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10 noviembre
2016
Literatura Narrativa Relato
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IX. ¿Y TÚ QUÉ VENDES?

INTROSPECCIÓN

Por Alejandro Roché

Los árboles del bosque cada vez se alejaban más del camino, algunas cabañas escondiéndose entre la espesura del bosque me decían que estábamos por llegar.

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El bosque encantado » Antonio Luque Ruiz

 

—“Verde que te quiero verde”, ¿ha escuchado eso? No sé de dónde lo escuché o si acaso lo inventé, pero siempre que dejo el bosque y comienzo a entrar en la ciudad, me acuerdo, porque el verde es mi color favorito; bueno, también el azul, pero si decimos “azul que te quiero azul”, no suena bien. Me agrada porque recuerdo a una noviecita que tuve y ésa era nuestra frase secreta para decir que quería verla en lo más verde y profundo del bosque.

—Sonará tonto, pero su frase me hizo recordar: ¿Y que es poesía? Y tú me lo preguntas, mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. Siempre me intrigó esa última frase porque imaginar a una mujer con pupila azul debía ser lo más cercano a una ninfa, un ángel, una diosa o no sé. Nayelly tenía los ojos miel y es lo más bello que he visto. Como si el sol se hubiera posado en ellos; pero azules, eso debía ser otra historia, una belleza exquisita. En cambio yo…, eran negros o cafés, para el caso es lo mismo; eran comunes, no como los de mi abuelo que eran negros, completamente negros; no había diferencia entre pupila e iris.

Lentamente la terracería se convertía en un empedrado rústico y las casas arrejuntándose unas con otras como si el frío de la montaña les calara hasta los muros y la gente cada vez más numerosa caminando en la misma dirección, hasta que nos encontramos a un tipo con morral a la espalda y, con el pretexto de saludarnos, se subió a la carreta y, lo típico, comenzó a hablar del clima, del día, del mercado.

—¿Y tú que vendes?—, me preguntó.

—Nada, en realidad nada, sólo voy de paso.

—Ah, pues deberías vender algo, siempre hay algo que vender no importa si no sabes; en el mercado siempre habrá alguien que quiera comprar algo que tú tienes.

—Pero yo no traigo nada.

—Eso dices porque no conoces al Jasiel, lo ves y no das nada por él; pero vieras que la gente se le acerca para pedirle consejo y así gana unas monedas. Te digo, uno siempre trae algo que puede vender, el chiste es buscarle, como dice el Jassiel: “la necesidad”. Tú porque eres joven, pero ya llegarás a viejo y cuando las manos no te sirvan, la imaginación será la diferencia entre vivir y morir.

—Y la providencia—, agrego Juancho.

—Eso que ni qué—. Ambos se quitaron el sombrero santiguándose. —Como yo, mira este ABALORIO— y, sumergiendo la mano en su morral, con la luz del sol despuntando, brillaron una cantidad casi infinita de piedras y colores entre sus toscos dedos —lo vengo a vender.

—¿Vende collares?

—No, eso no; yo sólo vendo las piedras para que los hagan, así cada quien los hace y los combina como mejor les gusta. Pero no pienses que son baratijas. ¡No! Estas piedras vienen directo desde los bosques de Kahtal Alux, ahí no cualquiera entra porque los aluxes pueden volverte loco. ¡Sí, loco!— y me quedó mirando con sus ojos sumidos en un rostro en donde la piel se pegaba al cráneo tensando sus gestos como si alguien detrás de su cabeza le tirara fuertemente para que las arrugas no se hicieran más visibles. —A mí no me hacen nada porque les llevo sus ofrendas y a veces hasta hablo con ellos, son unas cositas “ansina” de este tamaño— señalando una distancia de no más de una palma, —ya sé; pensarás que estoy loco, pero no. Tú no pareces de por aquí, pero este abalorio vale más que el oro, porque el oro cualquiera lo consigue, pero esto no cualquiera, son muy milagrosas, la gente les reza porque dicen que son huesos de aluxes, yo sé que no, son los espíritus del bosque que los aluxes atrapan en las piedras; son de todas esas plantas y animales del bosque que mueren y que a algún lugar deben de ir y, pues, aquí las tienes. Pero, bueno, cada quien puede creer lo que sea, lo cierto es que son muy milagrosas; claro, los padrecitos dicen que son brujería y cosas de esas, pero ellos qué saben de la vida si todo el tiempo están encerrados en sus monasterios y que Dios me perdone, pero hasta él sabe que tengo razón. Mira, te regalo una— y sacando un cordón del morral, la amarró a modo de talismán y me la dio para colocármela en el cuello —este color te protegerá de los brujas que siempre andan en busca de sangre de mancebos como tú, la gente cree que sólo prefieren a los niños, pero estos no tienen tanta sangre y pues nunca está de más; uno nunca sabe.

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