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22 junio
2018
Crítica Ensayo Literatura
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NOTA CRÍTICA SOBRE ARENAS MOVEDIZAS DE OCTAVIO PAZ

Por César Abraham Vega

Arenas Movedizas es una recopilación de diez cuentos cortos (El ramo azul, Antes de dormir, Mi vida con la ola, Carta a dos desconocidas, Maravillas de la voluntad, Visión del escribiente, Un aprendizaje difícil, Prisa, Encuentro y Cabeza de ángel) escritos por Octavio Paz en 1949; reunidos para este volumen en una selección hecha por él mismo; su primera aparición al público fue hacia el año de 1952 como parte del libro ¿Águila o Sol?

La temática individual de dichos cuentos es muy variada y diversa entre los mismos, sin embargo existe un claro eje articulador entre todos ellos que radica en los tratamientos que hace el autor sobre situaciones en las que lo absurdo y lo surreal se desbordan de sus cauces normales para trastocar a la realidad.

Un rasgo estilístico muy importante en la obra y que se encuentra presente en cada uno de los cuentos son las incursiones que el autor hace al terreno de la lírica, haciéndonos pensar, en diversos momentos de la lectura, que la obra tal vez no es un libro de cuentos sino más bien de poemas… poemas en prosa.

Muestra de lo anterior lo podemos encontrar en las primeras líneas del primer cuento, El ramo azul, cuando Paz se avoca a describir los ruidos que pueblan las noches de provincia con una verdadera construcción poética:

Se oía la respiración de la noche, enorme, femenina. […] Alcé la cara: arriba también habían establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un vasto sistema de señales, una conversación entre seres inmensos. Mis actos, el serrucho del grillo, el parpadeo de la estrella, no eran sino pausas y sílabas, frases dispersas de aquel diálogo. ¿Cuál sería esa palabra de la cual yo era una sílaba? ¿Quién dice esa palabra y a quién se la dice? […] Caminé largo rato, despacio. Me sentía libre, seguro entre los labios que en ese momento me pronunciaban con tanta felicidad. La noche era un jardín de ojos (Paz 7-8).

El empleo de los recursos líricos se refrenda constantemente en cada uno de los cuentos, pero es en El ramo azul y en Mi vida con la ola en donde su función es reforzar la sensación de ensoñación y magia que el discurso narrativo imbuye en el lector:

Y varias noches, ya tarde, las escandalizadas estrellas lo vieron salir de mi casa, a escondidas. […] El amor era un juego, una creación perpetua. Todo era playa, arena, lecho de sábanas siempre frescas. Si la abrazaba, ella se erguía, increíblemente esbelta, como el tallo líquido de un chopo; y de pronto esa delgadez florecía en un chorro de plumas blancas, en un penacho de risas que caían sobre mi cabeza y mi espalda y me cubrían de blancuras (Paz 15).

Esta fluctuación entre la poesía y la prosa, o viceversa, no es para nada un evento que debamos atribuir a una mera casualidad producida por la enorme vena poética de Paz entrometida en sus incursiones en el territorio del cuento; por el contrario, la motivación estilística para que Paz inserte esta serie de pinceladas poéticas obedece a una inspiración propendida por Charles Baudelaire: “¿Quién de nosotros, en sus días de ambición, no hubo de soñar el milagro de una prosa poética, musical, sin ritmo y sin rima, flexible y sacudida lo bastante para ceñirse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del ensueño, a los sobresaltos de la conciencia?” (Baudelaire 3).

De este modo, Paz logra en sus Arenas movedizas, precisamente esa inestabilidad de terreno entre lo etéreo consignado a través de la lírica y la tangible construcción narrativa de un evento que discurre hacia un final inesperado tal como lo estipula en canon del cuento. A través de esta mixtura, Paz promueve un ambiente fantasmagórico, onírico y difuso en el que con dificultad se logra aprehender las fronteras entre la realidad y el sueño, así el lector queda situado en lo surreal; por lo tanto el postulado de Baudelaire, su innegable ascendente literario, es el influjo responsable de este vacilar entre el aquí y el más allá. Al leerlo, uno nunca sabe a ciencia cierta qué tan firme es el terreno que se está pisando.

Por otro lado, Paz hace implementación de la feminidad como el pivote circunstancial que decreta el desenlace de las historias es un rasgo estilístico que cohesiona varios de estos cuentos; en el primero, El ramo azul, la noche es una entidad femenina, abrumadora y desconcertante que abre la ventana mágica a lo insólito; es esa noche intrigante y misteriosa el escenario propicio para que al protagonista del cuento le quieran asaltar los ojos; y sin embargo es esa misma noche insondable y penumbrosa la que confunde al atracador, quien no logra distinguir el color de los ojos de su víctima, y al pensar que no son esos ojos del color del que los busca, lo abandona ileso en medio de esa noche; es también un “capricho” femenino el principal instigador del conflicto de este cuento.

En Mi vida con la ola es esa misma feminidad encarnada en una ola marina la que desata el conflicto ficcional; todos los bemoles de la personalidad femenil, y tan incomprendidos por el coprotagonista masculino degradan el enamoramiento y degeneran en un desenlace trágico; igualmente en Carta a dos desconocidas el motivo ficcional surge, también, de la figura femenina.

Paralelamente, la vista es un elemento simbólico que tiene un papel privilegiado en esta serie de cuentos, a lo largo del libro podemos encontrar al menos sesenta y cuatro referencias básicas a la vista entre ojos y diversas conjugaciones verbales de ver y mirar, de entre las más relevantes tenemos: “La noche era un jardín de ojos”, “Invisible y callado, a veces te asomas por mis ojos para ver el mundo”, “no vaya a ser que hayas incurrido en la cólera paciente, obstinada, de esos pequeños ojos miopes. ¿Has pensado alguna vez cuántos —acaso muy cercanos a ti— le miran con los mismos ojos de don Pedro?” y “la oquedad vortiginosa del ojo que cae en sí mismo y se mira sin mirarse”. La reiteración del uso de este sentido a lo largo de los cuentos, probablemente tenga la intención de proporcionar un efecto alucinatorio a nivel estilístico; la vista es el sentido más testimonial de todos, la misma máxima testimonial de Santo Tomás “ver para creer” asume que aquello que entra por los ojos es una evidencia de la realidad; sin embargo, el ambiente surreal de los cuentos traiciona la percepción de los protagonistas y ¿por qué no?, hasta del mismo lector. Es en este ámbito en donde vuelve a operar el título del libro en donde nada es lo que parece ser.

Concluyendo, los cuentos de Paz, rehúsan, desde su concepción, a ajustarse a cualquier parámetro literario; son cuentos que tratan de parecer poemas, o poemas en prosa con un giro narrativo y con alta carga ficcional; sus abordajes temáticos tienden al surrealismo existencial y qué mejor vehículo para hacerlo que desde la subjetividad; desde la perspectiva traidora de la realidad interna y propia; por tal razón, la mayoría de ellos están narrados en primera persona del singular; de este modo no se pueden interpretar desde un universo, porque no están insertos en esos lindes; sino que deben ser interpretados como vacilaciones del juicio y la conciencia en la que surgen pasmosas posibilidades de hechos ficcionales, dependiendo del ojo con que se las mire.

OBRAS CONSULTADAS

Baudelaire, Charles Pierre. Pequeños poemas en prosa. Buenos Aires: Austral, 1948.

Paz, Octavio. Arenas movedizas; La hija de Rappaccini. Madrid: Alianza Editorial, 1994.

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