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02 Febrero
2017
Literatura Narrativa Relato
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El pequeño Bardock: El niño de Schrödinger

Por Alberto Curiel

Bardock desliza la linterna con una pericia sorprendente, alumbra por segundos los peludos cuerpos brunos de sus captores, busca posibles salidas, no hay ninguna. La luz de su lámpara comienza a atenuarse; las baterías se agotan y, cuando eso suceda…  

San José Carpintero, Georges de La Tour

San José Carpintero » Georges de La Tour

 

Ahí venía el tercer intento fallido, el desilusionante alud de la tentativa de bomba casera construida bajo el estricto seguimiento de una guía brindada por un tutorial consultado en alguna página de internet. Sin embargo, Irene es obstinada, y difícilmente se permitirá una derrota tan absurda. Es ella quien mantiene ondeando la estabilidad de Alberto y su hijo, la única con habilidades perceptibles en el mundo real, con un pie bien metido en el agua y el otro en la tierra, una líder que hace posible la ósmosis en la familia, puesto que el diletante maremágnum llamado Alberto le significa a ella estar al cuidado de dos infantes.

Azucena, cual asistente médico, se encarga de facilitar los instrumentos necesarios para llevar a cabo la operación: botellas, papel aluminio, ácido muriático, glicerina, ácido nítrico, sulfúrico, bicarbonato sódico, algodón, entre otros adminículos que resulten de utilidad. Los ingredientes fueron proporcionados por un amable vecino que labora para dos laboratorios, y al saber de la urgencia, no sin realizar retahílas de preguntas y afirmar sendas dudas, consintió en obsequiar los materiales necesarios.

¡Pronto, pronto!, piensa Irene, que en medio de suturas químicas evoca la sonrisa de su hijo desaparecido, suprime el llanto y dirime las lágrimas, recuerda lo que en repetidas ocasiones le ha mencionado Alberto: “de nada sirve llorar”, y es cierto, pero le cuesta una galaxia no derrumbarse. Azucena e Irene salen rápidamente al terreno baldío, a unos cuantos metros de su casa, arrojan la bomba esperando presenciar el éxito… El explosivo acierta.

Irene siente retemblar sus piernas, padece un ardor profundo en el pecho que le hace trasladar automáticamente sus manos a la boca; algo no anda bien… ¡Bardock, él… está en peligro!, maúlla emprendiendo una carrera vertiginosa en dirección a la casa.

Alberto corre someramente a ciegas dentro de la caverna, las paredes de aquel túnel cuántico carecen de sentido, él no puede discernir los fondos y las formas expuestas, es como estar dentro de un prisma de geometría singular en donde emana un rayo de luz proveniente de algún lugar desconocido. Probablemente, en su maratónica pugna por salvar la vida, Azucena no contempló todo aquello, es posible que el pasillo no conecte únicamente dos vías, sino que represente una conexión plural, multitudinaria, de distintas realidades; Bardock lo sabe bien, qué sorprendente es mi hijo. De modo que la ruta evidente es una línea ininterrumpida, de lo contrario podría acceder a diferentes territorios, se hallaría en cualquier sitio errado, en donde no estará su hijo.

Entonces Alberto siente una pausa en el corazón, le huye el aliento, no respira y el panorama le resulta cristalino y humeante, de espejismo consumado, él conoce exactamente la razón de su pesadumbre. ¡Papá va por ti!

Bardock camina hacia atrás cuidando sus pasos, está rodeado por endriagos espeluznantes, su candil didáctico parpadea, lo abandona en un cielo negro, él golpea la parte inferior de su fuente lumínica en repetidas y desesperantes ocasiones y enciende, está a salvo de nuevo; por cuánto tiempo.

Irene tropieza al atravesar el umbral de su morada, cae al suelo, su pantalón se desgarra y su rodilla izquierda se mancha de un tono bermejo, le duele sobremanera pero ignora el dolor y se precipita contra la puerta sellada de la habitación de Bardock, la araña, quiere penetrar en el interior de la lacrada recámara, no obstante es Azucena quién impide coactivamente la profanación del recinto,-¡el agujero no es estable!- itera Azucena sujetando a la angustiada madre. La intrusión de Irene podría traducirse en el cierre del portal, quedando sus deudos encerrados en las tinieblas. Es una probabilidad.

Por mi parte, jamás he corrido tan velozmente, apenas y siento el rocoso suelo bajo mis pies, sospecho que entre más avanzo más se extiende igualmente el derrotero, ¡cuán prolongado es este maldito tubo! Pero llegaré, hijo, lo prometo, Bardock, pequeño mío, resiste un poco… Alberto llora por primera vez en una década.

Entre relámpagos cada vez menos frecuentes se asoma y desaparece el niño, sabe que la linterna morirá pronto, y quizás él también, realiza un último examen con la alternancia de los centelleos, detecta la posición de los enemigos, el más grande no está, tal vez, si realiza los movimientos necesarios, si ejecuta una fasta maniobra… La luz se ha apagado.

Bardock arroja la linterna y se dispone raudamente a asir su espada, la coge con su mano izquierda, está listo para defenderse, empero, la espada le es arrebatada, desde su espalda un escurridizo monstruo le ha quitado toda posibilidad. Bardock exhibe un visaje aterrador, conoce su destino, respira desorganizadamente y mira, sus ojos van aclimatándose a la obscuridad, dos demonios se aproximan, entreabren sus fauces, salivan, y se colocan en posición de caza, como los leones que están a punto de saltar sobre un antílope despistado, Bardock se encoge, y espera que lo que a continuación se produzca sea lo más breve posible. Ambos demonios emiten un rugido a discreción, contraen sus extremidades, despliegan sus fauces… se abalanzan sobre el niño. Bardock se deja ir.

En casa, la contienda femenina desemboca en el repentino desplome de Azucena, la niñera carece de energía, respira exhausta desde las profundidades del adoquinado, sus fuerzas fueron insuficientes para el victorioso atajo de una madre perturbada. Irene reincorpora sus bríos, restituye su postura y de nuevo se aproxima a la puerta clausurada, algo clama desde dentro, la exige, ella palpa la superficie con invidencia, interpreta un braille indistinguible y suspira pasmosamente en un gesto de fuga, de válvula abierta que libera el espíritu para dejar a la entidad somática abandonada, cascarón vacío, terrible barrunto…

Por arrebatos nebulosos, rabietas del espacio/tiempo que no podemos explicar, los objetos y los seres comienzan un baile en una ralentización más parecida al estatismo absoluto y en un reordenamiento de la pigmentación aleatorio, la anteriormente renegrida estancia extranjera se rediseña en argentinos tonos bien delineados, Bardock contempla la ausencia de movimiento, la paralización manifiesta, advierte un dolor punzante en su mejilla izquierda, la garra de un demonio flotante hundiéndose en ella, hendiéndola, el segundo demonio también flota, mantiene los colmillos a una distancia tenebrosamente cercana a sus costillas, lo morderá en el costado derecho causando una hemorragia indetenible, será rápido, piensa Bardock contemplando un paréntesis en el banquete en donde él es el platillo, y tampoco se mueve, es parte de la puesta en escena, desea entornar los ojos… pero hay algo más, las criaturas suspendidas en una pirueta acrobática están sostenidas por una fibra cada una, un hilo grueso que las soporta como marionetas, pero más que marionetas son muñecos de ventrílocuo, los hilos parecen brazos, fuertes brazos que manipulan sus conductas, ¿quién es el titiritero que las empuja contra él?, le resulta familiar, tal vez no las pilota, no las guía contra él, sino que… en la espesura plateada Bardock obtiene una vislumbre reconstituyente, su faz explota en un revoltijo de dientes y parpadeos esperanzadores y sonrisas, panegíricos abstractos, los brazos  gruesos detrás de las criaturas lo han cargado desde su nacimiento, él los reconoce: Papá ha llegado.

Es así como el espacio/tiempo reanuda su curso caprichosamente en un zapeo de play, y pause, y forward, y review. Bardock atestigua todo lo que prosigue, el rostro encolerizado de su padre, quien con un fugaz movimiento hace volar a los demonios que Bardock asumió como sus inmoladores previamente, los lanza muy lejos y con un brazo engancha a su hijo salvándole de la criatura a sus espaldas, mientras ésta cierra poderosamente las mandíbulas que iban destinadas al torso del niño, de un puñetazo Alberto siembra a la bestia en el suelo, se hace con la espalda y la devuelve a su pequeño.

-¡Permanece detrás de mí, hijo!- sentencia Alberto.

El enloquecido padre combate en un conflicto sin cuartel. Bardock ríe silente, testifica en favor de su progenitor, lo mira maravillado, casi aplaude, -¡Papá, detrás de ti, papá, pégales, papá…!- y piensa en casa, en mamá y en chocolate caliente.

Los demonios propinan mordidas a los brazos y piernas de Alberto, mordidas que no siente dada la protección que ideó trajearse de manera inteligente, él los destroza contra las paredes, contra el empedrado, toma sus quijadas y las abre hasta romperlas, les entierra los puños en los ojos, -¡qué poderoso es papá!- grita Bardock. Sin embargo los demonios se multiplican, se adocenan en oposición a Alberto, un contingente se avecina desde el techo hacia la desprotegida cabeza de papá, así que el valiente niño blande la espada y se une a la guerra. Padre e hijo combaten juntos, sus humanos ovillos de iris color café están totalmente adaptados a la lúgubre obscuridad.

Disminuyen los atacantes, el triunfo está cerca, mamá estaría orgullosa, reflexiona Bardock al tiempo que impele a un monstruo que se acercaba a su padre.

-¡Quedan pocos, hijo, ya cas…!- La voz de Alberto es silenciada.

En un terrible giró de tuerca, Bardock observa el cuerpo de su padre volar por los aires, rodar como un trompo y caer girando torpemente como una piedra irregular… se detiene.

Alberto levanta la cara un tanto desubicado, recibió un fuerte golpe, Bardock está estupefacto, vira la mirada en derredor y escucha el ciclón, la ronca y grave tormenta que ya había entrado en sus oídos:

-Salid todos de aquí, habéis peleado honrosamente, hermanos, pero sois una vergüenza en combate. Yo me libraré de vosotros, intrusos- el demonio más grande había regresado; los monstruos más pequeños escaparon tras su orden.

El padre del valiente infante se pone en pie, sacude su pecho y estira las piernas, enjuga la sangre que fluye desde su nariz, o desde su boca, o desde ambas, esboza una sonrisa tres cuartos con la mirada fija en el abominable esperpento, Bardock asiente a la distancia imitando el gesto de su padre en diabólica confidencia. Alberto siempre quiso conocer los límites de su fuerza, pelear con un oso, con un tigre, pero aquello era un arriesgue estúpido e irresponsable encausado por una manía inadmisible, pero ahora tenía todas las credenciales y permisos necesarios, la firma final la colocó el colosal monstruo de más de doscientos veinte centímetros que le escudriñaba impaciente a unas trece yardas, ahí justo en la raya ulterior del documento.

Bardock entendía perfectamente el sentimiento de su padre, a él también le interesaba esto, le encantaba acompañarle al gimnasio, fijarse en sus entrenamientos, le había observado levantar más de 120 kilogramos por encima de su pecho y desplazar casi media tonelada tan solo con la fuerza de sus piernas, superando a sujetos con mayor estatura y amplitud, aunque debía admitirlo, el demonio obscuro era la bestia más grande que había visto y también desconocía los confines de sus capacidades; Bardock confía en su padre.

Alberto y el demonio se conocen inalterablemente en un vaivén de afrentas etéreas que viajan en un canal creado por sus pupilas, Bardock está a punto de comprobar que el camino más corto entre dos puntos es la línea recta.

La bestia se ladea, Alberto se prepara para la embestida…

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2 comentarios en “El pequeño Bardock: El niño de Schrödinger

  1. Yanet Rodriguez dice:

    una pregunta ¿porque elegiste a Schrödinger?

    1. Alberto Curiel dice:

      Hola, Yanet, el título es una analogía del experimento imaginario de Schrödinger (en el que hay un gato encerrado en una caja con una botella con gas venenoso y una partícula radioactiva), en dicho experimento el gatito tiene la misma probabilidad de estar vivo o muerto, pero no se comprobará hasta que se abra la caja, mientras tanto, el gatito está vivo y muerto a la vez. En ésta tercera entrega de El pequeño Bardock, el niño queda atrapado en una dimensión desconocida y aludo a este experimento mostrando que, para los papás, su hijo está vivo y muerto hasta que alguno pueda verlo y “abra la caja”. Gracias por leerme, ¡saludos!

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