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20 febrero
2019
Cuento Literatura Narrativa
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TRANSACCIÓN DIABÓLICA

Por José María Rosendo

Mientras camino lentamente por una calle desierta y oscura, solo escucho el repiqueteo de mis pisadas, y ese seco y sordo eco profundiza más la soledad que la llevo adherida en mi interior. El desarraigo hizo que perdiera el entusiasmo de moverme más ligero como era mi costumbre. Además donde voy nadie me espera. Este peregrinaje a esta hora de la noche lo hago todas las noches y me lleva a un pintoresco café donde soy habitué. Esta costumbre de venir a este bar la adquirí por dos motivos: cuando enviudé y para salir de las frías y solitarias veladas que paso mayormente en casa.

Este bar mitiga el aislamiento que siento, que me persigue y pesa como una mochila cargada de soledad. De la unión con mi mujer nacieron dos hijos: un varón y una mujer; muy pocas veces nos vemos. A esta altura los sentimientos hacia ellos, es como si no existieran. Pero los tres vivimos de la misma manera, es como si tuviéramos un pacto mutuo de no tratarnos, y ese convenio va a perder validez a medida que comencemos a morir.

Como carezco de amigos, la mesa que ocupo es de una sola persona. Cuando entro al bar, la primera sensación es que todas las miradas van dirigidas a mi persona. Pero sé que nadie se va a fijar en alguien que pide un café liviano, pero es la impresión que no puedo deceparcuando ingreso a cualquier sitio con gente reunida. Estoy sentado en el espacio más alejado del salón y pienso que me gustaría poder compartir la mesa con otra persona, pero soy consciente que nací con esta melancolía incluida, por eso sé que este aislamiento es voluntario. Estoy desarraigado de la realidad y comienzo a pensar si lo que he vivido, que no es poco, vale la pena; o si es conveniente para mi salud no pensar más en ello.

Embutido en mis pensamientos, percibo algo que está al lado mío, cuando escucho un bisbisear que me dice: ¿le gusta estar solo? Sorprendido, más por la apariencia, que por la forma en que me miraba como alguien que se despierta de un sueño profundo, veo una figura de un hombre que no era viejo ni joven, de edad intermedia, tirando a mayor, vestido con un impecable traje negro. Quedé perplejo, solo atiné a mirarlo sin decir palabra. La curiosidad me hizo mantenerle la mirada, nunca lo había visto para tener un acercamiento de este tipo. Cuando iba abrir la boca, el sujeto me ganó de mano.

Perdone, lo vi y pensé que quizá le puede interesar compartir la mesa. Como usted, estoy sin compañía.

Me asombró la forma de pedir compartir la mesa; como si fuera un levante de café.

Disculpe ¿puedo?

Sí… sí, por supuesto.

Pensé que le molestaría, pero al no tener respuesta insistí.

Sí, lo que pasó es que me tomó por sorpresa. Perdone.

Me tomé el atrevimiento porque todas las noches lo veo entrar, y por lo general se sienta en el mismo lugar. Al principio, cuando noté su aparición, no me llamó la atención, pensé que era un parroquiano casual, pero pasó el tiempo y es un cliente fiel al bar. Lo que me llamó la atención es que en todo este tiempo que lo vengo observando, pide lo mismo: un café liviano. Lo va tomando despacio como tratando de alargar el tiempo. Me permite invitarlo con algo más fuerte, la fría noche lo amerita. Desde el tiempo que lo conozco…

¿Usted me conoce?

Es una manera de decir, no lo tome a mal, le cambio el verbo conocer por ver. Me preguntaba si le gusta estar todas las noches en una mesa sin compañía.

No, no me molesta. ¿Y a usted le gusta?

Para mí no es cuestión de gusto.

¿Entonces a qué viene?

Digamos que en el caso mío, es una costumbre, un ejercicio arraigado por generaciones. El recorrer las calles y los bares.

Entonces se aburre, lo mismo que yo.

Soy melancólico por naturaleza y, es por las noches donde suelo encontrar la más variadas y mejores almas de la calle. Me llamó la atención su modo de hablar, se notaba que pertenecía a otro ambiente que no era este. Sí es extraño, pero en estos lugares descubro material que vale la pena, dijo. Lo volví a mirar. No comprendía lo que me quería decir. Me observó con atención. No me entienda mal, no soy homosexual. Lo dijo en un tono severo.

Tiene la apariencia de ser alguien con gusto más refinado que para estar en este pequeño café. Y me pregunto por qué viene a un lugar como este.

¿Y usted por qué esta acá?

Porque para mí todos los lugares son iguales, ninguno y nada llega a paliar la aflicción que llevo adherida; no hay sitio que la desprenda.

¿Qué busca? ¡No! Le cambio la pregunta. ¿Qué es lo que quiere?

No se trata de lo que se quiera, sino de vivir como se pueda. Los sueños y esperanza que una vez tuve. Ya no queda nada de todo eso. La vida me lo fue borrando de la manera más cruel, de a poco.

Pero ¿no le queda una mínima ilusión?

No, ya no. Pero no me gusta aparecer ante los demás como un hombre acabado, sin ilusión, así como me siento hoy. Soy consciente que la mano que me tocó jugar no fue la beneficiada. Siento que Dios se olvidó de mí, porque nunca tuve la oportunidad de revertir esa mano perdedora.

Si le dijera que esta noche puede cambiar su suerte a partir de este instante ¿qué  diría?

Que no tome más. ¿Usted no me conoce? Doy pena. El pobre empleo que tengo fue por la caridad, que es lo que conmueve a aquel que algo me da; solo por lastima, no por otra cosa. ¡Usted me da risa!

¿Por qué le doy risa? puedo ser su mesías.

No se ofenda, solo el diablo puede ayudarme.

En ese momento, un cartel luminoso de propaganda se encendió. Esa refulgencia iluminó el rostro de mi compañero de mesa, dándole una expresión mefistofélica.

No creo que a esta altura de nuestra conversación le interesen a usted las presentaciones. Estoy para complacerlo en lo que necesite. En ese instante y en un acto involuntario, me persigné, no sé por qué lo hice, pero vi en su cara cierta repulsión cuando efectué la señal de la cruz.

Hace un instante me contaba que vive prácticamente con las sobras que otros le dan, que no sabe qué hacer con su cuerpo. Yo puedo darle lo que usted desea y que nunca tuvo.

¿Y usted, me dará todo por nada, es usted acaso un filántropo?

No, para nada, estoy lejos de todo eso. Le aseguro que usted me pagará por lo que le ofrezco.

Usted no me cree, no poseo nada que tenga valor.

No se menosprecie. Lo posee.

Mire, le confieso que muchas veces pienso que daría lo que no tengo para poder cambiar el sino que me tiene sumergido en esta soledad y pobreza.Con una sonrisa me respondió.

Dice usted muy bien. Sabe que carece de lo elemental para ser respetado, querido. La pobreza corrompe todo lo noble que a uno le queda, pero tiene algo muy valioso para dar a cambio.

¿Dar qué?

Su alma.

¿El alma?

Sí, su materia. Lo dijo usted. Dios lo abandonó. ¿Qué deuda tiene usted con él para deberle fidelidad?

Nada, no le debo nada, pero estoy seguro, que si mi suerte cambia, a él no tendré que pagarle, pero a usted sí.

Contésteme una pregunta. ¿En cuánto tiene valuada su alma? ¡No, no me diga! Se lo voy a decir yo: EN CERO. El alma para usted no tiene consistencia, ni volumen y carece de apariencia. No sabe si existe realmente o si es un invento de la iglesia. ¿Qué quebranto le ocasionaría entregándomela? Ninguno, pero a cambio obtendrá riquezas que jamás pensó. ¿Quiere seguir viviendo como hasta ahora? Viniendo a este pobre café por el resto de su vida. Le obsequio lo que la mayoría busca: el desquite con sabor a victoria sin tener que esperar a que Dios vuelva a dar otra mano, y que usted esté dentro de esa partida.

Sabe, tengo una duda, como estoy frente al rival del bien, quiero preguntarle ¿cuál es el logro para usted comprando almas como la mía?

Porque para mí, todas son iguales. No hago distinción, no hay en ellas color y ningún tipo de creencias. Todas valen.

O sea que para usted tienen el mismo peso, la misma consistencia; no hay diferencia de una con otra. Todas tienen la misma valía.

Las almas son el sustento de mi vida, sin ellas no soy nadie, no significo nada. Esa es la razón de permanecer en la humanidad desde el comienzo. Sí,como dijo usted, soy el mal. En la vida, desde el principio existen dos opciones, y se tiene que pertenecer a una de ellas.

Pero no es que el mal va con el mal. ¿Cuál es el logro de tomar mi materia que jamás ha cometido algún perjurio? ¿De qué triunfo se puede jactar si lo que posee no puede competir con el talento del mal.

No lo vea de esa manera. Equiparo lo que el bien no proveyó a ese ente con una revancha benefactora, y… le diría que bastante más.

Usted es un redentor de lo que Dios no nos dio. Pero quiero que me conteste una curiosidad que tengo. De esa panacea que ofrece con tanta complacencia ¿al final del recorrido, donde termina el viaje? ¡No, no me lo diga! Se lo voy a decir yo. “En el mismísimo infierno”. Mire, no necesito negociar mi alma para tener transitoriamente lo que nunca tuve, porque entraría a un lugar mucho peor: en la más terrible de las oscuridades. Quiero mostrarle algo, y con esto damos por terminada esta transacción diabólica busqué dentro de los bolsillos del pantalón el pequeño y arrugado manojo de dinero que llevaba encima ¡Mire! Es todo lo que poseo, pero lo suficiente para seguir paliando las necesidades diarias, sin tener que negociar lo que Dios me ha dejado como único y valedero legado “la sustancia”

Cuando levanté la vista, me encontraba solo en la mesa. El único rastro del hombre de negro era el pago de la consumición. A la salida del café el viento golpeó mí cara como una bendición. La noche estaba fresca. Me subí la solapa del saco y me encaminé por la misma calle por la que había venido. El día para mí, ya había terminado.

IMAGEN

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José María Rosendo nació en Mar de Plata,  provincia de Buenos Aires, el 26 de julio de 1950. Estudios Terciarios. Licenciado en Comercio Internacional, fundador de la firma: ICA SRL. Estudió literatura con Alejandra Boero, Directora y Actriz, fundadora del Nuevo Teatro. Perteneció al elenco de actores de la compañía por cuatro años. Estuvo tres años en el taller literario con Silvia Plager, y dos años en el taller literario con María Inés Moreno. Ha publicado para la revista Sueños de Papel, Plumilla y Tintero, El Narratorio, Ikaro, Íbidem, etcétera.

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