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29 diciembre
2015
Crítica Ensayo Literatura Poesía
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CREACIONISMO EN ALTAZOR, DE VICENTE HUIDOBRO

Por Nidya Areli Díaz

Para estudiar Altazor (1931) de Vicente Huidobro (Santiago de Chile, 1893 – id., 1948), es necesario antes que nada, intentar establecer una definición propia para el creacionismo. Hemos de valernos para este respecto de las declaraciones del propio fundador a Ángel Cruchaga:

– ¿Cuál es la estética del «creacionismo»?

– [ . . . ] Queremos hacer un arte que no limite ni traduzca la realidad; deseamos elaborar un poema que tomando de la vida sólo lo esencial, aquello de que no podemos prescindir, nos presente un conjunto lírico independiente que desprenda como resultado una emoción poética pura.

Nuestra divisa fue un grito de guerra contra la anécdota y la descripción, esos dos elementos extraños a toda poesía pura y que durante tantos siglos han mantenido el poema atado a la tierra.

En mi modo de ver el «creacionismo» es la poesía misma: algo que no tiene por finalidad, ni narrar ni describir las cosas de la vida, sino hacer una totalidad lírica independiente en absoluto. Es decir, ella misma es su propia finalidad.

En general los poetas de todas las épocas han hecho imitaciones o interpretaciones más o menos fieles de la vida real.

Yo creo, y esto es fácil concederlo, que una obra de arte mientras mejor imitada o interpretada esté será menos creada.[i]

AltazorComo se ve, Huidobro revela aquí la ruptura con los convencionalismos estéticos de la época – propio de las vanguardias-, el compromiso no es ya con la realidad en su imitación, sino con el poema mismo, con la labor en sí como creación.

Sabemos ya del tiempo que llevó a Huidobro completar la obra, y que ésta repercutió después en cumbre del creacionismo en toda su magnitud. Luego, Altazor resultaría para un lingüista, el manjar exquisito de la de-creación de los lexemas, el suculento embriagarse de fonemas, de intercambio de verbos en sustantivos, de sustantivos en verbos, el nacimiento del lenguaje ya de ave, ya de hombre. Altazor es la voz de la quimera que atraviesa los cielos acompañándose de cometas, de soles, de satélites.

El poema comienza con el prefacio, aquí Huidobro se transforma, dando vida a Altazor: “Una tarde, cogí mi paracaídas y dije: «entre una estrella y dos golondrinas.» He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae”. El poeta decide entonces, transfigurado en la quimera, emprender la aventura del poema: “» Un poema es una cosa que será. / » Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser. / » Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser”, en la caída uniforme.

En el canto uno, la poesía simplemente fluye, el protagonista es cuestionado: “Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad?”, amenazado: “Altazor morirás Se secará tu voz y serás invisible”, incitado al vacío: “Cae al fondo del infinito / Cae al fondo del tiempo / Cae al fondo de ti mimo”. Altazor responde: “Abrí los ojos en el siglo / En que moría el cristianismo. / Retorcido en su cruz agonizante”, se identifica: “Soy yo Altazor el doble de mí mismo / El que mira obrar y se ríe del otro frente a frente / El que cayó de las alturas de su estrella / Y viajó veinticinco años / Colgado al paracaídas de sus propios prejuicios”, declara su soledad: “Estoy solo parado en la punta del año que agoniza”, su dolor dolido en la planta, en la batalla: “Seguir del dolor al dolor del enigma al enigma / Del dolor de la piedra al dolor de la planta / Porque todo es dolor / Dolor de batalla y miedo de no ser”. Altazor-Huidobro declara en tono de despecho el desencanto de la religión, no conforme la posa en la ignorancia: “Será por mi boca que hablarán a los hombres / Que Dios sea Dios / O Satán sea Dios / O ambos sean miedo, nocturna ignorancia / Lo mismo da”, hace un recuento de sus armas, las palabras, como lo haría el guerrero de sus tropas: “Hay palabras que tienen sombra de árbol / Otras que tienen atmósfera de astros / Hay vocablos que tienen fuego de rayos / Y que incendian donde caen”, mas cae en la cuanta que no han de bastarle, insuficientes para emprender su proeza, para cambiar el universo, entonces desconfía de ellas: “Desconfía del ardid ceremonioso / Y de la poesía / Trampas / Trampas de luz y cascadas lujosas”, pero al mismo tiempo anuncia prontamente que ha de valerse de un nuevo y desconocido lenguaje: “ Yo hablo en nombre de un astro por nadie conocido / Hablo en una lengua mojada en mares no nacidos / Con una voz llena de eclipses y distancias / Solemne como un combate de estrellas o galeras lejanas”. Ya en plena catarsis, Altazor anuncia el nacimiento, se regodea, sufre los embates cual si fuera él quien está pariendo, reclama silencio para lo próximo a acontecer, finalmente: “Se oye el pulso del mundo como nunca pálido / La tierra acaba de alumbrar un árbol”.

Ya hemos notado el exterminio de los signos de puntuación, el canto uno es el más largo, fluye con uniformidad, resuena en tanto el escritor-protagonista anuncia su condición trágica, de quimera, de anunciador de poeta-poema: “Soy protesta y araño el infinito con mis garras”.

El canto dos es una especie de oda a la mujer, muy poco tiene que ver con el canto uno, parece que Alatazor se hubiera detenido de su empresa para mirarla de cerca, para alabarla, hacerla suya mientras le canta: “En vano tratarías de evadirte de mi voz / Y de saltar los muros de mis alabanzas / Estamos cocidos por la misma estrella / Estás atada al ruiseñor de las lunas / Que tiene un ritual sagrado en la garganta”, busca a la vez su amparo: “Mi alegría es el oír el ruido del viento en tus cabellos / (Reconozco este ruido desde lejos)”. Posiblemente necesitara de ella en el resto de su aventura, o quizá simplemente quiso rendirle homenaje pues en el vuelo en paracaídas la recordó: “Si tú murieras / Las estrellas a pesar de su lámpara encendida / Perderían el camino / ¿Qué sería del universo?”.

En el canto tres el autor-Altazor comienza a jugar con el lenguaje, juega con la asonancia y la consonancia en una estela de rimas: “Romper las ligaduras de las venas / Los lazos de la respiración y las cadenas”, “Es el mundo que torna y sigue y gira / Es una última pupila”, nombra señora a la poesía y al eximirla de todo compromiso de solemnidad y formulismos, la embarca en un juego permanente: “Basta señora poesía bambina / Y todavía tiene barrotes en los ojos / El juego es juego y no plegaria infatigable”, se pone a rehacer el mundo mediante el lenguaje y la comparación: “Sabemos posar un beso como una mirada / Plantar miradas como árboles / Enjaular árboles como pájaros / Regar pájaros como heliotropos”. Como “Todas las lenguas están muertas”, Altazor quiere resucitarlas en la emprendida de una nueva invención a manera de juego, que las saque de su letargo: “Mientras vivamos juguemos / El simple sport de los vocablos”.

El canto cuatro lleva impresa una impaciencia desde el primer verso “No hay tiempo que perder”, invita al lector “más allá del último horizonte” a presenciar, a ver “lo que hay que ver” mas para tal empresa, tanto Altazor como su compañero han de valerse de sus ojos, el protagonista se detiene a valorarlos: “Yo amo mis ojos y tus ojos y los ojos / Los ojos con su propia combustión / Los ojos que bailan al son de una música interna”, el ojo se convierte entonces en lo que ve: “Ojo árbol / Ojo pájaro / Ojo río” pero

No hay tiempo que perder

Para hablar de la clausura de la tierra y la llegada del día agricultor a la nada amante de lotería sin proceso ni niño para enfermedad pues el dolor imprevisto que sale de los cruzamientos de la espera a este campo de la sinceridad nueva es un poco nuevo como el eclesiástico de las empresas para la miseria o el traidor en retardo sobre el agua que busca apoyo en la unión o la disensión sin reposo de la ignorancia pero la carta viene sobre la ruta y la mujer colocada en el incidente del duelo conoce el buen éxito de la preñez y la inacción del deseo pasado de la ventaja al pueblo que tiene inclinación por el sacerdote pues él realza de la caída y se hace más íntimo que el extravío de la doncella rubia o la amistad de la locura.

Como se ve, del verso se ha pasado limpiamente a la prosa, sin puntuación y con el agravante del párrafo en prosa, al autor hace poesía, se habla en una sola y gran oración de todo y nada, “del agricultor”, “del traidor”, “del pueblo que tiene inclinación por el sacerdote”.

Luego “No hay tiempo que perder” para la reconstrucción de las palabras en el invento de quimeras voladoras: “Ya viene la golondrina / Ya viene la golonfina / Ya viene la golontrina”, la música se torna en componente imprescindible de la poesía: “Pero el cielo prefiere el rodoñol / Su niño querido el rorreñol / Su flor de alegría el romiñol / Su piel de lagrima el rofañol / Su garganta nocturna el rosolñol / El rolañol / El rosiñol” y la             de-construcción vuelta a armarse en elementos que delatan la naturaleza de las cosas, de las personas como si fuesen palabras, como si todo en el mundo fuese vocablos:”Aquí yace Raimundo raíces del mundo son sus venas”.

Como se ha visto en este capitulo el paracaidista se ha dedicado a reinventar el lenguaje, ha destrozado las palabras en una de-construcción permanente, creando un nuevo lenguaje que figura a la vez en la aventura que al comienzo anunciaba. Ahora sabemos que todo es un juego, las palabras se pueden descomponer, emergen los morfemas recombinados, las palabras alumbran quimeras.

En el canto cinco el juego continúa, en realidad “el campo inexplorado” ha comenzado desde el canto anterior, quizá desde el principio; la gramática del texto ha enloquecido al lector: “¿Has visto al niño que cantaba / Sentado en una lágrima / El niño que cantaba al lado de un suspiro?”, Imágenes absurdas, ideas inconcebibles pueblan ya el poema como si se tratara de un mundo discontinuo, de otra dimensión. Estas imágenes han de influir en el ánimo del lector embriagado por la de-creación paulatina a que ha sido sometido su inconsciente. Nuevas significaciones re-diseñan al mundo preestablecido: “El horizonte es un rinoceronte”, seres inventados por el lenguaje: “La montaña y el montaño / Con su luno y con su luna”. Llega entonces la letanía del molino con sus posibilidades infinitas “Molino de viento / Molino de aliento / Molino de cuento [ . . . ]”. Es manifiesta la intención de Altazor para evolucionar el lenguaje en la conciencia mientras se lee el poema en voz alta, para cuando llegamos a “molino de enronquecimiento” en efecto la garganta se halla enronquecida, entonces caemos en la cuenta como si el poema nos hablara directamente, el “Molino soñoliento” nos ha dicho que estamos exhaustos y tenemos sueño, los molinos no terminan en el ciento noventa, sino se prolongan en nuestra mente “Molino de asiento y del viento”, Altazor sugiere que podríamos establecer nuevas combinaciones para crear más molinos. El molino es entonces el lenguaje.

En el canto seis, el lenguaje se sigue descomponiendo, el poema ya no fluye entero en sus versos, se trastoca, se interrumpe, se corta, no hallamos frente a una involución: “El pecho al melodioso / Anudado la joya / Conque temblando angustia / Normal tedio” En el canto último la criatura-escritor llega tras de arrancarles por completo el significado a los vocablos, como si éste ya no fuera necesario, al nacimiento del lenguaje, sonidos que recuerdan el canto de las aves: “Ai i a / Temporía / Ai ai aia / Ululayu / layu yu”.

El creacionismo es entonces de-creación, una invención de imágenes, seres, e ideas quiméricas mediante el lenguaje; un universo paralelo que se deja mirar sólo por medio de la palabra. Altazor nos muestra esto, el creacionismo, el descomponer, el de-crear, mediante el lenguaje, invita a reinventar el universo, a revelarse contra lo dicho, contra lo probo. Nos interna desde las alturas, allá donde habitan los cometas, los soles, los astros, a una nueva realidad, como si al penetrar en la atmósfera fuéramos reacomodando el mundo.

Obras Consultadas

Huidobro, Vicente. Altazor. Temblor de cielo. Ed: René de Costa. Col. Letras hispánicas. México: reimexico, 1987.

Ángel Cruchaga. “Conversando con Vicente Huidobro”. Vicente Huidobro y el creacionismo. Ed. René de Costa. Serie el escritor y la crítica. Madrid: Taurus: 1975.

[i] Ángel Cruchaga. “Conversando con Vicente Huidobro”. Vicente Huidobro y el creacionismo. Ed. René de Costa. 63-64.

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