CATONEANDO

por Eleuterio Buenrostro

Esta historia inicia con Gordiano Tauro sentado en la sala de espera de urgencias del IMSS. Sírvame el íncipit para dar un toque de dramatismo al argumento. Prologo que a Gordiano le fue extirpado el apéndice, lo cual deja ambigüedad en el anexo que se pueda hacer a este, de por sí, mal texto. La visita, a esa santa institución, se daba a que el escritor había sido diagnosticado con Cáncer de Lectura y a pesar de ello leía afanosamente —junto a otros dos que husmeaban—, un periódico olvidado sobre la silla contigua. Nunca muchas letras son suficientes, se justificaba, mirando de soslayo, para constatar que no lo nombraban en la larga lista de espera.

Por recepción entra un hombre de mediana estatura, sujetando un cuchillo en su vientre. ¡Ayuda!, solicita en un grito, la ignorancia pretende asesinarme. Dos enfermeros lo asisten, sentándolo en una silla de ruedas y dirigiéndolo al acceso. Yo llegué antes que muchos, vocifera un viejo desesperado por el dilato, si sigo acá tendrán que curarme de alzhéimer, increpa. Todos los textos deben tener cabida, incluyendo los malos, es cuestión de esperar un poco, responde la recepcionista desde su cubículo, sin levantar la vista, recuerden que algunos representan un verdadero reto intelectual, termina.

Hay personas que no conocen la palabra, dice el mismo viejo, en voz baja, dirigiéndose ahora a Gordiano. ¿La palabra de Dios?, pregunta, bajando el periódico. No, la palabra vergüenza, responde y muestra su dentadura y un brillo en sus labios, que lo aseguran en estado de ebriedad. ¿Está usted borracho?, cuestiona Gordiano. Borracho de letras me como al mundo, responde raudo el viejo, pero eso no significa que deban negarme el acceso. ¿Qué mal lo aqueja, buen hombre?, pregunta el escritor. Tengo un mal funcionamiento de la organoléptica, responde y sonríe.

Gordiano regresa a la lectura, achicando los ojos. ¿Tú por qué estás aquí?, inquiere al notar que le negaba importancia. Tengo cáncer de lectura. ¡Ah bueno! Eso es mejor que tenerlo de escritura, asegura el viejo, ¿cómo te llamas? Gordiano Tauro, contesta. ¡Oh!, ya veo, eres uno de esos anagramas que andan sueltos. El escritor, que hasta entonces había dejado de prestarle atención, vuelve a dirigir la mirada al tipo. ¿Usted cómo se llama? Soy Octavio Ampersand Séptimus, responde levantando el mentón. Gordiano sonríe. ¿De qué te ríes?, inquiere. De que tiene una conjunción copulativa entre su nombre y segundo apellido, que lo remite al orden descendente, responde Gordiano. Indica el día y el mes de mi nacimiento, explica el viejo y sonríe.

Auguro que el mal que le aqueja, reinicia el señor Séptimus, es un mal de provecho, ya que las instituciones de salud se mueven por intereses. Le querrán hacer quimioterapias, usarán su enfermedad para seguir abonando a esa mafia que viene desde arriba, donde somos los de abajo los que pagamos; si no los conociera, afirma y cruza la pierna, volviendo la vista a la ventana taciturna de la recepcionista. El mal de los hombres reside en no conocer la Teoría de la Histéresis, continúa el viejo. Siempre se habla de que hay un mundo para cada uno de nosotros, dependiendo de cómo se vea. Ésa es una falsedad derivada de la modernidad. ¿Cómo puede ser que exista un mundo multitudinario? Véalo usted, ordena señalando y Gordiano vuelve la vista al área.

La sala permanece suspendida en el tiempo, ocasionando que la señora Pereza ronde por todas partes. El murmullo de la multitud es como un zumbido que se genera debido a la espera ralentizada. En uno de los asientos se observa al señor Más, que llegara con toda la disposición, y continuúa positivo, a un costado de Don Tafanario, que debate por caber en los minúsculos asientos de plástico. Un joven se entretiene viendo una pelea de box, en la pantalla de su teléfono, donde en un lenguaje poético, los oponentes altercan en toma y daca de puños. La puerta abre y una señora, engalanada con collares y rutilantes pulseras, ingresa creyéndose una virgulilla, por ostentar una pluma enclavada en el sombrero. Llega hasta la recepcionista, le larga un papel e ingresa de inmediato, sin esperar. Gordiano termina de tomar nota mental y regresa al viejo.

Existe un manejo de neutralidad que hace ver la vida en distinta forma para cada quien, continúa el viejo cara AFAble. La histéresis, entre neutralidad real y personal, entre menor sea, hace que la toma de decisiones se acerque más al puritanismo de la verdad verdadera, agrega pleonasmando (válgame, como escritor, la redundancia y el mal uso del adverbio a la vez). Pero quién quiere una verdad puritana, añade Gordiano, atento a la plática. Eso mismo, afirma el viejo, ¿cuál sería el chiste de la vida entonces?, dice y sonríe. Ahora que lo entiendo y he logrado reírme de mí, ¿qué sigue Maestro?, inquiere Gordiano. Para ti, exclusivamente, anda y busca un camino que vaya más allá de la neutralidad y todo lo que implica. Pregúntate si estamos tan ciegos para no darnos cuenta de dos cosas: uno, que la literatura ha muerto en una pelea de box anticipada, o dos, que existe un más allá para las letras.

Una enfermera sale a la puerta y grita el nombre del viejo. ¡Al fin!, exclama y vuelve hacia Gordiano. Te anticipo que la respuesta prescinde de ver la realidad con actitud positiva, agrega para terminar e ingresa al pasillo de los consultorios. Gordiano se siente con gran ánimo después de escucharlo, y descansa su alma en un suspiro profundo. Es llamado por otra enfermera y conducido a uno de los tantos cubículos. Al empujar la puerta nota que la línea, que delimita la entrada, desfasa hacia el interior del consultorio. El Doctor espera dándole la espalda y leyendo su historial clínico. Al sentir su presencia vuelve la vista para atenderlo. Gordiano Tauro se sorprende al ver que es Octavio Ampersand Séptimus, quien lo ve a los ojos como si no lo recordara. Aquí dice que usted tiene Cáncer de Lectura y que necesita quimioterapia, explica el galeno, y al escucharlo, Gordiano sostiene su panza y muere de risa. FIN.

 

IMAGEN

Risueña >> Santiago Rusiñol., Barcelona, 1861 – Aranjuez, 1931.

Eleuterio Buenrostro Calatrava, de profesión, escanciador de almas, es un ser inmortal insuflado, no nacido, el 14 de marzo de 2002 en Manuel Núñez. Sobre este último se sabe que es un seudoescritor intuitivo, que se escuda en heterónimos, y latinismos que desconoce, por falta de credenciales como escritor. Vino al mundo un 16 de julio de 1972, en Benjamín Hill, Sonora, cuando el tren de las seis de la tarde anunciaba su llegada. Fue entintado por los tipos de una vieja imprenta, perteneciente a su padre. Marcado en su niñez, se fue a bañar, desde los cuatro años, a las playas de Puerto Peñasco, Sonora, y a secar, desde los dieciocho, en el sol de Mexicali, Baja California, donde reinicia como escritor de tiempo incompleto. Colaboró a finales de los noventa en la sección de música, en la revista Ahí Tv’s. Debido a la apertura que otorga internet fue publicado en la página Ficticia.com, y actualmente colabora en Sombra del Aire, siendo Eleuterio Buenrostro —su nombre de tinta y verdadero artífice—, quien guía su pluma desde el escondrijo. Non plus ultra.


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