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17 agosto
2014
Ensayo Literatura
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CAVILACIONES SOBRE LA SOLEDAD

Por Marisela Romero

Parece que en el jardín de Santa Catarina se han quedado todos los otoños. En este paraíso urbano de Coyoacán se pueden encontrar cúmulos de hojas secas: guiños de melancolía con la resignación del tiempo que continúa su marcha; despedidas eternas de quienes nos dejan, los que se van quedando en el camino ¿o acaso somos nosotros quienes nos quedamos? Ya no importa.

cavilaciones sobre la soledadLas mejores personas del mundo tocaron mi corazón y lo habitaron durante un suspiro. Ahora ya no están, parece que se fueron todos en el mismo instante.

Y aquí estoy descansando, disfrutando el sutil canto de la crujiente alfombra compuesta de todo aquello que ha renunciado a vivir. Recuerdos, momentos de existencia propia y ajena, ahora tan difusos y distantes.

Se define a la soledad como “carencia de compañía” en el mejor de los casos; otra aseveración indica “pesar y melancolía”. Tales afirmaciones no son independientes, van de la mano para bien o para mal. Es decir que la diferencia no radica en la semántica, sino en la pragmática.

Por lo tanto yo creo que la soledad se puede experimentar bajo dos condiciones. La primera es aquella a la que nos enfrentamos todos los seres humanos invariablemente y sin remedio. Nacemos, caminamos por esta vida y morimos solos. Se le puede reconocer por la lacerante sensación de orfandad.

Sobrevivir a ella dependerá de la resignación con que sea recibida, aceptándola sin permitir que nos arrastre a un estado de desesperación y angustia extremas.

La segunda condición puede incluso ser satisfactoria. Retroalimenta, equilibra; nos ayuda a retomar la perspectiva de nuestra circunstancia como individuos, rodeados de vínculos voluntarios e involuntarios.

Me gusta esa soledad elegida, la que me permite extasiarme con las cosas sencillas de la naturaleza: un otoñal amanecer, el ocaso en invierno, la luna llena de octubre, el viento en la cara. Soledad en la que puedo regocijarme con la creatividad humana, sin necesidad de dar explicaciones justificando mi gozo.

Es en esta soledad donde también puedo evocar infinidad de eventos que corresponden a mi infancia, referente del significado de felicidad por excelencia. Esto me hace recordar un fragmento de “El blues de la soledad” de Miguel Ríos: “al lugar donde has sido feliz, es mejor que no trates nunca de regresar” y yo digo: ¿por qué no?

Y es así que regreso una y otra vez a mi niñez, a mi breve juventud —algo turbulenta por las malas decisiones—, mi eterna felicidad por la vida.

Puedo incluso recibir una oleada de nostalgia, sin saber de dónde vino, sólo la acepto y me resigno a ser arrastrada por su impetuosa fuerza.

Nostalgia del amor arrebatado a una infancia antes colorida; almas huérfanas de protección filial por inconscientes actos de locura.

Y sufro el dolor, que no es precisamente el propio, pero que duele más porque lo puedo observar desde afuera, con plena conciencia, como espectador en primera fila. Con la impotencia de quien observa derrumbarse sueños, paraísos, vidas.

Es entonces cuando corro, cubro mis ojos, ensordezco mis oídos, me escabullo hasta encontrar, aún ensimismada, los acordes de Narciso Yepes, que me guían nuevamente al paraíso de mi equilibrada emotividad, sola.

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