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09 junio
2016
Cuento Literatura Narrativa
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ERUNT SICUT MUSICA

Por Equum Domitor

De los portentos que como escritor me abdicaron, hay uno específico que me cuesta trabajo manejar, se trata de la sinestesia. La sinestesia es la capacidad que tienen algunas personas de asimilar una sensación por un sentido diferente al que comúnmente usamos. Un sinestésico, además de su percepción común, puede sentir un sabor al tocar un objeto, escuchar sonidos al ver los colores o ver colores con los sonidos; aunque mi caso es particular, entro en la categoría de los que pueden ver los sonidos. Debo aclarar que no soy un sinestésico natural, para lograrlo necesito cumplir ciertos factores, como pasar por un estado depresivo, beber por lo menos tres tazas de café, escuchar música con poca luz por anticipado y, la más importante de todas, esperar el golpe a las cuatro veinte de la mañana.

Sinestesia-Rafael Gasca

Sinestesia » Rafael Gasca

 

El tipo de sinestesia que manejo, no es sólo ver una forma indefinida de color con los tonos, como sucede en los sinestésicos naturales, sino que logro que una combinación musical me genere la visualización de imágenes definidas y con posibilidad de movimiento, parecido a una ensoñación, donde logro proyectar una trama, cual si estuviera dentro del mismo sueño siendo sólo observador.

El primer avistamiento que tuve fue en mi juventud, estaba en la preparatoria y escuchaba una composición para violín de Vivaldi. Un reflejo instantáneo me hizo avivar la vista a la concordancia de las notas. En ellas observé una iglesia y a un cura que impartía clases de música a mujeres que tenían algún defecto corporal. La composición me decía visualmente que el maestro se había enamorado de una de sus alumnas. No era la más agraciada físicamente, sin embargo, era la que mejor alma musical poseía y ante sus ojos, la más bella del grupo.

La percepción múltiple de la sinestesia fue una sorpresa extraña, no muy grata en principio, y no le di la debida importancia hasta que, pasados algunos años, miré un documental de Vivaldi donde se afirmaba que il prete rosso-el cura rojo —así llamado—, había sido maestro en un hospicio. El grupo de jóvenes que conformaban sus clases, estaba formado por mujeres que habían sido abandonadas en su niñez por algún defecto físico y que fueron educadas y cuidadas por monjas. Al llegar a su mocedad, eran seleccionadas e instruidas por el mismo Maestro. Tocaban en la iglesia, tras unas rejas que ocultaban su fealdad, para que la belleza de sus interpretaciones fuera escuchada sin distracción visual.

Ante el hallazgo, mi sentir como escritor me obligó a buscar la sensorialidad para ver imágenes en la música una vez más. Me aboqué a reproducir los hechos con temor de no lograrlo, realizando los pasos como los recordaba, y encontré que la fórmula en verdad tenía efecto; ahí estaba nuevamente Vivaldi enamorando a la joven con sus composiciones, para que ella las ejecutara, y al verla externada en música, admirar su belleza holista. Lo inverosímil del suceso me exigió buscar información que sustentara lo visto, pero después de un tiempo renuncié a ello aceptando el don simplemente.

Desde entonces he mejorado en la técnica, y he logrado ver lo que cualquier autor esconde en sus armonías y lo que nadie puede observar por medio de la música. Podría durar horas escribiendo sobre esos mundos, aunque fuera tratado de loco o de poca verosímil, pero no me compete descubrir los secretos de terceros; pienso que debemos aceptar la indefinición de la música, tal como es, disfrutar de sus estados y conformarnos con admirarla.

Me remito a exponer lo que nos ocupa, la progresión del método agregando que últimamente he logrado intentos mayores. Como no sé tocar ningún instrumento, pero sí poseo el don de la musica, días antes de enfocar el golpe compongo una sinfonía que proyecto pensando en algo en específico; como si hiciera un equipaje donde seleccionara lo que quiero ver en la sinestesia. Voy emulando bucalmente los quejidos del violín, o los engolados sonidos de la viola de gamba, que, en conjunción con los timbales, clarinetes y oboes, logra una sinfonía que pasa de ser una onomatopeya de instrumentos individuales, a una mental bien lograda que puedo escuchar en conjunción dentro de mi cabeza. Después de dominada, sigo los pasos que me llevan a la sinestesia, y cuando llego al golpe de las cuatro veinte, la reproduzco para adentrarme en un mundo de imágenes creada por mí mismo, sin necesidad de otros autores que me transporten.

Como lo mío no tiene sentido de privacidad, puedo describir la evolución de mis logros.

En el mejor de ellos pude recrear una puerta de color amarillo pálido, descolorida por el sol, y a una vieja recargada en el marco derecho tomando café; era mi abuela materna, María, ostentando un cuerpo armónico. En el lado izquierdo, pude ver a un hombre robusto, pelo corto, y amplia sonrisa que también tomaba café; era mi padre, Manuelito Rieleros. El único medio de juntarlos fue usando su gusto por el café, aunque no pude evitar que contendieran por saber a quién de los dos amé más en vida. Mi abuela contaba de cuando ya no veía y que yo le daba un beso sin decir quién era; ella adivinaba diciendo: ¿eres tú, Benjamín?, y yo le recriminaba su falsa ceguera indicando que nos mentía para pasarla bien, y soltaba una carcajada parecida a la que exhibe en ese mismo instante. Mi padre cuenta que no estaba acostumbrado a demostrar amor por medio de abrazos —a pesar de que fue muy buena persona—, y de cómo me recordaba en la última vez que nos vimos. Dice que le di un beso en su cabellera —surcada por canas—, que lo abracé por la espalda cuando estaba sentado a la mesa, y de lo feliz que se sintió en ese instante en que sobrepasé sus límites de recibir afecto.

Me sentí complacido por un tiempo con reproducir aquella corta escena que era tan real, pero no me conformé con sólo eso. En mi último intento logré materializar el lucífero estado, al grado de que me vieran frente a ellos. Al tenerlos palpables, ante sus ojos de sorpresa, les volví a dar un abrazo y los besé de igual manera, y hasta logré que hicieran las paces. ¿Cómo es que estás aquí?, preguntaron dibujando una sonrisa en sus rostros, y les expliqué que había logrado adentrarme al mundo de los muertos por medio de la música, basándome en el predicho de Agustín de Hipona, al preguntarle que cómo serían las almas en el cielo, y que valiéndose de la cadencia del latín contestó: Erunt sicut musica-Serán como la música; pero que nada importaba sino el volver a estar reunidos. Tomé algunas tazas más de café junto a ellos, sin considerar el tiempo, al grado de que cuando quise despertar del trance no lograba hacerlo. En un último abrazo y llorando de felicidad, mi abuela y mi padre trataron de ayudarme al ver lo maltrecho de mi estado. Me aconsejaron que no fuera tonto, que me aferrara a la vida, que existen cosas por las que hay que luchar; que la vida es la mejor droga que existe, y que, a pesar de querer escapar de ella, aún no era mi tiempo. Haciendo uso de su fuerza resonante, me lanzaron fuera, con gran impulso, y al avivar la vista a la realidad, me vi repentinamente eufórico y con gran ánimo, en un picadero de drogas donde un paramédico me explicó que había utilizado un anti opiáceo por excederme en la combinación de coffeas en mi último golpe, y me cuestionaba, a manera de reprensión, que si valía la pena perder los sentidos, sin ningún sentido.

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Un comentario en “ERUNT SICUT MUSICA

  1. Marisela Romero Álvarez dice:

    ¡Me encanta! Gracias por este deleite Equum…

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