LA TORMENTA INTERIOR

por Cuquis Sandoval Olivas

—Dicen que las manifestaciones extremas de la naturaleza nunca llegan solas, sino que acarrean otras calamidades consigo —dijo Sergio con la convicción de quien se sabe portador de un discurso elocuente, firme y poderoso, dispuesto a ser escuchado por sus hermanas menores, Luisa y Soledad, y por sus padres.

Se encontraban reunidos en torno a la sobremesa, después de haber dejado casi intacta la deliciosa cena preparada por las manos amorosas de su madre, quien siempre se esmeraba en cuidar a su familia de la mejor manera. Sin embargo, aquella noche en particular, en los rostros de los presentes se dibujaban señales de una tormenta inminente, una que no vendría del cielo, sino que amenazaba con cimbrar las entrañas de ese núcleo familiar. El aire parecía más denso, como si cada respiración exigiera un esfuerzo adicional, como si algo invisible se interpusiera entre los cuerpos y la calma.

—Cuando hay nubarrones grises —continuó, enfático—, son presagio de lluvias intensas; cuando los rayos se forman en el horizonte, buscan un punto donde descargar su fuerza, destruyendo cuanto encuentran a su paso. El movimiento de las placas tectónicas, la erupción de los volcanes, entre otras múltiples formas de explosión y transformación, no son sino expresiones de una ruptura del orden establecido: generan caos, desequilibrio y, al mismo tiempo, una necesidad urgente por restablecer la armonía.

Hizo una pausa. No era únicamente un recurso retórico; era también el instante en que sus pensamientos se alineaban con dificultad, como piezas de un rompecabezas que se resisten a encajar. En su interior, su seguridad se tambaleaba, haciendo que las palabras no sonaran tan firmes.

—Pues bien, estas tormentas —prosiguió— no solo se presentan en el mundo que habitamos. También irrumpen, de forma súbita, en la naturaleza humana: como desequilibrios emocionales, psicológicos o incluso físicos. Y es precisamente de eso de lo que quiero hablarles.

Su voz adquirió una gravedad distinta, más íntima, casi quebradiza, aunque se esforzaba por sostenerla. Había en su tono una mezcla de certeza y súplica que no pasó desapercibida.

—Necesito que estemos fuertes. Que recordemos el poder de los pensamientos y de la oración. La fe es intangible, sí, pero también es algo que se siente, se vive y se transmite; es, quizá, la única ancla cuando todo lo demás parece desmoronarse.

Mientras él se sumergía cada vez más en sus propias cavilaciones, el resto de los presentes comenzaba a prepararse, en silencio, para lo peor. La madre aprisionaba las cuencas del rosario, como si esos gestos mínimos pudieran sostener la estabilidad de la escena. El padre parecía ausente, con la mirada fija en un punto indefinido, como si intentara anticiparse a un golpe inevitable. Luisa y Soledad intercambiaban miradas fugaces, cargadas de preguntas sin formular.

El tiempo, en esa mesa, dejó de fluir con normalidad. Cada segundo adquiría un peso específico, una densidad que lo volvía casi tangible. Afuera, la vida continuaba: algún automóvil pasaba a lo lejos, un perro ladraba, el viento rozaba las ventanas. Pero dentro de ese espacio todo parecía suspendido, contenido en una especie de espera tensa y silenciosa.

Sergio, formado como psicoanalista, conocía bien las reacciones humanas ante la incertidumbre. Sabía del miedo que antecede al dolor, de los mecanismos de defensa que se activan antes de que la verdad sea dicha, del modo en que la mente construye refugios momentáneos para evitar el colapso. También comprendía el valor de las palabras como puentes y, al mismo tiempo, como abismos.

Sin embargo, en ese instante, su conocimiento teórico se veía atravesado por algo más profundo: la fragilidad de quien, aun comprendiendo la mente humana, no puede escapar de su propia condición. Había algo en él que se resquebrajaba lentamente, como una superficie aparentemente firme que comienza a ceder desde sus capas más profundas.

Quiso continuar hablando, pero por un instante dudó. Y en esa duda, breve pero reveladora, su conciencia —testigo silencioso de su interior— percibió con claridad que la verdadera tormenta residía en las palabras no pronunciadas, en esa noticia que él mismo no había digerido y aún no sabía cómo compartirla.

Porque hay silencios que pesan más que cualquier discurso, y verdades que, al ser nombradas, transforman para siempre el territorio en el que habitan.

Y mientras el mundo afuera seguía su curso —indiferente, constante—, en esa mesa el tiempo permanecía detenido, suspendido en el umbral de una revelación que, tarde o temprano, habría de irrumpir con la misma fuerza inevitable de las tormentas descritas.

—El médico me diagnosticó Alzheimer —exclamó—. Hoy fue el último día que atendí consulta. Muchas veces, cuando los pacientes me comparten sus problemas de salud, mi mente se queda a la deriva: caigo en abismos de silencio y no logro rescatar los fragmentos diseminados de recuerdos; incluso se me olvidan las palabras. También tengo indicios de Parkinson y, como profesional de la salud, sé lo que esas enfermedades crónicas y degenerativas significan.

Hizo una pausa, breve pero definitiva.

—Necesito su promesa de que, llegado el momento, me recluirán en un centro donde reciba el apoyo y los cuidados necesarios.

Se dirigió a sus hermanas, quienes apenas lograban contener los sollozos que amenazaban con desbordarse en un llanto abierto, en un grito contenido de dolor e impotencia.

—Ustedes deben concentrar sus energías en su propio cuidado y en estar al tanto de mis padres. Solo les pido que nunca dejen de mostrarme su afecto, porque, aun cuando parezca que no los reconozca, está comprobado que el amor deja huellas profundas, respuestas que persisten más allá de la memoria.

El pesado silencio que siguió fue finalmente quebrado por un llanto incontenible. Se unieron en un abrazo y, sin necesidad de palabras, sellaron un pacto de amor y solidaridad, comenzando a tejer, juntos, una barrera invisible para resguardarse de la tormenta que ya había comenzado.

***

Imagen al exterior

El juramento, versión 10 >> Óleo >> Jorge Santana

Cuquis Sandoval Olivas nació el 29 de mayo de 1963 en Balleza. Es maestra jubilada, escritora, poeta y promotora cultural mexicana, residente en Hidalgo del Parral, Chihuahua. Su formación docente fortaleció su vocación humanista y su compromiso con la promoción lectora. Tras su jubilación, continúa activa como mediadora de salas de lectura, tallerista y gestora de proyectos literarios. Ha destacado como embajadora cultural, presidenta de Utopía Poética Filial Chihuahua, editorialista del periódico local y reseñista de la Orden Poética de Juan Benito. Ha participado en encuentros, recitales y talleres dentro y fuera de México. Su obra aborda temas humanos, sociales y emocionales, además del rescate de la memoria e identidad regional. Entre sus influencias destacan los géneros clásicos y contemporáneos, Se distingue por un compromiso permanente con la cultura, lectura y creación literaria, consolidándose como una figura activa dentro de la promoción artística y poética en el estado grande de México.

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