Había una vez un hombre con piernas muy largas que caminaba todas las mañanas con un tronco de madera en las manos y una pala en su espalda para ir a trabajar. Era el sepulturero del pueblo, pero nadie lo sabía. El hombre no tenía auto; y a pesar de que los que lo conocían pasaban por la misma ruta por la que él caminaba, ninguno se dignaba en darle un aventón. Nunca le llamó la atención comprarse un auto, porque a pesar de que lo molestaban, disfrutaba caminar y eso lo hacía sentirse bien. En una ocasión, reunió dinero para comprarse uno, pero sus piernas eran tan y tan largas que no cupo en él, y como el dinero tampoco le alcanzó para comprarse uno más grande, decidió seguir caminando. Nunca se escuchó hablar ni quejarse, y así pasaba el tiempo, recorriendo largas distancias para ir a trabajar sin pedirle un favor a nadie.
Caminaba tanto, con la pala en la espalda y el tronco de madera en sus manos, que se fue encorvando y volviéndose más bajito. Se le formó una curvatura en la espalda que comenzaron a llamarlo “el hombre mochila”. Las personas lo molestaban cuando pasaban en sus autos, pero “el hombre mochila”, como ahora le llamaban, jamás habló ni se molestó. A pesar de sus piernas tan largas y su bulto formado en la espalda, el caminar a diario largas distancias lo ayudó a ser corpulento y gozar de buena salud. A diferencia de los demás hombres del pueblo que, al no ejercitarse, comenzaron a enfermar del corazón y morir. Las mujeres quedaban viudas y lloraban en sus hogares porque no tenían quién las llevara al cementerio a llorar la muerte de sus maridos. Un día sintieron curiosidad y decidieron seguir al “hombre mochila”, no solo por ser el único hombre que quedó vivo en el pueblo, también querían saber hacia dónde caminaba todos los días con un tronco de madera en sus manos y la pala en la espalda. Se reunieron y comenzaron a seguirlo. Se sentían muy cansadas de tanto caminar, pero la curiosidad no dejó que se detuvieran. Así estuvieron hasta que llegaron al cementerio donde “el hombre mochila” se detuvo. Ellas, muy sorprendidas, observaron cuando sacó la pala de su espalda, excavó varias tumbas donde sepultó a cada uno de los hombres que se mofaron de él y, con el tronco de madera, hizo varias cruces que colocó en cada una de sus tumbas. Se necesitaban cuatro hombres para cavar un hoyo, pero él con sus piernas largas, sus corpulentos brazos y su joroba en la espalda, podía cavar profundamente, cargar su pala y soportar el tronco de madera. Las mujeres viudas, quienes nunca se imaginaron que él era el sepulturero del pueblo hasta ese momento, comenzaron a llorar y por primera vez lo escucharon hablar cuando luego de hacer la señal de la Santa Cruz pronunció: “En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. Descansen en paz.
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Imagen al exterior
Los observadores >> Óleo >> Adolfo Vasquez Rocca
Idelys Izquierdo Laboy nació un 27 de noviembre en Nueva York, hija de padres puertorriqueños del pueblo de Lajas, donde creció desde los cinco años. Estudió su bachillerato en Estudios Hispánicos, Música, Artes Plásticas y Educación en la Universidad Interamericana de San Germán, P. R. La Maestría en Literatura Comparada de la Universidad de P. R. y más tarde la Academia mundial de Literatura Moderna le otorgó el Doctorado Honoris Causa (Litt. D.). Continuó estudios en cine, teatro y televisión. Reside en San Juan, P. R. Profesora de Estudios Hispánicos y autora de los libros 30 años de silencio, Amo a mis animales, Esmeralda perdida y Carta pintada en la noche. Creadora de la revista estudiantil Círculo Literario y Artístico del DEPR. Formó parte de la programación T. V. latina en N. Y. Bronxnet Community Television. Es miembro del PEN Internacional de P. R, Asociación Internacional de Poetas, Escritores Hispanos y del Junte de Artistas y Escritores Internacionales de P. R.
