritor de tiempo incompleto. Colaboró a finales de los noventa en la sección de música, en la revista Ahí Tv’s. Debido a la apertura que otorga internet fue publicado en la página Ficticia.com, y actualmente colabora en Sombra del Aire, siendo Eleuterio Buenrostro —su nombre de tinta y verdadero artífice—, quien guía su pluma desde el escondrijo. Non plus ultra.


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